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¡Llegan los príncipes a Fuerteventura!

Primera parte del divertido relato que narra la ‘accidentada’ visita de los entonces príncipes de España, don Juan Carlos y doña Sofía, a Fuerteventura...

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Primera parte del divertido relato que narra la ‘accidentada’ visita de los entonces príncipes de España, don Juan Carlos y doña Sofía, a Fuerteventura en el marco de un viaje oficial a Canarias, a cargo del escritor majorero Andrés Rodríguez Berriel que, en aquella época, ya residía de nuevo en aquella isla y poco después sería nombrado alcalde de Tuineje. [En PELLAGOFIO nº 38 (1ª época, febrero 2008).]

Por ANDRÉS RODRÍGUEZ BERRIEL
Fue alcalde de Tuineje (Fuerteventura) entre los años 1973 Y 1977

No lo viví directamente, aunque ya residía en la isla y el relator fue el gobernador civil que me había nombrado alcalde de Tuineje, junto a otros dos alcaldes, en su despedida del cargo: Gerona de la Figuera –apodado la Mula Francis, medía cerca de dos metros y pesaba más de 100 kilos– utilizaba para desplazarse por Las Palmas una moto Harley y se le conocía también como Polvo en Suspensión, pues había mandado cerrar todos los burdeles, prostíbulos y casas de niñas de la capital grancanaria.

Al gobernador civil se le conocía como Polvo en Suspensión, pues había mandado cerrar todos los burdeles, prostíbulos y casas de niñas de la capital grancanaria

En sus intrigas dentro del Movimiento contra el poder fáctico de Matías Vega Guerra, había destituido a Juan Pulido Castro como presidente del Cabildo de Gran Canaria y nombrado a Lorenzo Olarte y Ortiz Wiott, lo que le costó el cargo. En aquella despedida a las autoridades locales y para conocer a los alcaldes que había nombrado, después de un copioso almuerzo en el Parador de Fuerteventura, narró en la sobremesa con su humor mañico lo que podríamos titular “Primera visita a Fuerteventura de los príncipes de España y como para no volver”.

La princesa doña Sofía baja del helicóptero durante su vista a Canarias de 1973./ ARCHIVO LA PROVINCIA/DIARIO DE LAS PALMAS
Para ponernos en ambiente, diré que corrían los años 70 y en la capital majorera se lucha soterradamente por la representatividad o quién tiene el poder, lleva el gato al agua, mea cuesta arriba o sale en la foto, y formaban el trío el delegado del Gobierno, el presidente del Cabildo y el alcalde de la capital. Y en estos avatares don Juan Carlos y doña Sofía, recién casados, terminan su viaje a Canarias visitando Fuerteventura.

Lo que ignoraban los políticos es que, llegando por el norte a Puerto del Rosario, el primer campo de fútbol que se ve es el del cuartel…

En helicóptero
El programa decía que llegarían desde Lanzarote en un helicóptero tripulado por el propio don Juan Carlos y aterrizarían en el campo de fútbol de Los Pozos, donde las autoridades les darían la bienvenida. Hasta aquí todo perfecto. Lo que ignoraban los políticos es que, llegando por el norte a Puerto del Rosario, el primer campo de fútbol que se ve es el del cuartel y que el príncipe y el gobernador civil no conocían el callejero, ni los edificios singulares.

…Las autoridades, señoras y gente motorizada salieron en estampida hacia los coches en dirección al cuartel

El helicóptero aterriza, pues, en el campo de fútbol del cuartel ante el asombro del centinela del Puesto del Agua, que se desgañita llamando al cabo de guardia. Cuando éste aparece y ve a todas aquellas personalidades bajando del aparato, desaparece, gritando por el oficial de guardia, un alférez de la IPS [milicias universitarias] que, por comodidad y pensando que le había tocado una guardia descansada sin jefes ni oficiales por la visita de los príncipes, incluso se había quitado los correajes y la sahariana y estaba en mangas de camisa, echando una cabezadita en el sillón del Cuerpo de Guardia. Cuando el cabo de guardia le dice quién llegó, no atina a ponerse la sahariana, los correajes con la pistola y la gorra y, casi sin resuello, mal uniformado y temblando como varas verdes, logra decirle al gobernador que la visita era en el otro campo de fútbol y se lo señala desde allí. Todos regresan al helicóptero, que levanta vuelo.

Entretanto, en el otro campo de fútbol esperaban las autoridades civiles y militares y sus señoras, portando éstas unos ramos de flores ya medio marchitos que hubo que traer de Las Palmas. También, las niñas y las monjas del Sagrado Corazón y niños y niñas de otros colegios e institutos y sus profesores, que habían tomado el día como una actividad cívica de la formación política del niño; militantes del Movimiento, sindicalistas, funcionarios, plumillas, desocupados y gente con ganas de golisniar. Todos estaban en un lateral del campo de fútbol de Los Pozos a la espera, cuando alguien señaló al helicóptero que estaba aterrizando en el cuartel.

Se arma la de Troya
Aquello fue Troya. Las autoridades, señoras y gente motorizada salieron en estampida hacia los coches, como si de un rallye se tratara, y arrancaron en medio de una polvasera (las calles no estaban empichadas) en dirección al cuartel. Sólo quedaron los niños, los profes y gente no motorizada (en aquellos años, la mayoría).

Cuando la cabeza de la comitiva en sus coches oficiales llegó a la Explanada del muelle Chico, los sobrevoló el helicóptero que ya iba en dirección a Los Pozos y allí se formó el tapón, al tratar de dar la vuelta toda la comitiva. Para más inri, los municipales de aquella época –Morales, Pepe Cabrera y algún otro–, no estaban motorizados, sino bicicleteados y se habían quedado manteniendo el orden, junto a la guardia civil, en el campo de fútbol.

Cuando el helicóptero aterrizó en Los Pozos, la gente de a pie –y nunca mejor dicho–, ordenadamente, fue saludando a los príncipes, bajo el control de su seguridad personal, la guardia civil y la policía municipal. Prácticamente estaban rodeados de niños, profes y resto del personal, cuando regresaron los primeros coches oficiales y las autoridades y señoras tuvieron que abrirse paso entre la multitud a codazos, con movimientos de cadera las señoras para no estropear los ramos y sus tocados de peluquería, muy recargados en la moda de aquellos años.

■ El relato de Andrés Rodríguez Berriel sigue y concluye en al segunda parte: “Y el gobernador civil derriba la puerta”
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