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Secretos del bosque canario y sus árboles

Las islas Canarias tocaron fondo a principios del siglo XX con una masa forestal arrasada por 500 años de talas. Un siglo después, presumen...

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Las islas Canarias tocaron fondo a principios del siglo XX con una masa forestal arrasada por 500 años de talas. Un siglo después, presumen otra vez de bosques, pero… ¿cuál es su extensión, los pinos resisten realmente al fuego, el ganado perjudica o beneficia, interesa más tener pinares o castañares, el cambio climático nos dejará sin bosque? [En PELLAGOFIO nº 14 (2ª época, noviembre 2013)].

Por YURI MILLARES*

Pinar de Pilancones, en Gran Canaria.| FOTO TATO GONÇALVES

El archipiélago canario tiene, en este siglo XXI por el que ya nos adentramos, 130 mil hectáreas de bosque y aún dispone de capacidad en su suelo para albergar otras 90 mil hectáreas más. Y aunque el ritmo de las repoblaciones varía de año en año (en función de las posibilidades presupuestarias de las administraciones públicas en cada ciclo económico), técnicos forestales consultados por PELLAGOFIO estiman que “esas 90 mil hectáreas las podríamos conseguir en 70 años”, algo que, en cualquier caso, “deberíamos intentar acortar, haciendo un esfuerzo en los próximos 30 ó 40 años para repoblarlas con ayuda del proceso natural que está en marcha”. La mayor parte de los bosques canarios son pinares (unas 70 mil ha.), siendo el monteverde (nuestra exuberante y relicta laurisilva) el que ocupa el segundo lugar en extensión (unas 25 mil ha.) y el bosque termófilo el tercero en este ranking, con los palmerales, que tienen sus mayores extensiones en Gran Canaria y La Gomera.

Estas cifras contrastan con la realidad de cien años atrás (por ejemplo, los bosques de Gran Canaria apenas tenían a principios del siglo XX una superficie de 6 mil hectáreas). Ya a finales del XIX el navegante, naturalista y explorador francés Dumont d’Urville (Viaje pintoresco alrededor del mundo) escribía entre alarmado y sorprendido: “El mayor error de la administración española es no haber velado por la conservación de los bosques, que son para estas islas el gran alambique de la destilación pluvial. (…) Hoy en día la expansión de este suelo pelado es tan fuerte que la nubes no hacen más que pasar sobre las islas”.

Dumont d’Urville (navegante, naturalista y explorador francés, s. XIX):
“El mayor error de la administración española es no haber velado por la conservación de los bosques, que son para estas islas el gran alambique de la destilación pluvial”

Lo cierto es que los gobiernos españoles empezaron a tomar sus primeras medidas por esa época, enviando a conservadores de montes en una labor muy poco eficaz que el antropólogo, también francés, René Verneau explicaba porque el campesino, que “se queja de la sequía”, sigue talando “los maravillosos bosques del país en las propias barbas de los guardas”.

Monumento a la bombona
La primera mitad del siglo XX, con sus guerras mundiales y la propia guerra civil en España, no hizo sino agravar la situación de los bosques. Con el comercio portuario bajo mínimos, los escasos recursos forestales eran lo único de que disponía la población para tener leña y carbón con la que cocinar, o los puertos para suministrar a los barcos. “A la bombona había que hacerle un monumento, porque cuando vino el gas butano la gente dejó de hacer los cortes clandestinos”, solía decir Jaime O’Shanahan, figura clave en el inicio de las grandes repoblaciones forestales que dieron la vuelta a esta dramática situación a partir de 1951.

Las leyes que, por esa época, se dictaron en España tuvieron su efecto sobre las reforestaciones emprendidas en Canarias, aunque no exentas de sus controversias. “La ley estatal decía que todas las superficies por encima de los 900 metros debían ser forestales. En Canarias, por encima de esa altura, había agricultura y pastoreo y supuso un cambio radical en el uso del territorio. Y por eso, de alguna forma, hoy todavía se mantiene esa aversión a los pinos”, señala uno de los técnicos forestales consultados. “Pero, objetivamente –añade–, las Canarias necesitaban bosque. Gran Canaria especialmente”.

El progresivo abandono de algunas actividades tradicionales, “como el pastoreo intensivo o la siega de monte de forma superficial”, tuvo como resultado que a partir de los años 70 del siglo XX, el territorio entrase en un proceso que los técnicos forestales llaman “de cicatrización”: se produce una regeneración natural tanto de los antiguos pinares, como de los relictos de monteverde e, incluso, de los palmerales. “Ayudados por el viento y sobre todo por las aves (especialmente el mirlo), las semillas viajan fuera de la superficie ocupada por el bosque, incrementando de una forma considerable la superficie forestal”, que se extiende por territorios en los que se ha abandonado la agricultura o ya no se practica el pastoreo.

Frutales forestales, también
Las repoblaciones forestales refuerzan notablemente esa regeneración y ampliación de los bosques canarios que, aunque en los años 50, 60 y 70 eran mayoritariamente con pino (sobre todo Pinus canariensis, pero también insigne, halepensis y pinea), a partir de los años 80 se añaden a las repoblaciones otra serie de especies: palmeras, laurisilva e incluso frutales forestales, “que es importantísimo, porque son mucho más aceptados por la población rural”, reconocen los técnicos. Se refieren a castaños, nogales, álamos negros (olmos, como son más conocidos popularmente), higueras… “Toda esa lista de especies la Administración también los ha fomentado, sabiendo que es una forma de crear ecosistema porque la fauna los necesita”, añaden.

Llegados a este punto del artículo, puede que al lector le asalte la pregunta: ¿para qué tanto pino en vez de frutales? Los técnicos forestales lo tienen claro: “No hay que plantearse qué nos genera el pinar, sino ¿qué pasaría si no estuviese ese pinar? Es uno de los mejores usos del territorio, porque si hay un incendio el pino canario rebrota otra vez; en zonas accesibles nos produce una madera de muy buena calidad (tenemos que ser pacientes y esperar 200 años hasta que nos produzca tea, pero es un factor importante); también produce leña y pinocha (para cama de ganado, para hacer estiércol)”.

Son unos beneficios que, hasta hace poco, habían estado muchas veces vetados, de ahí esa aversión de la población rural al no permitírsele pastorear, disponer de leña o ni siquiera recoger pinocha. Incluso se multaba por cortar pasto.

Las multas: “leyenda urbana”
Eso es hoy algo impensable (“Hace 15 años que no se tramita una multa. Lo que queda son leyendas urbanas”, aseguran en el Cabildo de Gran Canaria), pues todos reconocen ya que esas son labores (junto a los tratamientos selvícolas para sanear el bosque, con talas selectivas) que benefician al propio bosque y evitan incendios: “El pastoreo controlado es un uso sostenible muy adecuado, porque mantiene el sotobosque a raya y allá donde crece el pino muchas veces no te crece otra cosa. Lo que no tiene sentido es plantar pinos donde podemos plantar laurisilva, castaños u olmos”, reconocen hoy los técnicos que cuidan nuestro patrimonio forestal.

Y sean de pinos o de cualquier otra especie, los bosques son –más allá de un recurso paisajístico para disfrute de la población urbana, o de un sostenedor de actividades rurales tradicionales– una necesidad para el territorio y su clima. Entre las funciones fundamentales del bosque están la producción de agua, la protección de suelos y, especialmente, la fijación de CO2 tan necesaria ante el uso y abuso de combustibles fósiles como el petróleo y el carbón. “Tenemos que pertrecharnos contra el cambio climático, y la mejor defensa es tener mucha superficie arbolada porque mejora el microclima y podemos hacerle frente, de forma mucha más óptima, al desgraciado cambio climático que nos espera”, insisten.
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NOTA
*El contenido de esta página se basa en entrevistas con los técnicos forestales Carlos Velázquez, Alejandro Melián y Juan Guzmán, además de la consulta de diversa documentación a la que PELLAGOFIO ha tenido acceso y datos de investigaciones propias.

■ A FONDO, EN BREVE
Del carbón clandestino, a la marca registrada

En los años 40 del siglo XX “se hacían doscientas carboneras clandestinamente y no había fuego en el monte”, aseguraba el carbonero de Gran Canaria Leonardo Jiménez, que había nacido en 1934 y aunque en aquella época él aún no hacía carbón, sabía que estaban allí. Los guardas no daban con ellas, explica, porque “de noche no se ve el humo”, y de día les tapaban las puertas sin llegar a ahogarlas y “el humo ya no es humo, es como si fuera vapor, al salir se desaparece”.

Los guardas no daban con las carboneras, porque “de noche no se ve el humo” y de día les tapaban las puertas sin llegar a ahogarlas y “el humo ya es como si fuera vapor”

Este periodista lo acompañó varios días un invierno de mediados de los años 90, mientras hacía carbón en medio del pinar en el llano de Garañón [como ilustra la fotografía de Yuri Millares]. Por primera vez entraron varios carboneros al pinar público a aprovechar, con todas las bendiciones legales, los árboles tumbados de las primeras talas selectivas que el Cabildo de Gran Canaria realizó para sanear el bosque. Y Nardo, como ha sido conocido toda su vida, presumía entonces de saber algunas cosas del campo mejor que los ingenieros, “por experiencia”, explicaba: “Usted viene a los pinares en el verano y verá que se pone verde-negro, porque el pino tiene resina, como el almendrero, y en el invierno se le cuaja y deja el pino de crecer. Lo puede decir en el periódico que el señor Nardo dice que el pino cuando más prospera es en el verano”.

El carbón vegetal de la cumbre de Gran Canaria (mayoritariamente de almendro y escobón) cuenta en la actualidad con su propia marca registrada●

Bosques quemados, pinos que sucumben

Aunque el pino canario tiene ganada su fama de especie pirófita (resistente al fuego), lo cierto es que en los grandes incendios que han sufrido las islas durante los últimos años se han visto muy afectados. Incluso se han perdido para siempre muchos de los grandes y majestuosos pinos centenarios en islas como El Hierro [ver entrevista a Lucas de Saá] o Gran Canaria.

“El pino canario está acostumbrado a incendios naturales, en invierno después de la caída de algún rayo”, explica uno de los técnicos forestales consultados. “Eran unos fuegos muy someros, muy tranquilos, porque iban de la parte alta de la ladera donde caía el rayo hacia abajo. Los dañinos son los incendios de verano que, por el calor, suelen ser de abajo hacia arriba”. El ecosistema del pinar no suele ponerse en peligro, pero sí ve alterada su estructura con la pérdida de los árboles de más edad. ¿Por qué?

El pino canario está acostumbrado a incendios naturales, en invierno después de la caída de algún rayo

“Es paradójico, pero cuando un incendio avanza hacia arriba por la ladera de un pinar, no quema directamente la parte de tronco a la que se enfrenta, sino que lo rodea y es como si se le aplicase un soplete por el otro lado”, porque hay combustible acumulado al pie (piñas, ramas, pinocha [ver foto de UPI Educación Ambiental]) y se generan heridas que con el siguiente incendio se acentúan. “Si a eso añadimos que el pino canario genera mucha resina y que muchos pinos centenarios fueron utilizados en el pasado para sacarles resina y tillas de tea para alumbrarse, el incendio vuelve otra vez a prender donde falta corteza y está la resina, generando brasa en el centro del tronco que va consumiendo la base hasta que llega a un nivel de susceptibilidad que o bien cae en pleno incendio o en el próximo vendaval”●

Buscadores de tesoros tras los pinos centenarios

Varios son los autores que han salido en busca de los tesoros vegetales del archipiélago canario y han recogido en libros las imágenes y relatos de los árboles más singulares de estas islas (por ejemplo Memorias Vivas de la Tierra. Árboles y arboledas singulares de Canarias de César-Javier Palacios y Domingo Trujillo, o Gigantes en las Hespérides. Árboles monumentales y singulares de las Islas Canarias, de Javier Estévez).

En Gran Canaria, y a raíz del gran incendio de 2007, se han venido realizando sucesivas campañas para inventariar sus pinos singulares, emprendidas por el Voluntariado Ambiental de la Obra Social de La Caja. Sólo en los tres años siguientes a dicho incendio ya han sucumbido un centenar de ellos, entre los que destacan el de Las Toscas de Pajaritos (Pajonales), el del Naranjero (Tauro), el Rayo (Ñameritas), el del Trancado (Pajonales), el de la Lajita (Manzanilla) o el más conocido de Pilancones. Los datos más actuales de este censo de pinos singulares vivos (centenarios en muchos casos) sitúa el número de ejemplares en Gran Canaria en 435.

Sólo en los tres años siguientes al gran incendio de 2007 han sucumbido un centenar de pinos singulares en Gran Canaria

El censo pone el acento más en la singularidad que en su edad, por las dificultades técnicas para calcularla (habría que sacar muestras con barrena, lo que tampoco asegura la fiabilidad de la medida). Para destacar la singularidad de estos pinos, pues, añaden a su longevidad otros aspectos como su altura, grosor del tronco, forma de la copa (que en el caso de los pinos ancianos es excepcional) y también su valor histórico o etnográfico: por ejemplo, el Pino de Las Toscas de Pajarito era llamado así por concentrar en sus ramas gran cantidad de aves que anunciaban la proximidad de lluvias [en la foto de Alejandro Melián]

Repoblaciones manifiestamente mejorables

Canarias ha recuperado en el último medio siglo parte de su territorio para bosques que hoy tiñen de verde su paisaje, con todas las ventajas ambientales que conlleva [en la foto de Jaime O’Shanahan, el entorno del roque Nublo totalmente pelado al iniciar el Cabildo las repoblaciones en 1953]. Pero también ha sido una labor en la que se han cometido errores que continuamente se están evaluando por los técnicos, para evitar repetirlos. El más famoso de ellos, repoblar en Canarias con pinos no canarios, que resisten peor los incendios (en el gran incendio de 2007, las superficies afectadas fueron similares en Gran Canaria y Tenerife, pero en esta última isla hubo mayor pérdida de masa forestal porque se vieron afectados pinares repoblados con especies foráneas).

En la zona norte de Gran Canaria, los pinares de repoblación se ponen marrones. La razón es que la semilla se sacaba de árboles del sur

Como dato curioso, se puede observar en primavera que si hay mucha humedad ambiental en la zona norte de Gran Canaria, los pinares de repoblación se ponen marrones, tristones. La razón es que la semilla se sacaba de árboles del sur de la isla, que se comportan de modo diferente por su adaptación a aquel microclima, y en el norte les afectan más los hongos que se desarrollan con la humedad ambiental.

El informe, aún inédito al escribir estas líneas, Seguimiento y evaluación de acciones forestales 1999-2009, realiza un diagnóstico de los errores cometidos más recientemente en los trabajos de reforestación en esta misma isla, recomendando, por ejemplo, “erradicar el cañaveral al menos tres años para posteriormente proceder a una repoblación”, o “continuar con las tareas de control –con clara tendencia a la erradicación– de las poblaciones de cápridos cimarrones en monte; por otro lado no tiene ningún sentido la autorización de pastoreo sobre zonas repobladas sin previa protección de la planta”●

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2 Comentarios

  1. Pablo Rodríguez
    noviembre 7, 2013 at 4:41 pm — Responder

    Muchas gracias por este estupendo artículo, que me ha resultado muy interesante y aportado nuevos conocimientos. Como bien se explica, llevamos un proceso de décadas experimentando, cometiendo errores y aciertos, explorando. No ha sido el camino más correcto, pero es el que fuimos capaces de hacer. Ahora disponemos de nuevos conocimientos, herramientas y aptitudes que nos permiten dar un salto adelante para mejorar nuestro entorno; este artículo es un claro ejemplo. Paso a paso, con inevitables tropiezos pero convencidos de las ventajas de recuperar los bosques canarios y entender cómo convivir con ellos; al menos, a diferencia de hace 60 años, disponemos de profesionales muy cualificados y capaces de motivar e incentivar a la sociedad. ¿Estamos preparados?, yo creo que merece la pena descubrir la respuesta. Un saludo.

  2. noviembre 10, 2013 at 10:42 am — Responder

    Buen texto, gracias por compartirlo.

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