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Los frutos de un mar sin dueños ni alambradas

Manuel González Ortega escribe para la columna “Escrito en piedra”...

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Acompañando esta fotografía de Fachico Rojas tomada en la playa de Puerto de Las Nieves (Agaete), el director de Mestisay escribe otra entrega de la serie “Escrito en piedra”, especial para nuestra edición impresa. [En PELLAGOFIO nº 30 (1ª época, marzo 2007)]

Por MANUEL GONZÁLEZ ORTEGA

En los años de esta foto de Fachico, nuestro Masats canario, el mar de estas latitudes aún no tenía dueño, ni alambradas, ni fronteras. Un inmenso caladero de riquezas dispuestas a dejarse seducir por luces de carburo, redes de chinchorro, velas al viento y el ingenio de generaciones de pescadores isleños. Un mundo cerrado, endogámico en lo cultural y en lo familiar. El pescador artesanal de las Canarias atesoraba, hasta hace muy pocos decenios, una riqueza lingüística y etnográfica bien distinta a la del hombre de tierra adentro. Aún siendo el mar uno de los elementos identificativos de nuestra condición insular, la de los pescadores era una población encerrada en sí misma, olvidada por ser considerada como insignificante en los ámbitos históricos y económicos de las islas. Colocada en uno de los estratos más bajos de nuestra sociedad, era hasta cierto punto “despreciada” por otras clases y oficios.

Un inmenso caladero de riquezas dispuestas a dejarse seducir por luces de carburo, redes de chinchorro, velas al viento y el ingenio de generaciones de pescadores isleños

La aparición de la industria turística, que poco a poco invade casi todos los espacios naturales donde se habían desarrollado las vidas de nuestros hombres de la mar, lo cambia todo. Pero durante un tiempo, gangocheras, borriqueras y vendedoras de pescado conviven con los chonis en las orillas de nuestras playas. Entonces se sorprendía el visitante del Primer Mundo con imágenes como esta, cuando la barquilla llegaba a tierra y el ritual obligado hacía compartir a las familias de los pescadores la alegría de la cosecha. El pescado, el fruto de la mar, se vendía sin intermediarios, aún vivo, en una artesanía de subsistencia que aún mucho antes fue de trueque. En la foto, detrás del patrón y su báscula, miradas ensalitradas y el olor del virginio.

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