Home»Isleños»Historia Oral»El labrante “saca, de diablos, angelitos”

El labrante “saca, de diablos, angelitos”

1
Compartido
Pinterest Google+

Autor del escudo en piedra que lucen muchos ayuntamientos canarios en sus fachadas o plazas, se subió a un camión grúa días atrás—a sus 82 años– para firmar el que luce en Guía. Su padre lo puso a cargar piedra en la cantera con ocho años de edad. [En PELLAGOFIO nº 7 (2ª época, enero-febrero 2013)].

Por YURI MILLARES

Domingo Santana en el interior de un caserón, habitáculo que se construía en toda cantera “para meter herramientas, pólvora, la mecha, todo lo habido y por haber”./ FOTO Y. MILLARES
Domingo Santana Mendoza se queja de que, últimamente, su habitual buena memoria le falla un poco. Pero a sus 82 años (nació en 1930 en El Cerrillo, Arucas) ha relatado con todo detalle para PELLAGOFIO cómo ha sido su vida en las canteras de su ciudad natal, labrando y tallando la piedra con gran maestría. Y también ha protagonizado una curiosa iniciativa a su ya avanzada edad, pues ha querido firmar, cual artista de su oficio que es, algunos de los escudos en piedra que ha esculpido para algunos ayuntamientos siendo joven. El último ha sido el de Santa María de Guía, donde le pusieron un camión con autobrazo y cesta para operario del Servicio de Alumbrado, dentro del cual lo izaron hasta lo alto de la fachada de la casa consistorial armado con cincel y maceta (esto último, en su oficio, es un martillo de mango corto que sirve para golpear el cincel o puntero).

Sus inicios en el oficio no fueron muy felices, pues apenas siendo un niño de corta edad su padre, empresario que tenía en explotación la cantera de piedra de Hoyo de la Campana, junto a la fábrica de ron, lo sacó de la escuela. “Yo estaba en el colegio, de los que llamaban colegios del rey, y le preguntó al maestro don Manuel Hernández (que le decían El Cabezudo): ‘¿Qué tal mi hijo para estudiar?”. La increíble respuesta del maestro fue del tono: “Más vale que lo dedique a otra cosa”. Así que el padre, “ni corto ni perezoso, me dice: ‘Mañana vas a trabajar a la cantera”.

La madre intercede en vano
La madre trató de interceder por el hijo: “¡Antonio, que es un niño!”. Pero el padre no cambió de idea: “¡Qué niño, coño, ya tiene ocho años y tres meses!”. Esa respuesta se le quedó grabada a aquel niño y por eso recuerda con tanta exactitud la edad que tenía. No sería lo único que se le quedó grabado en la memoria: “Mi sorpresa es que lo primero que me manda, con todos los chiquillos que había allí, fue a cargar cestas. Pero aquellos niños tenían entre 15 y 16 años. Y como era la época del franquismo, empezando por que había hambre… Pero mi padre, como empresario, no tenía que haber hecho eso. ¡Me puso a acarrear cestas de piedra de desbroce!”. Debía cruzar la carretera con las cestas, subir por unos escalones de un muro “y la botábamos para atrás: al tercer viaje, los llantos daban hasta miedo”.

El labrante Domingo Santana firma, subido en un camión grúa, el escudo del municipio de Guía en la fachada del Ayuntamiento./ FOTO CLARA PÉREZ
El alcalde de Guía observa cómo se eleva el brazo articulado del camión del Servicio de Alumbrado en la fachada del Ayuntamiento./ FOTO CLARA PÉREZ

“¡Me puso a acarrear cestas de piedra de desbroce! Al tercer viaje, los llantos daban hasta miedo”

Al mes y medio, aproximadamente, lo puso a labrar estadales. “Son bordillos de acera. Le llamamos estadal cuando lo labramos”. Y poco a poco le fue explicando distintas tareas del oficio, aprendiendo a labrar, picar, hacer molduras. Domingo no se conformó con las enseñanzas del padre, que sólo era labrante. “Yo estudié Delineación, después estudié Relieve y Sombra del Dibujo con Santiago Santana”. Su padre no valoraba eso. “Siempre le decía a mi madre: ‘¡Bah, es un zoquete! Entre más días, menos sabe’. Mi padre era un dictador del carajo”. En la cantera “primero se picaba con el pico para dejarlo parejito, después lo labraba con el martillo, a continuación lo escodaba con la escoda, entonces empezaba a cuadrarlo con el cincel y la maceta. Y venga, venga, venga. Y así se pasaron los años”.

Hoy, se enorgullece de sus conocimientos y su habilidad, pues es uno de los últimos profesionales vivos, labrante y tallista, especialmente lo último (“El último tallista que queda en Arucas soy yo. Hay un muchachillo de Valleseco, Ángel, el mejor que veo, pero hay que enseñarle mucho todavía, porque hay que saber relieves y sombras”). Obra suya hay en casi todas las islas del archipiélago: “Hasta los 76 años estuve labrando, que me di de baja para cobrar la pensión”.

“Me dijo: ‘Niño, me hacen falta tres labrantes, ¿cuento contigo?’.
Me ofreció 23 duros y me fui para allá”

En la cantera de Juan Medina
Trabajando en la cantera de su padre, todavía un muchacho, otro empresario del sector, Juan Medina, le ofreció: “Niño, me hacen falta tres labrantes, ¿cuento contigo?”. Domingo asintió “sin decirle nada a mi padre”. Lo cierto es que al siguiente domingo, “porque trabajábamos ]el sábado hasta las siete, cogí la herramienta y me la llevé para ca* Juan Medina, que era la cantera que estaba atrás de la Heredad, una cantera grande”. Extrañado por no verlo, el padre llega a casa y le pregunta a la madre (“No, él salió de aquí como todos los días”).

Al mediodía se acerca Domingo a la cantera del padre. “Llegué allí y estaban mis hermanos ya trabajando. ‘¿De dónde vienes tú ahora? ¿Dónde te has pasado la mañana?’. Digo: ‘Juan Medina me ofreció 23 duros y me fui para allá’. ¡Fuaas! –le golpea, pero él replica:– ‘¡Aquí no llego nunca a 40 pesetas!’. ‘¡Pero me los gano yo, coño!’. Y venga y venga –pegándole– hasta que le dije: ‘Si me pega otra vez me voy a ca’ mis tías y se acabó esto”. Tenía 16 años.

Eran tiempos, además, en los que el horario de trabajo era de sol a sol. “Parábamos una hora para ir a comer y yo que tenía que venir a La Goleta y muchas veces iba con la hora pegada al culo. Después ya, como éramos cuatro (mis dos hermanos y yo, y mi padre) mi madre nos mandaba la comida con una hermana o, si estaba en el colegio, venía ella”. La comida era un caldero con potaje o arroz, gofio y cebolla. “Mi madre sabía hacer bien de comer”.

“Fuimos a sacar piedra a Tamadaba, una piedra roja que hay allí para el monolito del Paseo Tomás Morales [en Las Palmas]”

Perdida en Moya con la talega del potaje
Una de las veces que le tocó a la hermana llevar “la talega” con el caldero a donde estaban trabajando, se perdió, y “salió por la fábrica de ron hasta parar allá en [el vecino pueblo de] Moya caminando”. Preocupados, en la familia ]estuvieron buscándola hasta que del Ayuntamiento hicieron una llamada y la localizaron. “Fuimos por ella. Y encima se llevó una jalada* de mi padre. ¡Yash coño, es increíble!”

“Seguí aprendiendo”, recalca, y recuerda haber ido “a sacar piedra a Tamadaba, una piedra roja que hay allí para el monolito del Paseo Tomás Morales [en Las Palmas de Gran Canaria] y otras obras. Así hasta que yo compré esta cantera”, dice en El Cerrillo, donde sus hijos dirigen la empresa que él inició y con la que ha hecho obras de calibre como la restauración de la catedral de Las Palmas, durante muchos años, a las órdenes del arquitecto Salvador Fábregas. “Se le puso piedra de Arucas. La que tenía era de San Lorenzo, una piedra malísima que se corroía toda”.

Trabajando con cincel y maceta./ FOTO CEDIDA POR DOMINGO SANTANA

“Si se partía un cacho de piedra, cogíamos azufre y polvo y le pegábamos fuego. Se pegaba bienísimo”

El labrante, resume Domingo en pocas y poéticas palabras, lo que hace es “sacar de diablos, angelitos”. Y las herramientas que usaba no eran sino “pico, martillo, escoda, bujarda, cinceles y macetas; creo que no he dejado nada atrás”. Lo que no se podía evitar es que, a veces, una piedra ya labrada se rompiera por alguna esquina. ¿Trabajo perdido? ¡No, había forma de pegarla!: “Si se partía un cacho de piedra, cogíamos azufre y polvo y le pegábamos fuego. Teníamos que tener cuidado para amasarlo, si se dejaba pasar del punto que lleva se hacía polvo; y si lo hacía antes, no servía. Al coger el punto lo apagaba enseguida, asfixiando el fuego con un saco grande. Después íbamos corriendo a pegar la piedra, porque en cinco minutos no hay quien lo arranque, y se pegaba bienísimo”.

■ HABLAR CANARIO
‘Dichetes’ desde tiempos del tatarabuelo

Domingo Santana recuerda a muchas personas, cuando las nombra, por los apodos, una forma coloquial de trato en las zonas rurales. Por eso cita a su maestro del colegio (Manuel el Cabezudo) o al camionero que solía hacerle los transportes de la piedra (Perico el Pirulí –que cargaba las pesadísimas piedras con sumo cuidado y calzadas con hoja de platanera “para que no se desbordillaran”). El propio Domingo tiene el suyo y, por supuesto, tiene su explicación. “Aquí todo el mundo antes tenía dichete*. A mí me conocen por Domingo El Niño. Pero viene de hace mucho. Mi padre me dijo que el abuelo le dijo que al tatarabuelo ya le decían El Niño. Y yo le preguntaba ¿por qué? Porque la tatarabuela de él trajo nueve niñas y después vino el niño”.

“Al tatarabuelo le decían ‘El Niño’ porque la tatarabuela de él trajo nueve niñas y después vino el niño”
VOCABULARIO
ca. Casa. “Indicaba ubicación y se pronunciaba con h aspirada. Era frecuente decir: Voy cah Arsenia”, explica Juan José Dorta (citado en Tesoro lexicográfico del español de Canarias).

dichete. Apodo, mote, también nombrete. “No encontramos antecedentes etimológicos de esta palabra”, explica Pancho Guerra (Obras completas III. Léxico de Gran Canaria), que añade: “posee virtualidad y acaba por prender cuando el ‘dicharachero’ bautizante revela con su ‘dicho’ sutileza e ingenio”.

jalada. “El canario aspira la h, lo mismo que el andaluz. De modo que aquí [en Canarias] ‘halar’ es jalar, pero jalada no es la acción de ‘halar’, sino una paliza” (Agustín Millares Cubas, Cómo hablan los canarios) ●

Anterior

Mi primera visita al Jardín Canario, ¡qué maravilla!

Siguiente artículo

La sama más popular es roquera y fue auriga

Sin comentarios

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *