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Un loco en el supermercado

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“En el pasado, el bosque y los recursos que éste podía ofrecer no eran más que eso, un espacio proveedor de materias primas que además eran altamente demandadas…”, escribe Carlos Santana Jubells en su sexta entrega para la serie “Baúl del lector”, dedicada a los carboneros de Gran Canaria. [En PELLAGOFIO nº 51 (2ª época, marzo 2017)].

columnista-jubellsPor CARLOS SANTANA JUBELLS
Historiador, archivero y gestor documental

Las actividades económicas derivadas de la explotación del bosque alcanzaron una dimensión e importancia difíciles de entender hoy en día. Y es que la concepción del bosque desde una perspectiva ecológica y conservacionista es relativamente reciente. En el pasado, el bosque y los recursos que éste podía ofrecer no eran más que eso, un espacio proveedor de materias primas que además eran altamente demandadas. Madera, brea para el calafateo de los barcos (las cumbres grancanarias están cuajadas de hornos de brea), pinocha para cama de animales, tillas de tea para encender fuego o para la construcción (seguro que alguna vez han visto pinos viejos con grandes huecos en el tronco, que no son más que vías de acceso a la tea del árbol para la extracción de tillas) y, por supuesto, como se ve en esta imagen, carbón.

Bajo ese montón de tierra humeante se esconde la madera que está siendo convertida en carbón mediante una combustión lenta, baja en oxígeno y muy controlada. Dependiendo del tipo de madera y del tamaño de la hoya, la fabricación del carbón puede llevar desde un día hasta una semana y exige una atención constante, incorporando o retirando el carbonero tierra de la hoya para regular de modo muy preciso la combustión, evitar que se le desmadre y la madera termine hecha ceniza.

Los carboneros ilegales, ajustaban el tamaño de las hoyas para que no duraran más de una noche, para, al alba, enfriarla incluso con sus propios orines y salir del monte lo más rápido posible

La imagen corresponde a una hoya permitida por el Cabildo de Gran Canaria en 1996 en el contexto de talas controladas de pinar. Pero en otros tiempos, hoyas similares a esta se realizaron de marera clandestina. Los carboneros ilegales, conocedores de su oficio, ajustaban el tamaño de las hoyas para que no duraran más de una noche, a lo largo de la cual vigilaban celosamente su marcha para, al alba, enfriarla incluso con sus propios orines y salir del monte con el carbón ya embolsado lo más rápido posible.

Eran los tiempos en los que si le contáramos a alguien que en un futuro se iba a poder ir a un supermercado y comprar todas las bolsas de carbón que quisiéramos, nos habría tachado de loco.

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