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Manolo Vieira, humorista con acento canario

“En La Isleta los niños corríamos descalzos y con la chibichanga fuera”, explica...

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“En La Isleta los niños corríamos descalzos y con la chibichanga fuera”, explica con su habitual humor isleño sus recuerdos de infancia durante una entrevista en la que habla también de su profesión y de sus gustos culinarios. Es otra “Cita con el chef” de la revista PELLAGOFIO, que reunió al humorista en una sesión fotográfica a cargo de Tato Gonçalves con el cocinero Alexis Álvarez, jefe de cocina del restaurante Los Guayres del hotel Cordial Mogán PLaya, que le dedicó su receta de gazpacho de tunos indios con langostinos y sorbete de manzana. [Versión íntegra de la entrevista publicada en PELLAGOFIO nº 3 (2ª época, septiembre 2012)].

■ Para ver la receta haga clic AQUÍ. Haga clic en la foto para verla a tamaño mayor●

Por YURI MILLARES
Fotografías de TATO GONÇALVES

Manuel Vieira Montesdeoca nació en 1949 en el barrio de La Isleta, en la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria. Probablemente, el personaje más popular de las islas Canarias en la actualidad si se lo preguntamos a cualquier isleño, que daría como nombre “Manolo Vieira”. Su humor llega sin dificultad a lo más hondo del canario, porque sus historias y sus chistes son la vida misma de sus vecinos ¡y la suya propia! Su chispa, sin embargo, llega a todo público que entienda su idioma, ya sea en España o entre la comunidad hispana de Miami. PELLAGOFIO lo ha entrevistado en su terreno, el “Chiste-ra”, su propia sala en la que actúa desde 1986 y donde primero pone a prueba sus chistes.

■ OJO DE PEZ 7 Risas en el Chistera

Por TATO GONÇALVES

La sesión de fotos con Manolo Vieira y Alexis Álvarez fue, cómo no, en El Chistera, lugar de encuentros al que yo llegué una hora después de lo acordado… Los protagonistas de esta entrega, ambos todavía entre risas, me esperaron y hasta “Alersis”, el otro, el de Manolo, también estuvo con nosotros; la crema fría de tuno indio es para enmarcar ●

Manolo Vieira, el micro es su sacho.
–Presume con orgullo de ser isletero, ¿ser de La Isleta crea carácter?

–Yo creo que sí. Algunas veces, excesivo. Pero sí, el ser familiar y solidario. Son dos caracteres muy unidos.

–¿A qué huele La Isleta que conoció?

–A mar.

–¿Cómo recuerda la infancia en el barrio?

–Libertad. Dentro de las carencias, porque fuimos un barrio marginal. Así que corríamos descalzos y con la chibichanga fuera. Cumplíamos con lo que mandaba el régimen, pero teníamos nuestras parcelas de libertad.

“Yo siempre fui muy pensativo y mi madre me decía: ‘¿Qué tienes, que triste estás, qué penita te acongoja, cuándo quieres que te la coja?”
–Y en esa época pensaba “de mayor quiero ser…”

–No me lo planteaba. De pequeño no existía entre nosotros la presión aquella de “¿qué quieres ser de mayor?”. Yo quiero ser feliz. Sí había gente que si él era abogado, quería que su hijo fuera abogado. Pero yo me crié en libertad y no tuve imposiciones.

–Es una pregunta que solían hacer la visitas en casa, “¿de mayor qué quieres ser?”

–A mí no me lo preguntaron nunca. Por eso te digo que me crié en libertad. Mis padres fueron muy libres, cada uno hizo lo que le dio la gana. Gracias a Dios mi madre aún existe. Y lo que sí quería era que nos preparáramos, “tienes que prepararte para el futuro”, cosa que tendremos que seguir diciéndole a nuestros niños, pero nunca me impusieron nada.

–¿Cuál fue el primer chiste que le contaron o que recuerda haber oído?

–Está difícil, ¿eh?

–Hay que irse muy atrás.

–Está difícil, porque yo de niño escuché muchos chistes. No porque me los contaran a mí, sino porque yo era muy niño y oía historias. ¡Ah!, recuerdo que mi madre me decía, no es chiste, y esto es bueno… Yo siempre fui muy pensativo, muy reflexivo, y mi madre me decía: “¿Qué tienes, que triste estás, qué penita te acongoja, cuándo quieres que te la coja?”. Y entonces yo me reía. Me lo decía cuando me veía dubitativo, me veía profundo y me soltaba eso.

–Yo de niño, cuando iba en el micro del colegio escuchaba los cuentos de Pepe Monagas, que interpretaba el actor José Castellano, eran unos singles que el chófer ponía en un tocadiscos.

–Sí, eso era un tragadiscos.

–Ahí fue cuando conocí los cuentos canarios de Pepe Monagas. ¿Usted cuándo los conoció?

–Yo tendría 15 años. Cuando compré mis primeros discos. A los 16 me fui a estudiar por las noches de libre oyente a la Escuela de Comercio, detrás de las Casas Consistoriales, frente a la plaza del Espíritu Santo. Y debajo había un estanquito donde la esposa o viuda de Pepe Castellano seguía vendiendo los discos y me fui haciendo con todos. En single, nunca lo compré en longplay. Cada disco de Hispavox traía cuatro cuentos y de hecho Krüger colaboraba mucho y fue su patrocinio, por eso él de vez en cuando soltaba “déme un Krüger y tal”.

“Pancho Guerra murió callado, en el cine Callao, en la plaza de Callao. Y sí que tengo relación con él, porque creo que soy la continuidad”
–¿Hay algún nexo entre los cuentos de Pepe Monagas que escuchaba de joven y los cuentos suyos?, porque, además, le llama “cuentos” a sus monólogos humorísticos.

–Sí. Hay mucha relación. Te voy a explicar. Aparte de que yo me nutrí de más cómicos de niño, hay un Juan Verdaguer argentino, hay todas las películas cómicas que pudimos haber visto en la infancia. Lógicamente, Pancho Guerra, y tengo sus obras completas y tengo lo último que ha salido de sus obras de teatro. Porque Pancho Guerra no sólo hizo eso [los cuentos], escribió canciones, escribió teatro. Gracias a que alguien lo mandó a Madrid. Y sé cómo murió: murió callado, en el cine Callao, en la plaza de Callao. Y sí que tengo relación yo con él, porque creo que soy la continuidad, él me abrió el puente y si me lo permite su gente, yo le continúo.

–Pero sus cuentos son creación propia.

–Sí.

–Ambientados todos en situaciones y experiencias en Canarias ¿o también de fuera?

–Si te fijas bien, todo tiene que ver con nosotros y nuestra idiosincracia. Lo que no impide que coincida con la idiosincracia de otros países latinoamericanos o caribeños, por nuestra forma de hablar y porque nuestra cultura es de ida y vuelta. La relación de Canarias con Cuba o con todo el Caribe no nos pertenece, la hemos heredado, viene de atrás de siglos, cuando los canarios se volvieron mambises y estuvieron con los cubanos luchando contra el invasor. Pero lo que tú preguntas: sí, todas las historias están basadas en experiencias nuestras.

–¿Y es de los que lleva un bloc a todas partes y cuando ocurre algo susceptible de convertirse en chiste lo apunta?

–Si quieres voy a la oficina y te dejo unos papeles. Estoy preparando lo del año que viene.

–¿Qué es más difícil, sentarse a pensar una historia para un monólogo o estar en el escenario frente al público?

“Para mí, Chistera es el taller de investigación si se me ocurre algo, que puede ser una tontería, pero igual hago reír”
–Lo más difícil es crearlo. Luego la dificultad es subirlo al escenario y ponerlo a prueba. Por eso, para mí Chistera es el taller de investigación. Si se me ocurre algo que puede ser una tontería, pero igual hago reír (porque en realidad hemos de reírnos de nosotros mismos, sin faltarnos al respeto), “esto podría funcionar”, y lo apunto en un papel. “¿Y servirá?”. Esa es la parte creativa. La siguiente dificultad está en ponerlo en el escenario y que la gente te apruebe. Yo estoy cada día expuesto a un examen. Por mucho que yo tenga el espectáculo hecho, cada vez que subo al escenario en Fuerteventura, en Miami o en Madrid, para mí es una prueba.

–Las actuaciones que hace en Canarias, por lo que yo he visto y he experimentado, hacen que el canario se desternille de risa cuando oyen sus monólogos y sus chistes. Esa experiencia, ¿cómo se traslada a Madrid o Miami? ¿De qué se ríen, de lo mismo, de otras cosas?

–Una cosa son los chistes, que son universales. Los chistes son de cultura de ida y vuelta. Y las historias, como tienen identidad propia, llevan el paisaje consigo. Si yo cuento una historia que ocurrió en mi playa de las Canteras, o en el Teide, primero dibujo el escenario, el sitio, el hábitat, y luego voy hablando. Y se ríen igual. Hay una cosa a tener en cuenta: la gente no se ríe igual en el sur que en el norte de España. Yo actúo en Asturias y la gente escucha muy bien y no se descojona, pero cuando acabo se levanta y aplaude. Mientras que en Andalucía tú caes en gracia y antes de decir nada ya están “ji, ji, ja, ja, olé”. Entonces tienes que tener en cuenta ese ritmo.

Manolo Vieira fue un pionero en el uso del taburete hoy tan común entre los monologuistas. Y él, además, lo usa.

–También hay quien se ríe de desgracias ajenas, ¿de qué no haría un chiste Manolo Vieira?

–Pues hace muchísimos años que lo dije, como treinta, que no haría chistes de mancos, ni cojos, ni ciegos. Porque tampoco es argumento para hacer reír. Últimamente no haría chistes, ni nadie los está haciendo, de los incendios en La Gomera, en Tenerife, La Palma o Gran Canaria. Yo nunca haría chistes de eso, ni si fueran en León, donde por cierto un alcalde en esa provincia decía que [los canarios] somos unos muertos de hambre. Bueno, pues que Dios lo proteja. Yo no haría nunca chistes en denigre de nadie.

–Sí se ríe de sí mismo. Recuerdo una actuación suya en la que se reía del tamaño de su boca.

–No sólo de mi boca. Como soy un ser imperfecto que reconozco que soy un ser imperfecto, mis imperfecciones las expongo y luego tengo la suerte de que encuentro entre el público gente que es igual que yo. Eso se llama ríete de ti mismo. Cuando te levantes por la mañana y te mires al espejo como hago yo, dí lo mismo: “No hay más ná”. Y entonces le digo al público “ríete de ti mismo, pero no te pases, no te faltes al respeto”. Por lo tanto invito a que sea digno, la dignidad es lo que nos salva.

–Y hablando de boca, pero en otro sentido, ¿necesita llevar una dieta alimenticia determinada por su profesión?

“Yo he trabajado muchísimo, pero tengo una parcela de sedentario del carajo y perezoso de cojones. Pero en mi pereza estoy observando, soy inquieto”
–No. Bueno, debido a la edad (ya tengo 63 años) tengo cosas prohibidas, como la grasa, pero nunca me vi obligado a seguir una dieta. Yo he trabajado muchísimo, pero tengo una parcela de sedentario del carajo y perezoso de cojones. Pero en mi pereza estoy observando, soy inquieto. Mi madre me decía “¿tú no sales, mi hijo?”. Y después arranco. Yo antes de salir al escenario me bebo una botella de agua sin gas. Suelen decirme: “¿dos horas actuando y no bebes agua?”. Ya me bebí el agua antes.

–¿Cuál es su plato favorito?

–¡Boh, si mi madre lo hiciera! Ya no cocina, tiene 87 años. Las judías que hacía ella, moros y cristianos. Mi madre cogía el ajo y lo asaba, y después lo metía dentro del guiso. Cogía la cabeza de ajo y la asaba en infiernillo y la metía en el guiso. ¡Una explosión de sabores del carajo! Y la que se comía el ajo era ella, porque es mantequilla pura.

–¿La cabeza de ajo la iba asando en un fueguecito, le iba dando vueltas? –interviene el chef Alexis Álvarez.

–Sí, en un infiernillo, que eso era una cocinilla de petróleo. Ella lo pinchaba con un tenedor y la garepa se iba yendo y dentro se iba asando.

–Hay que estar por lo menos 10 minutos –sigue Alexis.

–No creas, con el fuego fuerte. Y la cabeza entera, que éramos siete hermanos.

“Mi madre olía el vapor del guiso y decía ‘le falta sal”
–Así le estás cambiando el sabor al ajo crudo –dice Alexis.

–Claro, y aquello era una explosión de sabores. Y cuando servías el plato ya no había ajo. Que yo veía a mi madre oler el vapor del guiso y decir “le falta sal”. Sin probarlo.

–Ese truco me lo enseñó a mí una mujer –dice Alexis–. A descubrir cuándo una comida está sosa con olerla.

–Es que el vapor es agua y notas si le falta sal. A mí me alucinó mi madre, porque yo era niño y la vi que hizo así –hace el gesto de oler el vapor al mover la mano–: “le falta sal”. Que se usaba sal gorda de mar, que la teníamos del Confital.

–Y en el otro extremo, lo más horrible que ha tenido que probar por esos mundos, ¿que ha sido?

–¡Bah, una vez que estuve en Escocia! Y otra vez con Luis del Olmo, un tipo estupendo al que le mando un saludo, pero este caso no lo voy a decir. Lo de Escocia sí, era como una morcilla grande que apestaba. Para ellos no, porque tienen hecho el paladar a eso, pero mi paladar no lo estaba y cuando la corté y me llegó el tufo aquel, ¡ay mi madre!, que me perdonen los escoceces. Todo lo demás fue de putamadre, porque hicieron un venado y muelas de cangrejo… pero cuando sacaron aquello. Yo no sé decirte, era como unas vísceras rellenas y guisadas, no curadas como en España.

–¿Ron, cerveza, vino o agua mineral?

–Depende del momento. Yo soy de defender los vinos canarios. Los que valen, porque tampoco vayamos a ser cínicos diciendo que todos son buenos. Yo para comer, como toda mi pandilla, de entrada una cañita y luego no somos de primero vino blanco y después tinto, nosotros somos de tinto y si es con pescado no pasa nada. Tú puedes comer con sidra toda una comida, o con agua. Yo tomo vino blanco o vino tinto según me apetece. Y hay vinos en Canarias de putamadre, no voy a decir ninguna marca porque las otras se ofenden. Pero hay vinos en cada isla de cojones.

–Terminamos, un recuerdo dulce.

–¿De qué clase? porque podría ser un pettit-suisse.

–Un recuerdo dulce en la vida.

–Son muchos los que tengo: el nacimiento de mis hijas, conocer a mi madre, la profesión, son muchos. Mis amigos, el cine, la literatura.

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