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Y una foto a Franco, que estaba a cuatro metros…

Gran parte de su vida –desde que naciera en Haría en 1926– la ha pasado Javier Reyes Acuña haciendo fotografías...

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Gran parte de su vida –desde que naciera en Haría en 1926– la ha pasado Javier Reyes Acuña haciendo fotografías. Empezó por casualidad apenas siendo un muchacho y poco después ya se había sacado el carnet de fotógrafo ambulante. [En PELLAGOFIO nº 11 (2ª época, julio-agosto 2013)].

Por YURI MILLARES

Los miles de negativos de su archivo, fruto de muchas décadas del siglo XX retratando la vida cotidiana del norte de Lanzarote y sus gentes, forman parte en la actualidad de un extraordinario fondo documental que Memoria Digital de Lanzarote, portal del Cabildo de Lanzarote en Internet, ha digitalizado en parte. Y una selección de esas fotografías ha llegado hasta la ciudad de Las Palmas, donde se exponen en la Casa de Colón desde el 26 de junio. Entre las muchas fotos que Javier Reyes hizo en su pueblo (procesiones, fiestas, bailes, comuniones, retratos) no faltan las de desfiles militares (había un cuartel en Haría).
Vídeo sobre el fotógrafo Javier Reyes y las imágenes que obtuvo de la Lanzarote rural entre 1943 y 1972.
Pero si allí captó la visita de García Escámez (capitán general y jefe del Mando Económico de Canarias entre 1943 y 1946), tuvo que desplazarse hasta la capital insular, Arrecife de Lanzarote, para tener ante su cámara al propio dictador, “cuando estuvo Franco en el año 50, en la inauguración del hospital insular”.

“Eso en aquel tiempo era un poco peligroso –ríe–. Estaban los requetés con las boinas rojas y la Falange. Yo no tenía pase ninguno. Me metí allí y saqué la foto”

“Yo le saqué una foto, a cuatro o cinco metros de distancia de la comitiva, que eso en aquel tiempo era un poco peligroso –ríe–. Estaban los requetés con las boinas rojas y la Falange. Yo no tenía pase ninguno. Me metí allí y saqué la foto”.

Los inicios
Recuerda sus inicios en el año 1943, con una pequeña cámara que unos amigos se sacaron con los cupones que salían en unas cajetillas de cigarrillos. “Me entusiasmé. Y la gente veía que yo hacía fotografías a los muchachos y venían para que les hiciera fotos”. El entusiasmo llegó a más y se compró su propia cámara, una Zeiss Ikon para negativos de 6×9. Contaba 22 años de edad y en su pueblo, Haría, aprendió a revelar con unos oficiales del batallón del ejército que tenía allí su cuartel.

Mujeres de La Graciosa de regreso a su isla, a pie por el norte de Lanzarote, cargando provisiones que cambiaron o compraron con el pescado vendido (1960)./ FOTO JAVIER REYES (CEDIDA POR MEMORIA DIGITAL DE LANZAROTE)

“Tenían una ampliadora y me invitaban a revelar. Yo no sabía nada. Allí fui cogiendo un poco de práctica, pero no mucho. Hasta que un día se marcharon y la ampliadora que tenían me la vendieron a mí. Una ampliadora malísima, con la que costaba trabajo imprimir porque la luz que había en el pueblo era de corriente continua. Más tarde, cuando empecé a tener mucho trabajo, preparé un grupo electrógeno y una cabina cerrada en mi casa, para que no entrara luz”. Para ese entonces, reconoce, “ya tenía idea de algo”, sobre todo “porque me compré un librito de fotografía”.

El fotógrafo Javier Reyes, portada de la revista lanzaroteña
‘Mass Cultura’.

En unos años (las décadas de los 40, 50 y 60) en que no había más fotógrafo que él en todo el norte de la isla, se convirtió en fotógrafo ambulante de todos los pueblos vecinos y llegó a retratar, por ejemplo, a todos los habitantes del municipio de Tinajo para que se pudieran hacer el carnet de identidad. “Eso me dio pie para hacerme más popular. Ponía unos carteles citando a la gente, tal fecha en tal sitio y la gente se concentraba allí”. ¡En plena calle! “Los ponía en fila de diez y tas-tas-tas. Mi mujer y mi hija me ayudaban tomando nota y al cabo de una semana volvía y les llevaba las fotos”.

Pinchazo en el cementerio
Para desplazarse (hasta que se compró su propio furgoncito) contó primero con la ayuda de un tío suyo, transportista, que tenía varios camiones y un automóvil Chevrolet con matrícula “SP” (Servicio Público). “Mi tío me facilitaba el coche para ir al sur, por ejemplo, a una boda en So. Recuerdo que era por la noche y en el coche aquel hacía un frío que mataba”.

Niñas del pueblo de Haría./ FOTO JAVIER REYES (CEDIDA POR MEMORIA DIGITAL DE LANZAROTE)

Las carreteras todavía eran “de tierra y de picón”, dice, y algún susto se llevó a cuenta de un pinchazo. “Bueno, tan sólo una vez, que llevé a unos chicos a un baile a Tao. El cochito de mi tío tenía unas banquetitas plegables, hechas por un carpintero para aprovechar más plazas. Y nada, los chicos se fueron al baile y yo me quedé en el coche al lado del cementerio, pero se me pinchó la goma. Y estaba yo solo. Tuve que meterle el gato, a oscuras, cuando siento un taponazo… ¡Bum! ¡El susto que me pegó! Porque era un pueblo que tenía fama de pleitos y esas cosas”. ¿Y qué había sido ese golpe? Simplemente que “cayó una de las banquetas y del taponazo me impresionó”. Al final tuvo que ir “a buscar a los amigos; me ayudaron, porque ni linterna ni nada, y le puse la goma de recambio que tenía”.

“¡En aquel Chevrolet íbamos hasta diez: incluso unos en el guardafangos!”

Y fue a otros bailes, a San Bartolomé y más pueblos, con aquel Chevrolet. “Como mi tío no salía de noche, si alguien le pedía un viaje le decía ‘hablen con Javier y si los lleva yo le cedo el coche’. ¡Íbamos hasta diez: incluso unos en el guardafangos, todos apretuñados allí, para que saliera más económico para pagar, pues entre todos recolectaban. Y si eran diez amigos no se iba a quedar uno atrás”. A esos bailes “iban los hombres a buscar novia”.

La ruta del camioncito
El propio padre de Javier Reyes también era transportista y en 1925, un año antes de nacer él, ya hacía la ruta Haría-Arrecife con “un camión Ford americano” adaptado para llevar atrás tanto mercancía como pasajeros en bancos de cuatro plazas.

Marcelino Ramírez junto a su hijo y su camello en Máguez (1957)./ FOTO JAVIER REYES (CEDIDA POR MEMORIA DIGITAL DE LANZAROTE)

“Tenía una ruta establecida y recogía gente en Arrieta, Mala y Guatiza, y subía por Teseguite a Teguise y también hacía el servicio de Correo. Eran camiones de 12 plazas, pero si hacía falta, llevaba a 40: durante la crisis que hubo cuando el Movimiento, que no había gasolina, ni aceite, ni gomas, iban hasta en el guardafango. Daban unos cupos y mi padre consiguió para gomas y gasolina, para transportar mercancía a Haría (el arroz, el aceite, el azúcar, todo lo que venía de fuera). A veces, como las gomas se gastaban y no había recambios, hacían un chaleco con las viejas y las montaban encima de las que llevaban puestas, para aguantar más”.

Recuerda Javier que había otros cuatro camioncitos para estos transportes, “cada uno independiente, y llevaban a Arrecife papas y garbanzos”.

El padre, que tuvo el suyo “unos 20 años, después lo arrendó y desapareció”. No volvió a verlo, tampoco llegó a fotografiarlo, pues eso fue más o menos cuando él empezó con la fotografía. Y si su padre se las vio y las deseó en tiempos de escasez y aislamiento, también lo tuvo el fotógrafo “complicado para conseguir el material y tenerlo a tiempo –pues debía pedirlo a Las Palmas o a Barcelona–. Incluso a veces para tener revelador o fijador, que me los hacía yo, tenía que comprar los productos en la farmacia, que eran más caros”.

■ HABLAR CANARIO
Cuando en Alegranza se cazaban las pardelas a miles

El resultado de su continuo recorrer los pueblos del norte de Lanzarote está plasmado en unas fotografías que son un importante legado documental, en tiempos en los que nadie poseía una cámara de fotos (bastante tenían con sobrevivir en las difíciles condiciones económicas de la época). Entre los llamativos trabajos fotográficos que ofrecen sus archivos está el reportaje que realizó durante una excursión de ocho días a la isla de Alegranza, a donde llegó con pescadores de La Graciosa… a buscar cabras y cazar pardelas.“Yo siempre iba a La Graciosa para las fiestas del Carmen. Tenía un amigo allí y me quedaba en su casa. Salía por todo el pueblo haciendo fotos. Había unos cazadores que llamaban pardeleros, pasaban dos o tres meses cogiendo pardelas en Alegranza, que descuartizaban y preparaban allí mismo. También cogían el aceite de pardela y la metían en botellas. El alcalde pedáneo de La Graciosa era el que las compraba, se las llevaba para Lanzarote y para embarcar. ¡Pero cogían miles y miles! Hacían una pillas* con las pardelas, metiéndoles sal. Las amontonaban y después las traían en seretos”.

VOCABULARIO
pilla. Pila o montón de pescado salado; en este caso, pardelas (varias citas en Tesoro lexicográfico del español de Canarias) ●


Fotografía de Javier Reyes que ilustra la columna “Baúl del lector” de Domingo Rodríguez, en PELLAGOFIO (haga clic sobre la imagen para verla a tamaño mayor) ●
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