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Historias de cuando mi casa era un pajar

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Isleños que vivieron en casas pajizas del valle de la Orotava, como Juan González Fariña (cestero y carbonero en Pinolere) y Juana Doni García (agricultora en Benijos) hablan de sus recuerdos. [En PELLAGOFIO nº 43 (1ª época, octubre 2009)].

Por YURI MILLARES

La vivienda del mundo rural canario se ha adaptado en cada porción del territorio insular, evidentemente, al entorno. En especial para las familias campesinas más humildes. Muchas siguieron viviendo como los primitivos habitantes de los siglos previos a la conquista castellana: en cuevas. Otros construían sus chozas y las tapaban con torta de barro y paja (Fuerteventura) o con tablones de tea (La Palma). En las medianías del valle de la Orotava estas familias construyeron unas viviendas singulares cuya cubierta a dos aguas muy pronunciadas se hacía de palos tapados con paja: los pajares o pajales.

La propia ingeniera agrícola que trabaja en la rehabilitación de los pajares en Pinolere, hija y sobrina de artesanos tapadores, relata que su familia vivió en este tipo de construcciones. “Un grupito de pajares formaba un hogar. El más grande y en mejores condiciones lo llamaban la casa y allí era donde dormían. Podían estar divididos con un tabique de saco, que estaba bañado en cal y era lo que tenían para dividir la vivienda. Otro de los pajares o algún chozo cercano lo utilizaban para cocinar, o veces cocinaban en el mismo pajar que dormían (depende de las penas que viviera cada familia). Y un tercero lo podían utilizar como almacén para el grano, la comida de los animales, las papas, el vino”.

El cestero Juan González también cultivaba sus propias papas.| FOTO Y. MILLARES

“Mi tío Nino fue a clase al colegio, aprendió a leer y a escribir, y luego daba clases dentro de un pajar. Le pagaban las mamás”

En el caso de su familia, que eran medianeros, había unos ¡once pajares en la finca!: “El mayor de todos era el que se utilizaba para guardar la cosecha del propietario. En otro de los pajares vivía una tía. Otro, curiosamente, se utilizó como pajar-escuela: mi tío el mayor, Nino, fue a clase al colegio, aprendió a leer y a escribir y luego daba clases dentro de un pajar. Le pagaban las mamás…”.

Juan González Fariña
Fue cestero y carbonero. Nació y vivió toda su vida en Pinolere. “A mi padre le gustaba más el trabajo de galerías que el trabajo de cestero y trabajaba mucho en galerías. Pero las horas que tenía libres las empleaba haciendo cestas. Yo me fijaba en él, que rajaba madera por la noche, ahí dentro en ese pajar –señalaba cerca de su casa–, porque nosotros nos criamos en ese pajar. Se sentaba a media noche con un brasero encendido con carbón, porque él fumaba con cachimba, fumando y rajando madera. Y yo acostado en un catre, por fuera, mirándolo aprendí. No me enseñó porque no quería que le esconchara una vara, fíjate tú”

“El pajar estaba partido al medio con un tabique que se puso de madera de tablas, del medio para atrás era el cuarto para dormir y del medio para alantre para poner los muebles”

En ese pajar, recordaba en 2004 durante una entrevista, “crió mi padre ocho hijos. El pajar estaba partido al medio con un tabique que se puso de madera de tablas, del medio para atrás era el cuarto para dormir y del medio para alantre para poner los muebles. Y se cocinaba en una cocina hecha de paja. Éramos cuatro varones y tres hembras, pues ya las hembras estaban en el cuarto, porque mi padre partió el cuarto de ellos, las hembras para un lado y el de ellos para otro; y nosotros a dormir para la cocina. Antes se pasaba mal, somos reyes al respecto de antes”.

Juana Doni García

Juana Doni y el llano donde estuvo segando centeno cuatro días en Benijo.| FOTO Y. MILLARES
Agricultora, vive en Benijos al cuidado de unas tierras que trabaja junto a su marido Cipriano… y, a veces, también al cuidado de algunos nietillos. “Me pegué cuatro días segando”, le dice a Yaiza González la mañana que ésta se presenta a recoger los mollos para techar. El llano donde está el centeno, fue para centeno el año anterior: “Siempre troqueamos el terreno, un año es para papas y el otro para centeno”.

Junto a su casa quedan las paredes derruidas de lo que fue un pajar. Se usaba para guardar las papas, señala y añade: “¡Oh, y gente vivían en ellas! Mire, era de pared de medio al suelo, a esta altura –indica con la mano la altura hasta el pecho–, de piedra con barro chapoteado, eso lo hacían mis abuelos y mis tíos. Y después de medio al aire era de paja, pero era altísima. Fíjese que para poder coserle el tapume (que el tapume era la paja) había que buscar una aguja de palo de horqueta grande y la insertábamos para llegar arriba a la cumbrera. Mi padre fue a Cuba dos veces y con lo que ahorró pues fabricó la casita de azotea. Para hacer el fuego cuando llovía en invierno, ‘en la casa baja’, decíamos, La ‘casa arriba’ era la casa de paja. Pero mire, era una casa en verano fresquita-fresquita, que eso encerraba las papas y hasta última hora se conservaban bien. De noche veníamos a llenar la semilla cuando se sembraba mucha papa bonita, y hasta diecinueve mil kilos de papas le metíamos dentro emballaditos

Emballaditos es la expresión que emplea para querer decir “arregladitos, y después cada emballado la que era: la grande, la semilla, la menúa, toda la papa se encerraba”. Mira esos huertos ahí –señala–, los llegamos a sembrar de centeno, era una preciosidad: para tapar la casa, para encumbrarla sobre todo, que desde que la cumbrera estuviera bien, que eso se cosía fuera por sobre del tapume y ya desde que llovía el agua escurría y no calaba para dentro. Y había gente que las tenía para vivir. Dentro, pintaditas, los palos albeados con cal blanca y las tenían preciosas. Pero después que hubo comodidades para fabricar… Que ahí dentro en la ferruja no había casas ninguna, [sólo] dos o tres pajalitos antiguos”.

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