Cita con Canarias

Amané Hagiwara, viticultor japonés en la isla de El Hierro

"El Hierro es más que un mundo, para la viña es todo un universo con miles de estrellas"

«Quería trabajar en la agencia Magnum y en París me encontré con el boom de los vinos naturales», explica Amané Hagiwara durante la entrevista, en la que habla de su periplo por medio mundo (Francia, Italia, Chile, Blivia) buscando un lugar donde asentarse con su familia y dedicarse a elaborar vinos naturales, algo que hace ahora en El Hierro, la más occidental de las islas Canarias. [Versión extensa de la entrevista publicada en la edición impresa de PELLAGOFIO nº 111 (2ª época, octubre 2022)].

«El Hierro es más que un mundo, para la viña es todo un universo con miles de estrellas»AMANÉ HAGIWARA

Por YURI MILLARES

De padre japonés y madre argelina, Hagiwara vivía en 2016 en el municipio boliviano de Camargo. Buscando un lugar entre Chile y Argentina donde trabajar en alguna bodega con variedades de uvas antiguas, terminó en Bolivia fundando su propia bodega. Pero se encontró una situación social «un poco complicada» para poder integrarse. «La zona vitícola es muy colonial como pensamiento —dice en un español fluido—. Tiene a la clase burguesa colonial o criolla —muy racista— y tiene los indios. Y nosotros en medio de todo eso». Buscando a dónde ir, su mujer le dice un día: «Leí un artículo en internet que en Canarias hay muchas variedades y también hay vino». Sorprendido («¡No me digas! A ver»), también se leyó el artículo. Buscó más y terminó leyendo PELLAGOFIO. «Llegué a muchos artículos tuyos, que son más profundos y explican las cosas muy bien. Leí y leí. Y te mandé un correo». Fue en mayo de aquel año y quien escribe estas líneas le recomendó El Hierro, La Palma y Tenerife. Algún tiempo después vino a pasar una semana a Canarias para conocerla. Llegó a Tenerife, recorrió Anaga, saltó a La Palma y pasó cinco días en El Hierro que le impactaron. De regreso a Bolivia «vendimos todo el vino que nos quedaba, hicimos la maleta y nos vinimos».

«Gracias a los herreños que comparten su información y su sabiduría, trabajamos mi mujer y yo, ¡hasta los niños pisan en la cuba!»AMANÉ HAGIWARA

■ OJO DE PEZ / «¿No se acuerda de mí?»

En mayo de 2016 me escribió un lector japonés interesado por las variedades antiguas de la viticultura canaria. Quería «tener la suerte de trabajar con este patrimonio» para llegar a «la esencia real del vino; la expresión más pura de cada uva en su propio lugar». El verano de 2022 un amigo común me lo presentó en su casa en Los Mocanes para que lo entrevistara. Yo no lo recordaba, pero él a mí sí: «¿No se acuerda de mí?», empezó a hablar. ¡Había hecho caso de mis consejos! ●

Amané muestra sus tijeras de podar japonesas, de las que no se separa en la viña. | FOTO Y. MILLARES
—¿Cuándo comienza tu vinculación con el mundo del vino?

—En Francia. Hasta los 19 años estuve en Japón y Argelia, también en Marruecos y Túnez. Cuando acabé el bachillerato en Túnez, sí o sí quería ir a Francia para trabajar en la agencia de fotos Magnum. Fui para allá, me inscribí en Historia del Arte en La Sorbona y así conseguí el papelito para ir a hacer prácticas en Magnum. Iba cada día a la agencia con el papelito: «No, no hay». Hasta que, como todos los días iba, al final me dijeron «bueno, hay algo, si quieres»: me quedé cuatro años como asistente de fotografía de Magnum. Pero me cansé un poco de ese mundo, del arte y de París, que es muy pitifuá. Me fui a la cocina: trabajé en dos restaurantes, el Chapeau Melon y Le Baratin, los dos sitios de París donde se empezaron a vender los vinos naturales en los años 90 y bodegueros franceses de esos vinos pasaban por allí a entregar mercancía, almorzar, cenar… Así hice amistad con los hermanos Thierry y Jean-Marie Puzelat, de la región del Loira. Fui con ellos a una cosecha y me encantó.

—Fuiste a vendimiar.

—Exacto. Allí decidí formarme y saqué un diploma en Viticultura y Enología en Amboise (Loira). Las prácticas las hice en la misma bodega de ellos, Clos du Tue Boeuf, que ahora es una bodega bastante famosa de vinos naturales franceses. Me quedé unos años más hasta que me fui a Montalcino, en la Toscana (Italia), otro par de años. Después a Chile un año a la bodega Louis-Antoine Luyt, un francés que hacía vino en Cauquenes.

—Eres un japonés de mundo.

—Buscaba un sitio donde quedarme. Chile no me gustó. Francia e Italia tampoco. Argelia, con el corazón sí, pero…

—Me dijiste que eres mitad argelino.

—Exacto. Yo nací en Japón de padre japonés y madre argelina. Después nos fuimos a Argelia, pero con el terrorismo en los años 90 tuvimos que mudarnos a Marruecos y a Túnez.

«Buscando un lugar, Argelia era complicado, aunque es el país de África donde se produce y se consume más vino»

—Y de ahí a Francia donde conociste los vinos naturales cuando comenzó a crecer esa tendencia entre las bodegas.

—Sí. Empezó en Francia en los años 90 en bodegas pequeñas y yo llegué a París en pleno boom de los vinos naturales a mediados de los 2000. Ahora ya se sabe de lo que se trata, aunque no quiero entrar en la pelea clásica del uso de química, lo importante es el sabor que al final tiene el vino. Y buscando un lugar, Argelia era complicado, aunque es el país de África donde se produce y se consume más vino.

—¿Más que Sudáfrica?

—Mucho más, hay casi 50.000 hectáreas de viñedo para vino.

—¿Para consumo del país?

—Para consumo del país y un poco que exportan a Francia para cortar con los vinos franceses, que son flojos, igual que en tiempos de la colonia —encabezar los vinos, se diría en Canarias—. Y otra parte se exporta a Rusia, un país con el que Argelia tiene amistad. Pero el 70% es para consumo local. La mayor empresa nacional de producción y de comercialización es del Estado. Pequeños productores privados hay pocos, no hay hueco para producir por uno mismo, es complicado, y después tienes a los antivinos, los islamistas, que te dañan las parras. Pero así es Argelia, un país de contradicciones. Y hay buenos vinos, la verdad. Pero no es el lugar idóneo pata tener tu propio viñedo con libertad y tranquilidad. Así que, buscando, Francia no, Italia no, Argelia no, Chile no, Bolivia no… y ahora estoy aquí —ríe.

—Viniste a El Hierro y dijiste: ¡aquí! ¿Qué fue lo que te llamó la atención?

«Me llamó la idea de la isla (mar, monte, trópico), los microclimas que hay, la viña: uno no puede aburrirse con tanta cosa que hay»

—Un poco de todo. La idea de la isla (mar, monte, trópico), los microclimas que hay, la viña que fuimos a ver: cada una tiene su propia variedad y sus propios sabores de vinos, ¡riquísimos! Uno no puede aburrirse con tanta cosa que hay.

—Llama la atención que, habiendo recorrido medio mundo, acabes en una isla tan pequeña en medio del Atlántico.

—Pero es más que un mundo, es un universo, sobre todo para la viña. No hay una variedad, no hay dos, no es sólo un terreno, no es sólo sur o norte. Hay tanta cosa, aunque sean fincas pequeñas, como miles de estrellas en un lugar muy pequeño.

—Cuando decidiste establecerte aquí, ¿cómo te organizaste?

«Fuimos al Consejo Regulador para ver si se podía arrendar una finca. Me llamaron porque había una disponible, era justo antes de la cosecha, estaba podada, pero sin tratar»

—Lo primero, en cualquier caso, fue comprar una casa para vivir (tenemos tres niños: el de 6 nació en Bolivia, el 4 nació en Argentina y el último nació en El Hierro a principios de año). Tenemos la casa en un lugar que nos gusta, Isora. Y desde que llegamos fuimos al Consejo Regulador para ver si se podía arrendar una finca, tampoco sabíamos cómo se funcionaba aquí. Llevamos tres años. Llegamos en marzo de 2019 y en junio me llamaron porque había una finca disponible, «si quieres, la cuidas». Era justo antes de la cosecha, estaba podada, pero sin tratar, tenía ceniza. Intentamos recuperar la uva que se pudo y cosechamos unos cien kilos.

—Algo simbólico.

—Sí, pero ya era algo muy positivo. Contento por la confianza de que nos cedieran la finca sin conocernos, es algo que agradecemos. Y hasta ahora la seguimos cuidando, en Los Mocanes. Con el paso del tiempo más gente te dice «mira, tengo la finca esa, si la quieres cuidar…». De momento no producimos mucho porque todo son fincas a recuperar.

—¿Cuánta extensión de viña estás trabajando?

«En Los Mocanes están en canteros más llanos, pero las de Sabinosa están en laderas que no entran máquinas»

—Es complejo, hay fincas grandes donde se secaron muchas parras y otras más pequeñas, pero más densas.

—¿En laderas o en llanos?

—En Los Mocanes están en canteros más llanos, pero las de Sabinosa están en laderas que no entran máquinas ningunas.

—Llevas tres años y estás haciendo vino. ¿Con cuánta producción ya?

—De momento poco —ríe—. Si este año llegamos a los mil kilos estaremos contentos.

—¿Qué variedades te has encontrado en esas fincas?

—Verijadiego blanco, verijadiego negro, negramolle, listán negro, listán blanco, uva lito —se refiere a la gual—, ¡hay tantas! Y alguna más que tampoco conozco.

—En cualquier caso, son uvas que no conocías de antes para saber qué tipo de vinos hacer con ellas. ¿Qué hiciste, experimentar? ¿Te contó gente de aquí?

«Aquí hay que empezar de cero y volver a conocer las cosas. Tienes una experienciaen maceraciones y fermentaciones, pero, de sabor y de saber qué es mejor, es la gente de aquí quien lo sabe»

—Primero pregunté a la gente, porque uno, aun con todo el bagaje que trae de antes, aquí hay que empezar de cero y volver a conocer las cosas. Obviamente tienes una experiencia previa en maceraciones y fermentaciones con las levaduras. Pero, de sabor y de saber qué es mejor, es la gente de aquí quien lo sabe. Y probando, hablando con gente mayor de lo que aquí llaman vino de pata o vinos tradicionales, cómo se cosechaba antes, cómo había que podar la parra… Mucha sabiduría que uno no puede aprender y experimentar en un año, son cosas de generaciones y generaciones que hay que seguir manteniendo. Porque puedes venir y decir “quiero plantar pinot noir, o tempranillo, o garnacha, ¿lo pongo en espaldera?”. No va a dar, seguro. La gente aquí hace las cosas de una manera y tienen sus razones. Y gracias a compartir en estos tres años toda su información y su sabiduría, trabajamos mi mujer y yo. ¡Hasta los niños pisan en la cuba!

—¿Ella también estudió viticultura o enología?

—No, ella es arquitecta. Pero el vino nos unió —ríe.

—Las fincas que cuidas son todas de parra tradicional. ¿Tu idea es mantener ese tipo de cultivo o piensas cambiarlo?

—No creo que lo cambie, lo dejaré como está, que funciona muy bien.

«En El Hierro tenemos la suerte de que no hay filoxera, así que se puede margullir o coger el sarmiento y plantar directamente en la tierra»

—Sí tendrás que plantar nuevas parras.

—Sí, tengo que margullar.

—¿También aprendiste a margullar la parra?

—Claro. Es muy típico en El Hierro, pero lo conocí en Francia. El sistema es más o menos el mismo, pero el problema en Francia es que hay filoxera y si margulleas a los pocos años la filoxera ataca y la parra se muere. En El Hierro tenemos la suerte de que no hay filoxera, así que se puede margullir o coger el sarmiento y plantar directamente en la tierra.

—Empezaste con los vinos naturales en Francia, ¿aquí sigues con esa práctica?

«Hay muchas formas de hacer vino, pero el alma no lo puedes cambiar y nosotros queremos usar las propias levaduras»

—Sí. Para mí el vino natural tiene que ser el vino del lugar, de forma honesta. Tiene que ser como sale en cada sitio porque hay una historia detrás y una forma de hacerlo. Con la uva de aquí se puede hacer un vino diferente, con sabor un poco modernizado al estilo francés, al estilo italiano… hay muchas formas de hacerlo que lo desvían un poco. Obviamente, la textura del vino va a ser diferente, pero el alma de vino se va a mantener porque la uva no viene de otra parte, es la de aquí, con su acidez, su influencia volcánica. El alma no lo puedes cambiar y nosotros queremos usar las propias levaduras. Todo lo hacemos por gravedad y no usamos bombas. Tenemos el vino en vidrio, en garrafones grandes de 54 litros; también en alguna barrica de roble antigua.

—¿No usas envases de acero inoxidable?

—No. Cristal y madera. La idea es mantener el sabor de la uva desde el inicio al final.

—¿Qué tratamientos aplicas en las fincas?

—Azufre y ya está.

—¿Qué tipo de podas haces?

«Podo como se hace aquí, pero con unas tijeras japonesas artesanas, cortan muy bien y la uso durante días sin que me duelan las manos»

—La que se hace aquí, pero con unas tijeras japonesas artesanas de hierro forjado —ríe—. Cortan muy bien y la uso durante días sin que te duelan las manos. También hay viña en Japón, tanto tradicional como más moderna con variedades francesas para hacer vinos que, si los pruebas en cata a ciegas, aunque sean buenos, no te dicen de dónde son. Y pasa con otros muchos vinos del mundo, bien hechos, que están buenos…

—Pero son muy parecidos.

«La ropavieja también es un plato muy argelino, con la garbanza, la cebolla, la carne… menos la papa. Cuando la vimos aquí no nos lo podíamos creer»

—Eso mismo. En El Hierro es todo lo contrario, no los hay en ningún sitio. Y aquí no sólo es el vino, en Canarias también hay una historia detrás. Eso me gusta mucho. Mi mujer es argelina, yo soy medio argelino, y ahí hay un vínculo de primos hermanos por muchas cosas, cultura, comida… nos sentimos como en casa, no nos sentimos extranjeros. En Argelia somos bereberes y comemos y tenemos una costumbre de vida social que se siente muy bien aquí. La ropavieja también es un plato muy argelino, con la garbanza, la cebolla, la carne… menos la papa. Cuando la vimos aquí no nos lo podíamos creer. Dos veces han venido los suegros, «¿estamos en Argelia?», en la forma de matar al animal; en la vida social; en todo —ríe de nuevo.

—¿Qué vinos haces en El Hierro?

—Hacemos vino de pata, tinto y blanco al estilo tradicional. Quizás el tinto un poco diferente…

—¿Por qué es diferente?

—Es de listán negro solo, despalillado a mano, macerado un tiempo y prensado. En El Hierro en el vino de pata se mezcla todo. Después tengo un blanco con las variedades blancas (verijadiego, listán) y otro de pata mezclando uvas tintas y blancas. Aparte de esos tres, hago vinos por parcelas porque se vendimian en fechas diferentes, unas en agosto y otras en octubre.

—¿Tu vino tiene ya un nombre o marca?

«Tenemos nuestros vinos guardados y cuando tengamos los papeles de residencia podremos registrar el vino y se podrá vender»

—El problema es que cuando llegamos éramos de cuatro países: el pequeño, argentino; la grande, boliviana; mi mujer, argelina; y yo japonés. Tenemos que esperar tres años para la regularización. Y entretanto hacemos vinos sin nombre, sin bodega. Tenemos nuestros vinos guardados y cuando tengamos los papeles oficiales de residencia podremos registrar el vino y se podrá vender. La legislación es así. Si fuera alemán o italiano no tendría ningún problema. Nosotros somos de fuera de la Unión Europea, queremos producir vino aquí y participar en la vida económica local, pero hay que esperar.

—Usas barricas de roble. ¿De castaño no?

—No, chupan mucho. Me quedo con barricas de roble antiguas, que se consiguen en la isla. A mí me gusta el vidrio porque es totalmente neutro, como tener el vino en botella, pero en envases mucho más grandes. Para mí no hay mejor envase, de momento, para mantener el sabor de la uva.

—Terminamos, un recuerdo dulce.

—Amargo, el mate —ríe—. ¡Y dulce, el vino de Sabinosa!

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