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El yugo invisible lo selló a la tierra

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“Lo paradójico es que si a don Nicasio Gómez le hubieran sacado esta foto no a los treinta y tantos, sino a los diez y poco, muy posiblemente la escena habría sido la misma o muy similar”, escribe Carlos Santana Jubells en su décima entrega para la serie “Baúl del lector”. [En PELLAGOFIO nº 56 (2ª época, septiembre 2017)].

columnista-jubellsPor CARLOS SANTANA JUBELLS
Historiador, archivero y gestor documental

Una yunta de vacas y un paisano arquetípico, de los de vara en mano, sombrero ladeado, piel tostada, cinturón de soga y sin galgo corredor. De nombre, Nicasio; de apellido, Gómez. ¿Edad en el momento de la foto? Difícil de precisar. Puede que pasando la treintena, aunque las pieles castigadas al sol diario, a los vientos y a los fríos despistan mucho.

Lo paradójico es que si a don Nicasio Gómez le hubieran sacado esta foto no a los treinta y tantos, sino a los diez y poco, muy posiblemente la escena habría sido la misma o muy similar. Durante toda su vida él, como otros muchos antes de él, llevó sobre sus hombros un yugo metafórico −trasunto de ese que “adorna” a las vacas− que lo anclaba indefectiblemente al duro trabajo del campo, un trabajo que, al mismo tiempo y desvestido de todo romanticismo, se constituye en medio para la adquisición y transmisión de formas de vida, de pensamientos y de conocimientos dignos de ser valorados y preservados. Y desde luego, admirados.

El duro trabajo del campo, desvestido de todo romanticismo, se constituye en medio para la adquisición y transmisión de pensamientos y de conocimientos dignos de ser valorados y preservados

Hace algunos años, don Nicasio dijo de sí mismo en una entrevista para PELLAGOFIO que se había convertido en un esclavo a los diez años. Obviamente, la esclavitud como tal hacía ya tiempo que había sido abolida. Pero ese sentimiento tan rudo, esa afirmación tan rotunda, estaban muy vivos en él cuando los expresó. Legalidades aparte, así era como se sentía.

Toda una vida enyugado, como las vacas; pero con la diferencia de la capacidad humana para adquirir, almacenar y transmitir sabiduría, lo que en 2009 le valió el Premio Tenerife Rural a la Conservación de la Biodiversidad Agrícola en reconocimiento al acervo que, gracias a ese yugo invisible –si es que se le pueden dar las gracias a un yugo– lo selló a la tierra.

Y es que como se dice en el Quijote, “al bien hacer jamás le falta premio”.

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