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Los exóticos viajes de David Bannerman por las islas Canarias

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A través del testimonio escrito de este ornitólogo inglés, publicado en su libro de expediciones por las islas Canarias, recogemos algunos detalles y anécdotas de sus viajes en distintos vapores cruzando el archipiélago en la entrega nº 30 de la serie “Yo fui en el correíllo”. [En PELLAGOFIO nº 18 (2ª época, marzo 2014)].

Por YURI MILLARES

Durante buena parte del siglo XX muchos han sido los vapores-correo que han comunicado las islas Canarias entre sí, no sólo trayendo y llevando paisanos y tropa, alimentos y animales, sino también a los viajeros de otros países que con distintos objetivos tenían que desplazarse de las dos islas capitalinas (Tenerife y Gran Canaria) a las llamadas “islas menores”. Entre éstos, un buen puñado de científicos, como el botánico David Bramwell que en 1964 realizó su primera expedición a este archipiélago en compañía de un pequeño grupo de geógrafos y biólogos de la Universidad de Liverpool y ya ha contado para los lectores de PELLAGOFIO en esta misma serie “Yo fui en el correíllo”.

Para visitar y explorar la isla de La Gomera, Bramwell y sus compañeros tuvieron que coger uno de los correíllos que entonces realizaban las rutas interinsulares y cuál no sería su sorpresa al embarcar en el mismo barco en el que, medio siglo atrás, había viajado “el ilustre ornitólogo David Bannerman” (y cuyo resultado fue la publicación del libro The Canary Islands, their history, natural history and scenery, 1922, que Bramwell había leído precisamente como preparativo de su viaje en 1964).

En la segunda y tercera parte de dicho libro (“Viajes y expediciones ornitológicas en las islas Canarias…”, Occidentales y Orientales, respectivamente, según la edición traducida al español), Bannerman incluye, en efecto, diversas menciones a los medios de transporte que empleó para acercarse a las distintas islas del archipiélago (entre ellas el remolcador de la compañía Blandy Britannia, para ir desde Las Palmas a la playa de Mogán en su búsqueda del pinzón azul en 1910, como cita el reportaje de portada de este número de PELLAGOFIO).

Paraíso para científicos
“Para el amante de la ciencia, sea ésta zoología, geología, botánica o antropología, o para los aficionados a la investigación geográfica de cualquier tipo, Canarias es todo un paraíso”, escribía al inicio de sus relatos viajeros por las distintas islas del archipiélago, en su caso para capturar ejemplares de diversas aves con destino al Museo Británico en Londres.

A principios de 1920 disfrutó de “un mar en calma chicha” cuando viajó de Santa Cruz de Tenerife a Las Palmas de Gran Canaria a bordo del correíllo Fuerteventura, una travesía que “valió la pena, por el hecho de que nos topamos con una gran ballena y que nadaba sobre la superficie de la aguas, cerca del vapor, lo que resulta un acontecimiento poco corriente en estas aguas”, escribió en su libro, tal vez desconociendo lo habitual que es la presencia de cetáceos en Canarias.

“Un gomero me transportó a hombros desde la lancha de desembarco, hasta la orilla, y me dejó junto con nuestras pertenencias en la playa de piedra”

El Fuerteventura era uno de los tres correíllos llamados “pequeños” (también estaban el Gomera-Hierro y el Lanzarote, todos ellos en torno a los 50 metros de eslora) que, junto a los tres mayores y gemelos León y Castillo, La Palma y Viera y Clavijo (67 metros de eslora) fueron construidos y entraron en servicio en aguas canarias a principios de la década anterior (1912).

Desembarco en La Gomera rodeados de curiosos
Para ir a La Gomera zarpó el 14 de marzo de 1920 a bordo del León y Castillo (como hiciera un sorprendido Bramwell 44 años después por viajar en el mismo navío), “uno de los barcos más grandes y cómodos que realizan la travesía que enlaza los principales puertos del archipiélago canario”, en palabras de Bannerman. “Al día siguiente –relata– poco después del amanecer, el vapor fondeó frente al pueblecito de Santiago, donde se hallaban unas casas reunidas a modo de racimos, y edificadas entre un palmeral situado en la boca de un barranco en la costa sur de Gomera”.

Tras el desembarco de “unos pocos pasajeros”, aún hubo que navegar otra media hora más para llegar a la capital gomera, San Sebastián: “Después de que un gomero me transportara a hombros desde la lancha de desembarco, hasta la orilla, y me dejara junto con nuestras pertenencias en la playa de piedra, nos erigimos en el centro de atención de un grupo de curiosos que se habían dado cita para presenciar la llegada del barco”, describe.

El testimonio de este viajero inglés nos sitúa en la forma en que se viajaba en aquellos modernos –en su época– correíllos: haciendo múltiples escalas mediante fondeo y desembarque del pasaje con lanchas o barcazas, llegando a la orilla a hombros de personal que tenía esa tarea en cada playa. Y, naturalmente, con la expectación habitual de la población local cada vez que llegaba el vapor una o dos veces por semana.

“La plataforma estaba repleta de hombres, mujeres y niños que emigraban a Cuba, y que tenían en el Taoro pasaje de cubierta hasta Santa Cruz”

Para llegar a las islas orientales el vapor que le tocó en la ruta fue, en esta ocasión, el Viera y Clavijo, aunque unos años antes: en 1913, con el barco casi recién estrenado (había llegado a Las Palmas después de zarpar de Liverpool en febrero de 1912, tras su botadura en Dundee). “Salimos echando humo del puerto de Las Palmas alrededor de la media noche, para completar nuestro recorrido de 60 millas hasta Fuerteventura. Una vez fuera del abrigo de la Isleta, el pequeño barco comenzó a cabecear y dar bandazos, pero, por fortuna, no resultó tan malo como para impedirnos lograr un buen descanso nocturno”.

Colgado dentro de la caja de un pescante
Sin embargo, el viaje más extraño –por el sistema de embarque con un pescante y subido en el interior de una caja que colgaba sobre el mar– no lo hizo en un vapor correo sino en un vapor frutero, el Taoro, bajo el acantilado en Hermigua (La Gomera). “La plataforma estaba repleta de hombres, mujeres y niños que emigraban a Cuba, y que tenían en el Taoro pasaje de cubierta hasta Santa Cruz”. Tras las despedidas entre familias que quedaban separadas (algunas para siempre), entre gritos y sollozos, y tras la fruta “los equipajes de los emigrantes se agolparon en la canasta”, lo que “provocó un sinfín de acaloradas discusiones pues ningún viajero quería separarse de sus pertenencias”.

“A la canasta de los equipajes le sustituyó una caja de madera de lados bastante bajos, y con cuatro asientos, en la que bajaron todos los emigrantes y finalmente, bajamos nosotros. Un bote que esperaba abajo nos llevó hasta el Taoro, al que subimos por una escala de cuerdas”. Y pese a tales peripecias, una vez levada ancla y ponerse en movimiento el barco frutero, el viaje resultó “ser de los más agradables”, asegura.

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