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Entre bramidos de camello

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“Elocuente imagen que habla del arduo y penoso trabajo del campo conejero”, escribe Domingo Rodríguez en esta entrega de la serie “Baúl del lector” en la que aparece un elemento antes inseparable y hoy casi desaparecido del paisaje lanzaroteño: el camello. [En PELLAGOFIO nº 40 (2ª época, febrero 2016)].

Por DOMINGO RODRÍGUEZ MARRERO

Como los volcanes, el viento, el sol, el jable o el malpaís, el camello forma parte indiscutible del álbum de símbolos de la isla de Lanzarote. Por encima de la estampa turística del camello conejero, y antes, mucho antes de la existencia de viajeros que contaran al mundo las peculiaridades y excelencias de tan personalísima y extraordinaria isla, los camellos ya eran parte sustancial del campo lanzaroteño. Tan antes que habría que remontarse unos cuantos siglos atrás, concretamente a los albores del s. XV para situar la llegada de los primeros camellos a las islas de Lanzarote y Fuerteventura. Traídos por moriscos desde el cercano continente, eran, más que transportados, arrastrados por las naves expedicionarias durante toda la travesía.

Habría que remontarse unos cuantos siglos atrás, concretamente a los albores del s. XV, para situar la llegada de los primeros camellos a las islas de Lanzarote y Fuerteventura

Con el cuerpo en el agua y sus enormes barrigas como bolsas de aire que les permitían flotar, llegaban agotados, estresados, asustados y heridos por las mordidas de los peces. Y se adaptaron a la nueva tierra, tomando carta de naturaleza en el paisaje isleño, infatigables y necesarios colaboradores del campesino en la transformación del terreno y en las labores propias del campo conejero. Como el que aparece en la foto, no sabemos si moro o tacho, como se denomina al camello de labor, bajito y bueno para el trabajo.

Con el cuerpo en el agua y sus enormes barrigas como bolsas de aire que les permitían flotar, llegaban agotados, estresados, asustados y heridos por las mordidas de los peces

Es en la década de los 50 en Masdache, municipio de Tías, donde el fotógrafo captó la escena. Una mujer y un hombre cargan a un camello de “palotes” (tallos principalmente de millo y otros restos secos que sirven para dar de comer a los animales). Elocuente imagen que habla del arduo y penoso trabajo del campo conejero, que nos traslada a un tiempo pasado de durísima subsistencia en que, en el s. XIX, vio exportar camellos nada menos que a Australia.

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