Cita con Canarias

Javier Gil, fotógrafo del mundo pastoril de Gran Canaria

«Me impactó conocer a los trashumantes en sus cuevas, eran los últimos aborígenes que nos quedaban»

«El ritmo de vida de los pastores lo notas al hablar con ellos, son poetas», dice Javier Gil León durante la entrevista en la que habla de su experiencia de décadas con los pastores de la última isla del archipiélago canario donde pervive la trashumancia. [Versión extensa de la entrevista publicada en la edición impresa de PELLAGOFIO nº138 (2ª época, marzo 2025)].

Por YURI MILLARES

¿El nivel de domesticación llega al punto de que un toro, una oveja o un carnero se preocupe por su ganadero? Javier Gil tiene la respuesta en algunas de sus fotografías —descubre en esta página la más sorprendente— después de más de 30 años visitando pastores, conviviendo con su día a día y recorriendo Gran Canaria en sus trashumancias.

«Para ser ganadero o tienes mucho dinero y muchas ganas, o eres hijo de pastores y coges el relevo» JAVIER GIL

■ OJO DE PEZ / Filósofo entre montañas

La cita tuvo lugar paseando junto a unos pesebres vacíos de uso para ferias de ganado en la Granja Agrícola Experimental de Gran Canaria. Apenas unos días antes Javier había participado en una trashumancia singular, la única de cabras en la isla. Hablando de un oficio duro y sacrificado con muchas trabas administrativas para poder elaborar unos quesos únicos, confesaba que él mismo «sería pastor si lo viera fácil, te lo juro, y meterme a filosofar en las montañas. Me encanta» ●

—¿Cuál fue el camino que te llevó de estudiar Geografía a convertirte en un fotógrafo especializado en la vida y trabajo de los pastores de Gran Canaria y sus familias?

—Trabajaba en la Consejería de Agricultura y Ganadería del Gobierno canario cuando me puse a estudiar Geografía. Estudiando y trabajando fue cuando empecé a vincular el mundo rural a la fotografía. Los trabajos de campo me ayudaron en los estudios de Geografía y mi proyecto final de carrera fue sobre los pastores, al tiempo que estudié Fotografía en la Escuela de Arte. Se produjo una confluencia de todo y de hecho lo que hago es una mezcla de geografía, agricultura y fotografía artística enmarcado en un mundo rural tradicional. Nos llegó, en un proyecto de ayudas europeas agroambientales, un programa específico destinado a los pastores. A partir de ahí nos pusimos a trabajar con ellos para que intentaran solicitarlas por hacer lo que hacían: pastoreo y trashumancia. Nos dimos cuenta de que había un mundo rural muy tradicional y muy profundo que la sociedad no conocía. Intentamos darles luz y visibilidad, fue casi una preocupación más prioritaria que las ayudas.

—Te conocí a mediados de los años 90 cuando se puso en marcha en la isla el primer programa europeo de desarrollo rural, denominado «Leader» por sus siglas en francés. ¿Recuerdas tus primeras visitas a familias ganaderas? ¿Qué realidad te encontraste entonces?

—La verdad es que yo también venía del mundo rural. Mis abuelos eran agricultores y ganaderos en San Mateo. De hecho, cuando empecé a visitar a los pastores me era más fácil entrar con ellos porque hablábamos casi el mismo idioma. Muchos me conocían por mi abuelo o por mi padre. La sorpresa fue más para mis compañeros, en este caso Pepe Corcuera, que casi lo introduje en ese mundo y fue la llave que abrió el acceso de estas personas a las ayudas.

“Pero a mí también me impactó. Sobre todo los pastores trashumantes, cuando los íbamos a visitar y estaban en cuevas durante tres meses. Eran los auténticos yanomamis por decirlo de alguna manera, o los últimos aborígenes que nos quedaban. Estaban allí metidos y todo lo que estaban consumiendo lo producían ellos. El potaje era de las verduras que tenían, el queso de sus ovejas, la carne de sus animales, el gofio de su millo que llevaban al molino.

“Me acuerdo de algunos casos, como Maximiano el del Roquete o Miguelito, y lo único que consumían que no era de ellos eran la sal y el aceite, porque el médico les había prohibido la grasa de cochino. Y la verdad es que eran personajes que impactaban.

—La ganadería, orientada a la producción quesera, era una actividad invisible y desconocida para la mayoría de la población, urbana y poco conocedora del interior de la isla. Incluso perseguida, como si molestaran ¿Cómo se sentían ellos con el trato que recibían? Desconfiarían de ustedes y sus propuestas de ayuda.

—Desconfiaban muchísimo. Nunca se les habían acercado y menos para ofrecerles dinero. Recuerdo en más de una ocasión ir a visitar pastores, como Felipe Mendoza (que tú lo conoces). Venía de cortar retama para las vacas (porque antes tenían vacas en las cuevas) y tenía una manada de monte en la cabeza de 100 kilos por lo menos, una barbaridad. Me bajé del coche, no me reconoció al principio, que venía en un coche oficial [de la Consejería de Agricultura], y casi tira la carga, asustado. Le dije: «¡No, Felipe, soy yo! Que te vi y te iba a hacer una foto».

“Y me dice: «¡Pues haz la foto rápido, antes de que venga Medio Ambiente!», porque en ese momento estaba prohibido tocar nada. Y hablando con ellos nos decían «pero es que esto lo voy a devolver al campo, porque me lo llevo cortado y lo devuelvo en forma de estiércol y de abono, porque luego voy a sembrar en esas tierras». Y tenían razón, estaban limpiando sus tierras de labor porque sembraban cereales.

“Había mucha desconfianza. De hecho, en la primera convocatoria no entró ni el veinte por ciento de los pastores a los que les hicimos los expedientes por esa desconfianza que tenían. Hasta que empezaron a cobrar algunos y ya sí que se animaron y fue una bomba. Eran pastores duros que no tenían contacto a veces ni con sus vecinos. Vivían aislados, eran como los últimos del eslabón y la gente tenía prejuicios hacia ellos. Eran pobres, vivían de lo poco que podían vender (queso y carne). Por eso, al principio tenían desconfianza hacia gente extraña.

—Ese desconocido mundo pastoril incluía una actividad aún más desconocida entonces: la trashumancia. ¿Cuántas llevas ya, cámara en ristre?

—Fui por lo mismo. Me gusta mucho el mundo rural y la trashumancia era muy peculiar. En ese momento había muchísimos trashumantes, casi todos los pastores con los que trabajamos para tramitarles ayudas hacían trashumancia. Que ellos no la llamaban así (ese es un concepto más moderno), ellos decían «voy a mudar el ganado». No existía el pienso que hay ahora a pie de pesebre, porque eran muy humildes y no tenían acceso a esa compra. Ellos buscaban siempre esa eterna primavera donde hubiera pastos que les hacía estar continuamente moviendo el ganado. No específicamente en verano, también en trashumancias de invierno. Y a mí me interesaban no sólo por ver el recorrido y las distancias, también por el tema gráfico, para dar un golpe de tuerca al trabajo que estaba haciendo con la fotografía.

“Era la novedad de acompañarlos y ver con qué animales iban, que pastos tenían o dónde se quedaban, en qué cuevas, en qué camas. Veía que eso la sociedad no lo sabía y quería que se conociera. Era otro mundo del que en la Península presumían y estaba en extinción, mientras que aquí había todavía muchos trashumantes. Y sí, hice muchas trashumancias. Con todos ellos me moví, tanto de ida como de vuelta. Algunas veces me quedaba con ellos en las cuevas, me invitaban y conseguía mucha información.

—Es una experiencia de la que se aprenden muchas cosas. ¿Qué fuiste descubriendo en esas caminatas junto a ellos y sus animales?

—Lo que más me sorprendió es lo arraigada que estaba esta gente a la tierra. Era algo muy profundo y sólo conectabas cuando estabas con ellos. Tuve ocasión de hablar, por ejemplo, de la psicología de los animales y la sensibilidad que tienen en su relación con las personas, sus reacciones a ciertos lugares, a los cambios de clima, a sus estados de ánimo, a los sonidos de las cencerras. Había matices muy sutiles que daban mucha información al pastor. Ahí te dabas cuenta de que la sabiduría del pastor estaba en el día a día con los animales, que sabe que tienen sed simplemente por cómo se le quedaban mirando.

“Entre lo que más me ha sorprendido es ver pastores quedarse a pasar la noche en el redil, durmiendo con una manta al aire libre donde mismo estaban los animales. Para guardarlos, porque podía haber perros sueltos, porque había que salir al día siguiente, o porque los había que estaban pariendo y para que no se fueran de allí. Tenían que estar cerca por la supervivencia de unos y otros.

“También llama la atención su ritmo de vida. El poco estrés, sin enfados ni desquicios, simplemente las cosas se dejaban llevar de forma más natural. Lo notas al hablar con ellos, son poetas. Y sus utensilios son únicos. La cencerra es otro mundo musical que tú sabes y también está en extinción. No es poner cencerras y ya está, sino que buscaban tener el ganado afinado como una orquesta.

—Sí. También he visto cómo los rebaños están organizados por el pastor, tienen su estructura y hasta sus animales dominantes que hacen de guía de los demás durante las trashumancias.

—Correcto. En las trashumancias siempre me decía el pastor «esa oveja es la que va delante y las otras van detrás». De hecho, no dejaba que la pasaran las demás y el ganado lo respetaba. Me acuerdo de Santiago, el padre de Felipe Mendoza, ordeñando una vez y me llamaba la atención que él estaba sentado y no se movía del sitio. Tenía cerca de trescientos animales y él sabía si estaban todos ordeñados o faltaba alguno. De hecho había preferencias entre las ovejas por ordeñarse unas antes que otras y no se podían colar, había respeto entre ellas. Funcionaban con ese nivel de precisión y él ni levantaba la cabeza.

—La realidad actual es la de unos pastores y ganaderos reconocidos y agasajados por su labor, sus quesos se llevan a concursos por el mundo y hasta se ponen en manos de grandes chefs. ¿Qué falla para que sea un sector falto de relevo generacional? ¿Qué haría falta para invertir esa tendencia y que tengan futuro?

—Para que haya relevo, habría que contar primero con la propia gente que vive ese mundo de pastoreo profesional. Que sus descendientes cojan el testigo. No hay muchos que quieran seguir con esto porque es una actividad de 24 horas los siete días de la semana y eso hace que se lo planteen. Deben tener muy claro que es un trabajo sacrificado, si no les es rentable económicamente no van a tirar para delante. ¿Y qué pasa con la gente nueva que le apetece y le gusta el tema? Que para tener una explotación ganadera hoy en día se necesita una inversión de mucho dinero y no tienes resultados inmediatos. Aparte de los muchos requisitos que te solicitan y de que no dejan poner explotaciones nuevas, hay pastores con ganados grandes que quieren tener la quesería donde viven y tienen los animales y no les dejan, porque hay figuras de protección incompatibles con la realidad de ellos. Ahí están con las manos atadas. ¿A dónde se van? Es mucho más fácil conseguir un local y abrir una cafetería a ver si hay suerte y escapas.

“Ese es el principal problema, no hay un diseño de actividad artesana ligado a cada una de esas figuras pastoriles. Que no son muchas. Cada administración va por su cuenta y no hay un engranaje que funcione, Sanidad te exige una cosa, Medio Ambiente te exige otra. Son muchos los obstáculos. Se está viendo en las escuelas de pastores aquí, que los chicos no salen con las expectativas con las que entraron. Lo ven todo muy complicado. O tienes mucho dinero y muchas ganas, o eres hijo de pastores y coges el relevo porque ya tienes la explotación montada. Yo sería pastor si lo viera fácil, te lo juro, no me importaría dejar la Consejería y meterme a filosofar en las montañas. Me encanta.

—Días atrás has participado en una trashumancia singular, tanto por su recorrido como por la juventud y pasión del pastor y de quienes le acompañaron, personas comprometidas con la práctica del salto del pastor. ¿Cómo la viviste?

—Me gustó bastante porque, como dices, era gente joven. Es un colectivo muy interesante con Ismael, el pastor que organizaba esta trashumancia, al frente. Tiene la curiosidad de que es la única trashumancia ahora mismo en la isla exclusivamente de cabras. Fue bonita porque el paseo en sí ya era una locura: salir de Tamadaba por todo ese bosque y después bajar por aquel desfiladero de San Pedro hasta llegar al valle de Agaete. Es impresionante por las vistas que hay. Y después, la imagen que generaban todos estos chicos con los garrotes —la lanza para el salto del pastor— junto a las cabras, porque era hacerte una idea de lo que podían haber hechos los aborígenes en su momento. La trashumancia con cabras es la que se hacía antes de la Conquista.

“Y me gustó porque son chicos jóvenes bastante motivados. Apoyan a Ismael porque pertenecen a jurrias del salto del pastor y les faltaba eso, un pastor para vincularlo a ese mundo que ellos trabajan como es el salto con el garrote, bajando por riscos en los que es una herramienta muy útil para ir detrás de las cabras. De hecho fui con mi hijo y un amigo de él y se fueron chiflados, quieren volver.

“Esos animales alimentados de esa manera y no con piensos, además, tienen que dar un quesos extraordinarios, con el pastor buscando la eterna primavera.

—Por cierto, ¿tu fotografía más difícil en todos estos años?

—Fue cuando hice el proyecto final en la Escuela de Arte, en el que tuve que escribir la foto antes de realizarla. La psicología de los animales y su dependencia respecto al pastor es algo que se me había quedado marcado, así que escribí una foto donde soñaba con mostrar esa dependencia animal-ganadero, para lograr una instantánea de eso. Me acordé de Manolo [Ortega] el de Osorio y le comenté la foto que le quería hacer con uno de sus toros. Ya tenía la localización en la finca, bajo los árboles ombú de pata de elefante. Se enrolló y me dijo «vale, lo llevo».

“Le dije que se sentara y soltara al animal para ver su reacción, en una actitud hacia el toro que no fuera la habitual del ganadero, que cuando llega a la cuadra lo cepilla, le da de comer, le limpia la cama, le pone agua… Se sentó, soltó al animal y estuvo un rato quieto. La primera reacción del toro, suelto, fue moverse para acá ý para allá. Y Manolín me decía, «Javier, mira a ver, que es un toro de 700 kilos». El toro se le iba acercando más y más, como preocupado, mirándolo, hasta que llegó un momento en el que se pegó a Manolín y empezó a lamerlo para reclamar su atención. Y ese es el impacto que quería con la foto que, al final, salió fácil, porque no me la esperaba ni yo, ni Manolín, ni el toro —ríe—. ¡Ni mis profesores cuando les expliqué la historia!

Extrañado porque lo suelte y se quede sentado sin hacer nada, el toro se queda mirando a Manolo Ortega. | FOTO JAVIER GIL
El toro se acerca a Manolín a lamerle, para llamar su atención. | FOTO JAVIER GIL
“Ha sido de mis mejores fotos. Cuando la escribí me parecía imposible hacerla, pero a la vez confiaba en lo que me había contado el pastor Domingo Moreno de esa sensibilidad, esa dependencia, ese vínculo que tienen animal y ganadero.

“Eso lo hice igualmente con Juan Alonso, que también lo conociste. Le dije «siéntate y espera a que los animales tengan una reacción». Y fue lo mismo: las ovejas, incluso los carneros que normalmente topan, se le acercaron tanto que él mismo estaba asombrado. «O me dan un cabe o me dan un beso».

“Los propios ganaderos se quedaron impactados, porque nunca lo habían hecho. Aunque imaginaban que había una dependencia, se sorprendieron al ver que los animales se preocupaban por el estado del pastor. Ahí te das cuenta de la sensibilidad que tienen y el nivel de domesticación, en el caso de unos animales que conviven con los ganaderos y saben quién es su dueño. Eso no ocurre con los que están encerrados en producción intensiva. Es una domesticación que se está perdiendo con la estabulación del ganado. Hay una conexión que no te das cuenta de que existe hasta que falta.

—Terminamos, un recuerdo dulce.

—La estancia una noche en una cueva de pastores. Fue lo más bonito. Ellos cantando y recitando rimas de sus abuelos. Una memoria viva de más de 300 años en sus cabezas. Esa conexión del ser humano con la tierra, con el cielo y la existencia de la vida, por decirlo así. Esa tranquilidad que te da el saber dónde están tus raíces es la sensación que me transmitieron en aquel momento. Después de mis vivencias en casa de mis abuelos, en sus cuevas, cuando nos quedábamos todos los primos, no volví a sentirla hasta que me quedé en las cuevas de pastores, sobre una cama de pinocha. Y Miguelito contándome los nombres de las estrellas y las historias de sus abuelos. Fue como estar metido en un sueño. Fue un momento dulce de gran sencillez. ¡Lo bien que dormí esa noche! Despertarme por la mañana con el sonido de las cencerras fue el buenos días.

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