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Campo, ciudad e igualdad en la Ley

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Faustino García Márquez, arquitecto, escribe sobre el proyecto de Ley para el Desarrollo Sostenible del Medio Rural, que se plantea como instrumento para favorecer la igualdad de los ciudadanos ya vivan en el campo o en la ciudad. En la columna “Notas de economía rural” de la primera época de la edición impresa de nuestra revista. [En PELLAGOFIO nº 33 (1ª época, junio 2007).]

Los optimistas soñamos con que esta no sea una excusa más para financiar nuevas infraestructuras viarias que terminen de aplastar, fraccionar y empequeñecer nuestro territorio, además de facilitar el negocio rural inmobiliario

Por FAUSTINO GARCÍA MÁRQUEZ
Ilustración creada especialmente para este artículo por MONTECRUZ

Las condiciones de vida en el campo, hoy, tienen poco que ver con las de hace 50 años, pero siguen estando muy por debajo de las condiciones de vida en la ciudad y siguen favoreciendo la huída hacia los núcleos urbanos más dinámicos, con mejores oportunidades. La población agraria envejece y el espacio rural productivo, con sus valores ambientales y paisajísticos y su significado esencial en nuestra cultura y nuestra identidad como pueblo, se sigue transformando en un territorio abandonado, víctima creciente de la indisciplina y la especulación.

Las formas de paliar esta degradación se han planteado y hasta legislado desde hace años, pero conocer las soluciones no basta para resolver los problemas. Todos tenemos en el trabajo o en casa asuntos que sabemos cómo resolver, pero pasan los meses y no encontramos el momento de acometerlos. Mientras lo pensamos, la realidad no se está quieta: el chorro gotea cada vez más, la puerta está más empenada, el trabajo más atascado, el territorio más degradado.

Las leyes, las directrices y los planes establecen determinaciones para defender o mejorar nuestro territorio, pero son sus programas de actuación los que cambian la realidad

Las leyes, las directrices y los planes establecen determinaciones para defender o mejorar nuestro territorio, pero son sus programas de actuación los que cambian la realidad. Cuando una norma no se desarrolla mediante acciones positivas concretas, no solo [pullquote1 quotes=”true” align=”right” variation=”steelblue”]Cuando una norma no se desarrolla mediante acciones positivas concretas, no solo no resuelve los problemas, sino que aumenta en el ciudadano la sensación de que no es sino una complicación más para su vida cotidiana o su desarrollo personal[/pullquote1]no resuelve los problemas, sino que aumenta en el ciudadano la sensación de que no es sino una complicación más para su vida cotidiana o su desarrollo personal.

A mediados del pasado mes de mayo, entró en las Cortes un proyecto estatal que abre una nueva ventana a la esperanza. El proyecto de Ley para el Desarrollo Sostenible del Medio Rural se plantea como instrumento para favorecer la igualdad de los ciudadanos en el ejercicio de sus derechos y deberes y, en particular, del derecho de los habitantes del medio rural a mejorar sus condiciones socioeconómicas, aumentar sus oportunidades de empleo y acceder a unos servicios públicos básicos de calidad en materia de educación, cultura, sanidad y transportes. También para conseguir una vivienda digna, pero no a costa del medio ambiente y del paisaje propiedad de todos, sino de políticas públicas de suelo y vivienda específicas para el medio rural, que fortalezcan sus pequeños y medianos núcleos urbanos.

Los optimistas soñamos con que esta no sea una excusa más para financiar nuevas infraestructuras viarias que terminen de aplastar, fraccionar y empequeñecer nuestro territorio

La Ley, para planificar
La novedad reside en que la Ley no se limita a plantear soluciones, sino que establece una herramienta sustantiva, el Programa de Desarrollo Rural Sostenible, para planificar actuaciones concretas coordinadas y financiadas por las administraciones estatal, autonómica y local. Los optimistas soñamos con que esta no sea una excusa más para financiar nuevas infraestructuras viarias que terminen de aplastar, fraccionar y empequeñecer nuestro territorio, además de facilitar el negocio rural inmobiliario, sino la muestra de una nueva sensibilidad, el inicio de una nueva etapa que devuelva a nuestros campos actividad, población y calidad de vida.

Los optimistas sabemos que eso depende de nosotros, ciudadanos del campo y la ciudad, y de nuestro nivel de exigencia a administraciones y políticos. Y tendremos que obrar en consecuencia.

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