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¡Ay, aquellos bizcochos ‘ilustrados’ de Santa Brígida!

La repostería de Gran Canaria tiene una destacada referencia en Santa Brígida que prácticamente ha desaparecido...

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La repostería de Gran Canaria tiene una destacada referencia en Santa Brígida que prácticamente ha desaparecido. En la fonda Melián varias generaciones de mujeres hacían los famosos bizcochos lustrados y (extintos, pero recordados) bollos negros. [En PELLAGOFIO nº 35 (2ª época, octubre 2015)].

Por YURI MILLARES y TATO GONÇALVES

La fonda de Santa Brígida estuvo funcionando en manos de la misma familia desde finales del siglo XIX hasta finales de los años 60 del XX, por eso era conocida como la Fonda Melián. Ubicada justo en la curva de la carretera del Centro que atraviesa el pueblo, allí se alojaban quienes bajaban de la cumbre a vender sus productos a la capital, o quienes desde Las Palmas subían a pasar algunos días de descanso a respirar el aire del campo para “abrir el apetito”, como recuerdan algunos testigos.

Estos son los famosos bizcochos que algunos llamaban 'ilustrados'. | FOTO TATO GONÇALVES
Estos son los famosos bizcochos que algunos llamaban ‘ilustrados’. | FOTO TATO GONÇALVES
“Yo era chica y me acuerdo que venía gente de la cumbre vendiendo queso y eso, hacían noche aquí y después seguían para Las Palmas. Y a la vuelta igual”, relata Araceli Hernández Estrada, última generación de la familia vinculada a la fonda y a su repostería (en su caso, haciendo mazapanes y los bizcochos lustrados).

Desde el bisabuelo Pancho
“Se llamaba la Fonda Melián porque mi bisabuelo era mastro Pancho Melián”, explica, pero sus recuerdos sólo alcanzan hasta su abuela Eusebia Melián. “Ella era la que hacía los bizcochos. La gente le traía los huevos y le encargaba los dulces para bodas y bautizos. A mí siempre me tenía guardados cuando venía a visitarla, siendo yo pequeña”, sonríe al mencionarlo.

Entrada a la Fonda Melián, así llamada desde los tiempos del bisabuelo de Araceli. Cerró en los 60 del s. XX.| FOTO T. G.
Entrada a la Fonda Melián, así llamada desde los tiempos del bisabuelo de Araceli. Cerró en los 60 del s. XX.| FOTO T. G.
Su abuela y las tías de su padre eran quienes llevaban la fonda y él era quien llevaba el local abierto al público que hacía de bar y dulcería, un mostrador de mármol blanco sobre una barra de madera y, detrás, unas altas vitrinas. “Lo llamaban Antoñito Melián, aunque su nombre era Antonio Hernández Melián” y se hizo cargo también de la fonda cuando sus tías lo dejaron. “Mi padre cerraba pronto, no aguantaba las borracheras. Estaba cansado de eso; quitar los dulces no quería, pero las copas sí y fue cuando quitó el bar y siguió con la dulcería. Si viviera ahora tendría 114 años”.

Antiguamente horneaban en un horno de piedra que había en un solar junto a la fonda. Pero cuando vendieron ese terreno, Antoñito se acercaba hasta la panadería para guisar los bizcochos. Araceli los siguió haciendo después durante muchos años, pero ya en un horno de gas que tiene por detrás de la dulcería.

“Mi padre no aguantaba las borracheras. Quitar los dulces no quería, pero las copas sí y fue cuando quitó el bar y siguió con la dulcería”

El mostrador de la dulcería con sus viitrinas casi vacías en una foto de 2000.| FOTO YURI MILLARES
El mostrador de la dulcería con sus viitrinas casi vacías en una foto de 2000.| FOTO YURI MILLARES
Cuenta divertida la anécdota de que a veces algún cliente llegaba y preguntaba: “¿Tiene bizcochos ilustrados?”. Más gracia le hace otra anécdota sobre el mismo asunto: “Una vez estaba Paula aquí y llamaron por teléfono y le dicen ‘quisiera los bizcochos ilustrados’ y ella va y me pregunta: ‘mira, ¿los bizcochos ilustrados son más caros que los lustrados?”.

Ni bollos, ni lata, ni receta
Araceli ya se ha jubilado y lo que quedaba de la Fonda Melián, la dulcería, también ha cerrado sus puertas. Pero aún se entretiene haciendo algunos de esos bizcochos de vez en cuando, pues todavía quedan vecinos que la conocen y se acercan a pedirle. Cuando estaba la tienda abierta –y esto es otra simpática anécdota–, llegaban clientes que habían estado allí hacía muchos años y preguntaban por lo que recordaban haber comprado entonces: “Mire, unos bollitos que hacían, que la lata donde los ponían era verde…”. Ella les decía: “Los bollos ya se acabaron, la lata la tiré a la basura y la receta no la tengo”.

—Mire, unos bollitos que hacían, que la lata donde los ponían era verde…

—Los bollos ya se acabaron, la lata la tiré a la basura y la receta no la tengo.

Otros son más precisos y preguntan por “los bollos negros”. Araceli explica que “los hacía mi abuela, eran unos roscones que la gente le decía bollos negros, pero ella no dejó la receta escrita y yo no los sé hacer”. “¡Me parece que eran oscuros porque tenían mucha canela y a mí me encantaba la canela!”, cree recordar una antigua clienta que los probó hace más de 50 años, cuando apenas contaba 8 años de edad y volvía de haber pasado el día con la familia en San Mateo o la Cruz de Tejeda.

La receta que conoce bien Araceli, obviamente, es la de los bizcochos lustrados, de textura muy tierna y sabor muy suave: para hacer un carpeto utiliza 24 huevos, azúcar, harina y ralladura de limón. Después de hornear la masa, la corta en piezas rectangulares y le añade por encima un almíbar –es lo que se llama lustrarlos– hecho con azúcar, agua y un poco de limón.

Patio interior de la Fonda Melián. | FOTO T. G.
Patio interior de la Fonda Melián. | FOTO T. G.
■ EN LA FONDA MELIÁN
Residencia de la poetisa Chona Madera

“¿Tú conoces a Chona Madera, la poetisa?, vivió muchos años aquí, hasta que mi padre quitó la fonda”, explica Araceli Estrada. En la sección “Personas por Padrón Noble”, de la revista Aguayro, junto a una caricatura de Manolo Padrón, podemos leer “desde Bartolomé Cairasco hasta Tomás Morales y Alonso Quesada, Gran Canaria ha sido y es tierra de grandes poetas. Y también en la isla han surgido poetisas de la talla y la calidad de Chona Madera, sublime representación de la más pura poesía intimista insular”.

Nacida en Las Palmas de Gran Canaria en 1901, la describe como “la poetisa del amor intenso, del dolor profundo, de la nostalgia de las vivencias y de los seres que se fueron: una poesía, en una palabra, plena de los más hondos sentimientos”. Su obra, añade, “es de las más relevantes de la lírica insular” (desde El volcado silencio, en 1944, a Mi otra palabra, en 1977, una año antes de morir). Es “un ejercicio de justicia recuperar a voces tan especiales como las de Chona Madera, una mujer incomprendida que vivió en tiempos de silencio, represión y soledad”, opina el escritor Luis León Barreto ●

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1 Comentario

  1. Octubre 6, 2015 at 11:53 am — Responder

    Me encantan estos artículos, los leo casi todos. No dejen de escribirlos nunca, gracias por esta labor divulgativa sobre nuestra gente, nuestra cultura, etc…
    Saludos.

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