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Guardianes de la tradición (En el centenario de Panchito)

El alfarero y ceramista Silverio López escribe sobre Panchito, el locero de La Atalaya...

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El alfarero y ceramista Silverio López escribe sobre Panchito, el locero de La Atalaya (Gran Canaria) de cuyo nacimiento se cumplieron cien años el pasado mes de marzo de 2007. [En PELLAGOFIO nº 32 (1ª época, mayo 2007).]

Por SILVERIO LÓPEZ

Cuando hablamos de tradición estamos hablando de traspasar la información de generación a generación y no la de retener o apropiarse de la misma. El motivo de esta carta es una reflexión sobre la casa de Panchito y el centro locero de La Atalaya de Santa Brígida. Pancho fue uno de los últimos herederos de una tradición locera que durante siglos se fue transmitiendo lentamente hasta hoy. Gracias a Pancho, a su generosidad y talante personal, llegó hasta nosotros la técnica de elaboración. Pero hemos olvidado que Panchito no solo nos transmitió un legado centenario, sino que con su presencia, su calidad humana y, sobre todo, su respeto hacia los demás, era portador de una condición humana fuera de lo común. Por eso lo admiramos tanto los que en una época nos dejamos caer por su taller y por su comedor de banquetas, exquisitos potajes y ron.

Panchito desbastando (con María, que está almagrando) a finales de los años 40./ FOTO AFHC-FEDAC

Su casa-cueva era un centro abierto de reunión de los vecinos y conocidos del pueblo, que pasaban a todas horas, como Manolito el Puto, la inolvidable María la Bambana y, por supuesto, Antoñita la Rubia

Para empezar, habría que hacer un breve análisis del significado que tuvo La Atalaya en la transmisión de la alfarería tradicional en la isla de Gran Canaria y en el resto del archipiélago. Tal vez por su relativa cercanía a la capital de la isla o por el carácter especial de sus habitantes, era conocida en Gran Canaria y fuera de ella desde finales del siglo XIX. Son muy conocidas las fotografías y postales donde vemos a loceras, guisanderos y habitantes de la zona en pose y actitud de trabajo portando piezas que han pasado a la historia.

De siempre ha habido un interés por la técnica y los habitantes de esa población, pero es a partir de los años 70 cuando jóvenes de Gran Canaria y de Tenerife se interesan por conocer por sí mismos la técnica de elaboración de la alfarería canaria. Y es en la persona de Pancho en la que encuentran el mayor apoyo, sirviendo de correa de transmisión para una mayor comunicación con el resto de loceras y población de la zona. Su casa-cueva era un centro abierto de reunión de los vecinos y conocidos del pueblo, que pasaban a todas horas. Personajes de lo mas variopinto y auténtico, como Manolito el Puto, Meína, Merengue, Colás, Santiago Maleta, Julio el Mierda, Carmen, la inolvidable María la Bambana y, por supuesto, Antoñita la Rubia. Ya solo continúa trabajando en su cueva-taller María la Quemá, ultimo exponente de la tradición alfarera de La Atalaya de Santa Brígida.

Asombrados y divertidos
Entre asombrados y divertidos pasábamos las tardes de tertulia, los encuentros con los noveleros, fisgones y turistas, que se metían por todas partes, hasta casi meter las narices dentro del plato de oloroso potaje con el que nos brindaba Pancho a diario, aparte de los estudiosos y entendidos en el tema y algún que otro político o funcionario ansioso de coleccionar amistades tradicionales.

Juan de Dios, La Engrifá, Antonio el del Bajo Risco, José el Barba, Antonio Juan, Valentín con su mágica flauta, el Golondriano, fuimos una primera hornada de jóvenes curiosos a los que Pancho y los vecinos de La Atalaya nos fueron acogiendo con sorpresa y curiosidad

Juan de Dios, La Engrifá, Antonio el del Bajo Risco, José el Barba, Antonio Juan, Valentín con su mágica flauta, el Golondriano, fuimos una primera hornada de jóvenes curiosos a los que Pancho y los vecinos de La Atalaya nos fueron acogiendo con sorpresa y curiosidad. Gracias su mentalidad abierta, a Pancho no se le caían los anillos al hacer reproducciones de cerámica aborigen del Museo Canario o de la dinastía Ming de las que salían en las cajas de fósforos.

Es por todo eso que La Atalaya de Santa Brígida ha sido un referente dentro de la alfarería canaria, que marcó e inició en el trabajo de la alfarería a toda una generación de jóvenes que fueron trasladándola al resto de las islas. Y pienso que debería seguir siéndolo.

¿Es suficiente?
Las personas que hasta ahora han gestionado el centro locero de La Atalaya y la casa de Panchito, convertidos en los guardianes de la tradición, han hecho una labor de mantenimiento reconocida por todos pero, ¿es suficiente un mantenimiento? Ellos gestionan una parte del patrimonio, el material, que es el propio centro, pero, ¿y el contenido del mismo?, ¿y el patrimonio inmaterial?

Pienso que no se debe de quedar en un centro que solo gira sobre sí mismo y en una casa vacía de espíritu, como un decorado de cartón-piedra, sino que debe abrirse y seguir siendo un lugar abierto y participativo, convertirse en referente de la alfarería canaria, centro de documentación y archivo, información de la cerámica tradicional canaria y prehispánica de todas las islas, con talleres teórico-prácticos de formación desde marketing hasta diseño, mirando hacia el futuro sin perder por supuesto la tradición.

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