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Hambre en La Gomera y todo a venta libre en El Hierro

Ramón Mora llegó en 1941 con su barquito de pesca a La Restinga (El Hierro) para probar suerte, porque le dijeron que allí abundaba la pesca...

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Ramón Mora llegó en 1941 con su barquito de pesca a La Restinga (El Hierro) para probar suerte, porque le dijeron que allí abundaba la pesca. La idea era estar una semana y regresar a Playa Santiago (La Gomera) casa con una provechosa ganancia… [PELLAGOFIO nº 61 (2ª época, febrero 2018)].

Por YURI MILLARES
Segunda entrega del relato iniciado en el número anterior:
“A pescar a El Hierro para huir del hambre en La Gomera”

LEra el año 1941 cuando los pescadores gomeros Ramón Mora y Aquilino Torres salieron de Playa Santiago uno, de Valle Gran Rey el otro, para pasar unos días pescando en la vecina isla de El Hierro, donde les dijeron que el pescado “daba miedo” de tanto como había. La idea era estar una semana, antes de volver a coger el vapor correo que les llevase de regreso a La Gomera, y la iban a pasar en La Restinga, un puerto natural a donde llegaron por casualidad y en cuya orilla vararon sus barcas y sus artes de pesca.

Barquillas de pescadores varadas en la orilla en La Restinga a finales de los 70.| FOTO ARCHIVO PELLAGOFIO (CEDIDA POR BAUDILIO NAVARRO QUINTERO)
Allí no había sino unas pocas chozas de piedra y un par de barquitos varados, “de gente de El Pinar, que bajaban cuando ellos decían está leste* y venían a pescar unos días, salaban lo que cogían y se lo llevaban. Pero pescando fijo para vender al público no había barcos”, relata Francisco Mora, Pancho, hijo de Ramón.

“Entonces resulta que mi padre se va para el pueblo, arriba, a ver cómo podía vender el pescado allí, y se encuentra un señor que tenía un burrito que le dice: ‘yo me encargo’. Trataron y mi padre empieza a pescar: viejas, abades, sargos, eso estaba salvaje todo. Meros no cogía porque daban mucho trabajo para picarlos, pero de lo que fueran a pescar había de todo”, dice Pancho.

A mediodía ya le estaba esperando aquel señor con el burro en la orilla, le subía el pescado del día y le daba el dinero de la venta del día anterior… “y le traía un cesto de higos, otro día traía un cesto de uvas”. En la tienda de El Pinar también observó que “estaba todo a venta libre” en aquellos tiempos de escasez y cartilla de racionamiento, “y mi padre dice: ‘oye, la comida está aquí botada*, en las tiendas todo a venta libre, yo con perras’ (porque todos los días el señor del burro le traía un puñadito de perras), ‘…y mis hijos en La Gomera pasando hambre’. ¡Fue a La Gomera, levantó por todos nosotros y nos trajo para acá!”.

Francisco Mora, Pancho:
“Vivíamos ahí como lechones, durmiendo tendidos en el suelo sobre el pinocho del monte, con una manta trapera encima cuatro y cinco juntos”

Así lucía el muellito que utilizaban los pescadores en La Restinga (años 70). | FOTO ARCHIVO PELLAGOFIO (CEDIDA POR BAUDILIO NAVARRO)
Y cuando dice “todos”, Pancho (que entonces tenía 14 años) cuenta a la familia completa, los nueves hermanos, el padre y la madre y la abuela materna. En total eran doce viviendo “en un cuartito que había hecho uno de Las Palmas que quiso probar de salar el pescado aquí, hizo unos tanquitos para salar y cambiar los pescados de un tanque a otro cuando escurriera y eso, pero el negocio no le fue bien y estaba cerrado. Mi padre alquiló el cuarto y vivíamos ahí como lechones, como cuando una cochina pare y tiene cinco o seis lechones: estuve durmiendo tendido en el suelo sobre basa* (el pinocho del monte), con una manta encima (una trapera* de esas) y dormíamos cuatro y cinco juntos”.

El otro pescador, Aquilino Torres, también trajo a su familia, fueron las dos primeras familias residentes de modo permanente en La Restinga. “Hizo la misma maniobra que mi padre –confirma Pancho–. Y aquí nos comíamos el mejor pescado y se escaldaba una olla de gofio, que el gofio parecía galleta, es lo que había. El agua la traíamos de El Pinar en barriles, venía un burrito con dos barriles de agua y la comprábamos”. Pero llegó el año 1948 con su terrible sequía que dejó a El Hierro en una situación de desabastecimiento muy grave para sus habitantes. “Vino un [buque] aljibe de Las Palmas cargado de agua al puerto de La Estaca y la transportaron para El Pinar en bidones de 200 litros y tenía más gusto a gasolina que a agua. Los bidones no los lavaron bien, ¡qué agua más mala! Y así fuimos saliendo”.

Los hermanos fueron haciendo el servicio militar, se fueron casando y se convirtieron en unos herreños más. Ramón también. En 1947 fue destinado al cañonero Vasco Núñez de Balboa, con puerto base en Santa Cruz de Tenerife, y salía todos los días para tierra: “Era el vista de compra, que se llama”, explica. Era uno de los dos marineros que iban con el cabo de compra al mercado que le decía “mira tú, que entiendes de pescado”.

Francisco Mora, Pancho:
“En el cañonero Vasco Núñez de Balboa yo era el ‘vista de compra’, que se llama, uno de los dos marineros que iban con el cabo de compra al mercado”

A bordo eran 230 las raciones que se servían, entre ellas la popular pescadilla que se muerde la cola. “Antes venía una merlucita que le decían pescadilla –lo recuerda Pancho–, que se le cogía el rabo y se le daba para la boca y quedaba como una morcilla. Eso era lo que más se comía porque era lo más barato que había”.

De compras estaba un día, callejeando entre la recova y diversas tiendas de la zona (“había un carrito que nos llevaba la mercancía todos los días al barco, que estaba fondeado en Santa Cruz”), cuando conoció a quien se convertiría poco después en su esposa. “Había una tienda de un palmero que se llamaba Telesforo, allí íbamos a comprar lo que faltaba a bordo, que si el Nescafé, que si tal. Y ella entró un día, le pregunté de dónde era, me dijo que de La Gomera, le digo ¡ay, de La Gomera soy yo también! y ahí empezó la conversación. Todos los días en el mercado le cogía el cesto, lo metíamos en el carrito y se lo llevaba”, ríe.

“¡Hasta la puerta!”, ríe también ella, María Dolores Hernández Niebla, Mariquita, todavía junto a él cuando está próxima a cumplir los 90 años (que cumple el 29 de abril de 2018). “Eso fue un flechazo –sigue riendo él –. Nos conocimos, salí del cuartel en el 49 y en el 50 nos casamos”.

María Dolores Hernández, Mariquita:
“Cuando me casé vine a La Restinga. Yo, acostumbrada a estar bien vestida y bien arreglada, llego y veo estos cuatro riscos… ¡ay mi madre!”

De un palacio a un salón
Mariquita servía en la casa de un conocido farmacéutico de la capital tinerfeña, donde empezó cuidando niños y por último ejercía de cocinera cuando despidieron a la que había. “Me marché para Tenerife porque quería conocer mundo. Tenía 14 años y estuve cinco trabajando en aquella casa. Pero cuando me casé vine a La Restinga. Yo, acostumbrada a estar bien vestida y bien arreglada, llego y veo estos cuatro riscos… ¡ay mi madre! –suspira–. Tenía que ir caminando a El Pinar a comprar todo, porque aquí no había ni dónde conseguir una caja de fósforos, todo el día para arriba y para abajo por un jable que había, sin estar acostumbrada”.

Composición a partir de dos fotografías a unos jovencísimos Pancho y Mariquita, retratados antes de casarse. | FOTO ARCHIVO PELLAGOFIO
Pasó de un palacio en Santa Cruz a la casa que se habían construido los Mora en La Restinga, “era la mejor casa que había, con un salón corrido nada más, en cada esquina una cama y en el centro una mesa”, ríe Pancho. Allí no había allí intimidad ninguna, y Mariquita recuerda que “¡yo me quería caer al suelo!”. Pero enamorada como estaba, todo aquello le parecía una aventura y se puso a trabajar vendiendo el pescado que le tocaba a su marido, cuando salía con el padre y los hermanos a bordo del Jaime, el Vicente o el Águila, los barcos que tenían.

“El pescado que le tocaba a él lo quería salar para después venderlo, pero hice el sacrificio y lo subía cada día a El Pinar para venderlo yo, porque fresco se pagaba mejor. Iba cargada como una burra para arriba con el pescado y cargada para abajo con todo lo que hacía falta, las papas, el café, el azúcar…”. Además, añade Pancho, “la mayor parte del pescado era cambiado, porque la gente no tenía dinero, sino higos pasados, lentejones, papas”. Y una hermana de él “era la que me enseñaba a vender –sigue Mariquita–: ‘¡Ahí va mi cuñada, mira ahí va mi cuñada! ¡Cómprale el pescado a mi cuñada!’. Después yo ya me defendía sola”.

María Dolores Hernández, Mariquita:
“¡Yo no sabía ir a vender pescado con un cesto en la cabeza! Pero aprendí, vaya que si aprendí”

El primer día “yo fui a coger mi bolso y la mamá de él me dice: no mi hija, tienes que coger un cesto y ponértelo en la cabeza. ¡Yo no sabía ir a vender pescado con un cesto en la cabeza! Pero aprendí, vaya que si aprendí. En La Gomera mi padre tenía una finca de plátanos y cuando teníamos una piña de plátanos la llevábamos al taller [de empaquetado] en la cabeza, eso sí. Pero vender pescado no sabía”.

■ HABLAR CANARIO
Un kilo de pescado por lavar la ropa y bañarse

Cuando María Dolores se casó con Pancho y en 1950 –con apenas 22 años– se fue a vivir a La Restinga, le decían “ay mi niña, dónde vas a ir a vivir, que no tienes ni agua para hacer de comer, ni para bañarte ni nada”. Pero ella no se arredró y contestaba: “A mí no me importa, como si voy para una cueva”. Su suegra le daba todos los días un cubo de agua para hacer la comida y si le faltaba iba Pancho a pedirle más. Otra cosa era hacer la colada…

“Había que subir al [pueblo de El] Pinar y le pagábamos a una señora que tenía aljibes. Le dábamos un kilo de pescado y lavábamos la ropa y hasta nos bañábamos allí arriba, porque a mí la mar no me gustaba. Una vez fui y estaba el mar malo, pero yo estaba empeñada, como estaba recién casada, para hacerme el gusto, y él me decía ‘que el mar está malo’. Pero como yo no conocía el mar, le contestaba: ‘Ah, lo que tú no me quieres llevar’. ¡Me llevó y me di una ahogadura* que no me ni quiero acordar!”

* VOCABULARIO
ahogadura. Revolcón en el agua al ser cogido alguien por una ola (“Tragar agua involuntariamente una persona mientras se baña en el mar o piscina”, describe O. García Ramos, Voces y frases de las Islas Canarias).

basa. Pinocha o aguja del pino “sólo en El Hierro. No se me ocurre otra cosa que pensar en un posible origen indígena, porque no me parece plausible una relación con vascuence baso, basa ‘bosque, ciénaga, matorral, etc.” (Antonio Llorente, citado en el Tesoro lexicográfico del español de Canarias).

botado, -da. Estar botado, “se dice de algo que está muy abundante”. También “estar barato, a bajo precio, un artículo como consecuencia de su abundancia” (F. Navaro y F. Calero, citados en el Tesoro…).

está leste. También tiempo leste, que hay viento “del este”.

trapera. “Especie de manta tejida con trapos viejos” (Manuel Alvar, El español hablado en Tenerife) ●

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