Guacimara Delgado, arquitecta comprometida con el paisaje cerealero de la Isla
«Ha habido una ruptura entre la generación de mi abuela y las siguientes»

«No hubo transmisión de saberes, se cortó con la agricultura de secano y quedaron los llanos vacíos» , dice Guacimara Delgado Quintana durante la entrevista realizada en la era de la Vega de Acusa donde en 2025 no se ha podido trillar la cebada que se cultiva desde época aborigen en la cumbre de Gran Canaria. [Versión extensa de la entrevista publicada en la edición impresa de PELLAGOFIO nº143 (2ª época, octubre 2025)].
Por YURI MILLARES
Animó a su abuela y a su madre y así fue como tres generaciones de mujeres de una misma familia sembraron, en la Vega de Acusa (a 1.001 m de altitud en Gran Canaria) la misma semilla de cebada que se cultiva aquí desde época aborigen, pero la reciente pérdida de su madre ha dejado a la gastronomía isleña sin un gofio único. «No queremos abandonar, pero aquí ya no queda nadie», se lamenta Guacimara Delgado.
«Apareció un puño de cebada en el garaje de mi abuela y empecé a preguntarle» GUACIMARA DELGADO
![]() ■ OJO DE PEZ / El legado de Isabel sigue vivo |
—Arquitecta con un máster en Arqueología y Patrimonio y especialista en conservación y rehabilitación de arquitectura tradicional rural, el interés por lo rural viene de atrás.
—Básicamente. Realmente quería estudiar Geografía e Historia, pero no sé qué pasó que estudié Arquitectura y profesores como Chano López[1] y Eugenio[2] Rodríguez hablaban de arquitectura rural: eso me fue enganchando. Lo que me gusta es la arquitectura tradicional y el patrimonio etnográfico y es a lo que me he dedicado.
—Y de repente, un día, te ves trillando cebada en la Vega de Acusa. ¿Cómo surge la idea de sembrar y hacer gofio?
—La verdad es que aquí hubo una ruptura (y es la pena que siempre me ha dado) entre la generación de mi abuela con respecto a las siguientes. Mi madre trabajó mucho aquí de joven, pero los mayores del lugar lo que querían era que sus hijos se fueran. Para mí, mis padres eran de ciudad y esto era un sitio al que venía los fines de semana porque estaba la familia de mi abuela.
“No hubo una transmisión de saberes. Se cortó con la agricultura de secano y me llamaban la atención estos llanos vacíos, no tenía ni idea de que aquí se sembraba cereal. Los árboles que se regaban con agua de la presa los veía como una cosa extraña, hasta que la sequía de los últimos años y la presa vacía secaron los árboles. Lo veía todo un sinsentido. Y entonces apareció un puño de cebada en el garaje de mi abuela y empecé a preguntarle. ¿Y esto? Todo el mundo me empezó a contar que aquí se sembraba, se trillaba, se aventaba. Toda una historia que yo no había llegado a ver ni vivir.
—Tu madre sí lo vivió.
—De pequeña, sí. Cuando la medianera de los llanos del conde recogía, mi abuela la mandaba con otras niñas a ayudar. Y la historia graciosa que ella siempre cuenta es que la señora, en pago, le daba granos de cebada a los niños. «Yo lo que quería era que me pagasen con dinero, no con granos», me decía. Pero después se fueron a los tomateros de La Aldea y de ahí ya para Las Palmas.
«El hallazgo en una cueva de granos de cebada bien guardados bajo una piedra me hizo pensar que sería una pasada que esa cebada se pudiera volver a recuperar»
—Y les propones a tu madre y a tu abuela recuperar la siembra de cebada.
—En ese momento estaba Jacob [Morales, arqueobotánico] con la investigación de las semillas aborígenes de cebada y me pareció curiosísimo. Obtuvo semillas de cuevas en Acusa Seca y, paralelamente, Pepe Cuevas [José González Navarro, inspector de patrimonio etnográfico y antropológico del Cabildo de Gran Canaria] me comentaba el hallazgo en una cueva de granos de cebada bien guardados bajo una piedra, preservados por su importancia. Todo eso me hizo pensar que sería una pasada que esa cebada se pudiera volver a recuperar. Hablando con mi madre y con mi abuela dijimos «venga, vamos a intentarlo». Y así fue.
—Semillas tenían esas pocas del garaje.
—Sí, no había suficientes para sembrar… y llevaban veinte o treinta años en el garaje. No sabíamos siquiera si iban a germinar. Mi abuela las guardaba antes de un año para otro en una cueva y no le atacaban los bichos, pero éstas ya tenían demasiado tiempo. Estuvimos buscando algún banco de semillas y no había, te das cuenta del abandono total que tenemos en muchos aspectos. Mi madre contactó con Pepe Guedes que seguía conservando la semilla y nos vendió; también un vecino de Artenara nos dio. Cuando la miramos, vimos que toda era la misma. Luego nos enteramos de que está tan bien adaptada [la que trajeron los aborígenes] que no se introdujo otra y es la que se lleva sembrando siempre.
—Consiguieron la semilla, ¿tenían tierras para sembrar en la Vega de Acusa?
«Por cómo hablaban entre ellos (“Pedro, tú no sabes sembrar”) vimos que había un trabajo diferenciado entre hombres y mujeres»
—Sí, llevamos a mi abuela, Carmela, y a su hermano Pedro al lugar y nos empiezan a explicar. Sembramos en dos terrenos, que tirábamos los puños de semilla a la tierra y nos decían «no, así no es». ¿Pero qué hacemos distinto? Claro, ellos tienen hasta un jeito para lanzarla que lo tienes o no lo tienes. «Estás echando mucha». Te das cuenta de que eso se vive y se practica día a día, para que después crezca bien. Así fue como empezamos el proceso, sobre todo para ver cómo se sembraba. Y por cómo hablaban entre ellos («Pedro, tú no sabes sembrar») vimos que había un trabajo diferenciado entre hombres y mujeres. Ellas se dedicaban más a sembrar y recoger y ellos venían a trillar y aventar. Después los hombres se quedaban hasta la noche y hacían su fiesta y las mujeres, para la casa. Así que según con quien hablaras sabían más de una parte del proceso u otro.
—¿Y después? ¿Se pasaron los días mirando cómo crecía?
—La información que nos daban ellos era que se sembraba en «septiembre, después de las primeras lluvias». Pero a nosotros las primeras lluvias nos llegaron en noviembre. Y decíamos: «uf, la cosa no está cuadrando, ¿sembramos ya?». «Que no, que tiene que llover». Y esperamos, ese primer año, hasta finales de noviembre. Los siguientes años hemos llegado a sembrar incluso en enero. Lo curioso es que, después, el ciclo se desarrolla igual y con los calores de mayo ya empieza a germinar, siembres en septiembre o después. Son las condiciones de temperatura y humedad las que hacen que germine en la misma época y se recoge en el solsticio de verano. Pero no sólo tiene que llover una vez, sino varias veces en el año. Un año no nos llovió y no nos creció; otro año sí llovió mucho y sacamos una barbaridad de kilos.
«Inicialmente teníamos en mente hacer gofio, pero también cerveza, café de achicoria pero con cebada, o agua de cebada»
—¿Tenían alguna idea de lo que querían hacer después con la cebada?
—Inicialmente teníamos en mente hacer gofio. Pero también pensamos si se podría hacer cerveza (que estaban muy de moda en ese momento las cervezas artesanales) y otras cosas, como café de achicoria pero con cebada, o agua de cebada para beber en verano, o pan. Pero no conseguimos que nadie nos apoyara.
—Gofio sí que hicieron. ¿Fue complicado encontrar un molino que aceptara esa semilla?
«Nadie nos quería comprar la cebada y menos a dos euros el kilo, que ya a ese precio era casi un regalo. Los molinos tienen cebada de Ucrania a céntimos»
—Nos costó muchísimo. Teníamos que segar, trillar y aventar la cebada, que es un proceso duro. Pero después te encuentras con que los molinos no están interesados, porque ellos traen su semilla de fuera y además es más anecdótica, pues el gofio aquí se hace casi todo de millo. Nadie nos quería comprar la cebada y mucho menos a dos euros el kilo, que ya a ese precio era casi un regalo. Los molinos tienen cebada de Ucrania a céntimos el kilo y por muchas milongas que les cuentes no querían comprar la de aquí. Hasta que mi madre dio con un molinero que, además, hace el gofio muy bien. Ella le llevaba el grano y el molinero le entregaba los sacos de gofio. Lo vendíamos a grupos de consumo (como la asociación La Carrucha Verde) o a amigos que lo compraban a título particular.
—También hubo cocineros interesados en tenerlo.
—Si, Génesis Fernández de El Zarcillo, Carmelo Mujica de La Trastienda de Chago y Marcos Tavío de 8Aborigen, que hicieron pruebas con el gofio. Es lo más bonito y más interesante que hemos vivido, viendo cómo se le puede dar otro enfoque al gofio.
—¿Quedaron contentos con los resultados?
—Sí, sobre todo Marcos, con quien más hemos estado en contacto, porque es un gofio más ligero, más suave, para las presentaciones que él hace y cómo lo introduce en su menú degustación con las texturas y toques que aporta.
—En 2025 la cosecha ha sido muy escasa…
—El año pasado sembramos y no creció por falta de lluvia. Otro año que regamos con cañones fue como si no hubiéramos hecho nada. Este año sí creció, chiquitita, porque llovió poco y algo sacamos. No la hemos trillado aún, porque mi madre [fallecida recientemente] era la que se encargaba de todo. Ella se acordaba de haber estado en trillas y la gente de su edad de por aquí también.
—Ella tenía mucha ilusión en el proyecto de recuperar el cultivo de la cebada.
—Sí, le encantaba estar aquí y reunía las cosas que le gustaban: el campo y recuperar tradiciones. Era agotador y se cansaba, aunque nosotros echáramos un mano. Y yo ahora no puedo sola.
«Voy a intentar tener toda la semilla que pueda y pasarla para que la gente siembre y que no se pierda»
—Tu abuela (93 años) es muy mayor y tu madre ya no está. ¿Cómo queda la cosa, hacen un paréntesis o abandonan?
—Hacemos un paréntesis, sí. Mis hijos quieren que volvamos a sembrar. Lo podemos hacer y vamos viendo. Pero poco a poco. La gente sigue pidiéndonos semillas para sembrar, hoy mismo viene una señora a comprarnos un saquito. Voy a intentar tener toda la semilla que pueda y pasarla para que la gente siembre y que no se pierda. Pero hacer gofio no, es otro trabajo más, hay que limpiar el grano con la zaranda… Mi abuela y mi madre eran las que se ponían a mondar la cebada y la llevaban al molino para hacer el gofio. Pero yo no tengo tiempo.
—Pues de momento, ya no hay gofio Temosen.
«Mi ilusión era que más gente se uniera con sus terrenos, pero es que no hay nadie ni perspectivas de que la cosa cambie y es una pena»
—No podemos seguir… Veremos qué pasa más adelante. Eso no se sabe. Ahora mismo para mí es inviable hacer gofio con esta cebada y tampoco hay nadie más. Es la frustración más grande que tenemos. Aquí no queda nadie. Los hermanos de mi abuela se han ido muriendo. La gente que viene es a alquilar viviendas vacacionales y pasar el fin de semana. No hay un reemplazo generacional de gente que venga a trabajar al campo.
“Aquí el único es Alejandro [Arencibia], un joven que tiene tractor. Gracias a él hemos podido sembrar, si no, no hubiéramos podido hacer ni eso. Nos ha echado una mano todos estos años, para sembrar y en la trilla. Julio [Ramos, vigilante de la presa] también nos echa una mano y no hay nadie más. Mi ilusión era que más gente se uniera con sus terrenos, pero es que no hay nadie ni perspectivas de que la cosa cambie y es una pena. Recuerdo cuando venía aquí y esto estaba vivo, lleno de gente, te parabas a hablar con uno y con otro. Ahora no hay nadie. Sacar un proyecto como este una persona sola o una familia sola es muy complejo. Nosotros porque venía gente de fuera a ayudarnos a coger la cebada, de La Carrucha Verde[3], de la Jurria Guanil… Si no, es inviable. Y pagando, ¿a quién, si no hay nadie?
—Terminamos, un recuerdo dulce.
—Ver a mi madre y a mi abuela… —se emociona— orgullosas de ser de aquí y ver que lo que han trabajado no ha sido en balde, tiene una proyección que también es cultural.
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[1] Juan Sebastián López García, profesor Titular de Universidad de Composición Arquitectónica de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC).
[2] Eugenio Rodríguez Cabrera. Arquitecto, profesor de la Escuela de Arquitectura de la ULPGC y licenciado en Antropología por el University College London.
[3] Asociación de consumidores “que nos organizamos para acceder al producto ecológico y de producción local porque creemos en la agroecología”. https://lacarruchaverde.com/





