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Comiendo algarrobas y ‘tupidos a tunos’ en la mili

Tras la guerra civil, a la ‘quinta del biberón’ le quedaba aún mucha mili por delante y muchos la pasaron vigilando el mar en Fuerteventura...

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Tras la guerra civil, a la ‘quinta del biberón’ le quedaba aún mucha mili por delante y muchos la pasaron vigilando el mar en Fuerteventura, una isla desértica y olvidada que Franco temía que fuera invadida por los aliados. En la imagen de cabecera, búnker asociado a una de las baterías de costa que se construyó en Fuerteventura en 1942, en plena guerra mundial. [En PELLAGOFIO nº 33 (2ª época, julio/agosto 2015)]

Por YURI MILLARES

Durante la Segunda Guerra Mundial las costas de Canarias fueron dotadas de diversas instalaciones defensivas, nidos de ametralladora y puestos de artillería de costa principalmente, para hacer frente a un posible desembarco de los aliados. “Franco temió un ataque aliado porque estaba coqueteando con el Eje (Hitler, Mussolini y el Japón)”, relata el escritor majorero Andrés Rodríguez Berriel. Acababa de terminar la guerra civil, en cuyos meses finales “entraron lo máximo de las quintas, la quinta del biberón y la quinta de los abuelos: la del biberón tenía que cumplir los años reglamentarios y estuvieron casi tres años más en el cuartel”. A una parte de esa tropa la destinó el dictador a ocupar aquellas endebles estructuras defensivas.

“A Fuerteventura, que entonces podía tener seis o siete mil habitantes, llegaron cerca de 7.500 soldados. La población de la isla se duplicó”, estima. Semejante invasión se repartió por toda la isla y sus pueblos. Aquí el majorero estaba acostumbrado a vivir escapando con lo que había, “tenía su gofio y su pescado salado, y con eso malvivía”. Los soldados, aunque tenías sus raciones y sus latas de atún (“me acuerdo que eran unas latas ovaladas de casi de 10 cm de altura y no sé si les daban una lata de aquellas para dos días”), intentaban completar su dieta con lo que les brindaban en los pueblos donde estaba su compañía o batallón: tomates, tunos, higos. “Se acogía al soldado con la hospitalidad que ha tenido siempre el majorero”, dice. Para los caballos y mulas llegaban de la Península sus raciones de algarrobas y habas, “que muchas veces ¡se la comían los soldados! porque no había otra cosa, las tostaban, les rompían la cáscara y se las comían”.

Economato y hospital militar
En Antigua, recuerda Andrés, estaba lo que se llamaba el economato y en la llamada Casa de los Montesdeoca, que tenía unos hornos grandes, soldados panaderos fabricaban pan noche y día: los famosos chuscos. Los ponían en sacos de lona, los sacos de dormir de aquella época (que la colchoneta era blanca con rayas azules), y ahí dentro los llevaban en camiones a repartirlos por toda la isla”.

“Muchos soldados de la Península no sabían lo que era un tuno. Se pegaban una jartada, y claro, se tupían. Recuerdo el primero que llegó al hospital, trancado: se les murió”

Pero también estaba el hospital militar “en las nuevas escuelas, que poco se llegaron a usar como tales. Yo estaba en la escuela en aquel entonces, nos sacaron de allí y nos llevaron a la parte de atrás del ayuntamiento viejo, donde le decían el Cuarto de las Cachuchas, una especie de calabozo que no era sino una habitación con dos ventanas y casi no cabíamos dentro”.

Entre los pacientes del hospital militar hubo mucho soldado empachado por comer tunos. “Las montañas estaban llenas de tuneras* y aunque el andaluz quizá las podía conocer, los del resto de la Península no sabían lo que era un tuno. Lo encontraban bueno y se pegaban una jartada, y claro, se tupían*. Recuerdo el primero que llegó al hospital, trancado: se les murió. Y no fue el único. El médico no sabía lo que tenía. Hasta que se dieron cuenta de que estaban tupidos, no cagaban. Entonces, con el bisturí les hacía un corte y les sacaba el tapón aquel, después los cosía y escapaban”.

La copla de los tupidos
Y como suele ocurrir, ríe Andrés, “la gente es muy leída y escribida y le gusta lo de las coplas” e intenta recordar alguna:

Agosto, mes desgraciado
de doce que tiene el año
estrecho me vi del caño
donde sale lo mascado.
Doscientos cincuenta tunos
se comió un peninsular
y el pobrecito decía
que no podía cagar.
A tanto aclamar por Dios
y la Virgen soberana,
vine a dar mi parte a luz
a las diez de la mañana…”.

La convivencia entre civiles y militares incluía misas y bailes. A los primeros estaban obligados a ir hasta las tropas moras (en Antigua también había un tabor completo de Tiradores de Ifni), soldados de religión musulmana que desfilaban y formaban igual que los demás delante de la iglesia. “No creo que comulgaran, pero sí formaban. Porque en aquella época a los soldados se les obligaba también a comulgar, tuvieran o no pecados. Aquello era una cosa colorida, con todas las compañías formadas en la misa de campaña, todo muy castrense. La gente del pueblo también participaba en la misa, que se celebraba fuera, y se ponía a un lado”.

Los chiquillos lo pasaban en grande entre tanto desfile y uniforme. “Yo me acuerdo de ir todos los chiquillos a la vez que los soldados marcando el paso por fuera de la formación, imitando a la tropa. Y en las horas de la comida (desayuno, almuerzo, cena) también pasaban con sus mascotas, la mayoría perros majoreros precisamente, marchando por todo el pueblo. Iban a donde estaban las cocinas en la Casa de los Montesdeoca y otra en el Pozo Verde”.

Bailes con pleitos, los mejores
Pero sin duda “el baile era lo principal”, en una sociedad que no tenía otras opciones de ocio. “Y con pleitos, porque había roces entre la tropa y la parte civil. Y en Fuerteventura todavía se dice que el baile que no tiene un pleito no es un baile bueno. Pero se convivía muy bien. En el hospital militar, cuando celebraban las patronas (la Inmaculada de Infantería, Santa Bárbara de Artillería, etc.), también se hacía una serie de bailes. Sacaban las camas y allí los hacían. Normalmente era para los jefes (oficialidad y suboficiales) y participaban los civiles.

Galería excavada en las afueras de Antigua que se utilizó como polvorín.| FOTO YURI MILLARES
Galería excavada en las afueras de Antigua que se utilizó como polvorín.| FOTO YURI MILLARES
■ HABLAR CANARIO
Tras el rezo mirando a La Meca, firmes en misa

El Tabor de Tiradores de Ifni que se instaló en Antigua “estaba enfrente de mi casa”, recuerda Andrés Rodríguez, también había un Tabor de Regulares y una compañía mixta con artilleros, ingenieros, zapadores y topógrafos. Al mando del tabor estaba el capitán Mizzian que fue Capitán General de Canarias en 1955 y más tarde ministro en Marruecos con Mohamed V. Estaban en una casa “requisada” (así lo llamaban entonces), la casa de los Évora de donde quitaron a los medianeros que vivían allí. “Los moros tenían unas jaimas por debajo, unas tiendas de campaña con una especie de burras de hierro y unas tablas encima, donde ponían la colchoneta rellena de paja y allí dormían”.

Compraban sus cabras viejas por ahí y los sábados las mataban, las desangraban con la cabeza mirando para La Meca…

Estos soldados, aunque desfilaban y formaban para la católica misa de campaña, “practicaban sus propios ritos musulmanes y se desnudaban para las abluciones de la mañana, sus oraciones. Salían de la jaima desnudos y se hacían unos lavados con tierra, que se quedaban colorados porque aquello más que arena era tierra colorada. Entonces se quejaron las mujeres de los alrededores, mi padre se lo dijo al capitán Mizzian y los mandaron ponerse más abajo y más lejos, en el barranco, donde no los viera nadie”.

…Después hacían unos cortes en las cuatro patas, metían unos canutos de caña y se ponían a soplar

“También compraban sus cabras viejas por ahí y los sábados las mataban, las desangraban con la cabeza mirando para La Meca. Después hacían unos cortes en las cuatro patas, metían unos canutos de caña y se ponían a soplar hasta que hacían un balón y le metían un cuchillo por el cuero de la barriga y sobre el mismo cuero la tendían. Habían hecho una especie de hoguera y en una verga*, cortando trozos de carne la iban ensartando allí y la ahumaban un poco, porque aquello ni lo asaban, y se la iban comiendo hasta que no dejaban más que los huesos”.

VOCABULARIO
verga. Alambre grueso (cita el Tesoro lexicográfico del español de Canarias).

tunera. Chumbera o nopal. “Higuera chumba”, la describe Benito Pérez Galdós en su cuaderno publicado por el Cabildo de Gran Canaria Voces canarias recopiladas por Galdós).

tupido. Estreñido. “Aparte de otras acepciones, que ignoro si son canarias o no, se dice que está tupido el que padece de la molestísima dolencia del estreñimiento, sobre todo el que el vulgo atribuye al abuso de los tunos o higos chumbos”, explica Agustín Millares Cubas en Cómo hablan los canarios) ●

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1 Comentario

  1. Artemi Alejandro
    Septiembre 3, 2015 at 12:09 pm — Responder

    La defensa de este Patrimonio tan amenazo tiene su mayo aliado en trabajos como este. Gran artículo, con una aproximación al tema más que atractivo. Otra labor pendiente es un gran archivo sonoro con todas estas historias que se nos van cada día… Gracias por compartir este cachito de nuestra Historia.

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