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La orquesta de Winter y misterios en la arena

La guerra mundial trajo a la península de Jandía (Fuerteventura) a un ingeniero alemán que protagoniza numerosas leyendas...

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La guerra mundial trajo a la península de Jandía (Fuerteventura) a un ingeniero alemán que protagoniza numerosas leyendas. En lo que entonces era un remoto lugar del archipiélago, su mirada se fijaba cada 15 días en la llegada del pailebot del capitán Rodríguez [En PELLAGOFIO nº 3 (2ª época, septiembre 2012)].

Por YURI MILLARES

Andrés Rodríguez Berriel, Berriel, hijo del famoso capitán Miguel Rodríguez, desayunó en más de una ocasión en la casa de Winter.
El Guanchinerfe, con su capitán y propietario Miguel Rodríguez al mando, partía del puerto de La Luz y Las Palmas el día anterior y amanecía en Morro Jable (su primera escala al alcanzar la costa majorera) a las siete de la mañana. Fondeaba, pues no había muelle, y descargaba lo que traía para este poblado de pescadores y, a veces, cargaba pescado seco para el interior (sardinas, jareas) en sus otras escalas en Fuerteventura. La operación de carga y descarga se hacía mediante unos lanchones a remos. “Mi padre se bajaba y lo primero que hacía era irse a tomar un café y un coñac a casa de Winter”, relata su hijo Andrés Rodríguez Berriel.

Ese café y copa lo tomaba el capitán del Guanchinerfe solo. “Isabel [la mujer del alemán] lo atendía. Winter se quedaba abajo viendo lo que llegaba –sigue su relato Andrés–. Me acuerdo, siendo yo pequeño, en la época de la escasez, que lo primero que bajaba era el suministro del Morro, que a veces no tenían ni gofio”. Se trataba de un gofio, dice, “que era un rollón* malo de Las Palmas y lo bajaban en sacos que se iban poniendo sobre la arena de la playa”.

Pero Gustav Winter, el misterioso alemán que en plena guerra mundial había venido a instalarse a Jandía, “tenía a su gente ocupada para lo de él nada más”, diversos materiales en voluminosas cajas que iba llevando a su almacén. La marea iba subiendo y acercándose a los sacos de gofio, que los chiquillos ya empezaban a romper con la mano dedicándose a espolvorear el esperado alimento. Entonces volvió el capitán a la orilla, tras su café y su coñac y le dijo al alemán: “Gustavo, si no subes esto con la camioneta no descargo nada más”.

El chalet del alemán era una bonita casa en la que había diversas habitaciones “por categorías” para alojar a según qué personas: desde guardias civiles a pilotos de los Junkers españoles

Curas “en rodaje” y pilotos de Junkers
“Y Winter tuvo que coger el gofio con la camioneta y repartirlo entre las tres tiendas que había en Morro Jable (una era la de seña Clorinda, las otras no las recuerdo). Sí me acuerdo de esa escena con el gofio a punto de mojarse y él nada, lo suyo lo primero”, sigue el relato el hijo del capitán, que recuerda el chalet del alemán en Morro como una bonita casa en la que, por cierto, había diversas habitaciones “por categorías” para alojar a según qué personas: desde guardias civiles a pilotos de los Junkers españoles que aterrizaban en la pista que se hizo construir en el Puertito de la Cruz cuando llegó, pasando por lo que el capitán Rodríguez llamaba “curas en rodaje”.

“Curas en rodaje” llegaban desde Las Palmas y pasaban 15 días en la casa de Winter en Morro Jable. “Sólo para apostolado entre los pescadores, les tenía prohibido enseñarles a leer y escribir”

Estos “curas en rodaje” no eran otra cosa que estudiantes del último año del Seminario de Tafira, que llegaban desde Las Palmas a bordo del Guanchinerfe y pasaban 15 días en la casa de Winter en Morro Jable, que era cuando volvía a pasar el barco rumbo a Las Palmas. “Sólo para apostolado entre los pescadores, les tenía prohibido enseñarles a leer y escribir. Había hecho la capilla y tenía su habitación para el cura en la casa. Luego sí puso en funcionamiento las escuelas, cuando sus propios hijos estaban en edad escolar y permite a los curas que enseñen. Pero al principio no”.

Desparrames en la arena
Los días que el pailebot hacía esa escala en Morro Jable, no sólo era gofio lo que se desparramaba por la arena. También las misteriosas mercancías que recibía el alemán, relacionadas con sus actividades, como la construcción del famoso y aislado chalet de Cofete. Según Andrés Rodríguez Berriel, antes de construir la casa, en los años de la guerra mundial, Winter “estuvo construyendo allí unos tanques, que son los sótanos de aquello, con paredes que tienen cerca de dos metros de espesor. Ya avanzada la guerra, contado por mi padre, aparecieron una serie de cajas con maquinaria que venía que no tenían nada que ver con la construcción ni con nada. Por ejemplo, unas cajas como de 100 kilos con unas agujas de máquina”.

Eso se sabe porque llegaron en el Guanchinerfe (como todo lo que recibía por mar; lo de los submarinos son leyendas), “se embarcaban en un lanchón y se las echaban al cogote de marineros en la orilla, un marinero se resbala, cae la caja, se rompe y aparecen los paquetes de agujas de máquina desparramados por la arena”.

El territorio sobre el que Gustav Winter ejercía su dominio e imponía su ley era toda la península de Jandía, “lo tenía todo vallado y con alambre de espino”

¿Para qué era todo aquello? Andrés y su padre siempre han creído que para investigaciones que llevaba a cabo para el gobierno nazi. Aunque también recibió otros extraños cargamentos que, según le contó el capitán del Guanchinerfe a su hijo, podían deberse al descontrol en el transporte marítimo desde los puertos alemanes en plena guerra. En sus almacenes de Morro Jable, Winter “tenía incluso los instrumentos de una orquesta filarmónica: violoncelos, violines, piano de cola, timbales…”

“Era un dictador”
El territorio sobre el que Gustav Winter ejercía su dominio e imponía su ley (“Era un dictador”, repite en diversas ocasiones Andrés al referirse al comportamiento de aquél) era toda la península de Jandía. “Lo tenía todo vallado y con alambre de espino. Parte era la antigua pared [que separaba la península del resto de la isla] y parte eran angulares como los de la guerra y alambre de espino a todo lo largo de aquello. Había unos sitios, unos metederos, por donde la gente entraba y salía”. Para cruzar la frontera de sus dominios había que pasar por un portalón con un guardián armado.

■ HABLAR CANARIO
Preso por no venderle el queso al alemán

Los agricultores y pastores que vivían en el lado de la alambrada que protegía los dominios de Gustav Winter, trabajaban para él mediante el abusivo sistema de la medianería [muy común en Canarias hasta fechas recientes: ver entrevista al tinerfeño Nicasio Gómez en el anterior número de PELLAGOFIO].

Amarrado, porque no tenían ni esposas, metieron al pastor en un almacén de Winter y cuando llegó el ‘Guanchinerfe’ se lo entregaron al capitán: ‘Ah, no, yo amarrado no llevo a nadie en el barco”
Andrés Rodríguez Berriel conoce el caso de uno de esos pastores que, teniendo a su mujer enferma y necesitando un dinero extra, decide llevar algunos de los quesos que elabora fuera de la valla, a otro intermediario. Cruza la alambrada a escondidas del guardián de Winter y los vende a mejor precio. Pero el chivatazo llega a oídos del alemán que envía a la guardia civil a prenderlo y lo traslada hasta Morro Jable* con la intención de que vaya ¿encadenado? a Las Palmas. “Amarrado, porque no tenían ni esposas, lo metieron en un almacén de Winter y cuando llegó el Guanchinerfe se lo dieron a mi padre –relata su hijo Andrés–. ‘Ah, no, yo amarrado no llevo a nadie en el barco”. La negativa se mantuvo firme y el pastor viajó libre de ataduras. Pero antes de atracar en Las Palmas, el capitán le dio cinco duros y le dijo que saltara, fingiendo ser un marinero con los cabos del amarre, y escapara antes de que la guardia civil se presentara a recogerlo a bordo.

VOCABULARIO
jable. En Fuerteventura, arena blanca. “(…) lo cual debe ser corrupción del francés sable, cosa no extraña si se tiene en cuenta que los primeros conquistadores de aquella isla fueron los normandos de Juan de Bethencourt y Gadifer de la Salle” (José Franchy y Roca en “Cómo se habla en Canarias”, citado en Tesoro lexicográfico del español de Canarias).

rollón. También rolón. “Maíz poco molido”, lo describe Miguel Santiago (citado en Tesoro…). “Millo machacado en el mortero, molido grueso en molino de mano”, dice A. Rodríguez Berriel en el Léxico de Los Majalulos

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