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Un puñado de almendras en el bolsillo

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El periodista Zenaido Hernández es el autor del prólogo del libro ‘Almendra de Canarias, flor de su paisaje rural’ (Pellagofio Ediciones, 2007), del que aquí ofrecemos el extracto que apareció publicado en la sección “Recuerdos” de la edición impresa de la revista. En la fotografía que elegimos para ilustrar la página (enviada por nuestros lectores Uta & Hans-Georg Korth desde Bemen), excursión entre almendros en flor por una carretera de la cumbre de Gran Canaria (1935). [En PELLAGOFIO nº 37 (1ª época, enero 2008)].

Por ZENAIDO HERNÁNDEZ CABRERA

Después de la leche y el gofio, peinados y perfumados y con el beso de despedida, llegaba el socorrido puñado de almendras a la puerta de la casa. Salíamos cada mañana con la mente despejada y con energía suficiente para aguantar hasta el mediodía, cuando la última clase tocara a su fin y podíamos, alegremente, desandar el camino para el almuerzo. A veces junto a las almendras iban pasas, nueces y hasta manises. Las almendras eran para nuestra madre el mejor refuerzo. Aunque al comienzo del curso echaba mano del Redoxón, del Calcio Sandoz y de otros complejos vitamínicos, no faltó nunca en la cocina la bolsa de almendras que, junto al ritual de persignarnos, daba la señal de salida hacia una calle abierta que había que caminar con el tiempo ajustado, con pocos coches y con un aire mucho más limpio y libre que el de ahora.

Entonces las almendras venían de la tienda de Tío Juan. Fue años más tarde cuando las vi entre las ramas de los viejos almendros de Guía de Isora y Santiago del Teide; entre los cachochos [tuneras viejas] de Acoteja

Así que de octubre a junio, cada mañana, el puñado de almendras hacía con nosotros el viaje hasta el colegio, y cumplíamos, ¡vaya que si cumplíamos! Estábamos adiestrados a esa y a cualquier otra prueba, porque había que mantener la cabeza activa, muy despierta, para que entraran las matemáticas, para comprender la física, para que se nos quedaran los verbos, el francés y el latín.

Entonces las almendras venían de la tienda de Tío Juan, o de cualquier otro establecimiento. Fue años más tarde cuando las vi entre las ramas de los viejos almendros de Guía de Isora y Santiago del Teide; entre los cachochos [tuneras viejas] de Acoteja, allá por Aripe, en medio de los pedregales, venciendo abandonos y desaires, junto a los pasiles piramidales que alguien me mostró un día, que parecían esconderse detrás del cementerio de Chío, o junto al cruce de Boca de Tauce. Precisamente en ese último espacio las palas irrumpieron una mañana con fuerza para abancalar una amplia extensión, emulando al campo de fútbol donde los jóvenes de la zona daban rienda suelta a su afición favorita en largas tarde de asueto. Alguien, con mucha influencia había decidido plantar almendros y melocotoneros sobre el malpaís. Allí quedaron cientos de pinos, frondosos y altivos, a los que los niños y su maestro trataron de defender con dibujos, redacciones y cartas al director, a sabiendas de que la suerte estaba echada (…).

El proceso de revalorizar los recursos del medio rural ha tocado directamente a los familiares y sacrificados almendros

Han pasado los años y se ve con otros parámetros al viejo almendro. Alguien dijo, y creo que con todo el fundamento, que las almendras canarias gozan de un valor especial por su contenido en aceites, por su riqueza proteica. Qué duda cabe que nuestra luminosidad y las características de los suelos dan al fruto un valor difícilmente igualable. El proceso de revalorizar los recursos del medio rural ha tocado directamente a los familiares y sacrificados almendros. En Guía de Isora, con el impulso de Juan Antonio Peraza, un dinamizador inagotable, se ha creado una cooperativa, Los Poleos, que agrupa a los propietarios de terrenos donde sobreviven los almendros.

Con el Cabildo se han organizado campañas para podarlos, se han reinjertado árboles que daban frutos con el amargor del resistente pie, y se celebran las majadas tradicionales en Aripe, que congregan cada año a muchos curiosos y que permiten el encuentro con una amplia gama de productos que se elaboran en la zona, entre ellos un mojo exquisito, y una variada repostería que partiendo de los valores tradicionales hace incursiones sobresalientes.

Cada año, cuando florece el almendro, el ayuntamiento de Santiago del Teide organiza una visita por los caminos que transitan entre los campos en los que la blancura del árbol invita a la contemplación. Sucede otro tanto en Tejeda, en Puntagorda y en otros municipios de las islas (…). Las fiestas del almendro en flor son algo más que un recurso ocasional. La producción isleña pasa prácticamente desapercibida en un mercado que se abastece tanto en éste, como en cualquier otro producto, de lo que llega del exterior (…).

Hoy, como ayer, trato de que mis hijos vayan al colegio con el puñado de almendras en el bolsillo. Las suelo acompañar con nueces, pasas, manises… Y todo después de la jarra de leche y gofio. No es fácil, pero yo persisto en el intento.

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