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Abraham González, de las plataneras al surf

“Desde que no llevo camiones con plátanos sólo madrugo para ir a surfear”, dice

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“Desde que no llevo camiones con plátanos sólo madrugo para ir a surfear”, dice en esta entrevista de la sección “Cita con Canarias”, en la que explica cómo convirtió su pasión en su profesión tras 15 años como trabajador en las fincas de plataneras del norte de Gran Canaria. [Versión íntegra de la entrevista publicada en la edición impresa de PELLAGOFIO nº 54 (2ª época, junio 2017)].

“Hay quien dice ‘mira esos gandules todo el día en la playa’, pero es un trabajo físico duro”

Por YURI MILLARES

Después de 15 años entre fincas de plataneras en el norte de Gran Canaria, fue despedido porque no se resignó a aceptar que la codicia de la empresa hiciera bajar los sueldos de los trabajadores gracias a la última reforma laboral que le privó de muchos de sus derechos. Pero su buena condición física como deportista le ha permitido dedicarse a lo que hasta entonces había sido su válvula de escape: el surf. La indemnización por el despido la invirtió en formación para titularse como entrenador.

“Todos los que surfeamos con frecuencia alguna vez nos hemos visto en un momento difícil”

■ OJO DE PEZ / Valió la pena el baño

PorTATO GONÇALVES
Playa de la Laja, sábado a mediodía y solajero. Viento 30 nudos, dirección noreste. Mucha corriente hacia el sur… En estas condiciones es difícil realizar las fotos a Abraham surfeando, porque mientras enseña a sus alumnos como bajar las olas, también los protege de cualquier incidente. De todos modos nos regaló un par de olas, mientras su compañero Paul custodiaba al grupo. No eran las mejores condiciones para el surf, pero valió la pena el baño ●

–Mientras otros niños querían ser de mayor bombero o futbolista, ¿tú qué decías, surfero?

–Es algo que me llamaba la atención porque tenía como referentes a mi hermano y a mi tío, que cogían olas. Y yo lo que quería siempre era ir al agua. Tuve esa inquietud y esa obsesión incluso antes de poder practicarlo y estaba todo el día “¿cuándo me compran la tabla?”, “¿cuándo me llevan?”.

–¿Cuándo surfeaste esa primera ola, entonces?

–Con el boogie iba desde niño, pues veraneaba con mi tío en El Agujero, pero meterme en el agua bajo condiciones algo más peligrosas con doce años.

“Como iba a ser padre, me puse a trabajar y en el norte de Gran Canaria la platanera es lo primero que tienes a mano
–Lo cierto es que dejaste los estudios, pero no para ir a coger olas sino para ir a trabajar a las plataneras.

–Aunque nací en Las Palmas, yo me crié en Guía. Dejé el instituto después de repetir tercero un par de veces y de no terminar COU. Así que con 19 años y como no llevaba bien lo de los estudios, me tomé un año para hacer una escuela taller. Después, como iba a ser padre, me puse a trabajar y en el norte de Gran Canaria la platanera es lo primero que tienes a mano.

–¿A qué te dedicaste dentro la platanera?

–Empecé sacando racimos, iba a los cortes. Allí veía a los conductores de los camiones sentados, esperando, y pensaba: ¡para estar aquí abajo cargando, prefiero estar ahí arriba en el camión! –risas.

–¿Fue donde sacaste músculo, o ya eras fornido de antes?

–Bueno, soy alto y siempre he tenido una constitución fuerte porque toda la vida me ha gustado practicar deporte.

–¿Y cuánto tiempo estuviste cargando piñas de plátanos?

–Dos añitos. Yo iba exclusivamente a los cortes; hay gente que trabaja en las fincas y hace de todo un poco: desflorillan, entierran, cortan rolos… A mí me pagaban por llenar el camión de racimos, por días. El encargado de la finca llevaba la podona e iba cortando racimos que ya tenía marcados, me los cargaba al hombro y yo iba caminando con ellos hasta el camión.

“Te podían tocar piñas de 50 kilos y otras más pequeñas de 30, en jornadas de cuatro horas para cargar unos 250 racimos, dos camiones y medio”
–Que podía ser cerca o lejos…

–Claro, unas veces te quedaba al lado del camión y otras, depende de la finca, el camión no podía entrar y había hasta que bajar escaleras.

–¿De cuántos kilos sobre el hombro estamos hablando?

–Hablamos de camiones de cien piñas con una media de 40 kilos por racimo, o sea, que te podían tocar piñas de 50 kilos y otras más pequeñas de 30 kilos. Eran jornadas de trabajo de cuatro horas, para cargar unos 250 racimos, dos camiones y medio. Y tampoco era todos los días, sólo los días que había corte. Así que me apunté en el paro, me saqué el carnet de conductor de camiones y fui a pedir trabajo en el almacén. Después lo que hacía era ir yo con el camión a las fincas, a que me dieran a mí los racimos para llevarlos al almacén. Eso ya eran ocho horas de trabajo bien puestas.

–¿Qué pasó para que lo dejaras? ¿O el trabajo te “dejó” a ti?

“La empresa se agarró a la nueva legislación laboral para bajarnos sueldos y recortar derechos”
–Estuve trabajando con los camiones unos trece años, diez de ellos fijo. Pero con la reforma laboral, los convenios que no estuvieran firmados pasaban a regularse por el Estatuto de los Trabajadores y el nuestro estaba en ese momento en negociación pendiente de firmar. Así que la empresa se agarró a eso para bajarnos sueldos y recortar derechos. Empezamos a movernos con abogados y sindicatos para pelear por lo justo y siempre hay un cabeza de turco que sale rodando: me tocó a mí. Porque si ves que la empresa va mal, todos arrimamos el hombro; pero cuando ves los resultados del trabajo y que la empresa va bien, no era justo que se aprovecharan del cambio en la ley para quitarnos lo que nos pertenecía por derecho.

–Entonces te despidieron por “peleón”.

–La carta de despido no lo decía así exactamente, pero más o menos fue por eso.

–Tocaba buscar alguna alternativa.

–Sí, después de quince años en la platanera me tocó ponerme a pensar que iba a hacer con mi vida.

–¿Y allí estaban las olas esperando o antes te pasaron otras alternativas por la cabeza?

–El surf siempre había estado ahí, pero como hobby y como válvula de escape a los problemas. Porque es lo que tiene este deporte, que como te guste, aunque haya épocas que por lo que sea (trabajo, familia) no surfeas mucho, siempre acabas volviendo al agua. Aproveché ese momento de calma, tras quedarme en paro, para pensar en mi futuro. Y pensando en lo que más me gustaba hacer (¿estar en el agua?), pues me informé cómo se podía hacer uno monitor de surf.

Paul Blake y Abraham González, son monitores en la escuela Factory Surf.| FOTO TATO GONÇALVES

–¿Cómo se hace uno monitor de surf?

–Lo hice a través de la Federación Española de Surf. En Canarias también se hacen estos cursos, pero en aquel momento no había ninguno convocado, así que me fui a Conil (Cádiz) a hacer el curso específico para surf y a Valencia a hacer el curso genérico de entrenador.

–Y sacaste el título…

“Es una satisfacción trabajar viendo como los demás disfrutan sobre las olas”
–Saqué el título de entrenador nacional de surf, de nivel uno.

–Enseñar a otros a hacer lo que te gusta será un gustazo.

–Es muy guay. Estás trabajando viendo cómo los demás disfrutan y se lo pasan bien, cómo tienen esas sensaciones de deslizarse sobre la ola y muestran esas caras de emoción y felicidad. Es una satisfacción.

–También una responsabilidad, con alumnos inexpertos entre olas y revolcones, ¿cómo lo llevas?

–Estás en un medio que no es el habitual de las personas. Y más en gente que quiere iniciarse, que no se maneja bien en el agua. Hay que estar muy pendiente y en la escuela siempre buscamos que las condiciones sean las adecuadas en cada caso, y lo que a los alumnos que se inician les puede parecer duro, para nosotros son condiciones muy suaves y tenemos bastante control.

“Siempre buscamos que las condiciones sean las adecuadas y lo que a los alumnos que se inician les puede parecer duro, para nosotros son condiciones muy suaves y tenemos bastante control”
–¿Cómo es el primer día de surf de un niño, de un veinteañero y de alguien que ya está en los cuarenta, por poner tres ejemplos?

–Dentro de las limitaciones de los principiantes, los niños son más decididos, “¡vamos al agua!”, mientras los de más edad se preocupan más si algo no les sale, se frustran con más facilidad. Pero en general hay ganas y energía. No hace mucho tuvimos un señor bastante mayor, ya jubilado, y aunque no podía con su alma estaba allí lleno de ilusión. Esas ganitas y esa energía se ven, sobre todo en los niños y en los más mayores.

Pocas personas pueden decir que después del trabajo dedican su tiempo libre a hacer lo mismo. ¿Es tu caso?

–Claro. Cuando trabajaba en los camiones madrugaba mucho, porque estuve un tiempo sin ir a las fincas y me tocaba ir a repartir a los mercados y grandes superficies. Trabajaba de noche y me levantaba a las tres de la mañana; eso cuando no tenía que trabajar la noche completa. Y después de cambiar de trabajo, ¡para lo único que madrugo es para surfear!

–¿Son las olas un imán que engancha?

–Las sensaciones que producen las olas enganchan mucho. Aparte de ser una vía de escape buenísima, cuando terminas una sesión y has estado dándolo todo (hayas cogido más o menos olas) sales muy relajado del agua.

–¿Y cómo saber dónde está el límite?

–Es un deporte de riesgo y a veces las condiciones son duras. Es bueno que cada uno sepa dónde está su propio límite. Y hay veces que lo pasas mal, porque en condiciones duras tienes que hacer un esfuerzo físico importante. Para el ojo inexperto estamos ahí “tirados en el agua sobre una tabla sin hacer nada”, incluso hay quien dice (cada vez menos) “mira esos gandules todo el día en la playa”, pero es un trabajo físico bastante duro. Todos los que surfeamos con frecuencia alguna vez nos hemos visto en un momento difícil.

–¿Tu ola favorita en Canarias, dónde está?

“Antes había que ir a la playa cada día a mirar las olas; ahora miras en el móvil las predicciones”
–Yo me muevo en Gáldar y es donde me gusta más surfear, en sitios como El Agujero o La Guancha. Aquí están mis olas favoritas, pero en especial el Pico Richard, una ola que me gusta mucho en El Agujero. En Lanzarote, Fuerteventura y La Graciosa también hay buenas olas y he ido. En Tenerife sé que hay olas muy buenas, aunque todavía no las he surfeado. Pero siempre depende de las condiciones que haya cada día, de cómo esté el mar.

–Hay que estar pendiente de la meteorología.

–Antes había que estar acercándose a la playa cada día a mirar cómo estaban las olas. Ahora miras en el móvil las predicciones y ya sabes varios días antes si puedes ir.

–Después de pasar una mañana remando con los brazos, cogiendo olas y llegar a casa rendido, ¿qué es lo primero que apetece, echarse en la cama o comer lo que sea?

–¡Comer! –ríe–. Pasa como cuando estás un día en la playa, que llegas con esas ganas de una ducha y una comida fresquita: comer melón o alguna otra fruta fresca.

–¿Un reto aún por cumplir?

–Irme a Indonesia a surfear, lo tengo pendiente hace muchos años. Pude hacerlo cuando estuve en esa transición pensando en mi futuro después de trabajar en la platanera, pero preferí gastarme el dinero en formarme.

–Terminamos, un recuerdo dulce.

–Muchos. De surf puro y duro, por ejemplo, el tópico de verte en una ola dentro de un tubo es algo espectacular. Para mí es siempre un buen recuerdo.

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