José Antonio Luján quiere musicar las Montañas Sagradas de Gran Canaria
«Unamuno, como autor, nominalizaba lo que veía, no le costó definir la Cumbre como la “tempestad petrificada”»

«Artenara es un lugar en el que escritores y pintores se fascinan por el paisaje» , dice José Antonio Luján Henríquez, cronista oficial de este municipio durante la entrevista en la que cita al escritor y filósofo Miguel de Unamuno y al pintor Miró Mainou como ejemplo de personajes que admiraron las cumbres de Gran Canaria. [Versión extensa de la entrevista publicada en la edición impresa de PELLAGOFIO nº144 (2ª época, noviembre 2025)].
Por YURI MILLARES
Catedrático de instituto de Lengua Castellana y Literatura, nació hace 75 años en una cueva del pueblo del que es cronista oficial: Artenara. Trabajador incansable, prolífico escribiendo, «se me ha metido en la cabeza, Yuri, musicar los paisajes de la cumbre con órgano», dice antes de que diera comienzo la propia entrevista.
«Todo lugar tiene una idiosincracia, no es grande ni chico, la historia no es una cuestión de metros» PEPE LUJÁN
| ■ OJO DE PEZ / La Cumbre suena a música de órgano La cita tuvo lugar en su propia casa de Las Palmas, ya que un fatídico resbalón lo tiene con movilidad reducida. Fue mi profesor de la asignatura de Música en el Instituto Pérez Galdós y nada más sentarnos a hablar, antes de preguntarle, ya me estaba contando que prepara «musicar lo que son las Montañas Sagradas». De la letra se encarga él, la música se la ha pedido a Andrés Santana —alumno de Heraclio Quintana (1930-2022), canónigo organista de la Catedral de Las Palmas—, porque «Artenara suena a órgano», asegura ● |

—Cronista oficial de Artenara, has sido, además, fundador (en 1994), presidente y secretario de la Junta de Cronistas Oficiales de Canarias. ¿Qué se espera de un cronista oficial, además de pasión y conocimiento por su pueblo?
—Cuando yo llegué al cargo no sabía. «¿Y esto para qué sirve?». Me tengo que situar. Sabes que soy profesor y una persona reflexiva: ¿qué pinto yo en esto? Artenara es un pueblo pequeño y da la sensación de que no tiene historia, no tiene enjundia, para trazar una crónica. Lo que pensé entonces es que todo lugar tiene una idiosincracia, un componente interno de elementos que hay que estructurar y organizar. No es grande ni chico. La historia no es una cuestión de metros, de medidas ni de cantidad. La historia es un tema de interpretación. Y esa interpretación es la que me llevó a decir: «Artenara, ni más importante ni menos, pequeña comunidad donde hay una serie de instituciones y de elementos que crean incluso una tensión interna en cuanto a su estructuración interna, íntima, personal». Y entonces llega el cronista y lo que hace es alinear todos esos componentes, pero al hacerla en vida es sometida a juicio de los presentes que participan en esos hechos históricos. No puedes ir de manera parcial ni sectaria.
—En tu caso, además, eres alguien que escribe a diario, o casi (columnista, articulista, novelista…). ¿Qué inquietud o motivación te lleva a tal dedicación, más allá de que seas cronista?
—Siempre se está reflexionando sobre lo que es la escritura y cuál es la actitud del escritor ante el papel en blanco, «con el fin de dejar un testimonio de tu paso por el mundo». No es una cuestión baladí y no se trata de tu paso por el mundo, se trata de fijar los valores que tiene la comunidad del momento. Se acaba de celebrar el Tercer Congreso de la Lengua Española en Arequipa, el lugar donde nació Vargas Llosa. Y lo que se ha hecho en este congreso como novedad es coger cien palabras del universo narrativo de Vargas Llosa y convertirlas en una especie de diccionario de su mundo.
«¿Qué es lo que hace un cronista, incluso hasta un crítico literario o un escritor de crónicas? Alinear las cosas»
“Yo sobre eso tengo una interpretación que voy a convertir en artículo, que aprendí en la Universidad de La Laguna, cuando estaba en cuarto de Filosofía y Letras con Gregorio Salvador Caja, que fue secretario de la Real Academia Española y era entonces decano, y nos invitó a los alumnos que estábamos en cuarto a asistir a los cursos del doctorado. En un momento determinado, en aquellas tardes laguneras tan preciosas, con las nubes cayendo por la Mesa Mota, notaba la posibilidad de pensar de una manera muy poética, pero también muy creativa. Y él planteó durante el desarrollo de esos cursos de preparación para el doctorado, que la narrativa debía tener una clave de interpretación y a esa clave de interpretación tendríamos que buscarle una palabra.
“¿Qué es lo que hace un cronista, incluso hasta un crítico literario o un escritor de crónicas? Alinear las cosas. ¿Qué es lo que se está haciendo con este diccionario de Vargas Llosa dentro del marco del Congreso Internacional de la Lengua? Un inventario. Porque una cosa es un inventario y otra cosa es una reflexión.
—Lo primero que haces cuando escribes un texto «es poner el título». A mí me pasa igual. ¿Ese orden en la estructura de lo que escribes es tu botón de encendido?
«Tengo algo así como 550 crónicas en ‘La Provincia’ a las que le puse de antetítulo ‘Piedra Lunar’: La piedra es la realidad, la luna son nuestros sueños»
—Es conectar con tu reflexión intelectual. El título no es baladí, es el elemento aglutinante de las ideas, de tal manera que se convierte en el volcán léxico, en el volcán ideológico de lo que vas a desarrollar. Yo, por ejemplo, desde que me nombraron cronista oficial hasta ahora tengo algo así como 550 crónicas a las que le puse de antetítulo Piedra Lunar. Fue una propuesta que hizo el periódico La Provincia cuando Diego Talavera era director y Paco Cárdenes jefe de Región: nos invitó a que los cronistas escribiéramos cada semana o cada mes. Cómo surgió el título. Yo lo que hice fue mirar para mi alrededor, que era la cumbre, y me fijé en dos palabras que estaban en la canción Sombras del Nublo: “Roque Nublo, Roque Nublo, lírica piedra lunar”. La piedra es la realidad, la luna son nuestros sueños. Ese antetítulo aglutinó todo y ha venido dándome personalidad periodística a lo largo de 30 años, desde 1995 hasta la actualidad. Son crónicas con un cariz literario e intemporal, pero a la misma vez de reflexión.
—Esa piedra lunar me da pie para la siguiente pregunta. Eres cronista oficial del pueblo a mayor altitud de la Isla (1.270 m), a la vez que el más pequeño (1.030 habitantes censados en 2024) y con un paisaje impresionante. ¿Qué marca más: esa altura, esa soledad, ese entorno?
—…
—¿O todo?
«Artenara es una expresión de su propia naturaleza isleña, que arranca desde lo que son paisajes marinos de la costa hasta la altura más alta»
—Es lo que te iba a decir. Artenara es una expresión de su propia naturaleza isleña, que arranca desde lo que son paisajes marinos de la costa hasta la altura más alta. Precisamente estos días he estado reflexionando, porque quiero que se interprete musicalmente todo ese paisaje de las cumbres con la marca de Montañas Sagradas [reconocidas en 2019 como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco].
“Es un paisaje nuestro y yo he querido que tenga música de órgano. Tengo la idea de que contenga una veintena de cuadros de paisajes sucesivos, incluyendo el mar. El mar es el elemento originario de las islas, es lo que las define. Está el mar y la roca. Y yo estoy intentando ponerle ahora un nombre a esa pieza de órgano que quiero que componga Andrés Santana, alumno de Heraclio Quintana, canónigo organista de la Catedral de Las Palmas que ya ha fallecido. Le estoy dando vueltas para ofrecérselo a él y que su mundo musical de órgano esté impregnado de esa dualidad. He estado pensando Mysterium Volcanicus… Ya lo veré con él.
“Esa presencia de la roca es lo que hizo que Unamuno sintetizara su visión de alguien que es la primera vez que se encontraba ahí: «tempestad petrificada». Ahí está la piedra y está el movimiento. Imagínate eso en órgano. No va con guitarra, ni timple, no es una cuestión de folclore. Vamos a intentar seguir universalizando ese paisaje de las cumbres.
«Unamuno tenía, como autor, la necesidad de sintetizar las cosas que veía, por eso la nominalización»
—Unamuno estuvo apenas un día de visita por la cumbre y dejó esa descripción espectacular del lugar. ¿Qué le inspiró al escritor y filósofo para llegar a esa conclusión?
—Mi reflexión de hombre de literatura, a la hora de interpretar la actitud de Unamuno ante el entorno, es la actitud que tenía él estando en Salamanca: la nominalización. Unamuno tenía, como autor, la necesidad de sintetizar las cosas que veía. Por eso la nominalización, él está siempre intentando bautizar, nominar. Al llegar arriba, lo que vio no le costó nada definirlo como la «tempestad petrificada». Como filólogo, como catedrático de Griego, estaba siempre poniéndole nombre a lo que veía, a las cosas.
—Artenara, con muchos siglos de historia y de aislamiento, a mitad del siglo XIX no tenía sino dos casas (literalmente), una ermita y el cementerio. ¿Vivir en cuevas es la seña de identidad de este territorio?
«Miró Mainou no se detenía en una palmera, sino que hacía una interpretación de los colores cuando iba a Artenara a pintar paisajes»
—Efectivamente. La cueva es un ámbito para mucha reflexión. No es una cuestión meramente pueblerina, ni personal. Los que hemos tenido el privilegio de haber nacido en una cueva, nos encontramos cuando salimos al mundo con el sorprendente paisaje que nos envuelve. De tal manera que, volviendo a Unamuno que parece que es recurrente, cuando llega a Artenara, a nuestras cumbres, viene con una mochila de formación humanística, de formación clásica. Y desde esa formación clásica es cuando él reflexiona cómo podría haber sido la convulsión entre Neptuno y Vulcano, el dios de los mares y el dios del fuego. Ve las cumbres de Gran Canaria como producto de un parto entre dioses mitológicos. Es un paisaje mitológico y universal.

—En ‘La Toponimia de Artenara’ recoges 14 topónimos canarios que subsistieron a la conquista castellana… ¿Son pocos o muchos? ¿En qué medida hemos ido cambiando los topónimos en la cumbre de la isla, que es un sitio tan emblemático, tan mítico y tan mágico?
«Lo que queda en la toponimia del léxico prehispánico es poco, las instituciones han querido borrar las huellas del mundo prehispánico»
—Evidentemente, lo que queda en la toponimia del léxico prehispánico (para el tiempo en que estuvieron ocupando el territorio), lo podríamos considerar poco. Habría que ver las causas de por qué se ha reducido esa toponimia. Primero por las propias influencias de las instituciones, que han querido borrar las huellas del mundo anterior, del mundo prehispánico. Piensa, Yuri, en el mismo pueblo de Artenara. En un momento determinado, la Iglesia, que tenía incluso el dominio de la organización territorial en el Antiguo Régimen, propone denominarlo San Matías de Artenara. Para poner siempre el nombre de un santo, un nombre cristiano, frente al nombre prehispánico: San Matías de Artenara, San Bartolomé de Tirajana… Todo eso es justamente lo que ha mermado la existencia del lenguaje amazigh. Tendríamos que ir recuperándolo de alguna manera.
—En la era digital de las comunicaciones y de las carreteras a todos sitios, las nuevas generaciones no se imaginan la importancia de los cines de los pueblos para las generaciones de sus abuelos, casi cada pueblo tenía el suyo. ¿Artenara también?
—Tenemos dos sociedades diferentes. La época digital, como tú bien dices, donde todo está universalizado, donde toda la información viene a través de los móviles. Pero también venimos, yo también (tengo ya 75 años), de una sociedad en la que el cine era la ventana que se nos abría a la creación. Soy un niño de escuela, hasta los 10 años en la escuela oficial y hasta los 13 años en la escuela de matrícula libre. Con esa matrícula libre veníamos al instituto a examinarnos cada año en junio. En ese momento, la única ventana que teníamos hacia el exterior era lo que nos enseñaba el maestro en la escuela.
«Con las limitaciones que planteaba el Episcopado, en Artenara se creó el cine parroquial»
“Pero con las limitaciones que planteaba el Episcopado, empezaron a crearse los cines parroquiales. Y en Artenara se creó el cine parroquial. Antes de eso, mi padre, que fue emigrante a Cuba en el año 1900, cuando vino en 1931 con algún minerillo, compró un solar en la misma entrada del pueblo, al lado del ayuntamiento: quería hacer un cine (los planos están todavía en mi casa). Para hacerlo se excavó en la roca. Creo que es el único espacio excavado con una intencionalidad artística en la Isla. Y allí estaba lo que era el hueco del cine con su escenario, sus vestuarios para hacer también obras de teatro, etc. Era como transportar del mundo caribeño hacia Artenara un modelo de ocio. Fíjate tú, crear ocio en un pueblo tan limitado. Aquel espacio estuvo allí hasta el año 62, en que el párroco que llegó compró el solar y lo convirtió en cine. Era conocido por “El Cine” y anteriormente “El solar del alcalde”
—¿Tu padre no llegó a hacer el cine?
—No. Se hizo el hueco y yo creo que menos mal porque, si no, se hubiese arruinado. Pero bueno, allí se empezaron a hacer en mi época de Bachillerato comedias. Él en un momento determinado le puso hasta un techo de uralita. Es decir que era una inversión progresiva, porque después lo que quería era construir unos apartamentos cuando el turismo empezaba. Pero, ¿dónde estaba el dinero? En La Aldea, con el cultivo del tomate y Artenara iba en declive. Y allí, en aquel solar que había hecho mi padre, grandísimo, un lugar así abierto, los labradores traían el estiércol de sus gañanías y lo depositaban para que se lo llevaran los camiones. Y cañas. Y en las fiestas se ponían allí las barcas (no tanto los cochitos), algunas casetas de tiro, etc.
«El cura, cuando había alguna escena más o menos comprometida, ponía la mano delante del proyector para evitar que se viera aquello»
“Ahora hay un Centro Cultural al que le pusieron mi nombre. Yo me encuentro satisfecho y, bueno, no agradecido de una manera personal, sino por una trayectoria en la que, desde que tenía 16 años, hacíamos allí comedias y representaciones teatrales. Y después de las de la Casa Parroquial, las primeras proyecciones de cine se hicieron allí, porque se llevaron las butacas del cine Capitol [de Las Palmas], cuando lo remodelaron. El párroco vio aquellas butacas en la calle Tomas Morales y se las llevó para Artenara. Eran de estas que se plegaban, pero el piso era de picón. El cine era la ventana abierta y el cura, cuando había alguna escena más o menos comprometida, ponía la mano delante del proyector para evitar que se viera aquello —ríe—. El propio cura a veces decía, «¡oh, la Pampanini!».
“El cine era lo prohibido, lo pecaminoso, pero por otra parte era la apertura hacia la libertad. Eran las ventanas que había en los pueblos para conectarnos con otra realidad. Y era curioso cómo aquellas escenas cinematográficas las intentaban aprender de memoria los muchachos de la época, y después las estaban cantando durante la semana mientras cuidaban los ganados. Se cerró por la crisis agraria en el año 1960, cuando Artenara y el mundo rural nuestro empezó a declinar.
«El chocolate de la primera comunión en la plaza llena de gente es un recuerdo precioso, un recuerdo compartido»
—Terminamos, un recuerdo dulce.
—En Artenara, una pequeña comunidad, salir del pueblo a los 14 años y venir a estudiar a la ciudad significaba un paso adelante. Toda esa memoria de la vida anterior está constituida por una serie de micro recuerdos que configuran tu forma de ser, a los cuales no renuncio por muy pueblerinos que puedan parecer. Por ejemplo, para los niños tenía mucha importancia hacer la primera comunión, después salíamos a la plaza llena de gente, porque se hacía en las Fiestas del Rosario, y se daba un chocolate. Aquel chocolate lo ves como un recuerdo precioso, un recuerdo compartido. O cuando por la noche, en septiembre-octubre, después del rosario, nos íbamos a la casa de tío Abraham a sacarle el millo a las mazorcas. Nos sentábamos todos alrededor y había un chico, Alfonso Díaz, que empezaba a cantar mientras estábamos desgranando



