José de León Hernández, autor del libro ‘La cultura del volcán’
«El pueblo de Chimanfaya está a más de 30 metros de profundidad bajo sucesivas coladas y es irrecuperable»

«Hay que imaginarse, en años buenos, aquella Lanzarote llena de trigales donde hoy sólo hay lava», dice el arqueólogo José de León Hernández (Pepe El Uruguayo) durante la entrevista, en la que habla del antes y el después de las terribles erupciones volcánicas de 1730-1735 que sepultaron un tercio de la antigua isla de Lanzarote. [Versión extensa de la entrevista publicada en la edición impresa de PELLAGOFIO nº135 (2ª época, diciembre 2024)].
Por YURI MILLARES
En La cultura del volcán (subtitulado «Cómo Timanfaya cambió la historia de Lanzarote», Ediciones Remotas, 2024) su autor nos presenta dos islas de Lanzarote distintas, la de los pueblos y las vegas cerealeras que enterró el volcán, pero, sobre todo, la nueva que surgió y los conejeros pronto comenzaron a explorar, caminar, descubrir… y plantar.
«Once pueblos, veintiún aldeas y numerosas casas aisladas quedaron sepultadas» JOSÉ DE LEÓN
| ■ OJO DE PEZ / De la desgracia se hizo virtud «Si la comparamos con la reciente erupción que tuvo lugar en La Palma, podemos pensar cómo sufrió a comienzos del siglo XVIII la isla de Lanzarote, un período difícil y oscuro, pero se aprendió a vivir con el volcán». Así nos introdujo el historiador Pedro Quintana a Pepe durante la presentación de su libro en el Gabinete Literario de Las Palmas. «He estado once años en los archivos», reconocía éste ● |

—Al presentar tu libro, decía el historiador Pedro Quintana: «Se aprendió a vivir con el volcán, aun perdiendo sus casas, sus tierras, sus medios de vida». ¿Cómo se aprende eso?
—Por la necesidad. Ante una tragedia como ésta la gente tiene que sobrevivir con lo que hay, va generando una cultura en la forma de adaptación y de aprovechar los recursos, de ingeniárselas incluso durante la propia erupción. En ese momento la gente ya empieza a abrir veredas. Sabe que plantando en la arena aumenta la productividad. Intenta redescubrir la nueva costa recién creada. Es decir, ya hay un proceso colonización o acceso a ese territorio ¡que es muy diverso! Están las arenas, está la lava que es distinta del lajial por donde sí pueden transitar y luego están los islotes, que es lo que no cubre el volcán.
«En el siglo XVII las islas de Lanzarote y Fuerteventura se habían especializado en la producción de granos»
—Vayamos al principio. ¿Qué pasó en 1730 para que cambiara tan brutalmente el paisaje de Lanzarote? Que hasta entonces sería, imagino, parecido a Fuerteventura.
—La erupción sepulta la gran vega central. Y es verdad que, aparte de los cultivos, había malpaíses. Pero esa vega que vendría a estar entre Chimanfaya, Santa Catalina, Yaiza y la Montaña del Fuego en el actual parque nacional, estaba dedicada, sobre todo, al cultivo del cereal. En el siglo XVII las islas de Lanzarote y Fuerteventura se habían especializado en la producción de granos, para poder exportar a las islas mayores que en ese momento se dedicaban a la viña y al vino y tenían falta de granos.
“Hay un proceso desde el XVI en el que se producen una serie de repartimientos de tierras entre los más poderosos de la isla por parte del marqués de Lanzarote. Por ejemplo, a Marcial Martín, además del norte (Haría, Montaña Clara) le deja parte de Chimanfaya; o a Juan Gutiérrez Núñez le dejan una zona donde se levanta la ermita de San Juan Evangelista, Santa Catalina, Tíngafa.
“Ahí está el origen de grandes propietarios que crean cortijos y los ponen en producción de cereales, y cuando se crean pueblos construyen ermitas. Hay que imaginarse, en años buenos, toda esa zona de Lanzarote llena de trigales y cebadales, pajeros, tahonas. Es como lo que decías, la imagen de Fuerteventura en esa época en Triquivijate, Antigua, Ampuyenta, toda esa zona donde están los molinos.
«El volcán revienta a las nueve y media de la noche, ¡coge a la gente de Chimanfaya de noche, que no sabes ni a dónde ir!»
—¿Y qué pasó, un día de repente empezó a temblar la tierra?
—No hay datos de que hubiera temblores, que me imagino que habría. Otra cosa es que no quedara documentado (en el volcán del siglo XIX sí hay, desde diez años antes, temblores de tierra). Y revienta a las nueve y media de la noche. ¡Encima coge a la gente de Chimanfaya de noche, que no sabes ni a dónde ir! Bueno, primero es que no sabes ni lo que es eso, se pensarían que aquello era el infierno, los demonios saliendo del fondo de la tierra. Aunque es probable que hubiera gente de La Palma y de Tenerife que ya conociera los volcanes de Siete Fuentes o de Garachico y comentara «es un volcán».
—¡Seis años de lava y ceniza! Sería una experiencia tan terrible como interminable. Los desplazados, ¿dónde se refugiaban?
—Durante los primeros meses, que coge la parte central de la isla, quedan separados el norte y el sur. El acceso al Puerto Real de Janubio queda cortado. Hay que buscar nuevos caminos por los que transitar. Los datos dicen que en Tíngafa la gente vive tirada por los caminos, sin qué comer, y se hacen tres repartimientos de tierras: uno en el entorno de Tinajo, Mancha Blanca, Tinguatón, Yuco, La Vegueta para la gente que perdió todo.
“Un segundo repartimiento se hace en lo que hoy es Tías (que entonces no existía, existía la aldea de Candelaria que fue sepultada y la ermita de Nuestra Señora de Candelaria se construye de nuevo como parroquia de Tías). Y el tercer repartimiento es en Yaiza (zona de Temuime, Femés, Las Breñas), que lo capitanea el párroco Juan Lorenzo Curbelo y se dedica a especular y adquiere un montón de terrenos.
“Y luego está La Geria, que adquiere mucha importancia económica con el tema del vino, pero se pierden las lindes. Bajo el volcán no se sabe dónde está lo que había, pero en La Geria que queda cubierta por cenizas se sabe más o menos (también Testeina, Masdache, El Grifo, Diama). Se montan broncas por esos lindes y conflictos con los ganaderos en otras zonas de repartimiento agrícola que antes usaba el ganado.
«Por protocolos notariales de compra-venta de terrenos voy reconstruyendo las zonas [sepultadas] y empieza a aparecer toponimia, como por ejemplo Chichirigauso, que nadie conocía»
—Casi un tercio de la isla desapareció bajo miles de toneladas de magma y piroclastos. Pueblos, aldeas y caseríos, muchos con topónimos aborígenes, se perdieron incluso de nuestro vocabulario. ¿Cómo los localizas?
—En testamentos y, lo más que manejé, en protocolos notariales de compra-venta de terrenos que describen el nombre de las fincas, el tamaño y las lindes. Así voy reconstruyendo las zonas y empieza a aparecer toponimia, como por ejemplo Chichirigauso, que nadie conocía [nombre de una vega con sus casas y maretas, situada entre La Geria, Masdache y Tegoyo, muy citada en documentos del siglo XVII], Guimón [nombre de una vega y un pequeño caserío que estaban un poco al sur de la Montaña de Ortiz, debajo de donde hoy está el nuevo cráter de Caldera Colorada], o Taogauso [que era uno de los pueblos más importantes de la isla]. Muchos son topónimos aborígenes.
—¿Cuántas aldeas pueden ser?
—Unos once pueblos, veintiún aldeas y numerosas casas aisladas.
—¿Se pueden situar en un mapa de hoy o es un rompecabezas imposible?
—No, eso es un rompecabezas. Fue lo que hice jugando con la toponimia y las lindes. Con Chimanfaya puedo tener un error de dos kilómetros alrededor del volcán del Cuervo. Tíngafa estaría entre Tinga y Pico Partido. Y luego está la Caldera de Santa Catalina que la crea el volcán, pero al lado está la montaña de Santa Catalina, lo que quiere decir que la aldea estaba ahí. Lo que me costó mucho encontrar fue el nombre antiguo de la montaña Negra (de ese color por la arena volcánica) pero lo encontré como montaña de la Vega en un documento antiguo, porque ahí estaba la vega de Guadaro.
—Aquella gran vega agrícola que estaba también poblada de vacas y camellos que trabajaban la tierra, de repente se convirtió en un erial de ceniza. ¿A qué profundidad quedó todo?
—Yo creo que Chimanfaya está a más de 30 metros de profundidad bajo sucesivas coladas y eso es irrecuperable.
—¿En qué momento convierte el campesino lanzaroteño la desgracia de esa ceniza en virtud para la agricultura?
«Torriani habla en su libro de que el norte de la isla es bastante productivo por el rofe de la erupción del volcán de la Corona»
—Yo tengo una hipótesis, porque Torriani habla en su libro de que el norte de la isla es bastante productivo por el rofe [arena gruesa de origen volcánico] de la erupción del volcán de la Corona. Probablemente ya la gente sabía que aumenta la productividad. Lo que se hace es escarbar en esa arena. Hay referencias de mucha gente que bajo la arena encontraba el terreno original, incluso con los surcos en sitios donde no había mucho espesor.
“Es como en el jable, tienes que llegar a la tierra madre y hacer lo que se llama un soco de parra. Leí una descripción muy bonita del siglo XVIII que menciona cómo la arena evita que la parra se queme pero la calienta, evita que el viento la tire pero la asoca, evita que el agua la arrastre pero la fertiliza. Esa propiedad la va descubriendo la gente y cuando van a La Geria la aprovechan.
—Antes nombraste el Puerto Real de Janubio ¿Era el puerto de la isla?
—Yo creo que el más importante era ese, porque el de Arrecife era un pequeño puerto entre los islotes de Fermina y de Juan Rejón y allí no había sino unas pocas casas. Se citan pequeños desembarcaderos como el de La Tiñosa o el de Rubicón, fondeaderos remotos e inseguros. Por el Puerto Real de Janubio salían los granos de la vega central, porque hay referencias de los caminos por donde iban carretadas de cebada y la piedra de cal.
—¿Qué pasó con ese puerto, también lo sepultó el volcán?
—Sí, por 1734-1735, en la última fase, cuando las erupciones se dan en la zona de Yaiza, Montaña del Fuego, Montaña Rajada.
«Para la gente de Lanzarote “el volcán” es todo. “Ahí vienen el volcán” y no es el cráter que se mueve»
—Titulas el libro con el volcán en singular. ¿Qué es el volcán para el isleño de Lanzarote? ¿Y cuántos volcanes surgieron de aquellas erupciones?
—Hubo más de veinte bocas eruptivas, lo que pasa es que también hay actividad en pequeños conos o la lava brota por zanjas del terreno. Pero para la gente de Lanzarote «el volcán» es todo. Imagina que ven abrirse un cráter y correr la lava: el volcán era todo lo que expulsa ese cráter y va ocupando el terreno, amenazando: «Ahí vienen el volcán» y no es el cráter que se mueve.
“Hoy se sigue diciendo así: «Tengo una higuera en el volcán», «Se me perdió un hurón en la punta del volcán». Genéricamente le llaman volcán a todo. Si estás en las Peñas de Santa Catalina y dices «voy a cruzar el volcán», cruzas lava, lajiales, arenas, cráteres, conos, todo lo que haya.
—Aquel nuevo y desconocido territorio pronto fue explorado y ocupado de nuevo por el campesino. Más allá de lo que supuso para la economía local la viña y el vino, ¿por qué es la higuera el símbolo vegetal de ese nuevo paisaje agrícola? En cada hueco se plantaba una.
—Se planta en la arena. Pero luego, en la zona de lava se plantan higueras en los bordes de los islotes o en el fondo de los chabocos con suelo que no tapó el volcán. Es un árbol que se aprovecha no sólo para tener el higo fresco, sobre todo era para tener el higo pasado todo el año y la zona está llena de paseros (en Fuerteventura, incluso, a la higuera se le llama fruta). Claro, es un alimento con un poder energético enorme y que te dura. Mi prima Tita dice que los mejores higos son los del volcán. Y la leche de higuera se usaba para embarbascar y pescar. Hay contabilizadas más de 500 higueras dentro del propio Parque Nacional de Timanfaya.
—Terminamos, un recuerdo dulce.
—El licor de hoja de higuera, que es riquísimo. Y la uva moscatel que comía con mi abuelo en esos volcanes.



