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Pachamama, nuestro suelo escaso y no renovable

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El economista Fernando Redondo reivindica aquí la “madre tierra”, porque “necesitamos a nuestro medio natural para poder sobrevivir y por ello debemos cuidarlo y alimentarlo”. Y alerta de que el “discurso actual sobre la necesidad de eliminar las trabas y simplificar la política sobre el territorio huele a un asalto al suelo rústico”. [En PELLAGOFIO nº 33 (2ª época, julio/agosto 2015)].

fernando-redondo-3315-1aPor FERNANDO REDONDO RODRÍGUEZ

La Pachamama es una divinidad andina. No es creadora de la vida como en la mayoría de las creencias, sino una figura protectora que posibilita la vida en la tierra. Es el soporte de nuestra existencia. Ello supone el convencimiento de que necesitamos a nuestro medio natural para poder sobrevivir y por ello debemos cuidarlo y alimentarlo. Todos formamos parte de la madre tierra.

He recordado esta creencia, muy arraigada en la mayoría de las culturas, al leer estos días dos documentos publicados casi simultáneamente: el primero es la Encíclica del Papa “Laudato si” [Alabado seas], con afirmaciones tan contundentes como que “olvidamos que somos tierra” y que, por tanto, debemos eliminar los modelos de crecimiento económicos incapaces de garantizar el respeto al medio ambiente. Todo el documento respira la necesidad de preservar una herencia que no es nuestra y debemos mejorar. Especialmente reveladora es la radical afirmación de que “un crimen contra la naturaleza es un crimen contra nosotros mismos y un pecado contra Dios”.

Debemos eliminar los modelos de crecimiento económicos incapaces de garantizar el respeto al medio ambiente

El segundo documento es el Acuerdo para el Gobierno de Canarias firmado el pasado 23 de junio, en el que textualmente los firmantes (en su apartado 3) consideran que “las actuales generaciones de canarios y canarias no son dueños del territorio y de la biodiversidad canaria, sino unos simples administradores en nombre de nuestros hijos y descendientes”.

Cita de Marx
Es posible que desconozcan que la cita es de Carlos Marx (1), algo habitual en la historia del pensamiento colectivo cuando determinadas ideas terminan formando parte de nuestro acervo común, desconociendo su origen y, sobre todo, su significado.

La pregunta que debemos hacernos es si, realmente, apostamos por una verdadera política respetuosa con nuestra vida o si no deja de ser un eslogan en que todo es sostenible, bioclimático, ecológico y catalogado como verde sin contenido real.

Deberíamos temer por ello a determinados discursos que contribuyen a la confusión, a la utilización de la buena fe de la sociedad y así consiguen la desmovilización de la sociedad, que termina por no creer en la posibilidad de alternativas e instituciones creíbles. Desgraciadamente, tenemos ejemplos muy vivos de lo que significa hacer justo lo contrario de lo prometido: ignorar la Estrategia Canaria de Lucha contra el Cambio Climático, la prometida modificación del catálogo de especies en peligro de extinción en Canarias, o una eficaz implantación de las energías renovables

Tenemos ejemplos muy vivos de lo que significa hacer justo lo contrario de lo prometido: ignorar la Estrategia Canaria de Lucha contra el Cambio Climático o una eficaz implantación de las energías renovables

La experiencia nos indica que la única fórmula eficaz de implantar un cambio en los comportamientos sociales es con la implicación ciudadana, que modifique los hábitos y visión de valores. Esto exige un liderazgo y modos de gobierno. En definitiva, que los instrumentos para el uso del territorio sean compartidos y aceptados por toda la sociedad. Es decir, la participación efectiva en las decisiones.

Nuestra Pachamama es el territorio, nuestro suelo escaso y no renovable. Pero, a la vez, de un valor incalculable.

A estas alturas alguien se preguntará a qué viene este preámbulo y es porque creo que no siempre ha sido así. Hasta hace unos 40 años y durante siglos, todos los canarios manteníamos un respeto absoluto con nuestra tierra, la necesitábamos para sobrevivir y cualquier intervención que alterara su vida debía justificarse. Hoy, sin embargo, vemos cómo se desprecia a la naturaleza con actuaciones salvajes por el simple capricho de las segundas viviendas y la idea de que tenemos que sacarle un euro a toda costa. Todo vale, hasta montar un chiringuito en el Roque Nublo.

Huele a asalto al suelo rústico
Lo siento, pero el discurso actual sobre la necesidad de eliminar las trabas y simplificar la política sobre el territorio huele a un asalto masivo sobre el último rincón preservado: el suelo rústico.

En realidad lo que falta es una conciencia regional que dé sentido a Canarias como proyecto único. Ni siquiera tenemos prensa o proyectos culturales a nivel regional. Creo que esta publicación, PELLAGOFIO, es la excepción. Podría publicarse en cualquier isla porque habla de Canarias y su cultura, sin localismos ni exclusiones.

Falta una conciencia regional que dé sentido a Canarias como proyecto único. Ni siquiera tenemos prensa o proyectos culturales a nivel regional. PELLAGOFIO es la excepción

Confío en que la futura reforma electoral camine en esta senda de más región y menos islas. Lo contrario del discurso oficial de más Cabildo y menos Gobierno.

Por último y para empezar a recuperar lo nuestro, ahora que llega el verano, podemos iniciar la celebración de un milagro único en las islas que como desaparezca nos comemos unos a otros, me refiero al viento Alisio (ese fenómeno que algunos denominan “panza de burro”).

Si a algo le debemos nuestra existencia y nuestra historia es al Alisio. Pues bueno, ya tenemos una disculpa todos los canarios para agradecer el regalo de nuestra madre tierra, y dedicarle un día, subir a la Cumbre y maravillarse con el mar de nubes. Es gratis y de todos.
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(1) “Ni la sociedad en su conjunto, ni la nación ni todas las sociedades que coexistan en un momento dado, son propietarias de la tierra. Son, simplemente, sus poseedoras, sus usufructuarias, llamadas a usarla como bonis patres familias y a transmitirla mejorada a las futuras generaciones”. El Capital, tomo III, sección VI, capítulo LXVI.

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