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De madurar quesos debajo de la cama en una cueva, a fundar una empresa líder

La historia de la empresa Bolaños (los mayores maduradores de queso de leche cruda en España) es la historia de la vida...

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La historia de la empresa Bolaños (los mayores maduradores de queso de leche cruda en España) es la historia de la vida de Manuel Hernández Bolaños, que aquí relata su hijo Manolo, pues desde muy pequeño ya lo acompañaba a recoger queso. [En PELLAGOFIO nº 45 (2ª época, septiembre 2016)].

Por YURI MILLARES

Manuel Hernández Bolaños, Manuel el Casiana, procede del pueblo de Montaña Alta (municipio de Guía), aunque para ser precisos la cueva donde nació el 30 de agosto de 1926 estaba a unos pocos kilómetros en pleno monte, en el Risco de los Escobones. Su madre, Bibiana, hacía queso con la leche de unas vacas que tenían “y con eso pudo criar once hijos, porque la madre y el padre de mi padre eran unos currantes”, dice Manolo, el hijo de Manuel. Bibiana solía bajar a vender el queso al valle de Agaete acompañado por su hijo Manuel, iban caminando, descalzos. “Los callos que tenía mi padre se los cortaba su padre con una hojilla de afeitar. Y los quesos no eran ni para venderlos, los troqueaban*. Esa noche dormían en el Valle, en casa de alguna gente que ya los conocía, y al siguiente día volvían para arriba”.

Vendedora de quesos de Gran Canaria a principios del siglo XX, retratada por el fotógrafo madeirense Jordão da Luz Perestrello. | FOTO AFHC-FEDAC
Vendedora de quesos de Gran Canaria a principios del siglo XX, retratada por el fotógrafo madeirense Jordão da Luz Perestrello. | FOTO AFHC-FEDAC
Cuando Manuel el Casiana se casó, el suegro le dio a la nueva pareja una cuevita donde vivir en La Caldera, junto a Lomo del Palo (municipio de Gáldar). En aquella diminuta estancia nacieron sus primeros hijos, entre ellos Manolo. Fueron años en los que El Casiana recorría los campos cargando un fardo con ropa que iba vendiendo a los lugareños, caminando, siempre caminando. En ese diario andar no dejó de seguir vinculado al producto que en esa zona casi cada familia, por humilde que fuera, tenía: queso. Poco después abrió una tiendita en otra cueva cercana, en Lomo del Palo, a donde se mudaron.

Manolo Hernández:
“Mi padre compraba puños de queso y se los jincaba en la cabeza, entre la cabeza y el fardo…”

Con las alforjas al hombro
“Mi padre compraba puños de queso y se los jincaba en la cabeza, entre la cabeza y el fardo. Salía de Lomo del Palo de madrugada y llegaba a San Juan de Guía aclarando el día, para empezar a venderle queso allí a la gente que se iba a los trabajos y después seguía hasta Guía y Gáldar”, relata Manolo. En la tienda, donde también vendían queso, “mi madre, en paz descanse, vendía la ropa escribiendo rayas en un papel, porque no sabía ni leer ni escribir. Mucha gente pasaba por la tienda y mi padre les preparaba comida de lo que había. Allí empezó a venderse el queso de flor, que mi padre también lo llevaba a Guía y Gáldar y, más tarde, a Las Palmas”.

Manolo Hernández:
“…Salía de Lomo del Palo de madrugada y llegaba a San Juan de Guía aclarando el día”

Fue así como El Casiana se convirtió en parte de aquel paisaje, recorriendo los campos de aquellas tierras de agricultura de subsistencia que producía lo básico, donde abundaban los pastos y las ovejas. Sustituyó el fardo de ropa por una alforja de lana que colgaba de un hombro, llenándola de quesos (cuatro de cinco o seis kilos en el bolso delantero y otros tantos en el de detrás) que compraba y después vendía en su tienda, o en las ciudades cercanas. Y con su hijo Manolo en cuanto pudo acompañarlo. “¡Yo acarreé más queso en esas alforjas…! Y él todavía se ponía un saco arriba de la cabeza con más quesos. Yo estoy con él desde chico, con seis años; y mis hermanos. A esa edad ya comenzamos a coger queso. Mi padre siempre decía: ‘Si no pueden traer cinco, traen tres, pero tienen que traerlos’. Y los traíamos a Lomo del Palo desde el barranco del Pinar que pertenece a Guía, del barranco del Laurel que pertenece a Moya, de Caideros que pertenece a Gáldar. Siempre recogiendo quesos y llevándolos para arriba”.

Forjando respeto
Aquellas alforjas de lana fueron desapareciendo “porque no había quien las hiciera”, recuerda Manolo, así que después “las hacíamos con los sacos de las papas; o los sacos del guano, que eran de cien kilos. Mi madre los cogía y los lavaba bien para hacer alforjas. ¡Y el queso de flor trayéndolo con cuidado, para que no se escache!”

Manolo Hernández:
“¿Quién le dio vida al queso de flor? Fue mi padre, no hay nadie más viejo que él que se dedicara a eso”

Tan modestos comienzos, forjando un nombre como persona seria para los negocios, le granjeó el respecto de quienes hacían y le vendían los quesos que él, después, sacaba de aquellas montañas y barrancos para acercarlos al consumidor. “¿Quién le dio vida al queso de flor? Fue mi padre, no hay nadie más viejo que él que se dedicara a eso. Venía gente de Guía y Gáldar a la tienda a llevarse el queso y a veces me decía: ‘Manolo, vete abajo a casa de María, a la barranquera, que te dé dos quesos de flor que después arreglamos. Y estamos hablando de hace muchos años, que yo tengo 61 cumplidos en agosto. ¡Imagínate cuántos años andando con los quesos de flor al hombro!”

Fue así como también se convirtieron en maduradores, guardando los quesos que compraba todavía tiernos en la cueva de Lomo del Palo. “En esa época dormíamos sobre el queso. En la tienda había un cuarto por dentro donde teníamos las camas, dormíamos todos juntos ¡y debajo de las camas teníamos el queso! Y con la tienda empezaron a venir las cajas de agua de Firgas, que eran de tablas, así que mi padre entongaba las cajas y metía ahí los quesos. Toda la cueva llena de quesos. Y el que era más tierno, más blanducho, como el de flor o media flor, iba al suelo sobre cartones: entre más fresquito mejor”.

Del campo a la ciudad
Con el tiempo la familia cierra la tiendita y se traslada a la capital de la isla, donde abren otra tienda en el nuevo barrio de Casablanca I. Hacía ya algún tiempo que Manuel el Casiana se había sacado el carnet de conducir y se movía por todo el norte, así que dar el salto a la ciudad fue una consecuencia lógica a medida que fue creciendo la actividad de compra-venta. “Teníamos un furgón y empezábamos vendiendo en Agaete, Gáldar, Guía y Arucas hasta llegar a Las Palmas con mercancía para el mercado y a tiendas: quesos, pero también papas, millo, etc”, recuerda Manolo.

Manuel Hernández Bolaños acaba de cumplir 90 años cuando se publica esta página.| FOTO T. GONÇALVES
Manuel Hernández Bolaños acaba de cumplir 90 años cuando se publica esta página.| FOTO T. GONÇALVES
La tienda dio paso a algunos locales para guardar y madurar queso que llevaban a supermercados y tiendas. Su nombre cada vez sonaba más entre ganaderos y comerciantes, así que de vender sólo queso del norte pasó a ampliar los contactos y sus proveedores hasta cubrir toda la isla. “Íbamos a recoger queso al campo todos los días y cuando llegábamos a Casablanca, que es una ladera, había que llevar las compras al hombro”, sigue. Sus clientes pasaron a preguntarle si no vendía también queso d eotras islas y acabó por dar el salto a Fuerteventura y La Palma, islas con mucho queso y tradición de exportar a Las Palmas de Gran Canaria. “La gente venía sola porque estaba buscando a algún comprador diferente de los que ya había. Conocían a mi padre, que era un tío serio, y terminaban vendiéndole a él”.

Terminaron cerrando la tienda y dedicándose sólo a madurar quesos en una empresa a la que ya se ha incorporado la tercera generación

Terminaron cerrando la tienda y dedicándose sólo a madurar quesos y, a iniciativa de su hijo Manolo, edificaron un almacén en el barrio de Salto del Negro donde guardarlo en cámaras. Hoy en día son los mayores maduradores de queso de leche cruda de España, en una empresa a la que se ha incorporado la tercera generación, Aarón y Marcos, hijos de Manolo, nietos de Manuel.

■ HABLAR CANARIO
El diablo estaba metido allá arriba

Aunque Manolo Hernández estuvo junto a su padre desde muy niño, acompañándole a buscar quesos, lo cierto es que en aquellas medianías del norte donde vivían “no había ni escuelas”, relata, así que tuvo que ir con sus hermanos unos años como interno a un colegio en Gáldar.

Manolo Hernández:
“Yo casi no comía y mi madre estaba preocupaba, pues estaba fijo con los pastores, pajareando”
“Mi padre venía a vernos cuando bajaba a vender el queso, una vez en semana o cada quince días. Allí aprendí hasta a comer, porque yo casi no comía y mi madre estaba preocupaba, pues estaba fijo con los pastores, pajareando, que es lo que me gustaba”. Pero aquello fue sólo un paréntesis en su vida, que se desarrolló por aquel tiempo en Lomo del Palo. Con el furgón que por fin pudo comprar, su padre traía mercancía a la tienda (paja para los animales, por ejemplo) y distribuía por la comarca los quesos que curaba. La tienda, sin embargo, “estaba a 500 metros de la carretera y aquello era un ventanero*, que si era verano servía, pero en invierno no había coche que pasara por allí, no era más que barro”. Por eso, cuando el padre salía con el furgón él solo, al volver “nos tocaba la pita desde la carretera y había que levantarse de la cama si estaba uno acostado e ir a descargarlo desde allí. Eso es el diablo metido allí arriba, ¡un frío y una mollizna*!”

VOCABULARIO
mollizna: Parece cruce de un derivado del portugués molhar “mojar” y el español llovizna (cit. en Tesoro lexicográfico del español de Canarias).

troquear: Aquí, cambiar una mercancía por otra. También “poner una cosa en lugar de otra” por equivocación, según G. Ortega en Léxico y fraseología de Gran Canaria.

ventanero. “Viento fuerte y prolongado” (G. Ortega, op. cit.) ●

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