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El bosque del Cedro, último reducto del cochino guanil (y 2)

Segunda parte (Entrevistas a vecinos de edad avanzada de los caseríos límitrofes con el monte del Parque Nacional de Garajonay) del trabajo de investigación titulado "La antigua raza de cerdo canario: el cochino guanil o semisalvaje", de Cristóbal Gutiérerz.

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A partir de documentos históricos, artículos de prensa y datos sobre su morfología y biología, así como testimonios recogidos mediante entrevistas realizadas en La Gomera, el autor identifica al cerdo introducido en Canarias por las primeras incursiones humanas que arribaron a este archipiélago, muy distinto de la actual raza de cochino negro canario. Segunda parte (Entrevistas a vecinos de edad avanzada de los caseríos límitrofes con el monte del Parque Nacional de Garajonay) del trabajo de investigación titulado “La antigua raza de cerdo canario: el cochino guanil o semisalvaje”. [En PELLAGOFIO nº 50 (2ª época, febrero 2017)].

Por CRISTÓBAL GUTIÉRREZ

ALa edad de la mayoría de los encuestados para documentar con su testimonio este trabajo –en Igualero (Vallehermoso), Los Aceviños (Hermigua) y Meriga y La Palmita (Agulo)– oscila entre los 70 y los 90 años, conocedores del monte gomero desde su infancia, como sus padres y abuelos, por el pastoreo de ganado además de otros usos y costumbres de los Altos del Cedro, y por haber trabajado como peones forestales y vigilantes para diversos organismos vinculados al patrimonio forestal.

Señala León Sosa, sobreguarda palmero destinado a La Gomera en el año 1966 y posteriormente jefe de zona en esta isla, la inexistencia ya entonces de cochinos semisalvajes en monte público, pues ya en la década anterior agentes de Patrimonio Forestal (como el sobreguarda tinerfeño Antonio Martín), se ocuparon de hacer valer la orden de retirar los ganados domésticos y guaniles de los Altos de la Gomera. Eran tiempos en los que las familias llevaban sus rebaños de cabras y ovejas a pastorear con temor a ser sancionados, época en la que los pastores que tenían “marca” en las últimas piaras de puercas semisalvajes, las tuvieron que capturar y bajar a los pueblos para vender, mientras otros simplemente las abatían en el monte.

Los pastores que tenían “marca” en las últimas piaras de puercas semisalvajes, las tuvieron que capturar y bajar a los pueblos para vender, mientras otros simplemente las abatían en el monte

Recuerda Sosa que en los años 60 todavía había crianza de algunos cerdos de forma controlada en algunas fincas de monte de propiedad privada. La hacían los propios encargados de dichas fincas, como Ángel Cabrera en la zona de Juel (en tierras propiedad de las familias Ascanio, Méndez y Fragoso), pero, según los entrevistados, se trataba ya de cerdos comprados en los pueblos de la zona, mezcla de la antigua raza retirada del monte con cerdos “de fuera”, en referencia a los cruces habituales que se realizaban con razas de producción en los chiqueros.

Los cochinos semisalvajes, afirma Carlos Medina (natural de Los Aceviños) “fueron los primeros cochinos que vi cuando aún no me habían salido los dientes”. Según Maximiliano Negrín, también de familia de Los Aceviños, “era la raza antigua de cochino de La Gomera”, y añade: “era la raza que tenían mi padre, Agustín, y mi abuelo”. Luis Mesa (de Igualero) también dice que “era la raza que había desde antiguo”.

Hocico alargado, grandes colmillos
La descripción que los entrevistados hacen del cochino semisalvaje concuerda con la realizada por el periodista Pascasio Trujillo en La Falange (28-6-1945), proporcionando aún más detalles sobre el aspecto morfológico de esta raza, así como otros datos de interés en torno al animal. Así, coinciden en describir al animal “de hocico muy largo y afilado, grandes colmillos, oreja chica y empinada; eran más cortos de hechura que largos y muy livianos; peludos, con crines erizadas arriba del pescuezo y lomo, de cerdas duras; alto de patas, cola peluda hacia abajo, pero enroscaba cuando el animal estaba inquieto o incomodado”.

La mayoría eran negros, pero también había de color canelo o pintados, mezcla de manchas negras y marrones

Añadiendo que “la mayoría eran negros, pero también había de color canelo o pintados (mezcla de manchas negras y marrones) o también con alguna pequeña mancha blanca”. Así, por ejemplo, de una manada de 20 cochinos, al menos uno o dos eran de color diferente al negro: marrones o pintados. Eran “más chicos” que los cochinos “de fuera” y el peso que alcanzaban los que vivían en el monte rondaba los 40 kilos, mientras que un lechón hermano de aquellos, si lo cogían del monte y lo criaban y alimentaban en el corral podía llegar a los 70 kilos (haciendo referencia a un animal ya adulto rondando “los dos años criado en goro”). Excepcionalmente, hacen referencia a un único animal de esta raza semisalvaje que alcanzó los 80 kilos criado en goro.

Invariablemente, en ambos casos, tanto los salvajes como los que eran capturados y criados en goros, los informantes coinciden en que era una raza de cochino que tenía poca grasa. Las piaras recorrían todo el monte en busca de helechos y bagas del laurel y otros árboles (los lugareños llamaban “laurel baguero” al que da muchos frutos y “yesqueros” a los viejos troncos en descomposición de donde obtenían la yesca para hacer fuego).

Los que vivían en el monte rondaba los 40 kilos, mientras que un lechón hermano de aquellos, si lo cogían del monte y lo criaban y alimentaban en el corral podía llegar a los 70 kilos

La naturaleza de éstos animales era prácticamente salvaje. La manada era guiada por las puercas madres más viejas, avanzando “en fila al trote” por el monte; los berracos adultos eran más solitarios y gustaban de los revolcaderos y las pozas de agua que se forman donde discurre el riachuelo. El manejo de éstos animales era mínimo y nada fácil. Ariscos y agresivos cuando se sentían amenazados, no les gustaba la proximidad humana. Los pastores se reunían tres o cuatro y le decían “ir a agarrar los cochinos”, en lugar de “apañar”, como se dice para las cabras.

Perros enseñados pata buscar al cochino
Usaban “perros enseñados”, generalmente un tipo de “perro sato” [pequeño, de patas cortas], de menos de diez kilos, similar a un cachorro de podenco pero de hocico más corto y cola enrollada sobre la grupa, por lo general del “mismo color que las vacas de la tierra”. Al “bueno”, así considerado porque era “sufrido desde cachorro” al alzarlo por la cola o de la piel del cuello, lo usaban para el ganado caprino y ovino, mientras que los que resultaban malos le decían “mayara” o “mollar” y los enseñaban a buscar al cochino en el monte y acosarlo: “agarraban al cochino por la oreja”, facilitando la labor de los pastores para sujetar y amarrar al animal y llevarlo a sacrificar.

Los pastores se reunían tres o cuatro y le decían “ir a agarrar los cochinos”, en lugar de “apañar”, como se dice para las cabras

Para esta labor arriesgada de enfrentarse al cochino y atraparlo otros preferían perros más grandes, como los de tipo bardino o el perro lobo, que también los había. En la Gomera se empleaba el término de “perros verdugos”, resultando en ocasiones mal heridos durante el lance, cuando se trataba de agarrar un berraco adulto de más de dos años. Sus afiladas defensas apuntaban por fuera del belfo y llegaban a destripar a alguno de los perros. Es lo que le pasó al perro lobo de Maximiliano Negrín, de nombre Toledo, al cual remendaron dándole puntos en el vientre y al mes de curado volvió a su trabajo en el monte, tras los cochinos.

Varias son las anécdotas sobre el temperamento bravo de aquellos cochinos semisalvajes. Otro de los entrevistados, Manuel Valeriano (de familia de Meriga), cuenta que “de niños nos mandaban al monte a ayudar en distintos trabajos”: su familia se ocupaba de otro aprovechamiento del monte como eran las hornillas carboneras, a base de madera de haya y brezos. Recuerda que una vez, al ir a vigilar una de aquellas hornillas acompañado de un cachorro de su hermano, se encontró con que una manada de aquellos cochinos semisalvajes andaban cerca. “El cachorro, asustado, se puso entonces a ladrar, hizo que los cochinos se viraran furiosos y me puse a salvo trepando a un árbol pero el perrillo corrió peor suerte: se lo comieron los puercos. Yo me tapé los ojos subido al árbol, no quise mirar”.

Manuel Valeriano:
“Me puse a salvo trepando a un árbol, pero el perrillo corrió peor suerte: se lo comieron los puercos”

Algo parecido le ocurrió a Maximiliano Negrín: “Una vez, de niño, mi padre me mandó a bajar con un lechón de los que habían agarrado en el monte, llevándolo amarradito con una cuerda. Pero me vi apurado cuando, bajando el monte, encontré la manada de cochinos que al oír chillar al lechón que llevaba yo, las puercas se me tiraron. Tuve que soltar al lechón y subir corriendo a un árbol y las puercas alrededor. Fue gracias al perro lobo Toledo que mandó mi padre conmigo que logró apartarlas y pude escapar”.

Marcados en la oreja
“Del cochino de monte aprovechábamos todo –dice–: cuando había hambre, hasta el pellejo cuarteado con la poca grasa que tenía debajo. Se limpiaba bien y se cocinaba con alguna verdura. No podíamos alimentar una manada de cochinos, sólo criar alguno en el goro; pero las manadas de cochinos se criaban salvajes en el monte desde siempre, buscando su propio sustento y con la marca propia que les hacía mi padre llegó a tener hasta 60, juntos con el resto de cochinos del monte”. Su padre marcaba a las puercas con dos cortes a los lados de la oreja, aunque no le daba un nombre concreto a dicha marca. Maximiliano la compara con la hoja de la higuera.

Maximiliano Negrín:
“Las manadas de cochinos se criaban salvajes en el monte desde siempre, buscando su propio sustento, y con la marca propia que les hacía mi padre llegó a tener hasta 60”

Otro de los informantes, Luis Mesa (Igualero), también pastor de joven, diferencia marcas por su nombre similares a las de las cabras, como teberite y horqueta. Además, menciona que, en algún caso, para localizar la manada de puercas en el monte había quien les ponía un grillote, acollarando con cencerro a alguna de las cerdas.

A la acción de ir a agarrar y marcar en las orejas a los lechones de los cochinos semisalvajes, con la misma marca de propiedad que tenían las puercas madres, le decían terciarlos: “Vamos a terciar los cochinos”. Las hembras de esta raza eran buenas madres y se escondían en lo más denso del monte para hacer nido y parir. Las camadas eran por lo general numerosas, generalmente entre 8 a 12 lechones, y el instinto de protección de las madres era muy fuerte. La acción de “terciar” consistía, tras localizar con los perros a las puercas paridas en la maleza, en “tentar” a la cochina: uno de los pastores, provisto con un palo largo y en su extremo una ropa vieja o saco, provocaba que el enfurecido animal embistiera el señuelo saliendo del nido, mientras otro pastor, por detrás, le sacaba los lechones y los marcaba rápidamente haciendo cortes con un cuchillo o perforando la oreja, según la marca del propietario de la puerca madre.

A la acción de ir a agarrar y marcar en las orejas a los lechones de los cochinos semisalvajes le decían terciarlos

Siempre quedaban cochinos sin marcar, al no encontrar siempre a todas las madres paridas, escondidas en zonas más inaccesibles de monte cerrado, guaniles para quien lograra atraparlos, como debió ocurrir desde siempre en aquellos montes gomeros desde los tiempos de los aborígenes.

La matanza
Cuando la necesidad imperaba, se bajaba del monte alguno de estos cochinos para alimento de las familias, para criar en el goro o para vender algunos lechones o puerca joven en los pueblos.

Una vez retiradas las puercas del monte por mandato obligado en los años 50, se siguieron conservando en los pueblos algunas de aquellas cochinas de monte como madres. Así lo recuerda Victoriano Mesa, familiar joven del entrevistado Luis Mesa, quien iba de la mano de su abuela cuando era niño a ver el goro, pues su abuela, al igual que otros vecinos, acostumbraba juntar las puercas más pequeñas traídas el monte con cerdos grandes de raza de fuera. Esos cerdos cruzados era lo que quedaba en los años 60-70.

Al igual que Victoriano, Filiberto Santos es familiar del informante Víctor Correa Valeriano, familia de vigilantes forestales vinculados también con este ganado de monte semisalvaje. Recuerda asomarse al chiquero de niño para ver una camada de ariscos “lechones salvajes”, capturados en los Altos por sus tíos, único recuerdo que guarda de aquellos animales.

Respecto a la matanza de estos cochinos de monte, aunque no había una fecha señalada pues se agarraban cuando hacía falta, para los que se criaban en los goros era costumbre realizar la matazón a partir del primero de noviembre (Día de Todos los Santos). Los cerdos semisalvajes que traían los pastores del monte para alimento de sus familias se sacrificaban en los barrancos cerca de los caseríos, donde se procedía a su preparación.

Así lo recuerdan informantes de la zona de Meriga como Manuel Valeriano y Emilio Correa, que en las márgenes del barranco de Meriga juntaban “yarascas” secas de brezo y pencas de palmeras, procediendo al quemado y raspado del animal sacrificado. Prendían fuego con yescas secas obtenidas de los loros yesqueros (troncos de viejos laureles en descomposición), haciendo saltar la chispa “con un lijabón y una piedra de fuego que hacía las veces de mechero”, explica Maximiliano Negrín. Según Luis Mesa, “al pastor al que pertenecía el cochino que habían agarrado le correspondía, en el reparto de la carne, la mitad mayor del animal ya despiezado”.

La calidad de esta carne “era algo excepcional”, recuerdan. “Los aromas a Laurel que desprendía aquella carne era superior a cualquier carne de cerdos criados ahora”, afirman.

Cacería de puerco jíbaro en Ciénaga de Zapata, Matanzas (Cuba).| FOTO CAÑIBANO.
Cacería de puerco jíbaro en Ciénaga de Zapata, Matanzas (Cuba).| FOTO CAÑIBANO.
■ EL DETALLE
Cerdos asilvestrados en el Caribe: jíbaros, cimarrones y alzados

Tomando como referencia los datos históricos sobre los cerdos embarcados en la isla de La Gomera durante los viajes de Colón al “Nuevo Mundo”, encontramos que en gran parte de las islas caribeñas han existido puercos asilvestrados a partir de aquellas primeras introducciones realizadas por los conquistadores españoles. Desde entonces y hasta la actualidad se diferencian básicamente dos tipos de cerdos, el criollo y el salvaje como el puerco jíbaro (Cuba), el puerco cimarrón (República Dominicana) y el puerco alzado o salvaje (isla Mona, Puerto Rico).

Otros cerdos, llamados “jíbaros”, han existido en estado salvaje en áreas naturales como pantanos e incluso en algunos cayos o islotes de Cuba
En Cuba
El resultado de un estudio genético realizado a la cabaña de cerdos criollos cubanos, realizado en colaboración con la Universidad de Córdoba (Caracterización genética del cerdo criollo cubano con microsatélites, 2005) confirmó la influencia de razas europeas como Duroc y Hampshire sobre razas ibéricas en el cerdo criollo cubano actual. Pero sería interesante, además del estudio de estos animales domésticos de las explotaciones ganaderas, incluir muestras genéticas de los animales ferales llamados “jíbaros”, pues algunas poblaciones de estos otros cerdos han existido en estado salvaje en áreas naturales como pantanos e incluso en algunos cayos o islotes, donde el mestizaje con razas domésticas importadas podría tener menor influencia (caso de los puercos jíbaros que existen aún en el Parque Nacional Ciénaga de Zapata, en la provincia de Matanzas).

En La Española
Respecto a la cercana isla La Española (República Dominicana/Haití), la actual cabaña del cerdo criollo es fruto, igualmente, del cruce de razas foráneas introducidas desde Estados Unidos, tras la práctica desaparición de la antigua raza criolla por el exterminio sistemático desde finales de 1970 para combatir la peste porcina. Era conocido en territorio haitiano como Cochon Vrai Creole y criollo en el otro lado dominicano de la frontera de ambos países.

El puerco cimarrón dominicano únicamente sobrevive en algunas áreas forestales que actualmente son parques nacionales de la República Dominicana, en estado salvaje
El puerco cimarrón dominicano sobrevivió en estado salvaje en las áreas naturales más apartadas del país, escapó a la matanza masiva impuesta sanitariamente desde Estados Unidos y suscita interés porque podría ser descendiente directo de los cerdos llevados por los españoles cinco siglos atrás (se encuentra en fase inicial el proceso de estudio genético de la raza). Exterminado completamente en el lado haitiano de la isla, únicamente sobrevive en algunas áreas forestales que actualmente son parques nacionales de la República Dominicana. En estado salvaje y de morfología primitiva, soporta una gran presión cinegética por una población que busca recursos alimenticios para vivir.

Lechones salvajes capturados en una trampa en isla Mona (Puerto Rico) .|  FOTO ASOCIACIÓN DE CAZADORES Y GUARDAS /DACIM
Lechones salvajes capturados en una trampa en isla Mona (Puerto Rico) .| FOTO ASOCIACIÓN DE CAZADORES Y GUARDAS /DACIM
En Puerto Rico
Por último, en la vecina isla de Puerto Rico, donde al igual que en las anteriores existe la raza criolla, paralelamente encontramos la existencia de cerdos asilvestrados desde la conquista, el puerco alzado o salvaje. Aquí, además, el cerdo criollo se encuentra en forma asilvestrada en los montes y es de dos tipos: uno de gran tamaño y peso, fruto probablemente de cruces de razas domésticas, y otro salvaje muy pequeño, de tipo asiático. En ambos casos no parece tratarse de la población de cerdos cimarrones existente antiguamente en esta isla, sino de cerdos escapados de explotaciones ganaderas durante el siglo XX.

El cerdo alzado o salvaje sobrevive en la pequeña isla de Mona, pero está en riesgo de desaparecer al estar catalogado como especie invasora por el Servicio de Parques Nacionales de los EEUU
Para encontrar el cerdo alzado o salvaje de tipo antiguo en Puerto Rico hay que ir a la pequeña isla deshabitada La Mona, situada en el canal entre República Dominicana y Puerto Rico.

Representa el único reducto donde aún existe una población salvaje de estos cerdos, muy similares morfológicamente al cerdo cimarrón de las áreas naturales de República Dominicana y, al igual que éste, un recurso cinegético en riesgo de desaparecer al estar catalogado como especie invasora por el Servicio de Parques Nacionales de los EEUU ●

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