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No había ni carretillas, pero camellos, ¡muchos!

Pequeñas historias majoreras del médico que en realidad era yerbero y visitaba a camello; o de la tromba de agua que en cuestión de minutos arrastró a un camello...

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Pequeñas historias majoreras del médico que en realidad era yerbero y visitaba a camello; o de la tromba de agua que en cuestión de minutos arrastró a un camello barranco abajo y casi se lleva con él a quien lo sujetaba y no podía soltar la soga. [En PELLAGOFIO nº 38 (2ª época, enero 2016)].

Por YURI MILLARES

Aunque el camello es un animal que sigue presente en algunas de las islas Canarias, atrás ha quedado su función como bestia de carga y de transporte, o como sustituto de la maquinaria agrícola cuando ésta no existía o no se conocía. Ahora sirve para llevar de paseo a turistas y para recordar que forman parte de la historia del archipiélago, protagonizando mil y una anécdotas y vivencias que sirven para retratar la vida en el pasado del mundo rural. Reconocida para Canarias como raza, Fuerteventura es una las islas con más presencia de este animal desde que fue introducido tras la conquista castellana.

Arando con camello en Fuerteventura.| ARCHIVO DE FOTOGRAFÍA HISTÓRICA DE CANARIAS-FEDAC
Arando con camello en Fuerteventura.| ARCHIVO DE FOTOGRAFÍA HISTÓRICA DE CANARIAS-FEDAC
Durante años recorriendo los campos majoreros, he podido recoger el testimonio de numerosos isleños y componer muchos cuadros con distintas pequeñas historias. A Simeón Alberto, pastor, lo entrevisté junto al corral de sus cabras y ovejas cerca de Antigua. Nacido en Maninubre, empezó a trabajar trillando y sembrando “desde que puede caminar”, decía. Sin maquinaria ni tractores, “¡aquí no había ni carretillas!”, lo que había era “camellos, ¡muchos camellos! Cargaban 400 kilos encima de la costillas. Es muy lento, pero cargaba peso”.

A los camellos se les echaba ración de chícharos, cebada, trigo remojado y paja cuando estaban arando

Recuerda su juventud como un tiempo en el que “llovía más que hoy, había hierba y se les ponía de comer. Eran las yuntas de labor habían. ¡Las corcovas daban miedo! –exclama de nuevo, refiriéndose al gran tamaño de aquellas jorobas–. Se les echaba ración de chícharos, cebada, trigo remojado y paja cuando estaban arando. En la Antigua no había casa que no tuviera dos o tres camellos, y algunas hasta seis y siete”.

El “médico de los corderos”
A Manuel Batista, cabrero y constructor de hornos, lo conocí en Pájara cuando tenía cerca de 70 años (había nacido en 1934). Cita a un personaje que se hizo muy popular, “un médico que le decían El Cordero, que no era sino yerbero. Mandaba yerbas. Para una pulmonía decía: ‘Anda mi hijo, masca yerba clin y si la encuentras dulce tienes pulmonía y si la encuentras amarga no la tienes’ –se ríe–, y los chiquillos mascando yerba clin a ver si la encontraban dulce. ¡Eso es amargo como el diablo!”.

“Para una pulmonía decía: ‘Anda mi hijo, masca yerba clin y si la encuentras dulce tienes pulmonía y si la encuentras amarga no la tienes’. ¡Eso es amargo como el diablo!”

La descripción que hace Simeón de este médico es que le decían “el médico de los corderos porque vino a comprar corderos y aquí se quedó; y médico de los corderos murió. Se llamaba Agustín y no era médico ni nada”. Según Manuel, “ese hombre venía de Tenerife”.

En lo que coinciden los dos es en que no había ningún otro médico al que acudir, así que había que ir a buscarlo y traerlo con un camello. “Vivía donde Ajuy en un sitio que llaman El Escorial, y si se ponía uno malo en el Morro Jable y venían en camello a buscarlo de Jandía, estaba un día para ir y otro para venir. Me acuerdo yo de chiquitillo, él cogía y me quitaba la camisa y después ponía el oído en el pecho”.

La higuera, picada “menuíta”
A Eleuterio Brito (uno de los muchos pastores que me presentó Jorge Mesa) lo entrevisté cuando estaba a punto de cumplir 67 (había nacido en 1930). Una vez más, en la conversación aparecía la referencia a los camellos. “Cuando había higueras muy frondosas, cogíamos y las limpiábamos por dentro, y eso se picaba menuíto y se lo echaban a los bueyes y a los camellos, y con eso vivían”.

“El agua corría demasiado algunas veces y un día le llevó a mi tío un camello y dos burras. Y no se llevó a la mujer de manganilla”

Y aún siendo Fuerteventura una isla escasa en lluvias, “el agua corría demasiado algunas veces. Allí –señala desde donde estaba sentado, el día que hablamos en Gran Barranco– el agua le llevó a mi tío un camello y dos burras. Y no se llevó a la mujer de manganilla*, porque mi tía Teresa fue a levantar el camello y tenía un lazo en la mano, del cabezón* del camello, pero el camello se resbaló en el barranco (no pega* como otro animal), y mi tía aguantándolo y cuando cayó al barranco grande traspuso con el camello y se le rompió el cabezón. Si no, se lo lleva también a ella. Quería soltar el cabresto* y no podía, porque tenía la soga montada en la mano y no se soltaba”.

Los tres animales murieron. “Las burras no aparecieron más y al camello lo encontraron todo machacado metido en un escombro. ¿Usted sabe lo que es venir de ahí arriba dando trambucazos* por ahí? Aquel año hubieron dos turbones*, les he oído yo a ellos, porque yo no era nacido. Hubo uno el día 3 de octubre y el otro en febrero, pero no me acuerdo la fecha. Los turbones arrastran con todo lo que hay”.

Con “un cargo” de tunos
También en su casa, como en la de cada majorero a mediados del siglo XX, tenían uno o varios de estos animales. “Mi padre y yo cogíamos un cargo de peras, o de tunos, y cargábamos un camello en los cajones de madera y una burra con serón, y se nos iba a amanecer el día al Puerto caminando. Había que esperar a aclarar el día para venderlo en la calle. Se ponía uno por un sitio y la gente los compraba. Y cuando traía para arriba diez o doce duros ya venía uno contento, porque era un dineral”.

Los seis sacos de carbón para la herrería se los traían en un solo viaje sobre un camello, transporte por el que el camellero le cobraba un duro

Juan Curbelo era un conocido herrero nacido en Antigua en 1909. En 1997 tenía ya 88 años y me llevó a su herrería en Valles de Ortega. Con 11 años ya trabajaba en la herrería del abuelo, que le hizo un martillo a su medida porque no podía levantar el de un hombre. A lo largo de su extensa vida fabricó toda clase de herramientas que uno se pueda imaginar, en una herrería en la que, en sus mejores tiempos, gastaba seis sacos de carbón todos los meses. Seis sacos que le traían de un solo viaje sobre un camello, transporte por el que el camellero le cobraba un duro.

“Antes se levantaba uno a las cuatro de la mañana a trabajar, a hacer rejas para arar: para camellos, vacas y burros. Había tres clases de rejas: según los arados, la del camello va más tumbada, la de las vacas va recta y la de los burros igual que la de las vacas, pero más pequeña”, explica.

■ HABLAR CANARIO
Al camello y al borracho majaderos, desentenderse

Eleuterio Brito, al recordar que a su padre no le gustaba tener vacas, decía: “Al viejo mío le gustaban los animales machos: camellos, burros, bueyes”. Y los camellos eran fáciles de manejar para “el que los entendía”, aseguraba. “Todos los años estaban un par de meses jaquecosos, cuando se ponían calientes. Cuando no, eran animales nobles. Había que ponerles el sálamo*, no sea que mordieran a uno, y una cuerdita atrás por la cabeza. Cuando están con el celo ese par de meses y se ponen majaderos* tiene usted que dejarlos, hacerse uno el desentendido, como con un borracho, igual. Usted lo ve y lo deja quieto, por la cuenta, y se le va pasando y se lequita. Ahora, si usted se pone a darle palos y no lo tumba ya tiene un enemigo”. Porque el camello no olvida al que lo maltrata…

“Si usted se pone a darle palos a un camello y no lo tumba, ya tiene un enemigo”… Porque el camello no olvida al que lo maltrata
VOCABULARIO
cabresto. Cabestro, en portugués también se dice cabresto. “Para conducir y dominar el camello se le pone el cabresto o jáquima (…). Estaba compuesto de tres piezas: la cabeza o parte que envuelve el hocico del animal; el barbuquejo, que son las cintas que van por detrás del occipucio; las pernadas, que las argollas por las que se pasa la soga para encoger y ajustar el cabestro a la cabeza del animal; y el macho, que es la correa que va por encima de la nariz” (Marcial Morera, “La tradición del camello en Canarias”, Anuario de Estudios Atlánticos).
majadero. “Insistente, pesado, molesto” (Miguel Santiago, citado en Tesoro lexicográfico del español de Canarias).
manganilla. “Casualidad, azar” (Pancho Guerra, Léxico de Gran Canaria).
pegar. Aquí, adherir (Cristóbal Barrios Rodríguez y Ruperto Barrios Domínguez, citado en Tesoro…).
sálamo. “…bozal, ordinariamente de alambre (sálamo de verga), trenzado formando una tela metálica de grandes intersticios, que se sujeta tras el occipucio [del camello] por un cordón de cuero. De cuero también puede ser todo el enmallado del sálamo, aunque es lo menos frecuente” (Luis Fajardo Hernández, “El camello en Canarias”).
trambucazo. Golpe. “Ir dándose trambucazos” es ir dándose golpes (sin citas).
turbón. “Tierra que cae de una ladera cuando ha llovido mucho” (Manuel Alvar, Atlas lingüístico y etnográfico de las Islas Canarias) ●
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1 Comentario

  1. Enero 14, 2016 at 12:07 pm — Responder

    Una y mil veces más si hace falta, gracias por esta gran labor de documentación y difusión de nuestra historia y costumbres. Me encantan los artículos que escriben.
    Saludos.

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