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El camarero, contacto de los contrabandistas

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Las aventuras del contrabando en Canarias en los años 40 del siglo XX, gracias a los recuerdos de uno de sus protagonistas, Luis Marrero, que enviaba mercancías entre Tenerife y Gran Canaria también en los vapores correo gracias a un camarero que trabajaba para la “compaña”. Entrega nº 20 de la serie “Yo fui en el correíllo”. [En PELLAGOFIO nº 4 (2ª época, octubre 2012)].

Por LUIS MARRERO MARRERO
Extracto de sus declaraciones en una entrevista que le hizo Yuri Millares

Los 40 fueron unos años de gran escasez en Canarias: faltaban alimentos, medicinas, ropa, combustible y un largo etcétera. La guerra civil acababa de terminar dejando al país agotado y sumido en una sangrienta dictadura, mientras en Europa, norte de África y las aguas del Atlántico se desarrollaba una devastadora guerra mundial. Y aún acabada la guerra mundial a mediados de esa década, el archipiélago siguió sumido en la escasez y la miseria que el aislado régimen franquista impuso con su política económica de la autarquía, que se prolongó hasta finales de los 50.

Muchos isleños rompieron el aislamiento aventurándose a actuar como contrabandistas o cambulloneros

Muchos isleños rompieron ese aislamiento aventurándose a actuar como contrabandistas (trayendo en lanchas rápidas desde Tánger, por ejemplo, toda clase de mercancías: relojes, tabaco, telas…) o cambulloneros (abordando los barcos que visitaban los principales puertos canarios para intercambiar o comprar al margen de la legalidad productos como mantequilla, café, penicilina…).

Luis Marrero en El Aaiún en 1948, delante de la panadería que fundó y que fue la primera que abrió en la capital saharaui./ FOTO CEDIDA POR MARRERO (ARCHIVO PELLAGOFIO)
Luis Marrero fue de los que se dedicó al contrabando. Dejó el trabajo en la consignataria Aucona (que vendía los pasajes para los buques de la Compañía Transmediterránea), donde había entrado al terminar el cuartel, y formó lo que llama una “compaña”, con “los contrabandistas más grandes de Canarias”, citando a sus compañeros Pedro, Antonio y Luis, este último, el cajero. “Entonces yo iba a Tánger y venía en las lanchas de contrabando, como la Flor de Lis o la Siroco, con tres mil cajas de cigarrillos, por ejemplo: la mitad las descargábamos en la Baja del Palo de La Isleta [Gran Canaria] y las otras mil quinientas iban para Tenerife”.

“Yo iba a Tánger y venía en las lanchas de contrabando, como la ‘Flor de Lis’ o la ‘Siroco’, con tres mil cajas de cigarrillos

En Junkers y taxi al correíllo
Otras veces las lanchas iban directamente a Tenerife. “Al dejar Tánger de ser ciudad internacional, o muy poco antes, ya todo el contrabando era por Tenerife, allí entraban las lanchas. Lo que se descargaba en Las Palmas era el tabaco nada más. Allí cogíamos un taxi y con las cajas íbamos al correíllo y le pasábamos la mercancía al camarero. Él la cogía y la guardaba en su camarote, dos o tres cajas de whisky o maletines que a lo mejor traían mil relojes. Él cobraba sus pesetitas: quinientas pesetas, y hasta mil o mil quinientas, según fuera la mercancía. Era otra época. Yo iba a Tenerife en avión, en aquellos Junkers ruidosos, compraba mercancía y la llevaba en taxi al correíllo. Después volvía otra vez en el avión a Las Palmas, iba al muelle donde había llegado el correíllo y la retiraba”.

“Iba a Tenerife en avión, en aquellos Junkers ruidosos, compraba mercancía y la llevaba en taxi al correíllo”

“Me acuerdo un amigo que vino de Tánger: ‘Luis, tengo quinientos kilos de sacarina’. ‘Coño, eso es mucho’ le dije, pero empecé a traerla poco a poco desde Tenerife con el correíllo. Y al traer los últimos cien kilos, cogieron al camarero y me nombra a mí como el dueño. Entonces se celebra el juicio. Eso sí tiene tela. Al abogado Franito, que era muy amigo de mi padre y amigo mío porque me conocía de venderle alguna camisa o algún reloj, voy y le cuento para que me defienda en Hacienda. Allí estaban Mazorla, que era el de Hacienda, y don José Escudero y don Juan Blanco en el tribunal. Me conocían porque yo les vendía a ellos: ¿querían un bolígrafo?, pues un bolígrafo. El día del juicio me dice Franito: ‘Tú no vayas a ir así, vente bien vestidito’. Y llegué con un traje negro que cuando me vio se asombró. Y se celebró el juicio en Hacienda, que estaba en aquella época en la calle Bravo Murillo”.

Hace un paréntesis en el relato del juicio para indicar que “en el parque le había regalado una vajilla a Mazorla (un juego de café chino) y también una pluma de oro Sheaffer y otra pluma a don Juan Blanco”.

“Y Franito que lo sabía, después de decir en el juicio que ‘mi defendido no pudo ser y tal porque aquí tengo yo un pasaje de avión para ese día que salía para Tenerife…’, lo que es una defensa, se levanta y añade: ‘Y tengan en cuenta una cosa: que para firmar la sentencia de mi defendido, las plumas que tienen en la mano también son de contrabando’. Se miraron unos a otros… y aquel día amanecimos en el mercado del puerto comiendo churros y café. ¡Hubieran sido seis años de cárcel si me condenan!”.

La Coca Cola como tapadera
Sin el contacto del camarero en el correíllo (que perdió el empleo, pero siguió trabajando con ellos en una falúa), el contrabando hacia Gran Canaria por esa vía terminó. Pero Luis Marrero aún llegaría a construirse su propio barco para estas “tareas”. “Me lo hizo un maestro de ribera que aprendió el oficio con mi abuelo. Entonces lo pusimos a ir y venir a Tenerife, con la Coca Cola como tapadera. Me lo pusieron en lista de cabotaje y salíamos todos los días del mundo a Tenerife y volvíamos en la noche. Traíamos la Coca Cola… y ginebra, maletas para los indios, la de Dios. Se llamaba Virgen de la Peña, un barquillo de doce metros con un motor Perkins de 150 caballos que caminaba, en aquella época, que no sabía nadie lo que eran 20 millas”.

“Yo entraba al muelle Santa Catalina, en la primera escalerilla bajando a mano izquierda tenía yo mi atraque para cargar y descargar. Y como todo el mundo me conocía sabía, que yo no traía nada. Y nunca tuve ningún registro ni nadie me cogió nunca. Pero todo el mundo lo sabía en el parque, porque traía piezas de seda natural, camisas, bolígrafos, relojes”.

El ‘Virgen de la Peña’, barco que Marrero se hizo construir en los años 40 para traer el contrabando. Más tarde lo vendió para la pesca (en la imagen)./ FOTO CEDIDA POR MARRERO (ARCHIVO PELLAGOFIO)

“Nunca tuve ningún registro ni nadie me cogió nunca. Pero todo el mundo lo sabía en el parque, porque traía piezas de seda natural, camisas, bolígrafos, relojes”

¿Cómo desembarcaba entonces la mercancía? “Cuando yo llegaba a la isla, me estaba esperando mi querido amigo, que Dios lo tenga en la gloria, Pedro Mentado. Era en la Baja del Palo. Allí esperaba Pedro, Perico el Carnicero, con la falúa el Batata y descargábamos en ella. Después, el entraba al muelle y descargaba por la parte de los varaderos de Juan Suárez, por la playa del Refugio. Sacaba la mercancía y la guardaba y al otro día yo iba con mi coche y la recogía”.

“Me acuerdo que una noche que veníamos cargados, nos descubrieron por donde está el Ceniciento, la roca más peligrosa que había en La Isleta. Tiene una salida por dentro y otra por fuera. Yo sabía que el capitán de la Descubierta me tenía ganas, porque él también iba al [bar] Guanche por las tardes y me tenía entre ojos. Estábamos a la altura de La Isleta entre los bajos del Becerro y nos metió los focos al barco. Lo que hice es que corrimos con el Virgen de la Peña para tierra y nos metimos dentro del Ceniciento. Él se dio cuenta y debió pensar ‘Éstos se me van ahogar’, apagó las luces y dio la vuelta y nosotros seguimos para descargar y atracar después en [el muelle de] Santa Catalina”.

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