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Recuerdos de un niño camellero en la isla de El Hierro

A mediados de los años 40 en la Isla del Meridiano sólo había trabajo abriendo carreteras a pico y pala, o sorribando la finca de los Villarreales en Aguanueva...

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A mediados de los años 40 en la Isla del Meridiano sólo había trabajo abriendo carreteras a pico y pala, o sorribando la finca de los Villarreales en Aguanueva. A Manuel Espinel le tocó lo segundo siendo apenas un muchacho, y aunque tenían camellero, a él también le tocó guiar a alguno de aquellos animales. [En PELLAGOFIO nº 43 (2ª época, junio 2016)].

Por YURI MILLARES

Aquella finca, dice Manuel Espinel, “fue la suerte para medio sobrevivir aquí en El Hierro, porque en 1948 aquí no llovió nada. Se dependía de los animales, ¿y con qué se mantenían? Cortando gajos secos de las higueras, antes de reventar, con una azuela y picándolos de la mañana a la noche. Y tuneras, y piteras. Que con eso escaparon”.

Manuel Espinel:
“En 1948 aquí no llovió nada. Los animales se mantenían cortando gajos secos de las higueras”

En aquella isla sedienta, que bebía lo que cada casa almacenaba en sus aljibes, sólo había un pozo en la finca de los hermanos Villarreal, para regadío. “Eso era un jardín. Una finca con cincuenta o sesenta empleados sorribando y plantando caña de azúcar, alfalfa, batatas. Se hacía aguardiente de caña. Y allí los racimos de uva eran muy grandes, de tres y cuatro kilos. Cuando estaban bien maduritos los cortaban y los echaban al sol de diez a doce días. Eso lo prensaban y sacaban un vino especial que mandaban para Las Palmas. Porque ellos eran tres hermanos, dos estaban en Las Palmas y tenían negocios allí. En El Hierro el que estaba era Silvestre Villarreal”, relata.

“Que robe, el negocio funciona”
El que llevaba la contabilidad en la finca “y le daba clase a los hijos del Villarreal se llamaba Feliciano Pérez, lo conocían por Feliciano el Pardelita –explica–. Una vez estaba sentado el dueño, don Silvestre, con otro señor debajo de un parral grande. Yo estaba enfrente escardando unos semilleros de cebolla y ellos con la conversación”. En eso que Manuel oye que le dice el señor a Silvestre: “Mire, pele el ojo, porque Feliciano le está robando”. “¿Tú sabes la contesta de don Silvestre cuál fue? –relata–. ‘Desde luego, yo sé que me roba, pero el negocio funciona, déjelo que robe”.

Espinel (izq.) con otros trabajadores de la finca de Aguanueva. En el centro, Feliciano, el administrador (1945).| FOTO ARCHIVO PELLAGOFIO (CEDIDA POR M. ESPINEL)
Espinel (izq.) con otros trabajadores de la finca de Aguanueva. En el centro, Feliciano, el administrador (1945).| FOTO ARCHIVO PELLAGOFIO (CEDIDA POR M. ESPINEL)

Para sorribar las tierras de la finca tenían bueyes, pero para transportar el abono habían traído de Fuerteventura media docena de camellos que iban por los pueblos cargando el estiércol. “Y yo, como era un muchacho, a veces me mandaban con ellos”, dice Manuel, que también “estaba encargado de tocar la corneta para comer (iban las mujeres a llevar la comida de cada uno), y para cuando se soltaba”. El camellero era de Gran Canaria, “me acuerdo que se pasaba el día tomando vino, los camellos a veces cargados y él borracho, sin hacerles caso. Lo único que comía era sama salada, que le daba más ganas de beber”.

Manuel Espinel:
“El camello ‘Moreno’ Era un animal placentero, lo cargaban más que ninguno y siempre iba delante”

De placentero a resabiado
De aquellos camellos, recuerda que vendieron dos a un señor de San Andrés, “que los quería para sacar leña del monte y venderla”, porque en aquella época es con lo que se cocinaba. “Uno de ellos era uno de los mejores camellos que llegó aquí, lo llamábamos Moreno. Era un animal placentero, lo cargaban más que ninguno y siempre iba delante. Cuando los demás se cansaban, que se aplastaban para el suelo, él se viraba y se echaba también, pero cuando veía que los demás se levantaban, se levantaba y volvía a ponerse delante”.

Tanto aprecio le tenía Silvestre Villarreal a aquel camello, que le dio pena y lo volvió a comprar, enviando a Manuel a recogerlo. “Cuando llegué a San Andrés y sacan al camello, estaba flaquito, resabiado, le mandaba echarse y no se echaba. Por fin se echó y no se dejaba poner el sálamo*, amenazando con los dientes”. Cuando por fin se lo pusieron, le preguntan: “¿Tú te montas o vas caminando?”. Respondió: “Caminando no. Yo me monto”.

Así fue como emprendieron el camino muchacho y camello, rumbo al valle del Golfo, paso a paso, al ritmo cadencioso y pausado del andar de Moreno. Al llegar a la cumbre les envolvió la bruma. “Estaba chispiando* y lo mandé echarse, pero no se echaba. Entonces me boté del camello al suelo y lo eché carretera alante, pero en eso, como salía una brisa de dentro para fuera, me hace ¡prrrf! y se volvió para atrás que no fui capaz de atajarlo. Salí detrás de él y unos pastores de ovejas me lo atajaron. Allí le di un palo y lo eché otra vez carretera alante”.

Con el camello en medio del monte
Según descendían de la cumbre “me encuentro en la carretera a uno que le llaman El Caminero, agazapado con una chivita* porque estaba chispiando”.

–¿Para dónde vas muchacho? –le pregunta.

–Al Golfo, para Aguanueva –contesta Manuel.

–¿Y por dónde vas?

–Por toda la carretera.

–¡Uuf! ¬–resopla El Caminero–. ¡Al paso del camello llegarás a medianoche!

–¿Y qué voy hacer?

–Yo voy para abajo por medio del monte, que hay un camino. Vamos, que yo te ayudo a llevarlo.

Y así fue como Manuel lo siguió por la vereda, “más contento que todas las cosas, pero llego a un sitio que había un árbol y entre los palos no pasaba el camello, ni podía desviarme de la vereda”. Pensando como un experto camellero se le ocurrió una cosa: “Aquí el plan es mandarlo a echar al pie del palo por donde no podía pasar. Le dije ¡fúchate*! y se echó. Entonces lo mando a levantar otra vez y como ellos al levantarse avanzan hacia adelante, resulta que el palo le queda en medio de la angarilla, lo mandé echarse otra vez, lo volví a levantar y entonces ya avanzó. Lo tuve que hacer en dos veces”, ríe.

Salvado el obstáculo siguió, pero aun yendo por el atajo del sendero, no llegó a Aguanueva hasta las 11 de la noche. “Ayúdame a amarrarlo con el otro”, le dijo el guardián. Pero fue ver Moreno al otro camello y empezar ambos a pelearse, mordiéndose y dándose golpes violentamente. “¡Arranqué de allí y en una carrera llegué a mi casa en Los Mocanes! Al otro día el guardián me reclamó. ‘Yo tenía la orden de entregarlo en Aguanueva’, le dije. ‘Aquí entiéndelas tú’. Porque se las vio y se las deseó. Yo he oído decir que el camello, cuando uno tiene miedo y ellos son resabiados, se dan cuenta. Te sacuden y te meten debajo de él. Y con esto que tienen [en el pecho] te muelen y te observan si estás vivo”.

■ HABLAR CANARIO
No tiene vicio ninguno y lo matan al año, ¿qué es?

En aquellos años 40, Manuel Espinel recuerda que por las pocas carreteras de El Hierro apenas había tráfico. “Los coches eran contados. Había tres en toda la isla: el Cabildo tenía uno, un tal don Pancho que era médico tenía otro y el presidente del Cabildo tenía otro. Y tres camiones, dos repartiendo agua, y otros tres de los Villarreales”.

El camellero tenía los camellos botados a la orilla de la carretera y él borracho al pie de una pared, tendido en el suelo
A ese parque móvil se sumaron por aquellas carreteras los camellos de la finca de Aguanueva. “El camellero los tenía botados a la orilla de la carretera y él borracho al pie de una pared, tendido en el suelo. Cuando se despertaba volvía a seguir y en ese plan. Un día le sale al paso un ricacho: ‘¿Cómo es posible que usted tenga un vicio de esos y los camellos estén abandonados en la carretera?’, le reprendió.“¿Usted no tiene vicio ninguno?”, le contestó el camellero. “Gracias a Dios yo no tengo vicio ninguno”, fue la respuesta. Entonces le dice el camellero: “¿Sabe lo que le digo? Que en mi tierra al que no tiene vicio ninguno al cabo del año lo matan”.

Pero Matías, que así se llamaba el ricacho, no entendió el sentido de esa expresión. “Otro que estaba observando –sigue relatando Espinel–, después que se fue el camellero, le dijo: ‘Oiga, don Matías, ¿usted sabe lo que le dijo el camellero? Lo trató a usted de cochino. Porque en su tierra al que no tiene vicio ninguno al cabo de un año lo matan”. El citado Matías, indignado, le salió la siguiente vez al paso al camellero y le llamó la atención. “Yo no le he ofendido. Lo único que le dije es que…”, ¡y se lo volvió a repetir otra vez!, recuerda entre risas.

chispear. “Lloviznar. –¿Les llovió en el Monte? –No; pero todo el día estuvo chispiando” (Agustín Millares Cubas, Cómo hablan los canarios).

chivita. Aquí, diminutivo de chivato: cabritillo.

fuchir. “Agacharse, echarse al suelo, especialmente los camellos” (J. Régulo, citado en Tesoro lexicográfico del español de Canarias).

sálamo. Bozal del camello ●

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