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Notario gráfico de la comunidad

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“Instantánea de los 50 en la que se muestra la grada a reventar, repleta de hombres endomingados, de camisas relucientes y tocados con cachorros que atenúan los efectos del insistente solajero que alumbra la tarde”, describe Domingo Rodríguez en esta entrega de la serie “Baúl del lector”. [En PELLAGOFIO nº 38 (2ª época, enero 2016)].

Por DOMINGO RODRÍGUEZ MARRERO

De todos los personajes que formaban parte del universo cercano y popular de las distintas localidades de las islas, quien no faltaba jamás era el fotógrafo ambulante. Figura imprescindible y poseedora, por derecho propio, de un lugar muy destacado en el podio de personajes notables de la comunidad, el fotógrafo ambulante solía recorrer la comarca cámara en ristre, plasmando cualquier acontecimiento público o privado. Fuera una procesión, una boda, un bautizo, encuentros festeros, deportivos o de cualquier otra índole, incluidas las labores que desarrollaba un vecino, fuera agricultor en el proceso de cuidar la tierra, lavandera en el barranco, guayetes haciendo alarde de hombría con el vaso en una mano y el cigarro en la otra, niños de primera comunión…

Cualquier faceta de la actividad y existencia humanas eran susceptibles de ser registradas por el fotógrafo del pueblo, transmisor formidable de fotos que fijan el tiempo pasado en un papel

Cualquier faceta de la actividad y existencia humanas eran susceptibles de ser registradas por el fotógrafo del pueblo, notario gráfico de la vida de la comunidad, transmisor formidable de fotos que fijan el tiempo pasado en un papel, cuando la fotografía era un oficio al que no todo el mundo estaba llamado, salvo aquellos capaces de hacer especial lo cotidiano, y normal lo extraordinario, legándonos imágenes de gran valor documental en unos casos, y sentimental en casi todos. Fotógrafos consumidores de suelas andando y desandando caminos y veredas atendiendo a quienes solicitaban sus servicios de cuasi alquimistas de la imagen.

Uno de esos fotógrafos fue Vicente Pérez Melián, recorredor impenitente de la comarca de Valle Guerra, en el norte de Tenerife, retratando estampas campesinas y luchadas del fin de semana. Como esta instantánea de los 50 en la que se muestra la grada a reventar, repleta de hombres endomingados, de camisas relucientes y tocados con cachorros que atenúan los efectos del insistente solajero que alumbra la tarde, expectantes por el acontecimiento luchístico a punto de comenzar.

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