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Tras el terror, la odisea de la emigración clandestina

A sus 89 años, Agustina posee una memoria prodigiosa de todo lo que le ha tocado vivir...

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A sus 89 años, Agustina posee una memoria prodigiosa de todo lo que le ha tocado vivir: infancia en una familia trabajadora del barrio portuario de La Isleta, los primeros y terribles años de miedo y asesinatos de la dictadura y, después, la emigración. [En PELLAGOFIO nº 32 (2ª época, junio 2015)].

Por YURI MILLARES

Agustina Nuez Cabrera nació en 1926 en la calle La Naval de la ciudad de Las Palmas, así que la infancia que recuerda fue, dice, “en tiempos de la República” (de 1931 a 1936). Era una calle aquella muy distinta a como es hoy, más cerca del mar que ahora y muchas veces “se llenaba de agua y todos los muchachos nos bañábamos en un charco que se creaba”. Su padre era maestro albañil, mastro Antonio le decían, y como tal construyó muchas de las casas del barrio de La Isleta (“que hoy paso por ahí y las puedo señalar una por una”, asegura). Su madre Ana era tabaquera, como todas las mujeres de su familia, que procedía de Agaete.

Agustina con su marido Aurelio (con apenas 16 y 17 años, respectivamente) y su primer hijo.| ARCHIVO YURI MILLARES
Agustina con su marido Aurelio (con apenas 16 y 17 años, respectivamente) y su primer hijo.| ARCHIVO YURI MILLARES

Vivían en una de las casitas de tablones madera que había entre la calle La Naval y la iglesia de Nuestra Señora de La Luz, “de gente humilde”, precisa. “Con cuatro añitos mi madre me daba una peseta de plata, blanquita, me la envolvía en un papel y me mandaba a comprar. Me daba un cesto y yo traía pan, mantequilla blanca y mantequilla amarilla, café, azúcar, gofio y todavía me sobraba, y Nicolasito, que tenía la tienda al lado de la iglesia, me despachaba y me daba una pastilla de limón. Y me decía: ‘Mira, vete a tu casa por la acerita, no te bajes’, aunque en aquel tiempo no había ni coches –se ríe mientras lo recuerda–, sólo me acuerdo de uno, Pepito el del Camión, que tenía un camión grande en el que iba al muelle a buscar hielo”.

En una casita de madera sin agua ni luz
La casa de madera de los Nuez Cabrera tenía forma de U con las habitaciones, el patio y la cocina enfrente y detrás estaba la pileta de lavar. Sin luz ni agua corriente, se alumbraban con candil y cocinaban con el cacharro puesto sobre dos piedras sobre el fuego de unas ramas de leña. “Íbamos a buscar el agua dos calles más arriba, que había un pilar con un chorrito. ¡Si usted viera cómo se ponía aquello de gente!. Yo llevaba un cacharro en la cabeza y dos pequeños en las manos, y mi hermano una duela con los dos cacharros”.

Detrás de la casa había una fábrica de tabaco, “era de dos plantas, pero no tenía puesto nombre por fuera como hoy”, dice para explicar por qué no recuerda el nombre. Su madre y sus hermanas eran tabaqueras y hacían los puros en casa, también los empaquetaban.

Agustina nunca fue a la escuela (“Mi hermana María me llevaba a la iglesia del Carmen y me sentaba con un cuadro que tenía las letras de madera. Pero un colegio nunca lo pisé”), pero la vida le enseñó muchas cosas, también el miedo ante el terror que impuso el nuevo régimen tras el golpe del 18 de julio.

“Tenía dos primas que trabajaban de tabaqueras, las pelaron a rente y después las eliminaron. Tenían 15 y 17 años”

“Tenía dos primas que trabajaban también de tabaqueras que me llevaban a la manifestaciones, desde El Refugio hasta el castillo [de La Luz], donde se echaban los discursos y cada uno para su casa. Y yo iba con mi pancarta. Pero cuando empezó la guerra a las dos pobres, que tenían 15 y 17 años, las eliminaron. Primero las fueron a buscar a sus casas y las pelaron a rente. Y me acuerdo de cuando fusilaban a la gente en La Isleta, arriba, y después bajaba un camión con los brazos guindados [colgando] de la gente”.

El ‘San Antonio de Padua’
Agustina se casó muy pronto. Su esposo, José Camino Mendoza, era dulcero (“trabajaba en Morales y ganaba 70 pesetas, era poco y no nos alcanzaba”, dice) y fue uno de los que participó en las huidas clandestinas que en esos años se producían en viejos veleros rumbo a Venezuela. En su caso, compraron el barco entre varios y se fue arreglando poco a poco (“estaba botado –tirado, abandonado– y tenía nueve metros de eslora”, recuerda), el San Antonio de Padua.

Como muchos canarios, la dictadura y la pobreza los empujó a emigrar. Y no había otra forma de hacerlo que de forma clandestina. Entre 1937 y 1960 se estima que unos 120 veleros salieron clandestinamente de Canarias rumbo a Venezuela, aunque algunos llegaron a otras costas, la mayoría entre los años 1948 a 1951. En el caso del San Antonio de Padua, su primer viaje se produjo en enero de 1950, pero el barco regresó y volvió protagonizar otra huida en 1954 (1). Fue en esta segunda ocasión cuando partió el marido de Agustina: “Se fue con un hermano mío y unos vecinos, también uno que era boxeador de Lanzarote, Alejandro el hijo de Felipita, y el que manejó el barco fue uno que vivía en la calle del Faro, que ya había ido a Venezuela, me acuerdo que era bajito y muy delgadito”. Agustina se acuerda de empaquetar la comida del viaje para su marido.

“¿Tú sabes cuánto tiempo estuvieron en el mar? ¡Tres meses!, que ya no tenían ni qué comer”

“Eran tantos que ahí dentro no se podían ni revolver. ¿Tú sabes cuánto tiempo estuvieron en el mar? ¡Tres meses!, que ya no tenían ni qué comer y a los barcos que pasaban les hacían señas y les botaban comida para que pudieran comer”. Un año después, José le envió los papeles a Agustina y pudo reunirse con él en Venezuela, viajando de forma legal a bordo de un buque italiano que hacía la ruta en 12 días.

Antes de reunirse con José, en el año que estuvo sola trabajó en la factoría de pescado Ojeda (“que la gente trabajaba por turnos; y mientras una escamaba, otra hacía filetes, era un trabajo en cadena”). Viajó sola, dejando a los dos hijos con sus padres hasta que pudo llevárselos también cuando el mayor tenía ya 12 años. Allí pudieron reemprender la vida todos juntos. “Yo estuve en Venezuela hasta después que murió Franco, volví en el 89. En Venezuela vivía en la calle Libertad”.
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(1) Tras una segunda entrevista con Agustina, hemos corregido la fecha de la partida del San Antonio de Padua, pues en la bibliografía consultada sólo constaba el primer viaje clandestino de este velero a Venezuela. Pero ella asegura que el viaje de su marido fue en 1954 (dos años antes de que partiera ella también a la emigración, esta vez con papeles, a bordo del buque Montserrat). Éste es su relato:
“Antes todo el mundo tenía barco y mandaba a la gente para la costa [del Sahara], muchachitos. Y esos barcos, cuando terminó la zafra, se vendían. Uno de esos barcos lo compraron entre mi esposo y otro señor y lo arreglaron. Y pidieron su permiso para salir y todo. Ellos salieron legalmente, pero no para Venezuela, sino para trabajar. Ese barco ya había estado en Venezuela y volvió. Arreglaron los papeles para salir a pescar [a la costa del Sahara], pero no salieron a pescar. Se pasan los chismes uno al otro y cuando se dieron cuenta salieron a buscarlo. Ellos se metieron por Dakar, que era una hondonada [ensenada] y quedó en una hondura allí tres días, hasta que los barcos que les perseguían se fueron y ya siguieron su camino”.

■ HABLAR CANARIO
La asombrosa historia de un muerto que vivía en París (*)

Los años de la guerra civil en Canarias no hubo campos de batalla, fueron años de terror. “Mi padre estuvo escondido todo el tiempo. Pero a un tío mío se lo llevaron preso a Gando y lo sacaron de allí, que nadie sabía dónde estaba, y lo botaron por la Marfea”, hace el relato Agustina. La Marfea es un acantilado al sur de la playa de La Laja, en Las Palmas, donde el mar bate fuerte, de ahí el nombre. Fue uno de los lugares donde los fascistas hicieron desaparecer a mucha gente.
“Pero a un tío mío se lo llevaron preso a Gando y lo sacaron de allí, que nadie sabía dónde estaba, y lo botaron por la Marfea”
Pero su tío Agustín, “era un trabajador muy fuerte y un hombre que sabía nadar. Se agarró de un arbusto; de los demás [que tiraron con él] no supo, porque se quedaron en el mar”.

La fortuna que le acompañó no terminó con tener donde agarrarse. “De madrugada pasó un barco y le lanzó una cabulla (allá en Venezuela decimos así [un cabo]), lo arrastró fuera de la Marfea y se lo llevó para Francia”. Todos le daban por muerto “porque no resollaba, eran tiempos de Franco y la gente tenía que callar”.

Se da la circunstancia de que Agustín estaba casado con María del Carmen Millares, que era tabaquera. “Ella siempre iba a mi casa. No se volvió a casar. Era una trigueñita muy saladita, muy simpática y toda su familia. Venía a ver a mi padre, el maestro Antonio. Todos los hermanos le consultaban a él cualquier cosa. ‘Maestro, no sé nada’, le decía. Y nunca se supo nada hasta que yo me fui [a Venezuela en 1956] y quedó todo así”.

Pero a su regreso, dos años después, para “buscar a mis hijos, mi padre ya estaba un poquito delicadito (Él decía: ‘No tengo yo la suerte de ver a mi hermanito’. Siempre decía eso. Mi abuela se murió y no lo vio). Y yo vine de sorpresa, me gusta dar las sorpresas. Que me vine en el Montserrat a Tenerife y de Tenerife para acá en el correíllo. Toqué a la puerta como a la una de la mañana. Toc, toc, toc. ‘¿quién es, quién es?’. Digo ¡abra! y cuando abrieron la puerta todo el mundo se levantó corriendo, abrazándome, hasta mi hijo que era un dormilón –ríe al recordarlo–. Estuvimos hablando hasta por la mañana, hicimos café, se compró churros. Y como a las 10 de la mañana, que mi madre ni mi hermana sabían nada, me llama mi padre: ‘ven acá, ven acá’ –dice susurrando–. Y mi madre: ‘¿Qué le irá a decir?’. Me metió en el cuarto y me dice: ‘¿Tú no sabes una cosa: que mi hermano Agustín está vivo?’. ¿Sí? ‘Sí, Agustín Millares fue a Francia a la Casa España a visitar a los amigos y allí estaba tu tío. Y el amigo que estaba hablando con Millares le dijo ‘ven acá que te voy a presentar a un señor que es de Las Palmas’. Le dijo que él era Agustín Nuez Ojeda y él le dice: ‘¿Qué? ¿Tú eres el marido de mi prima?’. Y quedaron hablando, no sé de qué, fue lo que me dijo mi papá”.

“Mi hermano está vivo. Agustín Millares fue a Francia a la Casa España a visitar a los amigos y allí estaba”
Poco tiempo después, el paleógrafo Agustín Millares Carló (que vivía en el exilio) pasó por Las Palmas “y se llevó a mi tía para allá”. Y en efecto, Manuel Poggio y Luis Regueira (“Las visitas de Agustín Millares Carlo a Santa Cruz de La Palma”) confirman el dato de que éste viajó a Las Palmas “a donde llegó en avión el 17 de enero de 1958 con la intención de permanecer allí un mes”, para diversos asuntos que también le llevaron a Tenerife y La Palma.

El propio Agustín Millares había llamado a su prima para decirle: “Mira, María del Carmen, tu marido está vivo”. “¿Cómo…?”. “Y se lo contó –relata Agustina–. Pero todavía estaba la represión de Franco y tenían miedo, entonces le dijo: ‘pero no te preocupes, que tengo que volver’ y él la llevó en el próximo viaje que tuvo y la dejó allí, porque don Agustín se daba sus viajitos guilladito, como decimos, escondidito. Después que murió Franco, ya viejitos, vinieron los dos y murieron aquí” ●
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(*) Texto reescrito y ampliado de la versión original publicada en la edición impresa, con nuevos datos y corrigiendo el error de situar el encuentro en París de los dos Agustín (Agustín Millares y Agustín Nuez) en 1937, pues fue en la segunda mitad de los años 50.

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