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Isleños en el desierto, en una guerra olvidada

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Entre 1957 y 1958 España libró con Marruecos una guerra que movilizó a muchos reclutas destinados a las antiguas colonias africanas. Allí estuvieron muchos canarios, como Totoyo Millares, que relata algunos horrores y anécdotas. [En PELLAGOFIO nº 13 (2ª época, octubre 2013)].

Celebrando el final del curso de Meteorología en la base de hidros de Las Palmas de Gran Canaria. Totoyo está entre ellos./ ARCHIVO DE TOTOYO
Con 21 años, Luis Millares Sall (Totoyo) ya era todo un virtuoso del timple que impartía clases del instrumento a muchos alumnos y hasta daba algún recital, como el que tenía comprometido en la Alianza Francesa de Las Palmas aquel 1957. Pero estaba haciendo el servicio militar y, aquellos días, se encontraba en el calabozo. Unos meses antes había entrado voluntario en Aviación y tras los tres meses de instrucción, pidió destino en Meteorología.

El curso, que duraría otro par de meses, lo recibió en la base de hidros del puerto de La Luz en Las Palmas, en cuyo acuartelamiento residía. Pero un día estando enfermo y con fiebre, decide pasar la noche en casa, en el barrio de Schamann, pensando en levantarse temprano y llegar a tiempo para el pase de lista de las siete de la mañana. El estado febril pudo más que las intenciones y no llegó a la base de hidros hasta pasadas las diez (“¡Yass, la que te va a caer!”, le dice el compañero que estaba de guardia a la entrada). Y aunque el teniente –a cuya hija le había dado clases Totoyo– intercedió por él, dado su estado de salud, el capitán ordenó su ingreso en un calabozo.

De allí lo rescató el presidente de la Alianza Francesa en Las Palmas, el lagunero afincado en Las Palmas Santiago Ascanio y Montemayor, que lo necesitaba para que tocara en los actos que iban a celebrar. Se plantó con su Rolls Royce ante la base de hidros, donde el chófer le abrió la puerta, bajó y se dirigió al capitán –que se cuadró inmediatamente al verlo–, para que lo soltara. “¿Y este muchacho que está malo, cómo lo tienen encerrado? Eso es un castigo muy severo…”, recuerda el joven músico oírles hablar desde los barrotes de su celda. Minutos después salía libre del calabozo.

Totoyo, soldado de primera especialista en Meteorología, en su mesa de trabajo./ ARCHIVO TOTOYO.
Soldado de primera especialista
Terminado el curso de Meterología, Totoyo es ascendido a “soldado de primera especialista en Meteorología”, quedando él, por cierto, el número uno de aquella promoción. “Ya teníamos un galón amarillo, una mierdita así”, hace el gesto con los dedos de una insignia muy pequeña sobre el hombro. Cuando tenía el privilegio de ser el primero en elegir destino (los demás iban eligiendo, sucesivamente, los otros destinos que iban quedando libres), en vez de pedir Gando, solicita… ¡el aeropuerto de Villa Cisneros! Totoyo quería conocer África y aquella le pareció una buena oportunidad.

El y otros dos compañeros meteorólogos más embarcaron en el correíllo rumbo al Sahara. “El viaje en barco fue muy malo, yo que nunca había mareado navegando. Y llegamos a aquella costa llena de dunas, en El Aaiún, donde el barco fondeaba porque no había muelle”.

–¡Venga, venga! –nos dicen.
–¿Cómo que vengavenga? ¿Por dónde desembarcamos?
–Al agua y los moros los cogen y los llevan hasta la orilla.

“Y allí estaban ellos esperando. Nosotros con todo el uniforme puesto, botas y polainas incluidas, y las maletas. Así fue el desembarco en El Aaiún y después de visitar aquello cogimos un camión del ejército que nos llevó hasta Cabo Juby y después en avión hasta Villa Cisneros”.

Totoyo ensayando con el violín en la cocina de la casa del cura de Villa Cisneros./ ARCHIVO TOTOYO
La impresión que tuvo de su llegada a lo que hoy es la ciudad saharaui de Dajla hizo que no se arrepintiera de su decisión. El silencio y la limpieza de aquel aire que respiraba le transmitieron una sensación extraña pero muy agradable. “Aquí voy a pasar el cuartel estupendamente, esto es una maravilla. De especialista en Meteorología, voy a vivir como un rey. A hacer los partes, a comer y echar la siestita”, pensó. Y además, tocaba el violín en la misa. Pero a los seis meses de llegar, “empiezan los taponazos”, del que fueron advertidos por el mando: “Llegó un parte de guerra. Todo el mundo con la metralleta, con el santo y seña, y de noche a veces no se podía dormir si habían tiros”.

La vida en guerra
La apacible estancia en Villa Cisneros que esperaba disfrutar Totoyo se esfumó. Los horrores de la guerra hicieron su aparición, a veces sin necesidad de esperar al enemigo por esos accidentes terribles que circunstancialmente se ceban en la tropa: “Un camión con cuatro o cinco soldados sentados con los pies colgando por la parte de atrás, que habían estado descargando mercancía en el almacén. El que manejaba el camión, un hombre medio bruto que no sabía llevar muy bien el camión, mete la marcha atrás en vez de la primera y pisa a fondo. Claro, se lanza contra la puerta del almacén y le partió las piernas a todos los que estaban allí. Recuerdo aquel espectáculo terrible, los gritos”.

Cuando ya la guerra “se puso muy caliente, venían aviones franceses a bombardear a los marroquíes, porque eran demasiados. Se escondían en el desierto como nadie”

Cuando ya la guerra “se puso muy caliente”, relata, “venían aviones franceses a bombardear a los marroquíes, porque eran demasiados. Se escondían en el desierto como nadie. Se enterraban en la arena como si fuesen lagartos y los aviones buscándolos llamaban por radio, al que estaba al lado mío, en Transmisiones: ¿¡dicen que fotografiemos a los moros, pero no hay nadie por ninguna parte!?’. Y estaban enterrados, respirando con unas cañitas”.

Y entonces llegó un capitán de regreso de alguna misión en el desierto, entra a su vivienda “y se encuentra a su mujer, que estaba embarazada, muerta en el suelo en un charco de sangre: le habían abierto el vientre, sacado el feto, y le metieron un zorro muerto dentro. ¡Qué cosa más asquerosa! Matarla ya era demasiado, pero encima le hicieron aquello. Yo estaba saliendo del aeropuerto, caminando, que eso era pequeño y se veía todo, estaba el fuerte al lado, y el tipo salió de la casa como un loco, con la metralleta, enrojecido de rabia y de dolor, con su uniforme amarillento de Regulares. Fue corriendo a la celda de los prisioneros que había en el fuerte, donde había unos 20 ó 30 marroquíes, y se los frió a todos. No dejó uno vivo, descargó todas las balas, primero un peine y después otro peine. Se oían los disparos y los gritos de todos lados. Aquello fue espantoso”.

Al borde de la muerte dos veces seguidas
Pero a Totoyo el destino aún le reservaba otro episodio terrible que vivió más directamente. Las noches, recuerda, eran muy rígidas, pues se infiltraban guerrilleros. Los aviones estaban rodeados de sacos de arena y junto a las ruedas del tren de aterrizaje había tipos tumbados todos atrincherados. Eran modelos de aviones muy conocidos de la segunda guerra mundial, los bombarderos Heinkel que llamaban Pedros y los Junkers de transporte. “Aquello estaba lleno de aviones. Y el responsable de guardia en el aeropuerto era yo, en Meteorología, y Medinilla que era el radiotelegrafista. Estaba todo el tiempo ti-ti-ti-ti en la guardia. Recibiendo mensajes, enviando”.

“¡¡Santo y seña!!’, me grita uno de los que estaba debajo del avión. ‘¡Que no me acuerdo coño, espera que enciendo para que veas que soy yo!’. ‘¡¡Santo y seña!!”

Estaba cada uno solo en su respectiva oficina, separados por una pared en la que había una ventanilla por la que se pasaban los partes y los mensajes. Una noche de tantas, de guardia los dos, “se me ocurre salir a la garita, una cajita con rejas y cuatro patas donde están todos los aparatos de medición: el termómetro, el barómetro, el termógrafo, el higrómetro. Había que ir allí cada tres horas a tomar las mediciones. El botón del interruptor estaba roto y tenía que abrir y enroscar el bombillo. Y cuando estoy llegando, ‘¡¡santo y seña!!’ me grita uno de los que estaba debajo del avión que tenía más cerca. ‘¡Que no me acuerdo coño, espera que enciendo para que veas que soy yo!’. ‘¡¡Santo y seña!!’ y lo oigo cargar el arma. Y ya me acojoné todo, entonces me tiré hacia la ventanilla de la garita y enciendo la luz como puedo. Y cuando me ve me grita ‘¡coño, eres gilipollas, casi te frío a tiros!’. Me llevé un susto de muerte”.

De regreso a la oficina, se tumbó en una colchoneta en el suelo que tenía detrás de la mesa, “pegado está el ventanillo que da a la otra habitación donde estaba Medinilla. Hasta la respiración nos oíamos”.

–¿Hay algo?
–No, nada.
–Pues me voy a dormir un rato.
–Vale, descansa, yo estoy aquí –le dice Medinilla poniéndose los auriculares para seguir escuchando el morse ti-ti-ti-ti.

“Yo acojonado veo la puerta que se va abriendo y apareciendo uno de esos sables que son curvados, que usan mucho los moros del desierto”

Matar o morir
“Entonces me tumbo a eso de las doce y media de la noche, agarrado a la metralleta sin seguro ni nada, y cuando ya estaba medio atontado cogiendo el sueño, siento la puerta crujir, estaba empenada y como hacía ruido alguien la estaba abriendo muy despacito. Crrr. Crrr. Yo acojonado veo la puerta que se va abriendo y apareciendo uno de esos sables que son curvados, que usan mucho los moros del desierto. Venía silencioso para matar. Y si nos mataba a mí y a Medinilla se hacía con el control del aeropuerto. Veo que cada vez se asoma más. Como la mesa tenía un hueco en el centro y a los lados los cajones, me coloco debajo en el centro, con la metralleta apuntándole. Estaba oscuro, solo con la luz de la noche que entraba por las ventanas. Y ese entrando despacito. Cuando veo que estaba cerca de mí, o él o yo, cerré los ojos y apreté el gatillo. Allí descargué todo el peine. El único tío que me he cargado en mi vida”.

Aún pasarían más episodios dignos de relato ¡y hasta de una película! De cuando mataron a los burros que criaba el coronel pensando que eran moros infiltrados, de cuando se subió a un Pedro para ir a un puesto avanzado a 500 kilómetros desierto adentro y se encontraron a todos muertos, o de cuando con un teniente con copas se subió a un Junkers y realizaron un peligroso picado sobre un buque de la Armada fondeado en la ría de Villa Cisneros. En la segunda parte de este artículo: “¡Disparen coño!’, y le matan dos burros a coronel”.


■ HABLAR CANARIO
Haciendo la pelota al cocinero y comiendo bailas

Villa Cisneros está situada en una península con una ría que llamaban Río de Oro, “una península estilo Florida”, describe Totoyo. Y allí se capturaba muchísimo pescado. “Se cogía de todo”, insiste. En la cocina del cuartel era frecuente comerlo, en especial uno que llamaban baila* (Dicentrarchus punctatus es su nombre científico), “primo hermano de la lubina y que hasta los años 80 aparecía en los chinchorros de Playa del Águila, en Gran Canaria, aunque es poco habitual en estas islas”, nos aclara el biólogo marino José Antonio González.

“Había días que no tenía ganas de darle la clase al cocinero y me decía ‘¡coño, encima que te doy pescado hoy no me das la clase!”
Totoyo lo recuerda “alargado, gordote, que tiene mucha carne y es ríquisimo. Eso era a diario. Y yo además me metía en la cocina, porque el cocinero era muy amigo mío, que yo le daba clase de timple. Y había días que no tenía ganas de darle la clase y me decía ‘¡coño, encima que te doy pescado hoy no me das la clase!”.

Y continúa: “Era andaluz, con pinta de mataperro*. Y claro, era el que controlaba la comida y todo el mundo iba a hacerle la pelota para que le diera fuera de horas, porque a veces en la hora de la comida nos quedábamos sin comer”.

VOCABULARIO

baila. “Salmón de altura” lo define C. García Cabrera (en tomo V de Historia General de las Islas Canarias de Agustín Millares Torres, citado en Tesoro lexicográfico del español de Canarias). Viera y Clavijo escribió hace dos siglos: “La carne de la baila es delicada y sabrosa” (Diccionario de Historia Natural de las Islas Canarias).

mataperro. “Muchacho callejero, inquieto y travieso” (J. Valenzuela Silva, Vocabulario etimológico de voces canarias), “no porque hayan demostrado sus facultades contra la raza canina, sino porque de alguna forma hay que resaltar sus sentimientos peculiares y parece que eso de matar perros es algo distintivo de las malas artes y revoltosas travesuras de los chicos que tal nombre reciben” (Antonio Martí, Ansina jabla la isla).

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