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La magia de un espectáculo maravilloso: nieve

Lo que sigue es un recorrido por esas cumbres nevadas en 1954...

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Febrero es un mes dado a la presencia de nieve en las cumbres de Gran Canaria, aunque se trata de una cita con muchas ausencias. Lo que sigue es un recorrido por esas cumbres nevadas en 1954. Otro tiempo y… otro paisaje, si lo comparamos con el actual: menos frío pero más arbolado. [En PELLAGOFIO nº 38 (1ª época, febrero 2008)].

■ CRUZ DE TEJEDA-ROQUE NUBLO
Magníficas vistas

Podemos recorrer sus ocho kilómetros en unas cuatro horas y media, aproximadamente, en un sendero para disfrutar de sus magníficas vistas. Partimos de la Cruz de Tejeda subiendo junto al hotel rural y llegamos a la degollada de Becerra (centro de interpretación de la Reserva de la Biosfera de Gran Canaria y vistas al roque Bentayga). Seguimos hacia la presa de los Hornos cuyo dique cruzamos hasta llegar a la carretera, por donde vamos a la degollada de La Goleta y, otra vez en sendero, subimos al roque Nublo.

Por VICENTE GARCÍA

Fue un sábado. Ese día, el que suscribe y Miguel Rodríguez Medina nos encontrábamos en la playa de las Canteras, frente a la Peña la Vieja, esperando que las nubes dejaran paso al sol, pues el día estaba encapotado y no tenía buena cara para el baño. Además, corría una brisilla más fresca de lo normal. En una de éstas que miramos para la cumbre, vimos cómo las nubes se desparramaban mostrándonos el cielo con ese limpio color azul de los días de invierno. Paulatinamente y con cierta timidez se fueron asomando las montañas, mirando sorprendidas a su alrededor, pues no estaban acostumbradas a verse cubiertas por esas extrañas mantillas blancas. Nos pusimos de pie de un brinco, como impulsados por un resorte: “¡Nieve, vámonos p’arriba!”. Avisamos a otro amigo, Larry Cabral, y tiramos para la calle Bravo Murillo, en la trasera del Gobierno Militar donde estaba la estación de los coches de hora.

Vicente y Miguel cruzan la presa de los Hornos en febrero de 1954, con sus orillas nevadas y casi sin árboles./ FOTO ARCHIVO PELLAGOFIO (CEDIDA POR V. GARCÍA)
Dirección: roque Nublo
Llegamos a la Cruz de Tejeda sobre las cinco y media de la tarde, cargamos con nuestros macutos, pesadillos ellos, y comenzamos nuestra pequeña odisea en dirección al roque Nublo. Las nubes estaban bastante bajas, pero debido al viento se abrían grandes claros y gozábamos de una visión extraordinaria. Todo estaba cubierto de nieve: laderas, barrancos, roques… ¡Dios, qué hermosa es nuestra tierra por dentro!

Hoy día, y han pasado “algunos” años, aún me emociona el recuerdo de esa caminata. ¿O será el recuerdo de la juventud que se ha quedado tan rezagada? Seguimos al golpito y pasamos por hoya Becerra, cortijo de los Juncos y toda esa zona, encaminándonos hasta la bajada a la presa de los Hornos, dejando a nuestras espaldas a un triste y solitario árbol. Una suave nevada empezó a caer y, a diferencia de la lluvia, las gotas de nieve nos cubrían silenciosamente. Nosotros gozando. Ya me dirán. Con 21 años, salud y haciendo lo que nos apasionaba.

El autor del artículo (izquierda) con el roque Nublo al fondo./ FOTO ARCHIVO PELLAGOFIO (CEDIDA POR V. GARCÍA)

El anochecer nos cogió, y bien, bajando hacia la presa por el sendero que va hasta el embalse. Ahora ya tuvimos que ayudarnos con las linternas y acordamos una hora tope para montar la ¿tienda…?

Una tienda con corrientes
A nuestra izquierda habíamos dejado una pista de tierra que terminaba en la presa. Para ir hasta Ayacata, por carretera, sólo se podía llegar desde Tejeda o por San Bartolomé de Tirajana. Tiempos. Sigamos el relato que se hace tarde y está oscureciendo. El anochecer nos cogió, y bien, bajando hacia la presa por el sendero que va hasta el embalse. Ahora ya tuvimos que ayudarnos con las linternas y acordamos una hora tope para montar la tienda… ¿Tienda? Eran dos lonetas de distinta procedencia, una de color verdoso y la otra canelo clarito, cosidas para hacer una especie de cumbrera y sin puertas. La corriente de aire te podía partir el cuello.

En fin, llegamos al muro de la presa con la noche cerrada y caminando despacio. Había que andar con cuidado, pues el sendero estaba lleno de charcos, piedras resbaladizas, fango y nieve. Cruzamos el muro de contención, subimos al otro lado y poco después pasamos por debajo del roque del Pino. Dejamos a nuestra izquierda, al lado del sendero, un pequeño naciente que traía un tímido y medio congelado chorrillo de agua, llegando –sin novedad– a la degollada de La Goleta. Allí tomamos el camino al Nublo.

Se había metido un viento del norte más que regular que, junto con jirones de nubes, nos azotaba con bastante fuerza. No teníamos a nuestro alrededor ni un solo pino que nos aliviara de las frías ventoleras

La finca El Garañón, en la ruta del sendero, nevada el día de la excursión que relata Vicente García./ FOTO ARCHIVO PELLAGOFIO (CEDIDA POR V. GARCÍA)
La subida era un estrecho sendero que hoy parece la entrada a un circo. Se había metido un viento del norte más que regular que, junto con jirones de nubes, nos azotaba con bastante fuerza. No teníamos a nuestro alrededor ni un solo pino que nos aliviara de las frías ventoleras que venían; además, con nieve y todo. Pasamos por debajo del roque del Fraile y Miguel subió a buscar una cueva que teníamos idea de que estaba por allí cerca. No la encontró, y seguimos nuestro camino hasta la degollada de las Palomas. Respetando la hora acordada, las 21.30, paramos y acampamos por el lado sur de la degollada. Una vez instalada la tienda, pusimos las mochilas en la parte delantera para, en lo posible, atajar el viento, y la otra parte pegada a una pared o roca. El frío aire entraba y salía como le daba la gana. No pegamos ojo, si acaso un poco embelesados, pero lo pasamos muy bien. Juventud.

Cuando salimos de nuestro cobijo, nos quedamos unos minutos quietos y calladitos, para no romper la magia de aquel maravilloso espectáculo y poder escuchar el silvestre silencio de las montañas

Quietos y calladitos
Había estado nevando casi toda la noche, pero tuvimos la gran suerte que amaneció completamente despejado y con sol. El paisaje de la zona, que ya es grandioso sin adornos, no les digo nada de cómo lo vimos en aquel momento. Cuando salimos de nuestro cobijo, nos quedamos unos minutos quietos y calladitos, para no romper la magia de aquel maravilloso espectáculo y poder escuchar el silvestre silencio de las montañas. Era el silencio característico de estas soledades, que sin llegar a ser agresivo te sobrecoge y envuelve con una extraña serenidad que… no sigo.

Dejo a la imaginación de ustedes, incorregibles y desinquietos caminantes de senderos, veredas, veriles y vericuetos, la descripción del paisaje que nos regaló aquel amanecer del 14 de febrero de 1954.

■ CUADERNO DE CAMPO
David Bramwell descubre Gran Canaria

David Bramwell y su mujer Zoë desembarcaron a principios de los años 70 en el puerto de La Luz, de Las Palmas, con su pequeño Fiat 850 dispuestos a conocer y explorar la isla de Gran Canaria: realizar la primera visita al Jardín Canario, conocer la cumbre de la isla y su roque Nublo… y ¡no llegar tarde al hotel Los Frailes por la noche o se quedaban en la calle!. El relato de algunas exploraciones y los encuentros con Kunkel durante esa estancia están incluidos en el artículo “El enfado de don Thomas y el caminito al Nublo”, de la serie “Cuaderno de campo” ●

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