Cita con Canarias

Juan Pérez, investigador de las raíces africanas del folklore canario

«Hay una clara vinculación de la cultura musical bereber con la de las islas Canarias», dice Juan Pérez durante la entrevista, en la que habla de su trabajo de fin de carrera en el Conservatorio Superior de Música del Liceo, en Barcelona, sobre el legado de las primeras manifestaciones musicales en Canarias. [Versión extensa de la entrevista publicada en la edición impresa de PELLAGOFIO nº 108 (2ª época, junio 2022)].

«El trabajo de fin de carrera en el Liceu es un proyecto entre la añoranza y el deseo de aportar algo de tu origen»JUAN PÉREZ

Por YURI MILLARES

Concluyó su formación en el Conservatorio Superior de Música del Liceo, en Barcelona, con la presentación de un trabajo de fin de carrera titulado Tambores y piedras. Legado de las primeras manifestaciones musicales en Canarias. En él se acerca a un tema poco estudiado en las Islas como es la pervivencia de raíces bereberes en el folklore de las Islas. Quizás por eso los realizadores Pablo Rodríguez y Antonio Bonny, autores de Memoria indígena (que estrenó para la pequeña pantalla RTVC, la Televisión Canaria, el domingo 22 de mayo de 2022) pensaron en él como compositor de la banda sonora del documental.

Músico e intérprete de batería, Juan Pérez compara en ese trabajo para el Consevatori Liceu lo más antiguo del folklore canario «con formas pertenecientes a la cultura norteafricana de habla amazigh». En las manifestaciones musicales que ha estudiado, pone como ejemplo «la birritmia (ternario/binario) de grabaciones de englosados gomeros [como los cantos de años nuevos, muy antiguos] y de tuaregs como el Isswat, en el que ambos comparten la escala pentatónica». Hay «una coincidencia muy grande en el ritmo y la escala que canta [el romanceador gomero] don Ángel Cruz con unas grabaciones de altísimo interés de la forma musical Isswat procedentes de comunidades Tuareg del Azawad».

La sonoridad de tambores, chácaras y pitos del folklore canario es «la más antigua que se conserva hasta el día de hoy en las Islas y tiene especial relación con aspectos musicales norteafricanos», dice. Además del caso gomero (Baile del Tambor…), cita el Tango Herreño y el Baile del Vivo para El Hierro, o el también baile del Sirinoque en La Palma (cuyo nombre proviene de los primeros pobladores de esta isla, ya que en amazigh Sirir-n-awkkăy se pronuncia sirinnokke).

«La música electrónica me gusta fusionarla con chácaras y tambores del folklore canario» JUAN PÉREZ

■ OJO DE PEZ / Imaginando un tambor guanche

En el diminuto garaje que ha convertido en estudio de música, en cuyo centro domina la presencia de una batería, me muestra algunos instrumentos de percusión. Entre ellos uno que se conoce como tambor guanche, «porque es un imaginario de cómo podría ser un tambor aborigen, con piel de cabra atada con tripa o cuerda de la propia piel», que recuerda al bendir marroquí ●


–Te interesaste por la música desde muy pequeño.

–Sí, comencé de chiquitito, con ocho años, en el Conservatorio de Las Palmas con clarinete. Acabé el grado elemental, pero lo dejé y me dediqué al surf y al skate. Me interesó después la batería, tocaba en casa con grupos y me metí a estudiar percusión clásica tres años. Lo dejé otra vez por el surf con 17 años, pero a los 21 fui a un festival de jazz en Gran Canaria, donde la banda de Christian Scott [de Luisiana, Estados Unidos] tocó un tema de Radiohead que era mi grupo favorito, con trompetas, y flipé. Me dije: quiero hacer eso. Coincidió que acabé en la Escuela de Arte y Superior de Diseño de Gran Canaria y decidí prepararme el grado superior de música por mi cuenta, con profesores particulares, y me dediqué a la batería, en la especialidad de jazz. Estuve dos años hasta que pude entrar al Conservatorio Superior de Música en Pamplona y al año pedí traslado de expediente al del Liceo de Barcelona.

–Entrar ahí es difícil.

–Sí, necesitas un nivel alto de armonía y de un montón de conceptos musicales. Y en esta especialidad, sobre todo, necesitas conocer la historia del jazz. Tienes que estudiar y, por ejemplo, conocer de oído los acordes escuchando una canción que te ponen, algo a lo que un batería no está muy acostumbrado. Es duro.

–Y entraste. ¿Cómo fue esa experiencia?

–Increíble. Lo recomiendo a todo el que se quiera dedicar a la música moderna porque el jazz te aporta una vuelta al origen de la música: la batería se inventó en ese estilo de música en los años 20 y tiene un concepto más primitivo del instrumento, porque desarrollas un sonido y unos conceptos que no son tan cerrados como el rock.

–Te da más libertad de interpretación.

–Sí. Improvisas. Tienes protagonismo y eres uno más.

–¿Por qué la batería?

–De chiquitito siempre me gustó. En el Liceo Estudié con un montón de profesores que eran mis ídolos, aunque el jazz es una música tan libre que estudiarlo en un conservatorio es un poco contradictorio. Pero, por suerte, en el Liceo estaba muy bien, por eso me cambié.

–Es ahí donde realizaste el trabajo de fin de carrera sobre las raíces bereberes del folklore canario ¿Qué te llevó a ello?

–Sí, fue ahí. Yo creo que fue buscando un poco la identidad propia. Ahí estaba con músicos de todo el mundo y cada cual hacía en el trabajo de fin de carrera un proyecto personal, entre la añoranza y el deseo de aportar algo de tu origen. Analicé determinados aspectos de la cultura africana cercana a las Islas, en especial la de todos los pueblos bereberes, en la que encontramos una vinculación muy clara.

–¿Qué me dices de instrumentos como el tambor, la chácara o los pitos, donde está lo más antiguo del folklore canario?

–Las crónicas no mencionan chácaras, ni tambores, ni nada. Y arqueológicamente es casi imposible verlo, porque un tambor de fibras vegetales y piel se lo comen los bichos con el tiempo. En cuanto a las chácaras, yo creo que vinieron de la Península.

–¿Qué ritmos o qué música ves hoy en el folklore canario que pueda tener ascendencia bereber? ¿Qué encontraste?

–Encontré un folklore de las islas canarias occidentales, sobre todo en La Gomera, que me impactó. Lo vi muy aislado, de características muy peculiares. Como la temporalidad: la música no se detiene cuando empieza a sonar, no hay un final. Empiezas a cantar y no hay estribillos, todo el mundo participa en una polirritmia con armonías que no están cuadradas. Tiene un color especial, es muy antiguo. Investigando música del norte de África vi un ritmo muy parecido, aunque con una estructura musical más compleja porque la han podido desarrollar más. La forma de cantar es casi la misma, el romanceador canta y los demás le responden.

–Autor de la música en el documental ‘Memoria Indígena’, ¿cómo se aborda un encargo de este tipo?

–Eso mismo le pregunté Tony [Bonny], porque no lo había hecho antes. Confiaron en mí y no tenían todavía imágenes. Me dieron libertad y yo me lo imaginé. Creé una atmósfera con sonidos largos y empecé a desarrollar un pequeño tema. También grabé unas chácaras y unos tambores. Les di varias cosas y ellos fueron seleccionando. No fue un trabajo al uso, que ves el documental y le vas poniendo la música.

–La inspiración, en este caso, ¿dónde estuvo?

–Fue un mix, me gusta cómo suena la música electrónica con el folklore. Es en lo que estoy ahora mismo.

–En este caso con instrumentos tan sencillos como unas chácaras o un tambor.

–Claro. La música electrónica también funciona con ese trance, no hay fin, y me gusta fusionarla de esa manera. Metí batería, chácaras y karkabas (castañuelas metálicas marroquíes).

–Terminamos, un recuerdo dulce.

–Tengo un montón, tocando y súper emocionado porque ahora mismo estoy muy activo tocando con mucha gente. A mí lo que me flipa es tocar en un escenario y que la gente disfrute. Música tipo jazz, pero también estoy trabajando con Lajalada [Belén Álvarez, cantante y compositora], que tiene un proyecto muy interesante y está fusionando mucho la electrónica con el folklore, revisitando los temas canarios a su manera. Yo soy el batería del grupo y lo bueno es que me deja libertad plena y confianza, puedo ser yo mismo. Y también toco con bandas de jazz. No paro, estoy en un buen momento, de mucho ensayo. Hace poco me invitaron a tocar en el festival Lava Circular de El Hierro con un amigo que se llama Erlantz, un maestro de la txalaparta. Es un instrumento de percusión tradicional del País Vasco que comparte con Canarias ese folclore muy primitivo, haciendo ritmos con unos palos. Aprendí mucho de él y tocar juntos en El Hierro es un recuerdo muy bonito.

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