Cita con Canarias

Julián Ramos, maquinista del winche y piquero de pozos

"En los pozos, la vida de los piqueros está en manos del que se queda arriba con el winche"

“En un pozo a 200 metros de profundidad estás en otro mundo, miras arriba y no ves nada”, dice Julián Ramos durante la entrevista en la que relata su experiencia manejando la maquinaria o picando en el fondo de pozos de agua del norte de Gran Canaria. [Versión extensa de la entrevista publicada en la edición impresa de PELLAGOFIO nº 103 (2ª época, enero 2022)].

Por YURI MILLARES

Para trabajar dentro de un pozo a varios cientos de metros de profundidad, colgado de un balde metálico que sujeta un cable de acero, había que estar hecho de una pasta especial. Los operarios de un pozo apenas son cuatro personas: en el fondo, cavando el pozo, poniendo dinamita o a cargo de la bomba (si había agua que elevar) estaban dos piqueros o poceros; en la superficie, manejando el winche que sube o baja el cable de acero estaba el maquinista; y vaciando fuera con ayuda de una carretilla la tierra que se sacaba del fondo, o atento a lo que necesite el maquinista, estaba el terrero. Julián Ramos –que cumplirá 71 años el 8 de enero– ha hecho de todo, empezó de terrero, siguió de piquero y, por último, ejerció de maquinista.

«Dos campanadas era ‘abajo’ y una era ‘arriba’ y siempre despacito»JULIÁN RAMOS

■ OJO DE PEZ / Colgado de un balde metálico

La cita con este piquero (en Gran Canaria se denomina igual al oficio de pocero y a la herramienta con la que trabaja) tuvo lugar en el pozo de Las Fuentes, en otro tiempo con tanto caudal que abastecía a la pequeña ciudad de Guía. Allí se dejó retratar en la boca del pozo junto a una guindola, un gran cajón en el que se bajaba al fondo, aunque él prefería ir colgado de un balde metálico. “En la guindola van los dos hombres dentro, pero a mí me gustaba más ir en el balde, donde cada uno tiene que ir con una pierna metida dentro del balde y otra fuera. Yo la que ponía dentro era la pierna izquierda. De ahí no te caes, yo no me vi nunca en peligro”, asegura ●


–Antes de entrar a trabajar en pozos, ¿a qué se dedicaba?

–Cuidaba animales con mi padre, pero desde que cogí los diecisiete ya estaba buscando un trabajito que me diera algo. Me fui a un pozo que hay de Fagajesto para arriba que le llaman el pozo de la Ladera Brava y le pedí trabajo al encargado: me dio de terrero. Después, de los dos piqueros que había se fue uno para otro pozo, así que pedí bajar al fondo con el otro que seguía. Estando ahí trabajando me citaron para ir al cuartel y me tuve que ir a la mili.

–¿Por qué dejó el trabajo con los animales para meterse en pozos?

–Eso no daba y yo lo que quería era tener un sueldo para tener mi dinerillo.

–¿Recuerda la primera vez que bajó? ¿Cómo fue la experiencia?

–La recuerdo bien: como yo quería bajar y todo el día estaba de terrero, me fue bien, no me sentí con miedo.

–¿Terrero es el trabajo del que llega novato al pozo?

«Hay quien no baja al pozo de ninguna de las maneras porque tenía miedo, pero muchos empiezan de terreros y después bajan»

–Sí. Está arriba y cuando llega el balde del fondo del pozo, lo desengancha y lo vacía de la tierra que están excavando y la tira por fuera. También hay quien no baja al pozo de ninguna de las maneras porque tenía miedo, pero muchos empiezan de terreros y después bajan.

–Abajo está uno en completa oscuridad, hay que llevar una luz de carburo.

–Llevábamos las luces de carburo. Aparte, siempre había un cable con un bombillo abajo, un poco lejos: el agua le caía encima y no se veía bien. En el fondo hay que picar para abajo con el piquero y mandar arriba la tierra. Y cuando la tierra se pone dura hay que abrir fuego en redondo, según el material podían ser ocho tiros; a veces, hasta once tiros, si el risco es fuerte.

–¿Se refiere a dinamita?

–Sí.

–¿Qué otras tareas se hacían?

–Cuando el pozo tiene agua, a lo mejor media azada, regulas la bomba con la llave y el agua que está echando la lleva para arriba; pero si el agua es poca hay que parar la bomba cuando ya sube un poco; y si tiene tres cuartas de agua la tienes fijo trabajando y vas regulando. Es una tarea muy dura, pero el que le gusta la hace.

«Una vez fui con un muchacho que era un poco medroso a colocar un tubo de seis metros, yo solo no podía y el muchacho no soltaba la mano del cable»

“En el fondo del pozo hay que hacer de todo. Si no sabes, tienes que aprender con el otro que sabe. Una vez fui con un muchacho que era un poco medroso a colocar un tubo de seis metros en la punta de abajo del pozo, donde estaba la bomba, en Palomino. Nosotros estábamos en el balde sujetos con el cable del winche principal y en el cable del winche auxiliar iba el tubo colgado. El maquinista estaba arriba atento a la señal de la campana. Había que meter un tornillo en el tubo de seis metros que estaba moviéndose; yo solo no podía y el muchacho no soltaba la mano del cable. Le digo: “Pepe, si no sueltas esa mano y me mantienes el tubo no puedo poner el tornillo”. Al final soltó la mano y me mantuvo el tubo y ya pude meter el tornillo y enroscar la tuerca. Era buena persona, pero tenía miedo; después lo perdió.
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Sentando en el puesto del maquinista, Julián Ramos muestra cómo manejaba el winche que sube y baja el balde dentro del pozo. | FOTO Y. MILLARES
–Lo normal es tener miedo ahí abajo, ¿no?

–Yo no recuerdo tener miedo. Una vez se le aflojó la tuerca a una de las orejas que sujeta el balde y en el giro para vaciarlo, al terrero se le soltó y pasó justo detrás de nosotros. Si nos coge las costillas nos funde.
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Julián junto a las campanas del pozo de Las Fuentes que servían para que los hombres en el fondo del pozo se comunicaran con el maquinista en la superficie. | FOTO Y. MILLARES
–Al bajar al pozo ¿cómo se comunican con el maquinista que los baja con el winche? ¿Habló de una campana?

–Sí. Dos campanadas era “abajo” y una era “arriba”. Y siempre despacito. Yo cuando manejaba el winche y tocaban la campana los movía un poquito, me daban otro toque y ya arrancaba para arriba, porque en los pozos la vida de los de abajo estaba en el que se quedaba arriba. Pero con el winche auxiliar, como eran dos “abajo” y uno “arriba”, para cambiar de winche se daba un repique y se avisaba al maquinista, entonces en el winche principal era dos “abajo” y tres “arriba”. En eso nunca tuvimos problema, ni cuando estuve arriba de maquinista, ni abajo en el balde.

“Una vez en Palomino se nos llegó a partir la cuerda que toca la campana… El maquinista tiene que estar pendiente del cable, si se mueve es que algo pasa y hay subir apenitas el balde, muy despacito, porque la soga de la campana puede haberse roto a medio pozo. Sigues para arriba tardes lo que tardes, y cuando los hombres llegan a donde hay campana te tocan y ya sabes lo que estás haciendo. A veces avisan moviendo el cable si pasa algo.

«El balde donde bajan los piqueros hay que llevarlo que no vaya campaneando»

“El balde hay que llevarlo que no vaya campaneando. Una vez que estaba yo en la máquina, iba bajando el balde y ellos iban despistados, el culo del balde se les asentó en una viga y el balde se cambó. Yo que estaba arriba noté algo y lo dejé quieto ahí, “a ver lo que ellos hacen”. Dieron una campanada y fui levantando muy despacito. Si se llegan a equivocar y tocan dos, lo que haces es bajarlos y los vuelcas. Los fui levantando muy despacito hasta que se enderezaron y tocaron con la campana para avisar.

–¿Para qué un yunque en un pozo?

–En los pozos había una fragua y un yunque. Calentábamos el carbón y metíamos las púas de los piqueros y les dábamos calor para hacerles punta.

«Me gustaba más el balde, donde van los dos hombres con una pierna por dentro y la otra por fuera, que la guindola»

–Ha nombrado dos tipos de baldes, ¿cuál es cada uno y para qué?

–La guindola es un cajón grande y ahí van los dos hombres metidos dentro. A mí no me gustaba porque ocupa mucho espacio y hay que andar con más cuidado, si tropieza con una esquina te puedes hasta ahorcar. Me gustaba más el balde, donde van los dos hombres con una pierna por dentro y la otra por fuera. Normalmente va uno mirando para un lado del pozo y el otro para el otro, manteniendo con las manos, con cuidado porque estaba la tubería del agua.

–¿Qué profundidad tienen los pozos?

–Doscientos y trescientos metros. Y el de Los Llanos tiene quinientos.

–¡Pues abajo está uno en otro mundo!

–Yo diría que sí.

–A esa profundidad ni se escuchará lo que ocurre en la superficie.

«Si llevas un rato abajo, con el humo de las luces de carburo y el que sale del calor que producimos nosotros, arriba no ves nada»

–Desde que te metes ahí debajo no escuchas nada, pierdes hasta la vista de arriba. Por la mañana cuando uno va bajando, que todavía no hay humo, si miras para arriba ves un poco de claridad, pero cuando llevas un rato abajo con el humo de las luces de carburo y el que sale del calor que producimos nosotros, miras para arriba y no ves nada.

–Eso es que hacía mucho frío abajo.

–No te podías quedar quieto, yo prefería estar trabajando porque no te enteras. Cuando teníamos un risco muy fuerte y abríamos los agujeros con los barrenos para pegar los tiros, que hay que hacerlo con el pozo limpio, me quedaba un rato quieto y se me pegaba el frío con la ropa mojada, porque te cae agua de todos lados. Para pegar los tiros conectábamos desde arriba los cables a un molinillo (un condensador de vueltas que daba la corriente) y, al día siguiente, con el pozo ventilado, se volvía a bajar para limpiar todo aquello.

«Cuando vas bajando notas el olor o el calor del gas, o la luz que llevas delante se apaga o parpadea, entonces te vuelves»

–Entre los riesgos en este trabajo también están los gases.

–Eso es lo peor. Si el pozo está bien y con cuadrillas que sepan trabajar es difícil que pase algo. Todos los pozos no tienen gases; el que tiene gas siempre tiene gas, pero puede haber días que esté un poco calmado…

–¿Ustedes cómo lo saben?

–Cuando vas bajando notas el olor o notas el calor, o la luz que llevas delante se apaga o parpadea, entonces te vuelves para arriba porque hay que ventilar el pozo.

–Con tanta cantidad de pozos, ¿no se quitaban el agua unos a otros?

–Hay casos de esos. Y casos de haber dos pozos del mismo dueño y abrir una galería entre ellos y cerrar uno. También se abrían galerías en los pozos para que dieran agua, cuando estás a más de doscientos metros. Eran galerías donde cabía un carro, que se bajaba con el winche auxiliar, para sacar la tierra.

«Una vez vino un fulano con un péndulo, pero yo no vi que aquello diera mucho resultado»

–¿Hubo pozos que se picaron y no salió agua?

–Sí, hubo pozos que se abandonaron. Una vez vino un fulano con un péndulo que si se movía rápido decía “aquí hay agua”. Había otros que iban con una rama. Pero yo no vi que aquello diera mucho resultado.

–¿Y cuál era la ‘pista’ para localizar agua?

–La intuición de los viejos. Es que antes había muchos nacientes, pero los pozos se llevaron los nacientes.

–Terminamos: un recuerdo dulce.

–Uno quiere que el pozo dé agua, si no, los dueños se cansan. Cuando pasas el risco, el agua suele estar debajo en una piedra volcánica más porosa que llamamos broconal. Un recuerdo dulce es estar picando y que te salga un chorro de agua, sales arriba y se lo dices al maquinista.

–Por cierto, ahora que está jubilado, ¿echa de menos aquello?

–A mí me gustaba; me entretenía, me daba vida, pero era un trabajo duro.

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