Los Almeida, saga de molineros de Gran Canaria desde el siglo XIX
Moliendas de Canarias (5) / Molino de Gofio Buen Lugar

Las últimas tres generaciones de la familia llevan desde 1958 al frente de la empresa que fundara el abuelo Alfonsito en Buen Lugar y empezara a surtir a tiendas y supermercados de la Isla. Con el tiempo, mientras otros molinos de gofio han ido cerrando, él fue abriendo nuevos mercados y exportando. [En PELLAGOFIO nº150 (2ª época, mayo 2026)].
«Alfonsito tenía molino de agua en el barranco del Pinar, en Guía, pero estaba muy escondido y se vino a Buen Lugar» YERSUÁN ALMEIDA, molinero, nieto de Alfonso

Por YURI MILLARES
Apoyado sobre el pequeño mostrador para la venta directa de gofio en cuanto se traspasa el umbral del molino de Buen Lugar (en Firgas, Gran Canaria), Yersuán Almeida sonríe y dice: «Casi aprendí a caminar aquí dentro. Yo llegaba del colegio a las dos y media y mi abuelo ya estaba tocando en casa para que viniera para abajo. La verdad es que siempre me ha gustado y no he querido estar en otro lado».

Tres generaciones y más
Su abuelo Alfonso Almeida fue el fundador de la empresa Molino de Gofio Buen Lugar SL en 1958, siendo relevado por sus hijos José Luis y Víctor (padre de Yersuán) a su fallecimiento. Pero la vinculación de esta familia al oficio de molinero se remonta muchas más generaciones atrás. «Mi abuelo Alfonsito era molinero de toda la vida. Antes de venir a Buen Lugar tenía su casa y un molino de agua en el barranco del Pinar, en Guía. Pero aquello estaba muy escondido y era complicado llegar con coche. Por eso se vino aquí».
Curiosamente, con el paso de los años y mientras otros molinos de gofio han ido cerrando por falta de rentabilidad, falta de relevo generacional y por la disminución del consumo de gofio en las Islas, Alfonso supo abrir nuevos mercados, llevando su gofio al entonces Sahara Español. En la actualidad, el 70 por ciento del gofio de Buen Lugar sigue yendo a países africanos próximos y del continente americano, donde acaban de incluir a Cuba como cliente en fechas recientes: «Ahora mismo tenemos un pedido de tres contenedores, pero la previsión es enviar un contenedor al mes», 22.500 kilos, al país caribeño.


Mientras habla apoyado en ese mostrador, detrás de él trabajan tres juegos de molinos con sus piedras. En 1958 «no había sino este salón y un molino solo», que compraron en su día a Antonio Santos, señala al rincón. «Con el tiempo se ha ido ampliando y ahora tenemos cinco: estos tres con piedra de la isla y otros dos, en una nave nueva, con piedra artificial». Utilizan los cinco juegos de piedra indistintamente para moler el millo que tuestan primero en una de las tres tostadoras con que cuentan.
Aun así, para sustituir las piedras del país de estos tres molinos, cuando se termine su vida útil por desgaste, «hemos ido comprando de otros molinos que van cerrando. ¡Tengo piedra para jubilarme!», asegura Yersuán a sus 37 años.
«La piedra es como un plato, se va gastando más por fuera; por cada tres veces que la picamos por fuera, hay que ir picando también por dentro», precisa. Todos los meses, como mínimo, tiene que coger la picareta y ponerse en la labor.
Molinos de agua
La tradición molinera de esta familia, no obstante, se remonta a mucho antes de 1958. Seguimos la pista de los antecedentes en el documentado libro Molinos de agua en Gran Canaria (1988) y localizamos a Alfonso Almeida, en efecto, en el barranco del Pinar. En el cauce de este barranco se situaban dos de estos molinos. Uno era el Molino Chico de Arriba (o del Barranco del Pinar Alto) que data de 1881, donde figura «Alfonso Almeida Rivero» como uno de los propietarios que tuvo y estaba «abandonado, semiderruido e inactivo desde 1960 por disminución del caudal y de la clientela», según el autor, Juan Manuel Díaz. «Molino maquilero de gofio y ocasionalmente de trigo (…) estuvo desde su construcción en manos de la familia Almeida, ya que un Almeida fue el solicitante y constructor», dice.
Siguiendo el cauce del barranco estaba otro, el Molino de Abajo. Construido en 1880, era mayor y tenía «cuadras que albergaban las bestias que llegaban a él, [y] una espléndida casa-vivienda».
Accidente profesional
A principios del siglo XX, era propietario de este otro molino Juan Castellano. A su fallecimiento, en un terrible accidente, pasó a manos de su viuda Carmen García y después lo heredó la hija, «doña María Erasma Castellano García, (…) esposa de don Alfonso Almeida Rivero, propietario de la industria molinera en Buen Lugar (Firgas), con una gran producción de gofio para consumo local, venta al por mayor e incluso exportación a países africanos, entre ellos, de un modo especial el Sáhara».
El accidente profesional que cita el libro (y se saldó con la muerte instantánea de Juan Castellano), ocurrió «montando un molino en “Los Cabucos”, Barranco Hondo (Juncalillo) a Fortunato Quintana, otro famoso molinero. Estaba en la tarea de ensamblar los cuartos de la piedra, forzando la entrada del zuncho, para conjuntarlas utilizando el procedimiento de hacerlo “en frío”, y estando en ello, por algún fallo del zuncho o de los cuartos de las piedras, saltaron con tal violencia que algunos trozos fueron a parar al otro lado del barranco y el zuncho saltó hacia el techo». Juan Castellano era «un experto técnico en molinería, construcción e instalación de molinos», destaca Juan Manuel Díaz



