Home»Isleños»Historia Oral»Tras las fogaleras, el ritual baño de las cabras en el mar

Tras las fogaleras, el ritual baño de las cabras en el mar

La fiesta del sol que celebraban los guanches el día del solsticio de verano y que, tras la conquista, los isleños han seguido celebrando...

7
Compartido
Pinterest Google+

La fiesta del sol que celebraban los guanches el día del solsticio de verano y que, tras la conquista, los isleños han seguido celebrando como fiesta de San Juan, tiene en los cabreros tinerfeños una singular tradición que siguen cultivando cada amanecer del 24 de junio. [En PELLAGOFIO nº 55 (2ª época, julio/agosto 2017)].

Moisés García, de Los Realejos, fue el primero en mojarse por la mañana. | FOTO YURI MILLARES
Por YURI MILLARES

Moisés García Domínguez, pastor de Los Realejos (bisnieto de cabrero, nieto de emigrante a Cuba, hijo de gangochero*, explica), fue el primero en llegar a la playa del muelle del Puerto de la Cruz para bañar su pequeña manada de 20 cabras. Sus animales caminan a diario, “porque yo no tengo corral propio: las tengo en un barranco, las llevo para otro, y siempre voy buscando. Esta noche mismo se han quedado sueltas; tengo un par de ellas que son más majaderas y tengo que echarles algo de cereal, pero por lo general, como yo las he criado a todas, las ordeño sueltas, y llevándoles agua y echándoles un poco de grano en cualquier sitio, vamos fluyendo y buscando pastos”.

Moisés García:
“Un año el agua llegaba hasta arriba y pasé una noche de tortura vigilando porque se querían marchar”

Llegó a la ciudad caminando desde el día anterior, pero se quedó a dormir debajo de un puente y no pisó los callaos de la playa hasta las siete de la mañana. “Me quedé en el barranco, porque había mucha gente en la playa con la hoguera”. Era noche de San Juan y en todo el archipiélago ardían las fogaleras*. La tradición es bañar las cabras “la noche de San Juan, antes de que salga el sol –dice–. Un año estuve con luna llena y el agua llegaba hasta arriba y no las pude bañar hasta por la mañana, pasé una noche de tortura vigilando porque se querían marchar”.

Domingo Bello, del Puerto de la Cruz, ordeña a varias de sus cabras para vender la leche a algunos vecinos que aguardan al borde de la playa, antes de bañarlas en el mar.| FOTO YURI MILLARES
Papas verdes
La razón por la que está aquí, explica, es “el solsticio de verano” y “lo ideal sería, antes de bañarlas, haberlas desparasitado por dentro con algún desparasitario como papas verdes y después darles el baño por fuera. Entonces, al no tener miserias, tiene más lógica hacer frente a problemas de fertilidad por estrés; en el baño con el agua y sal hay como un nuevo nacimiento”.

La chiquillería ayuda al cabrero Domingo Bello a bañar sus cabras.| FOTO YURI MILLARES
A las cabras no les gusta mojarse, pero, “hay que hacer un esfuerzo para bañarlas”, insiste, y así lo hizo él una mañana de bruma en la que el alisio no dejaba ver el cielo. “Los antiguos pastores decían que se baña la cabra y se baña uno. No sé si es superstición, es bueno para todo el mundo, cambia la energía, el agua nos purifica; debía hacerse más a menudo”. Él así lo hizo.

Desde Benijos, Avelino Donis llega a la playa para bañar 120 cabras.| FOTO YURI MILLARES
El más veterano
Juan Jesús González Cabrera también es cabrero de Los Realejos e igualmente llegó caminando. Tiene unas 250 cabras, pero sólo trae una parte de ellas. “Soy uno de los más viejos que queda trayendo las cabras al baño en el mar. Tengo 42 años, hoy es mi cumpleaños –sonríe– y con 15 años ya venía. Lo hacían nuestros padres y nuestros abuelos y lo seguimos haciendo por conservar la tradición”, dice. Una tradición que explica así: “Se traían aquí a bañarlas porque tal día como hoy se le sueltan los machos a las cabras, para que salgan en celo”.

Y así, desde que amanece, la playa de callaos (frente a la que se extiende un estrecho brazo con las aguas interiores del viejo refugio pesquero) es un continuo ir y venir de cabreros y, especialmente, sus hijos y otros niños, arrastrando, empujando o llevando sobre los hombros cabras, cabritos y hasta machos a los que introducen en el agua para el ritual chapuzón. Callaos arriba, las manadas permanecen juntas –varios cientos de cabezas–, arrimadas a la pared y, en algunos casos, con las ubres cargadas de leche que los pastores van ordeñando y vendiendo a vecinos que se acercan expresamente a ello.

Juan Jesús González:
“Lo hacían nuestros padres y nuestros abuelos y lo seguimos haciendo por conservar la tradición”

Siete manadas
“Hoy han venido siete manadas de cabras… Y uno con unas pocas ovejas”, hace recuento Amílcar Fariña, presidente de la Asociación Cultural Amigos del Baño de las Cabras en el Mar.

Desde 2002 esta asociación organiza, junto con un grupo de cabreros, esta cita anual que en 1984 y durante unos años inició el Colectivo Cultural Valle Taoro (con el historiador y antropólogo Manuel J. Lorenzo Perera al frente) y después continuó convocando el folclorista y etnógrafo Jesús Dorta Díaz (conocido como Chucho Dorta) hasta su fallecimiento y su relevo por Fariña.

Dos crías siguen a su madre hasta la orilla, que el pastor Avelino Donis ha llevado al agua.| FOTO YURI MILLARES
■ HABLAR CANARIO
“Para que se revolcasen y prosiguiera la vida”

“Eso se dejó de hacer a principios de los años 60, con el boom turístico las cabras apestaban”, dice Manuel J. Lorenzo Perera del baño de las cabras en el mar. “Se hacía aquí, en el muelle de Puerto de la Cruz –continúa–, pero también se hacía en Los Realejos, y allá en Buenavista del Norte (en Teno, en Los Carrizales, en Masca) y en algunos lugares del sur, aunque yo lo del sur no lo conozco, porque no lo he estudiado, pero esto de aquí sí”.

La razón la “indagamos nosotros entre los pastores viejos, Adrián Morales García y otros. ¿Por qué bañaban las cabras? Y me decían ‘por tradición’; y en el año 1974, estando en Teno Alto con un señor que se llamaba Modesto Martín Dorta, que tenía 92 años de edad, me dice: ‘Las bañábamos para que se revolcasen y entraran en celo, para que prosiguiera la vida”.

Manuel J. Lorenzo Perera:
“Estando en Teno Alto con un señor que tenía 92 años de edad, me dice: ‘Las bañábamos para que entraran en celo”

Los (casi) 81 años de Yayo
Eulalio Suárez González (Yayo), cerca ya de cumplir los 81 años esta mañana de San Juan de 2017, lo ha visto muchas veces. “Nací en el 36 a dos minutos de aquí, en la calle San Felipe”, dice asomado a la playa del muelle de lo que entonces era el Puerto de la Orotava.

Alrededor del muelle lo que había eran plataneras, recuerda, “y pescadores, ¡pero pescadores!, que hoy no quedan”, insiste, para remarcar el gran número de barcas y marineros que poblaban esta orilla de callaos y los dos brazos de diques de este refugio pesquero mientras él, con nueve o diez años, jugaba al boliche* en la plaza (o a las damas, en dameros que los chiquillos esculpían sobre los bancos de piedra, haciendo agujeritos para marcar dónde se colocaban las piezas), hasta que su padre le daba un silbido desde casa.

Eulalio Suárez:
“Se quedaban en un callejón por donde no pasan los coches y lo cagaban todo, por eso lo llamaban el Callejón Cagado”

Al norte del muelle, estrechas calles conforman la zona llamada Las Ranillas, por donde venían los cabreros con sus manadas la madrugada del 24 de junio y ponían las cabras “en un callejón por donde no pasan los coches y lo cagaban todo, y por eso lo llamaban el Callejón Cagado, y también está el Camino de las Cabras aquí encima, donde ahora está el hotel El Tope”, señala las rutas por donde veía venir las cabras para el baño en el mar cada día de San Juan.

VOCABULARIO
boliche. “Bola pequeña, de piedra, barro cocido, cristal o acero, que emplean los chicos para diversos juegos del mismo nombre” (Pancho Guerra, Obras Completas, t. III).

fogalera. “Las hogueras clásicas de San Juan y San Pedro, las llama el pueblo generalmente fogaleras, término cuya procedencia galaica o lusitana nos parece evidente” (Agustín Millares Cubas, Cómo hablan los canarios).

gangochero. “Se conocía enantes por gangocheros a los que, hombres o mujeres, se dedican a comprar en el campo frutas y verduras, cuando las jallaban a buenos precios. Y luego venían a Santa Cruz y a La Laguna, vendiéndolas de puerta en puerta, cobrando algunos cuartos por ellas, pero saliendo siempre más baratas que en La Recoba” (cita a Antonio Martí el Tesoro lexicográfico del español de Canarias) ●

La chiquillería sigue al cabrero hasta el agua, entre la atención de algunos fotógrafos.| FOTO YURI MILLARES
Anterior

Trasmallo, tasca de la pesca y recetas de casa

Siguiente artículo

Espacios gastronómicos fieles a la esencia del mercado

Sin comentarios

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *