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“No sin mi moto”, farfulló el farero

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“La imagen de un motovelero que atendía a los faros y fareros en una situación tan precaria allá por los años 70 del pasado siglo parece una premonición de lo que en breve iba a empezar a ocurrirle a los fareros”, escribe Carlos Santana Jubells en su undécima entrega para la serie “Baúl del lector”. [En PELLAGOFIO nº 57 (2ª época, octubre 2017)].

columnista-jubellsPor CARLOS SANTANA JUBELLS
Historiador, archivero y gestor documental

En la madrugada del 7 de septiembre de 1973, el Bartolo costeaba la península de Jandía en medio de una espesa niebla. Era uno más de sus enésimos viajes cumpliendo el noble encargo de abastecer a los faros (y a los fareros) de las Canarias Orientales. Entre su carga venían el farero Ricardo Gutiérrez –que regresaba de sus vacaciones– y su motocicleta, me imagino que muy preciada para él, en tanto que era el único vehículo capaz de sacarlo de vez en cuando de las soledades del sur de Fuerteventura por las pistas de tierra que aún hoy cruzan la península.

Y encalló frente a la punta de Jandía, no lejos del faro. Mala suerte, pero “no sin mi moto”: los hombres que trepan por el escorado y maltrecho Bartolo no están sino intentando recuperar la moto de Ricardo antes de que el mar pueda tragársela.

No dudo de que algunos fareros sintieran la plenitud de libertad en algunos momentos. Pero debía de ser una vida tan dura o más que las vidas del resto del mundo

La imagen de un motovelero que atendía a los faros y fareros en una situación tan precaria allá por los años 70 del pasado siglo parece una premonición de lo que en breve iba a empezar a ocurrirle a los fareros, que no es otra cosa que la implacable desaparición de su oficio por mor de los avances tecnológicos.

Y cuando desaparece un oficio, desaparece consigo una forma de vida. No soy tendente a mitificar las bondades del pasado, no me gusta la visión sesgada de un farero viviendo aislado, con o sin familia, en una soledad autoelegida, feliz y en plena conexión con la naturaleza, romántica vida alternativa a la de la sociedad exterior, etc., etc. No dudo de que algunos fareros sintieran esa plenitud de libertad en algunos momentos. Pero debía de ser una vida tan dura o más que las vidas del resto del mundo. Si no, a ver de qué iba Ricardo a pasar las fatigas de recuperar su moto del Bartolo moribundo: porque con ella y sólo con ella podía de vez en cuando darse el lujo de tratar con otros seres humanos, con todo lo que esto implica.

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2 Comentarios

  1. Nina
    octubre 15, 2017 at 1:06 pm — Responder

    Resultan Los Faros aislados, misteriosos…pero con esta historia q nos has contado, entendemos las razones de poetas y sirenas.
    Muchas gracias, la compartí a Face, q todo el mundo la lea!
    Un abrazo!

  2. noviembre 7, 2017 at 12:40 pm — Responder

    Mi padre trabajaba en las oficinas de la Administración de puertos de Barcelona. De vez en cuando aparecía por la oficina un personaje pintoresco durante una temporada: era un farero. Ocurría que cuando veían que se estaba volviendo demasiado loco en su faro, lo acercaban a la “civilización” unos meses hasta que se recuperaba…más o menos. Yo entonces era una niña y me parecían seres maravillosos, como sacados de un cuento

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