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Reventón en el motor y el zapato perdido del piloto

Manuel Ramírez puso fin a su oficio de aviador, en Junkers que recorrían el desierto del antiguo Sahara Español o sobrevolaban las islas Canarias, tras algunos incidentes...

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Manuel Ramírez puso fin a su oficio de aviador, en Junkers que recorrían el desierto del antiguo Sahara Español o sobrevolaban las islas Canarias, tras algunos incidentes que tuvieron su episodio más grave en un aterrizaje forzoso sobre Fuerteventura, al perder el viejo avión dos de sus tres motores. [En PELLAGOFIO nº 41 (2ª época, abril 2016)].

Por YURI MILLARES

Manuel Ramírez (centro) con otros compañeros en el aeropuerto de Villa Cisneros.| ARCHIVO PELLAGOFIO (FOTO CEDIDA POR M.R.M.)
Manuel Ramírez (centro) con otros compañeros en el aeropuerto de Villa Cisneros.| ARCHIVO PELLAGOFIO (FOTO CEDIDA POR M.R.M.)

Convertido en tripulante radiotelegrafista de aviones de transporte del Ejército de Aire español, a bordo de los legendarios Junkers Ju52, Manuel Ramírez descubrió y disfrutó la irresistible atracción que ejerce el desierto, llevando soldados, material y, sobre todo, el correo a alejadas poblaciones y fuertes en el antiguo Sahara Español. Como decía en la primera entrega de este reportaje, “todo el Sahara es una pista de aterrizaje: hemos tomado tierra en sitios inverosímiles. Tirábamos un bote de humo, veíamos la dirección del viento y aterrizábamos contra el viento”.

Manuel Ramírez también ha formado parte, de forma más ocasional, de tripulaciones de otros aviones igualmente legendarios en la segunda guerra mundial, fabricados en España bajo licencia por CASA y en servicio en el Ejército del Aire todavía muchos años después: los Heinkel 111, popularmente llamados “Pedros”. “Era un avión mucho más rápido y más potente que el Junkers Ju52: iba a 450 km/h. y tenía más autonomía”, explica, aunque en su caso iba en una versión adaptada como transporte de altos mandos: para los generales, el capitán general e, incluso, el ministro del Aire de turno.

Un problema técnico que impidió el correcto funcionamiento de los alerones del ‘Pedro’ les dio un buen susto, aunque llegaron a la base de Gando sanos y salvos

Manuel Ramírez (izq.) se retrata junto a un Heinkel 111 (Pedro) en el Sahara Español.| ARCHIVO PELLAGOFIO (FOTO CEDIDA POR M.R.M.)
Manuel Ramírez (izq.) se retrata junto a un Heinkel 111 (Pedro) en el Sahara Español.| ARCHIVO PELLAGOFIO (FOTO CEDIDA POR M.R.M.)
Precisamente volando en un Pedro y durante el regreso a la base de Gando, tras dejar en Los Rodeos (Tenerife) al ministro, el general Lacalle, un problema técnico que impidió el correcto funcionamiento de los alerones les dio un buen susto, aunque llegaron a la base de Gando sanos y salvos, no sin grandes esfuerzos para poder controlar el aparato.

Otro incidente, el accidentado aterrizaje forzoso en Fuerteventura con un Junkers Ju52 sobre unas tierras de labranza, donde sólo resultaron con heridas leves, fue la puntilla que le hizo reflexionar sobre su futuro, pues tenía una familia (esposa y cuatro hijos) a la que no quería hacer sufrir. Su vida aeronáutica terminó tras un breve periodo de tiempo destinado a Comunicaciones en tierra (que aprovechó para empezar a estudiar Graduado Social primero y la carrera de Historia a continuación) y se dedicó a la enseñanza y la investigación.

Un día de 1968
La historia de este aparatoso aterrizaje comenzó un día de 1968 en El Aaiún. “Hicimos el plan de vuelo normal para ir a Gran Canaria, una hora y veinte minutos. Pero como el avión casi cumplía ya las 600 horas de vuelo y debía ir a revisión a la Maestranza Aérea de Sevilla, teníamos que tomar tierra en Gando, despegar otra vez para hacerle una hora y pico de vuelo más, volver a aterrizar y llevarlo a Sevilla”. Se le ocurrió entonces plantear a los mandos que, “para no tener que despegar dos veces, podíamos dar un rodeo e ir por la costa hasta Fuerteventura y Lanzarote y después virar y llegar a Gando con las 600 horas cumplidas”.

Aceptada la propuesta de ruta de vuelo, despegaron. “Íbamos con bastante altura y se averió un motor, no recuerdo si el izquierdo o el derecho –relata–. Pero nada: se compensa el avión y seguimos volando sin problemas. Pero a la altura de Jandía el motor central reventó y salpicó toda la grasa sobre las ventanillas de la cabina. Entonces el avión empezó a caer”. Volaban sobre el mar y el mecánico dijo “¡vamos a posarnos en el agua!”, a lo que Manuel Ramírez responde: “¡Qué coño agua, en tierra que yo no sé nadar!”. Porque, explica, “el golpe en tierra y en agua es lo mismo, pero en un amerizaje, ¿después cómo sales del agua?”. Entretanto, él se ocupó de avisar a Gando del problema.

El Junkers Ju-52 realizó el aterrizje forzosop el 20 de diciembre de 1968. | ARCHIVO PELLAGOFIO (FOTO CEDIDA POR M.R.M.)
El Junkers Ju-52 realizó el aterrizaje forzoso el 20 de diciembre de 1968. | ARCHIVO PELLAGOFIO (FOTO CEDIDA POR M.R.M.)

“Al llegar a la altura de Tarajalejo, entramos por la playa y chocamos contra un molino americano que destrozamos junto con parte del tren de aterrizaje”

“Total que empezamos a costear, porque el avión ya iba bajo, y al llegar a la altura de Tarajalejo, entramos por la playa y chocamos contra un molino americano* que destrozamos junto con parte del tren de aterrizaje (que en el Junkers no era retráctil, sino fijo) y ya caímos en un terreno que estaba recién arado. Empezamos a arrastrar hasta chocar contra un montículo de tierra”.

Conmocionado por el golpe y con una pequeña brecha en la cabeza, Manuel Ramírez (entonces sargento radiotelegrafista) abrió la puerta como pudo, “pegué un tirón y salimos rápidamente por si había incendio: dos pasajeros que se conmocionaron un poco y yo, uno salió bien, al otro lo saqué”. Envuelto en una inmensa nube de polvo que cubría el aparato fuera casi no se veía nada, pero como los otros tripulantes no salían, corrió de nuevo hacia el interior a buscar al sargento mecánico, que se había roto la nariz, y al capitán piloto, que resultó ileso. Estaban los dos peleando para salir por la puertecilla [de la cabina] –ríe al recordar la escena–, conmocionados. Total, que pegué un tirón del mecánico y salimos. Entonces veo que el piloto no sale. Vuelvo otra vez y es que estaba buscando un zapato que se le había caído”.

Esto ocurría en torno a las cuatro de la tarde “y las carreteras de Fuerteventura en el año 68 no eran como ahora. El dueño del terreno nos llevó en su coche a Gran Tarajal, allí dejé al mecánico y a uno de los pasajeros, que era un soldado. Yo me fui al cuartel de la Guardia Civil y desde allí llamé al aeropuerto [de Los Estancos], que enviaron un médico con la ambulancia. A Puerto del Rosario llegamos cerca de las 12 de la noche”.

■ HABLAR CANARIO
En el Sahara, tirando boyas al mar desde un avión

“Fue un vuelo bastante difícil, porque aquellas boyas no salían”
Entre las muchas anécdotas de sus diversas misiones como tripulante radiotelegrafista de Junkers Ju52, Manuel Ramírez recuerda una que se salió de la rutina de las rutas semanales. Fue cuando su avión tuvo que volar hasta Cabo Bojador (180 km al sur de El Aaiún, la capital de Sahara Occidental) para lanzar unas balizar flotantes. “Querían hacer un muelle allí y para estudiar las corrientes nos encargaron lanzar unas boyas. Fue un vuelo bastante difícil, porque aquellas boyas no salían, costó bastante trabajo. Teníamos que lanzarlas entre el mecánico y yo, fue bastante peligroso”.

Los tripulantes del Junkers Ju-52 (Manuel Ramírez, centro) se retratan al pie de la torre del faro de Cabo Bojador, después de haber soltado las boyas desde el aire.| ARCHIVO PELLAGOFIO (FOTO CEDIDA POR M.R.M.)
Los tripulantes del Junkers Ju-52 (Manuel Ramírez, centro) se retratan al pie de la torre del faro de Cabo Bojador, después de haber soltado las boyas desde el aire.| ARCHIVO PELLAGOFIO (FOTO CEDIDA POR M.R.M.)
Después tomaron tierra allí mismo, junto al faro de Cabo Bojador (el Junkers tenía la capacidad de aterrizar casi en cualquier sitio), donde comieron con los torreros “un pescado que estaba delicioso”, que allí llamaban “baila”, un salmón de altura cuyo nombre científico es Dicentrarchus punctatus. Lo cocinaron los nativos del lugar “en la tierra, en un hoyo que cubrieron con arena y haciendo una hoguera encima. Cuando la hoguera se quemó, quitaron las brasas y la arena y con un cuchillo cortaron el pescado, le quitaron la piel y lo comimos con la mano”, recuerda.

VOCABULARIO
molino americano. Así se conoce en Fuerteventura al más popular de los molinos de viento para extraer agua de pozo, al ser un aeromotor tipo americano (rotor multipala), conocido por marcas como Chicago y Climax ●

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