Producto canario

El grano se tuesta con arena, la piedra la mueve el viento

Moliendas de Canarias (4) / Molina de La Asomada (Fuerteventura)

El único gofio que todavía se produce en la isla que una vez fue «granero de Canarias», Fuerteventura, además de su singular tostado tradicional suma otra particularidad: es el único elaborado gracias a la fuerza del viento de una torre giratoria con aspas y velas, una labor peligrosa que requiere mucho temple. [En PELLAGOFIO nº 149 (2ª época, abril 2026)].

«Un día de tormenta casi me quedo sin molina. ¡Molí 200 kilos de gofio en menos de tres horas! Eso es una bestia» FRANCISCO CABRERA, molinero


Por YURI MILLARES

Los 23 molinos y molinas de viento de Fuerteventura que un decreto de 1994 reconoce como Bien de Interés Cultural con la categoría de monumento, se han ido restaurando desde entonces por iniciativa del Cabildo de la isla. Son verdaderas piezas de museo que yerguen sus torres al cielo —de mampostería los molinos macho y de madera los molinos hembra— como recuerdo de lo que siglos atrás significaron para la economía y la propia supervivencia de la isla… Excepto la molina de La Asomada, que en 2011, recién restaurada, volvió a mover sus aspas al viento como demostración de su funcionamiento y no ha parado de moverse desde entonces.

El molinero Francisco Cabrera, en lo alto de la torre de la molina de La Asomada (Fuerteventura). | FOTO Y. MILLARES
Con la obligación de la familia propietaria de permitir que el monumento fuera visitado, la sorpresa fue que Juan Cabrera y Emerenciana Oramas decidieron ir más lejos y ponerla en uso para volver a hacer gofio. «Como yo era el que tenía problemas de salud, mi madre me dice: “¿Por qué no lo coges tú?” Si mis hermanos me dan el permiso y les parece bien, a mí me gustaría aprender, aprovechando que Domingo está vivo, le dije», relata Francisco Cabrera Oramas, el menor de los once hijos del matrimonio.

Lágrimas y consultas telefónicas
Domingo Saavedra, tercera generación de molineros de viento y antiguo molinero en esta misma molina, fue quien ayudó a restaurarla. Con la torre y sus aspas tumbadas por la tormenta tropical Delta en 2005, él era el único que «conocía las medidas» para devolverla a su estado original. «Fue mi maestro. Tenía la ilusión de que alguien la pusiera en marcha y cuando le dije que quería aprender, al hombre se le salían las lágrimas. Me costó quedarme con todo lo que me enseñó, que fue casi siempre por teléfono y las veces que pudo venir aquí, porque estaba muy mayor. Pero no se me ha olvidado nada», explica Francisco.

Domingo: «La distancia entre las piedras se regula con una carta de la baraja». Francisco: «Pero Domingo, ¿usted se está riendo de mí?»

Tres martillos diferentes para picar la piedra. «El interior de la piedra parte el grano, en el medio lo tritura y en el borde exterior ya lo muele», explica. Para ello pica la piedra con martillos hacha y escoplo (canales del grano) y martillo de puntas (‘respira’ la piedra). | FOTO Y. MILLARES
Como ejemplo de esa transmisión de saberes entre ambos, está la divertida anécdota de cuando le explicó la distancia que debía haber entre las dos piedras (la volandera y la fija) para moler: «Se regula con una carta de la baraja, la metes, bajas la piedra y tiene que caminar con ella y que no se atore», le dijo por teléfono: «Pero Domingo, ¿usted se está riendo de mí? Un hombre de 92 años. “¿Cómo me voy a reír de ti hombre? Dale palante a la carta”», recuerda aquella conversación. Tardó tres horas en conseguirlo. La propia experiencia que ha ido adquiriendo Francisco desde entonces le ha enseñado a regular esa distancia entre las piedras en función del grano que muele (sólo hace gofio de millo, de trigo y de la mezcla de estos dos granos con cebada).

«Lo que más me inculcó Domingo fue que, “según los vientos, es el grano”. Si el viento es fuerte, muelo el grano duro (el más duro de todos es el millo canario); si el viento va aflojando, va el grano más blando, que es el trigo o la cebada».

«Tiene que gustarte la velocidad, si tienes miedo de subirte a una moto no puedes dedicarte a una molina de estas»

«Tienes que trabajar según el viento —insiste—. Si viene una ráfaga fuerte lo que tienes que hacer es bajar un poquito la piedra y después soltarle bastante grano. ¿Qué viene más fuerte aún? Hay que ponerle peso a la canaleja y sale más cantidad de grano». Lo que consigue con eso es reducir la velocidad de la piedra volandera por la fricción con mayor cantidad de grano.

«El otro día la puse con [viento de] 80 kilómetros por hora y la piedra en vez de botar el gofio para adelante lo botaba para arriba. Es brutal. Tiene que gustarte la velocidad, si tienes miedo de subirte a una moto no puedes dedicarte a una molina de estas», explica. La torre, que se apoya en un pivote metálico (puyón) para poder girarla al viento, tiene además dos posiciones para regular su inclinación: hacia adelante con viento suave y «un poquito hacia atrás para que el viento no le dé tanto de lleno si es fuerte».

«Cuando hay poco viento estoy ocho horas para moler 30 kilos y en molinos de motor los mueles en minutos»

Tostador de toda la vida
El gofio elaborado en esta molina es el resultado de la pasión de Francisco por darle valor al patrimonio que protege con su dedicación; el precio de una de sus bolsas no compensa ni de lejos el trabajo que lleva. «Lo he quitado de tres tiendas donde lo tenía para que vengan aquí a valorar donde se hace. Cuando hay poco viento estoy ocho horas para moler 30 kilos y en molinos de motor los mueles en minutos. Un día de tormenta hice una prueba y fue una locura, casi me quedo sin molina. ¡Molí 200 kilos de gofio en menos de tres horas! Eso es una bestia».

Pero cuando ve el resultado, después de todo el proceso de tostado tradicional y cernido —como le enseñó su madre— y la posterior moltura, es feliz. «No hay gofio que huela así. Pruébalo para veas que el paladar es totalmente diferente», lo ofrece orgulloso. Con grano del país cuando consigue o, si no, trigo que compra en Tenerife y millo en Gran Canaria («y tengo una finca de seis gavias que voy a plantar ahora de cebada»), lo primero que hace es tostarlo con arena «porque le quita la humedad y removiendo en el tostador de toda la vida»: con fuego vivo de leña y teniques alrededor para protegerlo del viento. «La arena la tengo que comprar porque Sanidad lo pide así y pasarla por el cernidor. Y en vez de leña de aulagas, como antiguamente, uso pales de los que autorizan».

Para el gofio de mezcla, con millo, trigo y cebada que primero ha cernido o aventado, «tuesto por separado y en caliente lo mezclo, lo dejo reposar durante 20 horas; después lo vuelvo a aventar para quitarle lo que pueda quedar de cisquito y lo meto en la molina para moler. No lleva sal ni nada más», detalla.

El molino hembra, una innovación en la tecnología de los molinos de viento de Canarias, es obra del inventor palmero Isidoro Ortega Sánchez

Molinero de viento, valiente y vestido de lino. «Estas molinas fueron hechas para trabajar con gente valiente. Arriesgas la vida. Yo ya me he enganchado con las paletas, gracias a la vestimenta de lino me rompe la camisa pero no me arrastra». | FOTO Y. MILLARES
Molino hembra y ambulante
El molino hembra, una innovación en la tecnología de los molinos de viento de Canarias, es obra del inventor palmero Isidoro Ortega Sánchez (1843-1913), que construyó numerosas de estas molinas en diferentes islas del archipiélago. Su ventaja era tener en una única planta la maquinaria de molturación y el grano, bajo una torre de madera para las aspas cuyo mecanismo de engranajes movía la piedra volandera. Los molinos de torre de mampostería con sus dos o tres plantas tenían la incomodidad de obligar al molinero a subir y bajar constantemente las estrechas escaleras entre esas plantas cargando con el grano.

En Fuerteventura muchas de estas molinas sustituyeron las aspas de palas de madera del diseño del Ortega, por teleras a las que se ponían velas de lona. Es el caso de la molina de La Asomada, que se estima data del año 1874 aunque su torre se instaló entonces en Casillas del Ángel. Es otra de las características de su diseño: es ambulante. «Cuando el dueño quería traspasarla o trasladarla, se desmontaba y se llevaba con bueyes a otro pueblo», dice Francisco. Así fue como llegó a comienzos del siglo XX a su ubicación actual y estuvo en funcionamiento hasta principios de los años 50, pasando por diversas manos en ese tiempo. Sus aspas no volverían a girar hasta su restauración en 2011

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