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Carrera a Puerto Cabras entre el pirata y el vapor

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Juan Garrido, ex capitán de remolcadores y práctico jubilado del puerto de La Luz (Las Palmas de Gran Canaria) relata sus vivencias en dos entregas (nº 26 y nº 27) de la serie “Yo fui en el correíllo” que aquí ofrecemos juntas. Extracto de sus declaraciones en una entrevista que le hizo Yuri Millares [En PELLAGOFIO nº 10 y PELLAGOFIO nº 11 (2ª época, junio y julio-agosto 2013)].

Por JUAN GARRIDO PÉREZ

1. El atraque del correíllo.
Como pasajero viajé mucho en los correíllos. En todos. Además, con compañeros de mi padre, pues él también fue marino. Por ejemplo, al ir a estudiar a Tenerife en el 48 o 49, al terminar el Bachillerato, venía cada 15 días a ver a la familia. Un billete de cubierta costaba 25 pesetas. Si conocía al capitán, decía a alguien de la tripulación “dale un camarote al pilotín”. Pero, normalmente, iba sentado en una silla de cubierta. Una vez me preguntó un señor peninsular: “¿Cómo se las arregla usted para dormir en esa silla con la cabeza así? Le he estado copiando y no me sale”. ¡Pero es que con 20 años se hacen muchas cosas!

El vapor ‘Viera y Clavijo’ atracado en el muelle Santa Catalina del puerto de La Luz, en Las Palmas./ FOTO ARCHIVO PELLAGOFIO (CEDIDA POR JUAN GARRIDO)
Eran viajes largos de siete horas, de noche, y amanecíamos a las siete o siete y media en el otro puerto, rotos. Había unos viajes que se hacían de día, creo recordar que con los correíllos pequeños (el Gomera y el Lanzarote), que salían a las 10 de la mañana. Una vez, en uno de esos, coincidí con un circo. Iban más animados que todas las cosas, pero al salir del muelle… ¡yo no he visto gente más mareada en mi vida: cuerpo a tierra! Allí mareó hasta el cómico y llevaban unas canastas con bocadillos, que los que íbamos al lado nos hinchamos. Animales no llevaban, debían ser volatineros.

Anteriormente, siendo niño iba a ver a mis abuelos a Lanzarote una vez al año o cada dos años. El correíllo –uno de los grandes– salía del puerto de La Luz y al llegar a Fuerteventura fondeaba primero en Gran Tarajal. Allí algunos pasajeros, mi padre entre ellos y algún amigo, junto con mi hermana y yo, íbamos a tierra. Entonces, en un pirata de aquellos con capota de lona y sin cristales, hacíamos la excursión de ir de Gran Tarajal a Puerto del Rosario por las carreteras de aquella época y volver a coger el barco en Puerto del Rosario, que entonces era Puerto Cabras. Eso lo hacía la gente con frecuencia, era una distracción del viaje que, por lo demás, era muy monótono. Yo nací en 1931 y eso debió ser terminada la guerra civil.

Como no tenían la hélice de proa que llevan hoy los barcos para maniobrar, fondean el ancla, aguantan cadena y sobre ella gira el barco

Maniobras largando ancla
Concluidos mis estudios, sin embargo, nunca me tocó trabajar con los correíllos. En mi etapa en el puerto de La Luz, estuve 18 años como capitán con los remolcadores (lo que sí me tocó muchas veces fue empujarlos) y después otros 10 años con los prácticos (pero ni los correíllos ni los santamarías funcionaban ya).

Los correíllos eran lo más simple del mundo: una máquina de vapor con una hélice. ¿Qué hacían en Tenerife o en Las Palmas, por ejemplo, para atracar? Usar las anclas. Yo conocí un práctico que decía “el barco tiene dos grandes brazos, que son las anclas y las cadenas”. Como no tenían la hélice de proa que llevan hoy los barcos para maniobrar, fondean el ancla, aguantan cadena y sobre ella gira el barco.

En otras ocasiones no bastaba con las anclas y había que empujarlos. Con viento sur, por ejemplo. O en sitios estrechos en los que el atraque era muy justo. O cuando avisaban de máquinas que podía fallar, porque tuvieran alguna avería. Entonces requerían los servicios de los remolcadores. Hay varios sistemas para maniobrar con los remolcadores. Los más clásicos son que el remolcador conecta un cabo al barco, bien por la proa o por la popa y lo lleva; puede ser también que se abarloe y el remolcador hace de máquina cuando un barco no tiene; y el otro es que cuando está cerca del muelle, el práctico le dice al remolcador “empuja a proa”, “empuja a popa” o “empuja en el centro”.

En un barco de hélice de paso a la derecha, cuando usted le da atrás la popa cae a babor. Si es zurdo, que gira a la izquierda, entonces cae a estribor…

2. Remolcadores que empujan, tiran y acarician
Antes, los barcos –los correíllos entre ellos– tenían solamente una hélice con la que maniobrar: avante y atrás, más despacio o más deprisa. Pero había que tener en cuenta el giro de la hélice, según el giro el barco hacía una cosa o hacía otra. En un barco de hélice de paso a la derecha, cuando usted le da atrás la popa cae a babor. Si es zurdo, que gira a la izquierda, entonces cae a estribor. Eso son cosas que hay que tener en cuenta cuando uno está llegando a puerto para no chocar contra el muelle.

…Eso son cosas que hay que tener en cuenta cuando uno está llegando a puerto para no chocar contra el muelle

El remolcador ‘Fortunate’ en su último viaje, remolcado rumbo al Puerto de Santa María para su desguace en 1974./ FOTO ARCHIVO PELLAGOFIO (CEDIDA POR JUAN GARRIDO)
Los correíllos tenían que suplir la falta de hélice de proa con las anclas o con los remolcadores, como ya expliqué. Y el correíllo La Palma tenía sus dos anclas como era natural y su hélice, y un telégrafo de órdenes en el puente que era el que manejaba el famoso capitán don Eliseo López Orduña. Mi padre, Tiburcio Garrido Miranda, natural de Lanzarote, navegó con él alguna vez. Era maquinista y estuvo en barcos de vela y motor llevando cebollas de Lanzarote a La Habana. Me contaba que no llevaban frigorífico en aquella época y llevaban la carne viva. Durante uno de esos viajes, cuando llevaban ya no sé cuántos días navegando, los corderos que llevaban en cubierta se volvieron chiflados, salieron corriendo y se tiraron al agua. ¡Se quedaron sin comer carne hasta llegar a La Habana!

Cuando se rompía la cadenilla del telégrafo de órdenes, había que avisar con timbre de batería: “avante”, uno; “atrás”, dos; “para”, tres. Y había todo un código de señales con pitidos y sirenas que no hay que confundir con las pitadas del barco cuando sale de puerto, por ejemplo para indicar “caigo a estribor”, que quiere decir “voy para la derecha” y no chocar si viene otro de frente. “Caigo a estribor” era una pitada; “caigo a babor”, dos pitadas; y tres pitadas “que yo voy para atrás o nos vamos a pegar un majazo de mucho cuidado”.

El ‘Viera y Clavijo’, embarrancado
En su labor de salvamento, los remolcadores fueron alguna vez a buscar al correíllo. El Fortunate, por ejemplo, rescató al Viera y Clavijo en la costa africana, que era muy traicionera. Los barcos de Trasmediterránea hacían la línea con El Aaiún, Villa Cisneros y Güera y este vapor se quedó una vez pegado a las piedras, así que hubo que tirar de él y sacarlo, pero eso fue algunos años antes de llegar yo a remolcadores en 1966.

Para un rescate de este tipo (y tengo cierta experiencia de barcos que he sacado de la playa en el Sahara) el remolcador llega y se fondea en las proximidades, depende de la rompiente. Lo primero que se comprueba es dónde está el barco embarrancado, y se hace un estudio para ver si es factible sacarlo (no sea que esté desfondado). Pero si las averías no son muy importantes, se puede intentar sacar, sondando las aguas de las proximidades (En una ocasión, para entrar a donde había un barco embarrancado estuve 14 días sondando con un bote, buscando un camino por donde entrar con el Tamarán. Había que ir marcando el canal, pero como las corrientes eran muy fuertes, a la mañana siguiente no me quedaba ninguna boya, así que fondeamos bidones, latas y todo lo que pudimos aprovechar a bordo).

Los remolcadores normalmente emplean un carretel enorme de 1.500 metros de alambre, pero debido a su peso se iba al fondo y quedaba enganchado en las piedras. Yo siempre trabajé con cabos que flotaran, de polipropireno

El remolcador fondea su ancla y se va acercando, hasta que prepara su tren de remolque que, con una falúa o un bote salvavidas, lleva hasta tierra. Mientras, al barco embarrancado se le preparan unas galgas, que son unos alambres donde se engrilleta el cabo del remolcador.

Los remolcadores normalmente emplean un carretel enorme de 1.500 metros de alambre, aunque nosotros no teníamos carretel sino piezas sueltas de alambre de 100 metros. El Tamarán tenía once piezas de esas. A mí no me gustaba usar el alambre porque, debido a su peso, se iba al fondo, quedaba enganchado en las piedras y hacía que se pasaban grandes apuros. Yo siempre trabajé con cabos que flotaran, de polipropireno. Entonces se tiende el remolque, se afirma y se espera a la pleamar, se empieza a abanicar, a hacerle cosquillas a ver si se desprende del fondo sin que encuentre resistencia.

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