Home»Isleños»Historia Oral»El cementerio de camellos, festín para guirres y cuervos

El cementerio de camellos, festín para guirres y cuervos

Juan Brito Martín es toda una institución en Lanzarote: artesano, guarda del patrimonio histórico, folclorista... Pero antes de todo eso fue campesino...

4
Compartido
Pinterest Google+

Juan Brito Martín es toda una institución en Lanzarote: artesano, guarda del patrimonio histórico, folclorista… Pero antes de todo eso fue campesino y tenía camello, con el que en una ocasión libró una lucha a muerte de horas. [En PELLAGOFIO nº 35 (2ª época, octubre 2015)].

Por YURI MILLARES

Asus casi 96 años Juan Brito recuerda los años de juventud dedicado a la agricultura a través de muchas anécdotas. Al observar el campo no puede dejar de lamentar el estado de abandono de muchas tierras. Antiguamente no se concebía que pudiera haber un terreno baldío o mal cuidado. “El campo es bonito, es precioso y antes se presumía de ello”, explica. Incluso se presumía si estaba bien surcado y en eso él era uno de los mejores. “La gente iba a ver las tierras que yo surcaba con dos camellos, que eso es difícil. Iban a ver el trabajo terminado. Quedaba la tierra como una novia: preciosa. Y había mucha gente que me avisaba para que le surcara y el que tenía una tierra surcada por mí, presumía: ‘me la surcó Juan Brito”.

“Yo surcaba con dos camellos, que eso es difícil. La gente iba a ver el trabajo terminado. Quedaba la tierra como una novia: preciosa”

Los surqueros* que él hacía formaban diversos dibujos en la tierra que eran dignos de verse. Y al final de todo, que es lo que importa, llegaban los frutos de la cosecha. Un lugar cerca del Peñón “que se llama la Tierra de la Palma, porque hay una palma en teste* allí –explica–, llevaba 80 surcos de abajo para arriba, que yo la partía siempre porque era mucho para la yunta. Pero una vez le di de abajo arriba, 80 surcos. Y dio 80 fanegas de garbanzos, era una tierra muy buena. Y por arriba tenía unas tuneras que estabas todo el año comiendo higos”.

Brito junto a un vaso para el transporte de paja con el camello. | FOTO YURI MILLARES
Brito junto a un vaso para el transporte de paja con el camello. | FOTO YURI MILLARES
Primero se plantaba de habas (“el haba echa esa hoja que tiene que cuando cavas queda en el surco, llueve y es como estiércol”), al año siguiente se plantaba millo (“que no escalda el terreno”) y por último plantabas garbanzos. “¡Y aquella tierra daba 80 fanegas de garbanzos y 20 cajas de uva en la zanja*!”, insiste. “Ahora está que no cabe una aulaga”, se lamenta.

“Aquella tierra daba 80 fanegas de garbanzos y 20 cajas de uva en la zanja”

Muy hábil en el manejo del camello, como la mayoría de los campesinos lanzaroteños de su tiempo, en una ocasión libró un duro enfrentamiento con el suyo, un macho entero, como llaman a los que no han sido castrados y al refrescar el tiempo entran en celo. Cometió el error “de salir solo al jable* una tarde porque había estado lloviendo mucho tiempo, para quitarle el vicio*, como decía yo. Y estaba que no había quien lo sujetara. Me metí en una tierra detrás de una peña y casi la endiño. Me rompió todo: el arado…”.

Quien tenía camello acostumbraba a llevar siempre un palo de poco más de un metro, “de membrillo o de almendrero”, precisa Juan Brito, con el que se le da algún toque en las partes más sensibles del animal para dominarlo: detrás de los tabaqueros, en la cabeza, y si es en el bajo vientre, en la zona que los camelleros llaman la hendilla. Aquel día fatal “yo no llevé eso, sino una vara que tenía para apretar el arado cuando surcaba, que era tan alta como yo. Y eso no lo puedo manejar bien y pegarle donde yo quiero”. El enfrentamiento duró horas, él intentando subir a una peña para escapar y el camello atajándole la huida. Lo cuenta en unos versos que escribió años después y terminan:

Juan Brito y su camello. ¡Todavía tiene uno!, que se emplea para mover una tahona en la casa museo del Monumento al Campesino.| FOTO YURI MILLARES
Juan Brito y su camello. ¡Todavía tiene uno!, que se emplea para mover una tahona en la casa museo del Monumento al Campesino.| FOTO YURI MILLARES
…así nos encontró un vecino
que caminaba a su pueblo:
de rodillas el gañán,
de rodillas el camello.

“Estábamos los dos vencidos”.

Lanzarote llegó a tener cerca de 3.000 de estos animales (incluyendo algunos cientos de majalulos*), según Brito, que es capaz de calcular de memoria el censo aproximado de la isla, pueblo a pueblo (y en algunos casos, ¡hasta sus propietarios!, como los 24 que había en Mozaga, por ejemplo). Pero esos camellos llegaban a una edad a la que no servían para trabajar y, curiosamente, tampoco había costumbre de consumir su carne.

“La gente se quejó porque a los camellos los arrastraban al cementerio con el cuero y al llegar allá iban ya desarmados, con las tripas por fuera”

En la segunda mitad del siglo XX solían venir compradores del Sahara: se llevaban los camellos viejos para consumo de la carne y traían majalulos. Pero en los años de juventud de Juan Brito lo que se hacía era llevarlos, cuando morían, a los cementerios de camellos que había repartidos por la isla. En su caso, al que había junto a la montaña Mina. “Los arrastrábamos con dos camellos. La gente se quejó porque los arrastraban con el cuero y al llegar allá iban ya desarmados, con las tripas por fuera. Entonces se preparaba una corsa con palos y arcos y los llevaban encima”.

En el cementerio de camellos quedaban al aire, pero no duraban ni un día. Guirres y cuervos se daban un festín y se los comían en pocas horas, dejando los huesos pelados al sol. “No duraban nada, ¡la isla estaba llena de bichos de esos!”, exclama. “Y habían ganados y se morían cabras y se lo comían todo”. Gracias a ellos la carroña se eliminaba de los campos, evitando enfermedades.

■ HABLAR CANARIO
El dromedario en Canarias, objeto de investigación

“A los camellos los llevábamos al monte para que comieran aulagas y después nos volvíamos locos buscándolos: se echaban y no los veíamos”
La Asociación Nacional de Criadores del Camello Canario (raza autóctona ya reconocida oficialmente como tal por la Comisión Nacional de Coordinación para la Conservación, Mejora y Fomento de Razas Ganaderas en España) promueve la realización de un estudio de investigación sobre la importancia cultural, social y económica de este animal en la historia de las Islas con el propósito de publicar un libro.

PELLAGOFIO colabora en dicho trabajo, entre otras cosas reuniendo información oral de isleños de todo el archipiélago. El testimonio de Juan Brito es una de las muchas aportaciones a ese libro de próxima aparición, de la que este reportaje es sólo un extracto.

“A los chinijos* nos mandaban a cuidar los camellos. Los llevábamos al monte para que comieran aulagas en años malos y cuando íbamos a venir para aquí [de regreso], nos volvíamos locos buscando los camellos, porque no lucían. Se echaban y no los veíamos…”, relata Brito. Se quedaban mimetizados en el paisaje.

VOCABULARIO

chinijo. “Hijo pequeño, niño pequeño” y “¿Cómo dicen al niño hasta los ocho o diez años?”, cita el Tesoro lexicográfico del español de Canarias.
jable. “Arena blanca movediza, derivada de la francesa sable, que le hubieron de imponer los primeros conquistadores normandos, y los isleños la modularon a lo africano, pronunciándola guturalmente jable” (J. A. Álvarez Rixo, Lenguaje de los antiguos canarios…, citado en Tesoro…).
majalulo. “Voz sin duda introducida por los berberiscos. El camello nuevo propio ya para domarse” (J. A. Álvarez Rixo, Voces, frases y proverbios… citado en Tesoro…).
surqueros. Dibujos trazados en la tierra surcada. Sin citas. El Diccionario de la lengua española recoge jurquero: “las tierras contiguas y las labores y surcos hechos en ellas”.
teste. “Muro de piedra” (Ramón F. Castañeyra, Memoria sobre las costumbres de Fuerteventura…)
vicioso. “Término muy corriente entre los campesinos canarios”, en el caso de los animales, para aquellos “muy descansados y nutridos”, explica Pedro Cullen del Castillo en “Algunos arcaísmos de los subsistentes en el léxico popular canario”.
zanja. Los bordes de un terreno dedicado a la labranza (granos, cereal), en Lanzarote protegidos con paredes de piedra, donde se cultiva la vid. Sin citas ●

Anterior

¡Ay, aquellos bizcochos ‘ilustrados’ de Santa Brígida!

Siguiente artículo

Pascual Calabuig, veterinario de fauna silvestre

1 Comentario

  1. Maresía
    Octubre 5, 2015 at 12:51 pm — Responder

    Magnífico y bonito artículo como todos los de la revista Pellagofio

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *