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Prisiones flotantes en el puerto de Santa Cruz

El correíllo 'Gomera' y varios vapores fruteros fueron empleados por los golpistas del 18 de julio de 1936 para encarcelar...

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El correíllo ‘Gomera’ y varios vapores fruteros fueron empleados por los golpistas del 18 de julio de 1936 para encarcelar a destacadas personalidades de Santa Cruz de Tenerife. Un grupo de ellos sería deportado un mes después a África. Entrega nº 33 de la serie “Yo fui en el correíllo”. [En PELLAGOFIO nº 21 (2ª época, junio 2014)].

Por YURI MILLARES
Índice del relato, al pie de esta página

3.El golpe de estado del 18 de julio de 1936 tuvo en Tenerife a los militares y guardias civiles implicados, así como a otros civiles cómplices, muy ocupados durante las primeras horas, deteniendo a cientos de personas en toda la isla. Resultado de ello, ni la cárcel provincial ni el Gobierno Militar eran capaces de albergar a tantos presos en la capital tinerfeña y se habilitan otros edificios como cárceles improvisadas. “Las tropas, dueñas de la ciudad, cacheaban a las gentes en la calle con dureza, prendiendo a diestro y siniestro. No hay nadie más injusto que un hombre que tiene miedo, y los soldados, esa noche [del 17 de julio] tenían miedo… miedo del pueblo; de sus hermanos, de sus padres…”, escribe José Rial Vázquez como testigo directo de aquellos acontecimientos.

El Archipiélago de Tenerife
Los militares golpistas decidieron entonces utilizar barcos como cárceles flotantes. “Se ancló en el puerto el Santa Rosa de Lima, adonde fuimos empaquetados los cien primeros detenidos”, relata en primera persona Rial Vázquez. A medida que fue creciendo el número de presos, se “fueron situando buque a buque” algunos más: el Gomera, el Santa Elena y el Adeje, hasta crearse una flotilla que aquellos detenidos acabaron por denominar el “Archipiélago de Tenerife”.

Sollado del vapor 'Gomera' con las literas de tercera clase./ FOTOS ARCHIVO JUAN CARLOS LORENZO
Sollado del vapor ‘Gomera’ con las literas de tercera clase.| FOTOS ARCHIVO JUAN CARLOS LORENZO
Los primeros cien que llegaron al Santa Rosa de Lima lo hicieron el 20 de julio y muchos de ellos llegaron a bordo después de 48 horas sin comer nada, pues habían sido detenidos el día 18. En el tiempo en el que estuvieron allí publicaron, clandestinamente, su propio periódico de presos: Ratonerías en el Santa Rosa de Lima, el Rataplán en el Gomera, el Katipunan en el Santa Elena y dos o tres números de una hoja muy modesta en el Adeje. “Y hasta se lanzó un panfleto, El Calamar, tan ácido y mordiente, dedicado al General No Importa, que la obra de una día entero solamente pasó de mano en mano entre los más íntimos, antes de enviarse al mar en trozos impalpables”, escribe Rial.

Pero la vida a bordo fue muy dura para todos estos hombres. Aunque inicialmente lo permitieron, los militares prohíben la entrada de paquetes de familiares. A bordo del vapor correo Gomera, “el barco inmediato al nuestro por estribor, se ha dado ya un caso de tifus”, escribe. El “Archipiélago de Tenerife” pasa a denominarse “Archipiélago Fantasma”.

El fogonero del vapor frutero no puede evitar llorar mientras se despide, estrechando con disimulo las manos de los presos

“Hoy han invadido la cubierta un grupo de falangistas”, escribe de otra jornada a bordo de aquel infierno. “Vienen a la fiesta, a una fiesta de humillación, preventiva y provocadora. Vienen a pelarnos al cero, y a la fuerza, que esto es lo importante”. Dos andaluces, presos a bordo del Santa Elena, bajan a la bodega a que les corte un compañero el pelo, dejándose unas coletas de torero y suben a cubierta a enseñarlas cantando un pasodoble. Los presos ríen, los militares castigan: los bajan a tierra y los golpean brutalmente en el cuartel de San Carlos. Poco después, el cambio de “alcaide” de aquella prisión flotante trae, de paso, una colección de porras de goma para suboficiales y sargentos.

Hasta que, al cabo de casi un mes, 38 de los presos son incluidos en una lista (José Rial Vázquez y el poeta gomero Pedro García Cabrera entre ellos) y trasladados al Adeje, desde donde son trasladados, escoltados por una motora provista de ametralladora, al vapor correo que los deportará a África. El fogonero del vapor frutero no puede evitar llorar mientras se despide, estrechando con disimulo las manos de los presos mientras pasan al vapor correo. “Veo como se le escarcha, a este hombre rudo, y a la luz de la luna, sobre la pátina negra del carbón, el surco agrietado de las lágrimas”, lo describe Rial.

Los presos son transportados por las calles de La Isleta hasta la zona militar, entre claras muestras de simpatía de la población

Deportados con escala en La Isleta
Los presos suben al correíllo entre dos filas de soldados con los fusiles apuntándoles. Repartidos entre literas de la tercera clase y un alojamiento para fogoneros con cuatro literas, se acomodan. En una de las paredes y escrito con grasa leen: “Ánimo”. El barco no era otro que el Viera y Clavijo, que zarpa haciendo su primera escala en Las Palmas al amanecer, donde pasarán el día, pero en el campo de concentración de La Isleta. Los presos son transportados en unos “autobuses deshilachados”, describe, por las calles del barrio obrero del puerto hasta la zona militar, entre claras muestras de simpatía de la población (de hecho, los militares acabarían por desalojar este campo por temor a la población civil, que es sustituido por el que abren en Gando, junto al aeródromo y bastante lejos de la ciudad).

Rodeados por alambradas, son alojados en lo que llama la “Ciudad del Llanto”. El teniente de Artillería que los recibió, ordenó al sargento que les hiciera formar y les soltó un discurso patriotero y amenazador, se dirigió a ellos llamándolos “caballeros concentrados en La Isleta”, y pese al terror que sentían (¡allí se fusilaba!), no pudieron evitar reírse por dentro entre el contraste de la expresión y el tratamiento que recibían. “Yo he visto al abogado don Francisco García, presidente del Cabildo [de Fuerteventura], inmóvil como un recluta ante el sargento”, escribe.

Yo he visto al abogado don Francisco García, presidente del Cabildo [de Fuerteventura], inmóvil como un recluta ante el sargento

“¡Ay mis hijos!”
Allí estuvieron hasta las cuatro de la tarde en que volvieron al muelle. Atravesando de nuevo las calles de La Isleta escucharon a una mujer gritar: “¡Ay mis hijos!”. “Hijos fuimos todos de tu vientre en este instante, mujer. Gracias por este grito”, escribiría Rial al recordar este episodio. El vapor correo sale otra vez en su viaje nocturno hacia Fuerteventura (donde les dejan pasear brevemente por el muelle Chico de Puerto del Rosario) y siguen hacia Cabo Juby, donde embarcan algunos pasajeros antes de continuar a su destino, a donde llegan al cabo de otro día y medio entre continuas muestras de afecto de la tripulación, que hacen escote de tabaco y les pasan diversos regalos: Villa Cisneros.

■ ÍNDICE
Una fuga épica

Este artículo se organiza en seis partes:
1–“La épica de unos vapores en su fuga del fascimo”, con el Stanbrock, el barco carbonero que evacuó de Alicante a los últimos refugiados republicanos días antes del fin de la guerra civil y el Viera y Clavijo
2–“Los vapores que sacaron a Franco de Canarias”, el Viera y Clavijo fue el vapor correo que llevó a Franco de Tenerife a Gran Canaria para poner en marcha el golpe del 18 de julio.
3–“Prisiones flotantes en el puerto de Santa Cruz”, habilitadas por los fascistas en el puerto de Santa Cruz de Tenerife ante la saturación de las cárceles antes de ser enviados al destierro en el Sahara…
4–“En cuatro tiendas rodeadas por una alambrada”, la llegada de los deportados a un solitario fuerte en el desierto del Sahara Español para realizar trabajos forzados…
5–“Los deportados se fugan y la furia se desata”, cuando se fugaron de Villa Cisneros presos, la propia guarnición militar y los tripulantes Viera y Clavijo hacia Dakar.
6–Liberados al fin en Dakar, a bordo del vapor, el final de la odisea y la libertad ●

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