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Un tomate muy sabroso que probó Alfonso XIII

La tercera isla canaria que incorporó su producción de tomate al mercado europeo lo hizo aportando el nombre de su territorio como marca...

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La tercera isla canaria que incorporó su producción de tomate al mercado europeo lo hizo aportando el nombre de su territorio como marca, llegando a desarrollar incluso su propio tomate: el Especial de Fuerteventura. [En PELLAGOFIO nº 48 (2ª época, diciembre 2016)].

Por YURI MILLARES
Extracto del libro ‘Memoria colectiva del tomate en Canarias’, de próxima aparición.

Haciendo historia, la cosa se remonta a 1927, ese fue el año que llegó el tomate a Fuerteventura, según el escritor majorero Andrés Rodríguez Berriel, al comenzar a hacer memoria de este producto en la isla canaria donde él nació y donde el tomate dio, desde el principio, unos sorprendentes resultados por su calidad y, especialmente, su sabor.

Matías López (derecha) en el pozo de agua que abrió en su finca de El Charco, en Gran Tarajal.| ARCHIVO PELLAGOFIO
Matías López (derecha) en el pozo de agua que abrió en su finca de El Charco, en Gran Tarajal.| ARCHIVO PELLAGOFIO
“El cultivo aquí empezó en secano, salvo en el sur que abrieron los primeros pozos, pequeños, con sistemas de noria y de molino de trapo, con las primeras bombas aspirante-impelente que habían llegado para regar los pequeños huertos para la verdurita y la alfalfa. Por las notas que tengo, fueron mi abuelo Rafael Berriel (en una finca que tenía en Mafasca) y don Matías López en Gran Tarajal (en la finca del Charco), los principales cultivadores, aunque había más con pequeños huertos con norias y cosas de esas. Pero mi abuelo Rafael y don Matías son los que traen los primeros motores”.

Andrés aún conserva, decorando los jardines de su casa natal en La Corte, barrio de Antigua cercano a las tierras de Mafasca que cita, el cuerpo principal de aquel motor de gasolina que trajo su abuelo cuando se dedicó al cultivo del tomate.

Andrés Rodríguez:
“La semilla llegó de Gran Canaria y aquí se llamó durante mucho tiempo el ‘tomate de mierda’, porque cuando lo comías normalmente no digerías las semillas y las cagabas, apareciendo plantas sueltas por el campo cuando llovía”

“Mi abuelo abre el pozo, le pone el motor, hace dos tanques y arregla todo aquello, haciendo gavias* y empezando a cultivar, porque hasta ese momento Mafasca era un erial. Cuando estuvo Alfonso XIII en Fuerteventura lo llevaron a la Antigua, el único sitio hasta donde llegaba la carretera, y vino al huerto y allí probó los tomates de mi abuelo”.

Aquello no fue más que el inicio de una actividad que pronto se extendería por la isla y transformó el campo majorero. “La semilla llegó de Gran Canaria y aquí se llamó durante mucho tiempo el ‘tomate de mierda’, porque cuando lo comías normalmente no digerías las semillas y las cagabas, apareciendo plantas sueltas por el campo cuando llovía. Al ver nacer esos tomateritos la gente decía ‘allí hay una cagada de semillas’ y lo arrancaban para replantarlo en los semilleros”, ríe al recordar la curiosa anécdota.

En motoveleros
Ese primer tomate majorero “se exportaba mucho a Inglaterra, porque era muy duro, resistente y pequeñito”, precisa. “No se empaquetaba aquí, se metía en cajas grandes a granel (como era duro no se estropeaba, aunque de todas maneras de aquí salía verde) y se enviaba a Gran Canaria en motoveleros como el Guanchinerfe y la Herbania”, barcos de la naviera tinerfeña Androgon que era de su abuelo, en los que su padre Miguel y su tío Andrés eran los respectivos capitán y patrón. “Al llegar a Gran Canaria, los almacenistas de allí (como los Betancores o Bonny) lo empaquetaban y lo mandaban para Inglaterra y el resto de Europa”.

El ‘Guanchinerfe’, uno de los primeros barcos que llevó el tomate majorero.| FOTO ARCHIVO PELLAGOFIO
El ‘Guanchinerfe’, uno de los primeros barcos que llevó el tomate majorero.| FOTO ARCHIVO PELLAGOFIO
Esta semilla de tomate acabó perdiéndose, al tiempo que las mayores marcas de los exportadores de Tenerife y Gran Canaria comenzaron a llegar a Fuerteventura allá por los años 40. Con ellos empezaron a venir otras semillas. Entre los pioneros de esta nueva etapa cita al empresario Benjamín Dorta, de Tenerife. “Llegó en una época en la que familias como los Manrique de Lara, los Bravo de Laguna o los Verdugo están descapitalizadas y vendiendo terrenos en la isla”.

Fue así como Dorta se dedica a comprar fincas, “una de ellas en La Matilla, donde abre un pozo que le da un agua muy buena, debajo mismo de la montaña del Aceitunar y decide plantar tomates”. Fue quien puso en marcha “el cultivo a gran escala y el primer empaquetado, y empezó en grande el cultivo y exportación del tomate de Fuerteventura”.

Los cultivos eran todos al aire libre, con la correspondiente estructura (que llamaban “burros”) de palos y cañas por la que trepaba y se enredaba la planta. Como no había cañas en la propia isla, los barcos de cabotaje que llevaban el tomate al Puerto de La Luz y de Las Palmas, para su trasbordo a los llamados “barcos fruteros”, volvían cargados de cañas que enviaba un señor de Telde cuyo nombre no recuerda, pero que se quedó desde entonces con el sobrenombre El de las Cañas.

La Especial de Fuerteventura dejará paso a la semilla híbrida que llega en 1972, desarrollada en Europa y resistente al fusarium, plaga que afectó mucho al tomate en la isla

Aunque las primeras plantaciones en tierras majoreras se hicieron en gavias (como llaman aquí a los huertos de secano rodeados de paredones de tierra, que retienen el agua cuando llueve), resultaron insuficientes. De ahí se pasó a los terrenos sueltos, a los eriales.

A partir de la propia selección que iban haciendo los agricultores surge años después una semilla que le decían Especial de Fuerteventura, “un tomate grande, muy bueno”, recuerda Juan de Sáa, durante muchos años presidente de la cooperativa de Gran Tarajal. “Se dejaban los mejores tomates para que maduraran y entonces sacar las semillas”, explica. La Especial de Fuerteventura dejará paso a la semilla híbrida que llega en 1972, desarrollada en Europa y resistente al fusarium, plaga que afectó mucho al tomate en la isla: “Plantábamos y a las dos o tres semanas empezaba a morirse la planta, perdías entre el 40 y el 70 por ciento de la producción. Una locura”, describe el exportador Sebastián Mayor.

■ HABLAR CANARIO
Artículo de lujo, en tren hacia Moscú

Andrés Rodríguez, cuando insiste en que la calidad del tomate majorero lo convirtió en “un artículo de lujo que tenía y sigue teniendo fama en Inglaterra”, relata una curiosa anécdota, al añadir “también en Europa”.

Andrés Rodríguez:
“Esperando en Viena al tren que me llevara a la pequeña ciudad donde yo trabajaba, en una vía muerta de aquella estación estaba detenido un mercancías con los vagones cubiertos por lonas”
Fue en 1962. La empresa para la que trabajaba en Gran Canaria lo había enviado a formarse a una fábrica de Austria dedicada a la fabricación de compresores, porque “en aquel tiempo estaba perforándose toda la cumbre de esa isla y se vendían como rosquillas”. El caso es que “una madrugada, esperando en Viena al tren que me llevara a la pequeña ciudad donde yo trabajaba, en una vía muerta de aquella estación estaba detenido un mercancías con los vagones cubiertos por lonas. Vi que llevaba seretos* de tomates, así que levanto un poco la lona, miro y veo que dice Bonny y la marca Ramos-Fuerteventura, uno de los primeros exportadores en la isla. ¡Ese tren había salido de Alemania y se dirigía a Moscú!”.

VOCABULARIO
gavia. “Cercado de tierra cultivable, rodeado de trastones y con una torna de agua de entrada y otra de salida. Se barbechaba antes de las lluvias, se llenaba de agua y cuando estaba bebida se araba y se plantaba”, la describe el propio A. Rodríguez Berriel (en el vocabulario de su novela Los majalulos).
sereto. Recipiente de madera, compuesto de tirillas que se emplea para para embarcar frutas, en especial tomates (Pancho Guerra, Léxico de Gran Canaria) ●

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