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A África por no superar una prueba de mecanografía

Vicente García cuenta su incorporación a la “mili” en el Sahara Español a donde llegó embarcado...

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Vicente García cuenta su incorporación a la “mili” en el Sahara Español a donde llegó embarcado en un correíllo, el vapor ‘León y Castillo’, gemelo del ‘La Palma’, durante su servicio militar iniciado en Gando (Gran Canaria). Se publicó en dos entregas de la edición impresa, las nº 13 y nº 14 de la serie “Yo fui en el correíllo”. [En PELLAGOFIO nº 37 PELLAGOFIO nº 38 (1ª época, enero y febrero 2008)].

Por VICENTE GARCÍA RODRÍGUEZ
Miembro fundador (en 1954) del Grupo Montañero de Gran Canaria

1.Desde Gando… en barco.
Para escribir este relato he tenido que remontarme, o mejor dicho, margullar en mis recuerdos y rebuscar en mi viejo baúl unos apuntes relacionados con el correíllo. Están basados en hechos reales. Para arrancar con estas memorias y poder hilvanarlas bien, me he trasladado al siglo pasado, año 1954, y situado en el Lazareto de Gando, periodo de instrucción de reclutas en el Ejército del Aire. Allí se rumoreaba, y fue verdad, por Radio Macuto onda larga, que los que habíamos trabajado en oficinas, si más adelante no superábamos unas pruebas de mecanografía, seríamos destinados a África en las oficinas del Cuerpo, en Sidi Ifni o Cabo Juby. En principio eso no parecía tan malo. Ignorante que era uno. El caso es que el traslado se hacía en aviones Junkers, aquellos que tenían el fuselaje ondulado como los coches cuatro latas franceses, o en correíllo.

En aquel entonces estaba yo “arrastrando el ala” por cierta muchacha, que hoy día es mi santísima, y en vez de ponerme a estudiar y a mejorar las pulsaciones mecanográficas, me lo pasé ‘bobiando’ con ella

Estaba escrito. A mi me tocó el barco. Fue en septiembre de 1954. Buque, León y Castillo. En aquel entonces estaba yo “arrastrando el ala” por cierta muchacha, que hoy día es mi santísima, y no veía otra cosa delante mío. En vez de ponerme a estudiar y a mejorar las pulsaciones mecanográficas, me lo pasé bobiando con ella. Valió la pena. Pero como todo lo bueno es pecado, había que pagarlo y así me fue. El día del examen, en la Caja de Reclutas que estaba frente al Touring Club, un poco más allá de la clínica Santa Catalina, según se va para el Puerto, mis pulsaciones por minuto escribiendo a máquina fueron más lentas que las de Induráin. Después vinieron las lágrimas.

El embarque
Llegó el día del embarque por el muelle de Santa Catalina. Mi maleta era de cartón piedra, como la de los emigrantes, con sogas y todo. El correíllo me esperaba… negro, silencioso, algo –y no me pregunten qué– hacía presagiar la paliza que nos iba a meter. Sus movimientos, aún atracado, eran sospechosos. Se largaron los cabos de los norays y el honorable se despegó del muelle perezosamente, con ese balanceo chulo de los farrucos. Reculó con cuidado, enfiló la bocayna dejando el muelle Grande a su izquierda y salió airosamente, a sus dominios en mar abierto.

Carta de la novia (en sobre con sello de Franco, matasellos de 1954 en Puerto de La Luz y remitida al aeródromo de Sidi Ifni)./ CEDIDA POR V. GARCÍA
Comenzó la singladura rumbo a El Aaiún, con destino final en Cabo Juby. La salida fue al mediodía y creo recordar algún pañuelo diciendo adiós. Qué menos. Cuando llegamos a El Aaiún fue necesario fondear pues no había muelle. Allí estuvimos dos días con sus noches mientras se efectuaban las operaciones de carga y descarga de mercancías, en barcazas. Estos lanchones eran conocidos como “caleteras”, en las que se podía cargar de todo, hasta camellos, como pasó en la costa de África.

A la tropa nos habían “acomodado” bajo cubierta, en literas, pero la mayoría de nosotros tuvimos que subir, durante el viaje, a respirar bocanadas de fresco y ensalitrado aire. Estar abajo era un martirio. Subíamos huyendo de los indecentes y obscenos olores de todo tipo y color que no había quien los aguantara. Llegábamos a cubierta a trompicones y tomábamos el aire con el ansia del que sale de un largo margullo. Abajo no había quien parara.

No quisiera ser rencoroso, pero aquella travesía no se la perdono al Ejército del Aire. Al poco rato de estar en cubierta nos despatarramos a discreción, todos mareando

No quisiera ser rencoroso, pero aquella travesía no se la perdono al Ejército del Aire. Al poco rato de estar en cubierta nos despatarramos a discreción, todos mareando, bueno, todos menosiendo uno, que se estaba trajinando una alpargata de bocadillo de chorizo y queso, que sólo de verlo nos venían las arcadas. Pero, como dice el señor Murphy, todo lo que puede empeorar irá a peor.

2.Casi todo por la patria.
Se terminó la faena en El Aaiún y salimos para Cabo Juby. Se metieron unos mares que eran un epílogo, pues casi acaban con nosotros. Te ponías de pie, si podías, y parecías un espantapájaros. Toda la ropa te quedaba larga. Al llegar a Cabo Juby fue necesario anclar pues tampoco había muelle. El barco, debido a la mala mar, no se estaba quieto ni un momento. Fue obligado esperar un poco de bonanza para que las lanchas vinieran a por el pasaje y la carga.

A todas estas y cuando me estaba recuperando del mareo, venían ráfagas de viento que traían el inconfundible olor a tropa: cuero de botas y correajes –¿lo recuerdas mi amigo?– y, por otro lado, el olor ácido de vomitonas que ni el viento lo aliviaba; a uniforme, que a estas alturas tenía tanto salitre impregnado que lo ponías de pie, sin ti dentro, y se quedaba firme y tieso como para pasar revista…, chacho, chacho…, no sigo porqué me acaba de entrar un sudor. Casi todo sea por la patria.

El autor del artículo corta leña, en el cuartel de Aviación donde sirvió en Sidi Ifni (1955), tras su travesía en el correíllo ‘León y Castillo’ con un grupo de reclutas que desembarcó en Cabo Juby./ CEDIDA POR V. GARCÍA

Cuando se calmó el panorama, bajamos a las barcazas por la clásica escala con las barandas de soga. Estábamos derrotados sin haber luchado siquiera. La orilla, la anhelada tierra, estaba a unos 200 metros

Pie… al agua
Cuando se calmó el panorama, bajamos a las barcazas por la clásica escala con las barandas de soga. Estábamos derrotados sin haber luchado siquiera. La orilla, la anhelada tierra, estaba a unos 200 metros. En las barcazas, remolcadas por unas falúas, sufrimos los últimos zangoloteos. Ya todo me daba igual. Por fin llegamos a la orilla, nos arremangamos los calzones, las botas al cuello, y ayudados por moros al servicio del Ejército, pisamos el continente africano. Algunos de nosotros bajamos de las barcazas “a la pela” –a hombros– de nuestros improvisados porteadores. En nuestras caras llevamos las inequívocas señales del viaje: lívidos y con colores que iban del blanco marfil al amarillo verdoso. Para redondear el tema, el moro que me había ayudado a bajar de la lancha, con su cara de color canelo, llena de pliegues, como un viejo cuero cuarteado, y bailándole la coña berebere en sus ojillos va y me dice: “¿Paisa, cómo te fue el viaje?”.

Cuando pisé tierra, me pueden ustedes creer, mi contento fue más grande que el que sintió don Cristóbal cuando desembarcó en las Américas. Después de unas horas en Cabo Juby, me llevaron en aeroplano a mi destino final, Sidi Ifni. Estos recuerdos te provocan, hoy día, una sonrisa melancólica, una mirada perdida en el tiempo y te puedes preguntar: ¿volverías a por lo mismo si te pagaran bien? La respuesta sería que “ni por dinero, ni de capitán en camarote de lujo”, pero si me pones en los 21 años voy con los ojos cerrados. ¿O no?

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