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El paciente inglés fue derribado en Gran Tarajal

Cerca de Canarias cayeron numerosos aviones durante la Segunda Guerra Mundial...

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Aunque cerca de Canarias cayeron numerosos aviones durante la Segunda Guerra Mundial, ningún incidente ocurrió tan próximo a la costa como el que protagonizó un De Havilland Mosquito cazado por dos Messerschmitt alemanes. [En PELLAGOFIO nº 34 (2ª época, septiembre 2015)].

Por YURI MILLARES

La fortificación de las costas canarias durante la contienda bélica llenó las costas de búnkeres, en previsión de una invasión aliada que se planeó en todos sus detalles, pero nunca llegó a realizarse. Fuerteventura ocupaba un lugar destacado en esos planes defensivos del Ejército que aupó al dictador Franco al poder. Andrés Rodríguez Berriel, que en aquellos primeros años 40 era un niño, recuerda ver cómo había militares por todas partes. Unos 7.000 soldados se repartieron por los distintos pueblos de la isla, pero también llegaron “los presos políticos del Batallón de Trabajadores, la mayoría vascos y catalanes”, relata. “Con ellos se empezaron a construir los diferentes nidos de ametralladoras, los búnkeres y, en algunos sitios determinados, se prepararon los asentamientos para baterías de costa, aunque nunca hubo”.

Búnker en Punta de la Hondura, entre Caleta de Fustes y las salinas (Fuerteventura)| foto YURI MILLARES.
Búnker en Punta de la Hondura, entre Caleta de Fustes y las salinas (Fuerteventura).| Foto YURI MILLARES.

El mayor de los emplazamientos estaba “en la Cuesta de La Pared, donde todavía siguen los restos de las excavaciones y de los búnkeres que prepararon”. El Batallón de Trabajadores que hizo todas estas obras en Fuerteventura “debía estar formado por unos 200 presos –calcula Andrés Rodríguez–. Muchos de ellos murieron: a los que morían en zona civilizada, por así decirlo, los enterraban en los camposantos (en los cementerios de Pájara o de Tuineje, o aquí en Antigua, o en Puerto del Rosario), pero muchos murieron en Jandía y esos no creo que recibieran sepultura en sitio sagrado”.

Pero no sólo trabajaban los presos del Batallón de Trabajadores. El Ejército tenía una mano de obra igualmente barata y más numerosa: los soldados. “Date cuenta que los soldados en aquel entonces hacían todo, eran verdaderos peones, maestros albañiles, mecánicos…”.

Para los búnkeres “venían unas barricas de cemento”, explica. “Mezclaban cal y arena con un poco de cemento, y los iban haciendo a base de piedras, lo que aquí en Fuerteventura llamamos ‘paredes de cajón’: se ponía un molde interior y otro exterior y se rellenaba con muy poca mezcla y mucha piedra”.

Siete soldados y un cabo
En cada uno de aquellos búnkeres, solitarios en playas solitarias, “había seis o siete soldados al mando de un cabo, muchas veces durante la parte más complicada de los desembarcos aliados, con la preocupación, había incluso uno o dos guardias civiles con los soldados. Estaban una semana y los iban cambiando. Dormían y comían el rancho dentro del búnker”.

“En cada uno de aquellos búnkeres, solitarios en playas solitarias, había seis o siete soldados al mando de un cabo, muchas veces había incluso uno o dos guardias civiles”

Esta presencia militar y toda la red de defensas costeras, tanto en Fuerteventura como en las demás islas del archipiélago, eran objeto de especial atención por el bando aliado. No podía ser de otra manera si planeaban un desembarco en la isla de Gran Canaria. Los vuelos de reconocimiento fotográfico, realizados desde Gibraltar por los veloces aviones Mosquito de la RAF (Royal Air Force), no se hicieron esperar.

“Un avión Mosquito de esos se acercó a la punta de Jandía yendo en dirección sur, fotografiando todo aquello –relata de un vuelo que es muy probable que se dirigiera también a Gran Canaria–. [En Jandía, Gustav] Winter tenía su propia emisora y seguramente alertó a los alemanes, porque al poco rato aparecieron dos Messerschmitt de esos y el avión inglés, cuando ya venía regresando y estaba a la altura de Giniginámar o Tarajalejo, recibe un par de ráfagas y cae precisamente enfrente de Gran Tarajal. Unos pescadores que estaban por allí cerca, en su barco, se acercaron y recogieron al piloto inglés, herido. Lo desembarcaron en Gran Tarajal, donde los militares que estaban de guarnición lo trajeron al hospital militar, que estaba en Antigua”.

Una mano y una pierna rotas
El piloto “tenía una mano y una pierna rotas”, recuerda. “Hay una anécdota: al mozo del hospital, que era precisamente majorero, el inglés le pide coffee, así que se va y vuelve con un plato de gofio, ja, ja –dice sin poder evitar reírse–. El capitán médico que había allí no hablaba el idioma de Shakespeare y no sé si fue precisamente el mozo quien le diría ‘quien habla inglés es don Miguel’, o sea, mi padre”.

“El piloto tenía una mano y una pierna rotas. Al mozo del hospital le pide ‘coffee’, se va y vuelve con un plato de gofio”

Miguel Rodríguez era el capitán y propietario del legendario pailebot Guanchinerfe y tenía su residencia en el barrio de La Corte, en Antigua, en una casa en la que a mediados de los años 30 había nacido su hijo Andrés. “Vienen a buscarlo y va al hospital. El inglés –que vio en don Miguel, marino mercante represaliado por el régimen franquista por masón, a alguien en quien confiar– le dice que tenía algo para que se lo entregara (no sé si un carrete de fotos) al cónsul inglés en Las Palmas, Míster Reina, que era muy amigo de mi padre. Así que mi padre cogió aquello y salió del hospital precisamente en el momento en que llegaba Winter, a toda prisa, preguntando por el inglés y si llevaba algo encima. Mi padre no se lo dio y se marchó. Fue a Las Palmas en el siguiente viaje del Guanchinerfe y se lo dio al señor Reina. Incluso un tiempo después, cuando trasladaron al piloto al Hospital Inglés de Las Palmas (como era conocido aquí el Queen Victoria Hospital) para su convalecencia, mi padre solía ir a visitarlo, a ver cómo estaba”.

“Lo que sí es curioso es que un amigo mío, Miguel Pizarro [autor del libro Peces de Fuerteventura, Gobierno de Canarias, 1985], un gran submarinista que ya murió, se encontró el pecio del avión en los años 70. Lo que quedaba era el motor y algunos hierros, porque ese avión era de madera y tela. Pero las estructuras metálicas que tenía (los cables de acero y el motor) las pudo fotografiar”, concluye.

■ HABLAR CANARIO
Batallón de Trabajadores, mano de obra barata

La red de defensas costeras de Fuerteventura [47 nidos de ametralladora y 8 casamatas para baterías antiaéreas y costeras: ver “Paisajes canarios de la guerra mundial”] se levantaron en parte con mano de obra esclava del Batallón de Trabajadores. “Lo construyeron los presos políticos, junto a otras obras como el principio de la carretera de Gran Tarajal a Jandía y, sobre todo, que fue una obra gigante, empedrar la carretera que iba por el jable por la costa sur hacia el barranco de Pecenescal y transcurría aprovechando los cauces de los barrancos por donde iban las pistas de tierra.

“El primer levantamiento topográfico lo realizan dos compañías de topógrafos y una de tiradores de Ifni…”

Estos trabajadores también se los cedió el Capitán General a [Gustav] Winter y estuvieron haciendo la primera pista de aterrizaje del Puertito de la Cruz, dirección naciente a poniente, no la que hay ahora que va de Punta Percebe* al Puertito. Una pista pequeña en la que los Junkers aterrizaban con frecuencia”, dice Andrés Rodríguez.

VOCABULARIO
Punta Percebe. Situada en la punta norte de la península de Jandía, figura en los mapas como “Punta Pesebre”. Un error de transcripción de los topógrafos, pues “presebe es como llama el canario al percebe, que el majorero llama también patacabra, y en ese lugar había un roque, coronado con guano de gaviotas, pardelas y charranes, que semejaba un percebe”, explica Andrés Rodríguez Berriel.

“…que realizan una triangulación geodésica entre el faro de Cabo Bojador –en África– y los picos de Vigán y de la Rosa del Taro –en Fuerteventura–, con sendas hogueras para las que estuvieron subiendo leña tres días”

“El primer levantamiento topográfico [de la isla] lo realizan, en 1944, las tropas que Franco había enviado a la isla temiendo un desembarco aliado. Lo ejecutan dos compañías de topógrafos y una de tiradores de Ifni, que realizan una triangulación geodésica entre el faro de Cabo Bojador –en África– y los picos de Vigán y de la Rosa del Taro –en Fuerteventura–, con sendas hogueras para las que estuvieron subiendo leña tres días y, más tarde, con toda una labor de campo a lo largo y ancho de la isla. (…) Estos soldados andaluces, navarros, vascos, catalanes, gallegos y moros interpretaban o españolizaban voces pre/poshispánicas majoreras en una cartografía que aún perdura”, plagada errores que siguen sin corregirse (en “Fuerteventura, fuerte despiste”, PELLAGOFIO nº 37, 1ª época, enero 2008) ●

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