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Ni los ‘sajumerios’ podían acabar con el ‘carbuco’

A sus casi 80 años Ventura todavía ordeña cinco vacas de la tierra en el barranco del Laurel y les siembra cereal...

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A sus casi 80 años Ventura todavía ordeña cinco vacas de la tierra en el barranco del Laurel (Gran Canaria) y les siembra cereal que siega con cuidado, para quitar las amapolas que nacen entre el trigo y que no se le ‘emborrachen’ las reses. [En PELLAGOFIO nº 53 (2ª época, mayo 2017)].

Por YURI MILLARES

“Nací arriba de un saco”, relata Ventura Arencibia Suárez. Aquello fue en el barranco del Laurel y ocurrió un día de 1939. A su madre la atendió “mi abuela, que era partera; antes no había médicos”. La finca que trabajaban la tenían en propiedad y allí estuvo 40 años hasta que compró otras tierras más arriba. “Aquello era sembrar comida para los animales (centeno, trigo, avena, cebada, chochos). Y se araba, se asurcaba y entre siete u ocho mujeres plantaban papas con plantón (no como hoy que es con tractores); la papa se picaba ojo a ojo y después se cogía el saco de guano, que venía de cien kilos, se le echaba un pizco a cada papa y con el sacho se tapaba y se le arropaba la tierra. Aquella era la papa rosada, que la raza venía de Juncalillo”.

“Yo tenía unas alpargatas de esparto y tenía que ponerlas delante de las tornas para que el agua fuera para el siguiente surco”

Ventura Arencibia siega, entre alguna que otra amapola, el trigo que sembró en noviembre en la hoya que llama Playa Chica.| FOTO YURI MILLARES
Riego a surco en un pedregal
Las tierras se regaban “a surco”, explica, “en un llano que era un pedregal, no como hoy que han sacado las piedras con máquinas. Yo tenía unas alpargatas de esparto y tenía que ponerlas delante de las tornas para que el agua fuera para el siguiente surco. No se sulfataban ni se les echaba ningún veneno y se cogían montones de papas, con las vacas y los arados”.

Las vacas las tenían “preparadas mansas para eso”, precisa. “Yo cogía mi yunta de abajo arriba, de arriba abajo, ‘quieta Palmita, quieta Lucera’ o como se llamara, y la vaca iba al surco donde yo le decía”. Eran tiempos en los que Ventura estaba arando mañana y tarde un día tras otro. “Me levantaba temprano, le echaba de comer a las vacas, las ordeñaba y llegaba a la tierra antes del día”. Allí se detenía un momento a fumarse un cigarro y, en cuanto amanecía, empezaba a arar.

“Llegaba a la tierra antes del día”. Allí se detenía un momento a fumarse un cigarro y, en cuanto amanecía, empezaba a arar

Y aunque “antes las vacas, como araban mucho, daban poca leche”, en su finca “sacaba un montón” porque llegó a tener cerca de 20. “Venía un lechero que le decían Andrés Pata, con un burro y dos lecheras y él otra al hombro. Cogía por el barranco para abajo y venía a salir a Corvo; en Fontanales se las recogían y las llevaban a la Central Lechera”.

Calderos negros, quesos ahumados
También hacían queso de vaca en la cocina, entonces de leña y con las paredes ennegrecidas. “Los calderos antes eran todos negros por fuera –ríe–. Antes se pasó muchos trabajos. Para fregar en aquellos años 50, que estaba todo requisado, ni había jabón. Cortaban las pitas grandes, le sacaban la cáscara, la metían de remojo en una cantonera o en una acequia, que antes había un montón de agua, y al mes o dos meses la sacaban y pegaban a darle con un palo arriba de unas piedras. Así hacían un estropajo y con aquello arrañaban los calderos”.

“A veces no había ni leña y ponían pita y cosas verdes para ahumar el queso en el cañizo”

Eran unas cocinas, recuerda, “grandes y tenían los cañizos encima. A veces no había ni leña y ponían pita y cosas verdes para ahumar el queso en el cañizo”. Era así como los queseros o compradores lo pedían, “porque en aquellos tiempos mucha gente lo quería ahumado”.

Unos queseros que llegaban caminando cargando hasta 40 y 50 kilos en unas alforjas que se colgaban sobre el hombro hasta Fontanales. Desde allí iban en el coche de hora para Las Palmas, que era “de todas puertas”, a la estación de Bravo Murillo. “Tenía una escalera por detrás y arriba un corral para echar las cosas. El cobrador los cogía y los subía arriba y ponía cada queso en su sitio. Y después esa gente iba en el coche de hora y estaban dos o tres días vendiendo allá abajo, caminando para un lado y para otro”.

En este llano que siega, Ventura tiene trigo y cebada.| FOTO YURI MILLARES
Trigo y amapolas
La mañana que habla para esta entrevista está segando trigo con la hoz en una hoya a la que llama Playa Chica, porque es la más pequeña de las hoyas (“mis playas”) que tiene en las otras tierras donde ha estado los siguientes casi 40 años. Entre las espigas de trigo, que lucen mucho más alto que la cebada que crece al lado, aparta de la manada una flor de amapola. “Con esto se emborrachan las vacas –vuelve a reír–. Se ponen a brincar y se soplan que da miedo*, la barriga se les pone para fuera”.

“Bastantes vacas que estaqué. Pero no puedo ya, si saco una de esas me lleva a rastras y me mata”

A las vacas ya no las saca del alpendre a que cojan aire o caminen. “Bastante que estaqué. Pero no puedo ya, si saco una vaca de esas me lleva a rastras y me mata parai*”. Sus siete vacas, Española, Palmita, Maravilla, Irene, Yurena, Juana y Pepa, sí las tiene bien cuidadas y alimentadas con “comida de la labranza”, en expresión de los agricultores de la zona. Con cama de pinocha o monte, les pone de comer dos veces al día cuando va al ordeño (de madrugada y al principio de la tarde), a lo que añade: “A mediodía les echo el ayanto*. Eso lo decían los viejos antes. Le pongo dos manadas, de trigo, cebada o lo que me parezca. Es como tú beberte el café”.

Poniendo el ‘ayanto’ a las vacas (el “tenteempié”).| FOTO YURI MILLARES
Sus vacas las atiende ahora un veterinario si alguna se pone enferma, o para inseminarlas si no hay toro cerca. “Antes había dos o tres curanderos y cuando se empanchaban les mandaban troncos de caña, limones o cebada guisada que se le daba con una botella. Porque si se empanchan y no cagan se ponen malas y se soplan”. Contra “el carbuco*, una enfermedad que las vacas se morían, le hacían un sangrado en la cola y le echaban sajumerios”. Pero ni así. “Muy pocas escapaban, a los ocho o diez días se morían”.

■ HABLAR CANARIO
“¡Avaina, carajo!” gritaba Cho Cecilio con el látigo

El verano era época de trillas… o de majar la paja contra una piedra para obtener el grano “porque todo el mundo no tenía bestias”, dice Ventura. Su padre tenía era y trillaba con vacas. Aunque enfrente de donde tiene la hoya que llama de la Playa Chica, pasado el lomo de la Piedra, “había un viejo, Cho Cecilio, que tenía una yegua y era el que mandaba las yeguas, cuatro o cinco todas juntas, formando una cobra para trillar. A la que se echaba fuera le gritaba ¡avaina*, carajo! y hacía con el rebenque* ¡triasss!”

Se trillaba con cobra de yeguas pero no con caballos. “El caballo era mal amañado”. En la era de Cho Cecilio “se juntaba el trigo, la cebada y todo aquello y se juntaban los amigos con las bestias. Él iba después a las trillas de los demás y así se ayudaban unos a otros. Antes no se cobraba por eso”.

VOCABULARIO
avaina. Palabra no encontrada. Posible aglutinación de “¡ah, vaina!” (vaina= “fastidio, dificultad”, cita el Tesoro lexicográfico del español de Canarias).

ayanto. “Muy corriente en los campos de Gran Canaria. Comida ligera de después del desayuno y antes del almuerzo. Es una especie de tenteempié” (Pancho Guerra, Obras Completas, t. III, “Léxico de Gran Canaria”).

carbuco. También llamada en Canarias “pulmonía doble” (citado en el Tesoro lexicográfico…), es el “carbunco”, enfermedad virulenta y contagiosa, especialmente en el ganado bovino y ovino, que puede ser transmitida al hombre en el que produce el ántrax.

que da miedo. “Expresión que se emplea para intensificar o superlativizar una afirmación” (Gonzalo Ortega, Léxico y fraseología de Gran Canaria).

parai. “Por ahí” (citado en el Tesoro lexicográfico…).

rebenque. En Canarias el “látigo largo de los carreteros” (Pancho Guerra, Op. cit.) ●

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