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Tercera oportunidad para la cabra canaria dos veces extinta

Extinguida a mediados de los años 60 del siglo XX, la cabra salvaje que habitaba en el interior de la Caldera de Taburiente (introducida por los aborígenes de la isla) fue llevada...

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Extinguida a mediados de los años 60 del siglo XX, la cabra salvaje que habitaba en el interior de la Caldera de Taburiente (introducida por los aborígenes de la isla) fue llevada también a Bugio, una de las islas Desertas, subarchipiélago de las islas Madeira, donde fue erradicada en 2012 para salvar al petrel de Fea. [En PELLAGOFIO nº 57 (2ª época, octubre 2017)].

Los únicos dos ejemplares de esta raza de cabra que se conservan están en El Museo Canario, en Las Palmas de Gran Canaria. Disecadas, obviamente. Se trata de una hembra y un macho que fueron capturados en 1929 en la Caldera de Taburiente y cuyo destino era un regalo para el entonces Príncipe de Asturias, Alfonso de Borbón. La proclamación de la II República en 1931 dejó a las dos cabras en la casa que la familia Sotomayor (propietaria de grandes fincas en La Palma) tenía en El Madroñal (Gran Canaria). Allí las tuvo Tomás de Sotomayor y Pinto hasta que las donó en 1935 al citado museo, que las disecó.

Tomás Van de Walle Sotomayor, su nieto, fue precisamente quien presentó, en el Club La Provincia y unos días antes de publicarse este número de PELLAGOFIO, a los autores del libro Del color de los riscos, subtitulado “El ganado salvaje de la isla de La Palma según las fuentes orales”, Javier González y Daniel Martín.

La pareja de cabras salvajes disecadas de El Museo Canario (izq.) y la que está disecada en Funchal (Madeira).| FOTOS CEDIDAS POR EL MUSEO CANARIO Y MUSEO DE HISTÓRIA NATURAL DO FUNCHAL
Allí, y en su calidad de presidente de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Gran Canaria, Van de Walle se ofreció a colaborar con las gestiones que pudieran realizarse ante las autoridades de Madeira, para intentar averiguar si en la isla de Deserta Grande, en el subarchipiélago madeirense de las Desertas, quedan aún cabras salvajes palmeras, para recuperarlas y traerlas a Canarias.

Que cabras salvajes canarias se estuvieron llevando a Madeira es algo que se conoce hace siglos. El científico alemán Alexander von Humboldt ya escribió sobre ello en 1799. Cuando en 1977 el investigador Lothar Siemens (recientemente fallecido) rescató un acuerdo de 1481 de la Câmara Municipal do Funchal en el que se solicitaba autorización para la compra de “ganado de Canaria”, con el objeto de cubrir las cabras bravas que se habían soltado en las islas Desertas, decidió comparar morfológicamente las cabras disecadas de El Museo Canario con otra igualmente disecada del Museu de História Natural do Funchal. Las evidentes similitudes entre estos ejemplares pusieron en marcha de inmediato diversas iniciativas para reintroducirlas en Canarias.

La tercera y definitiva extinción de esta cabra salvaje puede producirse en muy poco tiempo en la vecina isla de Deserta Grande, donde se estimaba que en diciembre de 2015 quedaban unas 150 cabras

Ninguna de esas iniciativas (y fueron cuatro entre 1977 y 2003) lo logró. Entretanto, la cabra salvaje canaria que era la pieza buscada por cazadores que organizaban excursiones a la isla de Bugio, acabó siendo exterminada de esta isla en 2012 –y ya van dos veces–: las autoridades de Madeira decidieron erradicarla, en el marco de los planes que desarrolla el proyecto europeo Life para la conservación del petrel de Fea (Pterodroma feae/deserta), que nidifica en Bugio.

La tercera y definitiva extinción de esta cabra salvaje puede producirse en muy poco tiempo en la vecina isla de Deserta Grande, donde se estimaba que en diciembre de 2015 quedaban unas 150 cabras, entre las que puede haber ejemplares de la cabra salvaje canaria. Si el dato se confirmara, sería la última posibilidad para Canarias de lograr traerlas.

La única foto que se conoce, realizada por Manuel Rodríguez a finales de los 50: dentro de La Caldera, un macho cabrío salvaje.| FOTO JABLE ARCHIVO DE PRENSA DIGITAL DE CANARIAS (ULPGC)
La cabra de los auaritas
El interior de la Caldera, escribió en el siglo XVI el historiador y sacerdote portugués Gaspar Frutuoso, “tiene pastos buenos para ovejas, cabras y carneros, del que usan todos los pastores para la alimentación de sus ganados como algo en común; entran allí a principios del invierno por el lado que va a Tazacorte por una entrada, que se hace tan estrecha en la parte alta que por ella no puede pasar más de un hombre; y una vez que el ganado ha entrado por las veredas, ya en su interior, en un lugar muy espacioso y hondo, no puede salir de él y así todo se cría sin necesidad de pastor o guardián alguno”.

“En Canarias la práctica de liberar y recapturar ganado en las zonas agrestes ha sido recurrente y sostenida en el tiempo”, escriben Javier González y Daniel Martín en el libro Del color de los riscos. En el caso de la Caldera de Taburiente, añaden, esta costumbre “ayudaría a explicar la conservación en su interior de una población de cabras prehispánicas hasta fechas muy recientes”.

Tras la conquista de la isla (que finalizó en 1493) aquellos rebaños sueltos de cabras, que no se mezclaron con el “ganado manso” traído por colonos europeos, acabaron convirtiéndose en animales salvajes que, durante siglos, fueron objeto de cacerías por partidas de hombres que las buscaban por su carne, su piel y sus cuernos, aunque también por simple divertimento.

“Cuando prohibieron matar las cabras, se caminaban los riscos y las sacaban por la noche para las parrandas”

“En general la carne se repartía y se comía pronto, pero en caso contrario se salaba”, explican los autores del libro, citando a los informantes que “la describen como buena, de sabor fuerte, algo seca, y sin la grasa del ganado manso”. Y, al igual que hacían con la cabras domésticas, “sus cuernos se aprovechaban para las puntas de las cañas de pescar y de la piel se obtenían zapatos, zurrones y otros objetos”.

Introducción de arruises en la Caldera de Taburiente (1972).| FOTO ARCHIVO PARQUE NACIONAL DE TABURIENTE
Cazadas hasta su desaparición
La cacería a que fue sometida esta cabra durante las últimas centurias acabó con su extinción, avanzados los años 60 del siglo XX. “Fueron matándolas poco a poco hasta que acabaron con ellas. Iban muchas cuadrillas, todos los días, porque entonces no había las cosas que hay hoy que no te dejan cazar… Que eso fue un pecado… Acabaron y no hay ninguna, y es una pena”, citan González y Martín a Rafaelito, uno de sus informantes.

El magistrado de la Audiencia Provincial de Santa Cruz de Tenerife Cesáreo Tejedor impulsó la prohibición de la caza de esta cabra salvaje y fue el promotor de que se trajeran e introdujeran arruises en el parque nacional. “Fue cuando prohibieron matar las cabras. Allí quedaban lo menos diez o doce y dos o tres chivatos. Pero esos tijaraferos se caminaban los riscos (…), las sacaban por la noche para las parrandas y en las cavás de la viña”, relata otro informante, Esteban.

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