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Erguido ante la vida como ante la muerte

"Un 29 de marzo de 1937... el pelotón de fusilamiento lo asesinó en el penal de La Isleta...", escribe Carlos Santana Jubells...

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“Un 29 de marzo de 1937… el pelotón de fusilamiento lo asesinó en el penal de La Isleta…”, escribe Carlos Santana Jubells sobre Matías López en esta entrega, su tercera colaboración para la serie “Baúl del lector”. [En PELLAGOFIO nº 48 (2ª época, diciembre 2016)].

columnista-jubellsPor CARLOS SANTANA JUBELLS
Historiador, archivero y gestor documental

El mes pasado publicábamos y comentábamos una antigua instantánea de Matías López Hernández posando ante un pozo de agua en Gran Tarajal, y centrábamos el discurso en torno a la proverbial importancia del agua en el imaginario social y colectivo de todos los canarios. Continuamos en esta ocasión con la misma familia, mostrando a un adolescente que se yergue con los pies bien plantados sobre el borde de un estanque que se nutría en parte de las aguas del aquel pozo, en la misma finca de El Charco. Se trata de Matías López Morales, nieto de López Hernández.

Es paradójica la presencia del agua, dadora de vida, como elemento común que vincula dos imágenes que retratan a dos personas de una misma familia, de dos generaciones distintas. Pero sobre esta imagen, sabiendo lo que sabemos, planea una sombra de muerte.

Matías López Morales:
“Que tiemblen mis verdugos, que tiemblen los traidores. Que tiemblen los que han obligado a mi pueblo a comer tunera”

No me cabe la menor duda de que Matías nieto, un 29 de marzo de 1937, se mostró igual de erguido y con los pies igual de bien plantados en el suelo ante el pelotón de fusilamiento que lo asesinó en el penal de La Isleta. Sus únicos delitos eran su ideología política, ser secretario de la Sociedad Obrera y trabajar como mecanógrafo en el Ayuntamiento de San Lorenzo, donde se produjeron los primeros enfrentamientos serios en Gran Canaria en defensa de la legalidad republicana. Se había incorporado a ese puesto de trabajo tres días antes del 18 de julio de 1936.

Antes de morir escribió: “Muero satisfecho. Nuestro es el triunfo. Que tiemblen mis verdugos, que tiemblen los traidores. Que tiemblen los que han obligado a mi pueblo a comer tunera. La hora de su derrota ha sonado”. Tenía 25 años. Y tuvo la misma postura, la misma actitud, ante la vida del agua que ante la muerte por un fusil.

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